Flujo de conciencia (intento fallido de autorretrato)

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Puesta de sol en East Hampton. Foto del autor.

Me gusta ver salir el sol. Me encanta acercarme al mar, a concentraciones de agua en general. Escribo a veces sin saber de qué lo voy a hacer. No siempre funciona, pero casi siempre. Escribir es más importante que lo que escribo. Escribir, para mí, es recordar. Por regla general, recuerdo muy mal. Mi memoria es un asco.

Qué bien me lo pasé comiendo y tomando vino en Madrid. Extraño la silla Maradona del bar Estadio en el Centro de Lima. Me cuesta trabajo no hablar con cariño de mis padres. Me parece asombroso que no me deteste más gente. Soy muy egoísta pero trato de que no se note. Mi vida, creo yo, no hubiera sucedido así si yo no hubiera viajado por tierra hasta Brasil, a mis 19 años.

Fui un tipo muy inseguro hasta que nacieron mis hijos. Ellos me hicieron mejor persona. Amo a mi esposa aunque con frecuencia detesto lo que hace. Tengo sueños eróticos frecuentes, pero son introspectivos, con más preguntas que respuestas. Mi Fiat Uno era un muy buen carro.

Atardecer de invierno en Pleasantivlle. Foto del autor.

Lamento no haber tomado más fotos de la ruta y llevado un diario en mi viaje por el Ecuador. Fue una locura irme hasta Bogotá con 180 dólares, casi un mes. Pero tal vez fue el viaje más interesante de mi vida. Nunca he probado cocaína. Ahora último me ha dado curiosidad pero no creo que lo haga. Nunca he fumado tantos porros como mis amigos me acusan. Extraño una buena cerveza pero ellas me dan sueño y me embotan.

Acabo de recordar la sonrisa de Lula. Ella me llevó a comer mi primer bagel, al lado del Swiss Hotel en San Isidro. No sé muy bien cómo pasó lo que pasó esa noche que salí, con varias jarras encima, del Munich del Centro de Lima. Quisiera haberme comprado más revistas y libros cuando Quilca existía. Sí, me gusta el color azul. Mi carro negro, después de tantas peleas por tenerlo, ya no me apasiona. En realidad me dan igual los autos. Qué viejo que me hace sentir eso.

Hablo demasiado de morirme. No sé si la idea me guste tanto. Soñé una vez que esa noche era la mitad exacta de mi vida. Tenía 37 y medio y por eso creo que me moriré a los 75. Mando cosas a mi email antes de subirme a un avión, por si acaso. Estaba tentado en darles a todos mi contraseña del email. Pero no lo voy a hacer.

Estos niños no me dejan concentrarme. Ahora los detesto.

Amo a mis padres, quisiera estar más tiempo con ellos. Pero si estoy en EEUU es porque nunca aguanté estar metido mucho tiempo en esa casa. Me molestó que Úrsula me dijera que tenía acento cuando tomábamos un taxi en Miraflores. Ese simple hecho me forzó a revisar mi vida. Qué patético. Quisiera saber más de Úrsula, