Fluidez armada

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¿Podríamos hablar de un triunfal dinamismo perverso? Se trata de una violencia sorda, autista, parecida a la que emana de la sonrisa gélida de las Top Model.

 

Supongamos que quedamos tocados por una estupenda comida en Burgos, por el vino, la compañía, una cálida conversación y sus barrios conceptuales. Misteriosamente, tintinea primeramente un signo minúsculo: Han. Este pensador tiene muchos defectos: se repite con frecuencia, simplifica a veces, no siempre cita las fuentes de las que bebe, parece empeñado en tomar distancias con todo el mundo que, a la vez, vampiriza: Deleuze, Foucault, Agamben… Pero, sinceramente, algún defecto que se le achaca, sólo hacer crítica y no «dar alternativas», no lo tiene. Incluso ese supuesto defecto, en Han, no tendría sentido. Me explico.

 

Difícilmente se le puede acusar de eso cuando sus libros están recorridos precisamente por una alerta filosófica frente a la proliferación actual de «alternativas», la rotación continua de un poder (esto le viene a Han del «Post-Scriptum» de Deleuze) que se basa en la circularidad infinita de las soluciones, las propuestas, las respuestas y las mil alternativas diarias, sin que a veces haya siquiera una pregunta previa. Más bien, podríamos pensar, emitimos constantemente alternativas para que no tocar la infraestructura real y que no haya preguntas incómodas. La crítica de Han a la inflación de positividad va por ahí, igual que la crítica al capitalismo como cultura: una rotación incesante de emblemas que nos impide el trauma de la gravedad y, a la vez, el atraso y la salud de vivir. En varios sentidos, desde lo médico a lo anímico, todos los libros de Han insisten en que estamos enfermos, ante todo, de esa metástasisde positividad. Estamos endeudados a esa multiplicación interminable de alternativas, que nos protegen de la tierra. Pluralismo cancerígeno que impide incluso que los problemas reales se asienten, adquieran un verdadero poso.

 

Metá-stasis significa «más allá del reposo». Y el reposo, no el simple cambio de velocidad, sino la demora en lo que merece atención, que es difícil o incluso irremediable, es una de las recetas de Han, que le viene de lejos. A su manera menor, comparado con sus maestros Heidegger o Hegel, Han es un filósofo radical porque apuesta por curarnos entrando en lo que no tiene alternativa posible, en aquello cuya cura (Sorge) estriba en asumir una originaria negatividad. Aceptemos primero el drama de vivir para que la neurosis y el estrés de las preocupaciones se enmarque, pues es posible que muchas de esas angustias (parece decir el pensador) no sean nuestras. Es un poco, de lejos, tomar algo de la virtud dionisíaca: curarnos con lo ahistórico, con el vértigo de algo que no tiene más solución que entrar en ello y despertar con una fortaleza que, finalmente, sólo puede venir de una reversión de lo trágico. Es posible que la figura del niño, más que la del leónque tanto gustaba a los nazis, dé cuenta mejor de esa reversión interna del mal de vivir en una jovialidad que nos puede ahorrar la costumbre de ser esclavos.

 

Esta es la alternativa: que en la existencia, bajo el pragmatismo consensuado donde siempre hay mil soluciones, aceptemos de una vez la fuerza creativa, mental, corporal y erótica, de lo trágico. Lo otro, delegar en lo existencial, es según Han multiplicar el mal, engrosando la proliferación de remedios que constituye la velocidad de escape que nos enferma y nos convierte en inválidos equipados. El recorrido médico por los síntomas de esta huida, de la fatiga crónica al cáncer, de la depresión a la caída en picado del erotismo, es de lo más sugerente de este hombre. No es extraño que en un famoso artículo de hace un año afirme que cualquier revolución, en medio de este panorama de complot «democrático» contra lo real, le parezca una mascarada. No parece tampoco casual que este profesor «alemán» proceda de Corea, una cultura cuyo fondo estaba muy alejado de nuestra obsesión típicamente antropocéntrica: el dios Historia, Sociedad o Tecnología.

 

Pero todo esto suena a «chino», nunca mejor dicho, en medio de la euforia Wasp que nos envuelve como un líquido amniótico. Tampoco extraña que a Han, no digamos a otros pensadores más difíciles, cueste entenderlos desde la órbita cultural angloamericana. Han casa mal con la energía histórica (a veces, también histérica) del planeta americano, un optimismo socio-técnico que es la cara externa de un profundo pesimismo vital, como ya en su momento se molestó en explicar Weber. Por el contrario, a su manera discreta, Han es un escéptico en lo histórico-social y a la vez, en un vago parecido con Sartre, mantiene una dureza optimista en cuanto al espectro real, ese fondo sombrío que no cambia fácilmente tras la costra de las épocas.

 

Podemos aquí extendernos un poco sobre lo que podríamos llamar, con todo el cariño del mundo, el dogma anglo. Un subproducto militar-industrial bastante ajeno, por cierto, a la potencia clásica de la lengua inglesa, tanto en lo literario como en lo conceptual. Y esto aunque no existieran los soberbios Blake, Whitman o Berger. Es cierto que desde lejos copiamos el cliché, el logo más o menos hollywoodiense de UK o USA. Copiamos el esquema. Pero lo grave es que en ellos el esquema fácil es clave, pues mantienen una dureza (a veces brutal) en la relación empírica con el suelo insular, lo que Steiner llama la «doctrina de la separación», que de algún modo es ocultada por el infantilismo medio y la pasión por lo escénico. De ahí que ese planeta de lugar a tantos buenos actores: se pasan el día actuando, con un pie en la sórdida competencia darwinista y otro en el romanticismo de la comedia que se publicita.

 

En España, también en algunas de las naciones  que hemos ayudado a surgir, estamos encantados con la cultura anglosajona y el bilingüismo. Pero, primero, esta fascinación provinciana por la lengua del espectáculo global (nuestra representante en Eurovisión canta en inglés) no se explica sin un arrepentimiento, una vergüenza de ser hispanosque ninguna nación de primera o segunda fila padece. No sabemos si Portugal. Desde luego, no está arrepentida de ser nación Italia. Tampoco lo están Francia o Alemania, que además hablan un inglés mejor que el nuestro.

 

Segundo, ¿qué bilingüismo, por qué? Desde el español, una lengua natal que hablan cerca de quinientos millones de personas, es desde donde podemos hacer ciencia, industria, filosofía y hasta otra tecnología. El problema, en España, Colombia o México, no es que se hable mal inglés, que es cierto, sino que se habla mal español. No cuidamos lo nuestro porque no tenemos lo que hay que tener para que no nos avergüence. Como es cómodo ir de extras, nos hemos tragado hasta el infinito todas las versiones de una Leyenda Negra que nadie se tomó en serio fuera, más allá de intereses estratégicos ocasionales. La conversión de España en un país turístico, al precio de desmantelar toda nuestra infraestructura cultural, agraria e industrial, es solamente un síntoma externo de esto. Como también lo es el eufemismo de la «cohesión territorial».

 

Por otra parte, ¿cuándo ellos han sido ellos bilingües? Ellos, que pueden pasarse treinta años en Marbella sin saber decir ni «buenas noches». Alemania no es bilingüe: habla alemán, vive en alemán y desde ahí se extiende fuera. Y porque cuida lo alemán mucho mejor que nosotros el español, habla mejor inglés. Y el mismo en el caso de Italia. Los idiomas no son en ellos la coartada para la deconstrucción nacional y estatal, que es en realidad nuestra actual dimisión de la modernidad, sin precedentes históricos en el pasado.

 

La fluidez angloamericana ha tenido un efecto muy sencillo que explica su éxito popular en los territorios que invade, con frecuencia después de haberlos destruido: complicación espectacular de las escenas y simplificación idiota de los contenidos. De ahí la infantilización gradual de nuestras sociedades. Es fácil hoy pasar un poco de vergüenza en distintos escenarios de corte americano, sea un acto de graduación académica o una excursión cultural a Atapuerca. Es ya un tópico, pero esa veloz simplificación (que, después de la Guerra Fría, sigue enfrentando Occidente al resto mundo) no se daría sin el imperial influjo insular anglo-americano. En otras palabras, sin la fluidez actual de un puritanismo que nunca ha sido el defecto del sur. En paralelo a esto, es normal que las tonterías angloamericanas que se han tenido que oír sobre Agamben o Badiou, sobre Heidegger, Lacan, Deleuze o Hegel… no tengan contabilidad posible. Con tal deconstrucción cultural, posterior al domino económico y militar, el inglés ha penetrado el mundo. Impone un «multiculturalismo» de término medio que, como un anuncio de Pepsi, liquida cualquier cultura que no esté literalmente armada.

 

En resumen, nuestra adorable cultura imperial es esto: de un lado, el conductismo masivo de las poblaciones bajo la economía diaria de la acción; de otro, para compensar, una libertad de expresión que (no sólo en las despedidas de soltera que se hacen en Barcelona) a la fuerza ha de rozar lo obsceno. Solamente las explosiones excepcionales de lo que, en diversos registros, podíamos llamar pornografía (¿existiría sin ella las redes?) pueden compensar una normalización que sumerge al hombre en el más ensimismado aislamiento. La conexión tecnológica viene después a colorear esta tabula rasa. Como signo de los tiempos, nos queda en herencia la alianza de un Ello infantil y un Superyó senil. Con el resultado de que, gracias a la hipocresía norteña, acabemos siendo más moralistas que las Ursulinas de antaño.

 

El resultado medio es también que escasean esos adultos (un clásico Yo no necesariamente narcisista) que, con una buena relación moral y conceptual con la duda, ya echaba de menos Godard hace años. Y desde entonces la coacción easy no ha dejado de crecer. Existe un poderoso fundamentalismo de la fluidez, al menos contemporáneo de los otros. Derivadas de él, No entiendo o Esto es raro son frases que se repiten a menudo, a veces como preludio de un tipo de discriminación que pasará inadvertida, sencillamente, porque es correcta y mayoritaria. En definitiva, coincidente con la aversión insular angloamericana hacia todo lo difícil, lento u oscuro. Odio que no pertenece a la tradición latina, tampoco centroeuropea, al menos hasta la clonación económica de las últimas décadas.

 

¿Podríamos hablar de un triunfal dinamismo perverso? Se trata de una violencia sorda, autista, parecida a la que emana de la sonrisa gélida de las Top Model. Igual que nuestras mascotas animadas, jamás pasarán al acto de manera grosera. Pero corroen el espesor existencial de todo lo que integran.  No parece seguro, en este panorama de fluidez armada, que sea aconsejable una excesiva paciencia con la droga juvenil de las facilidades numéricas.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.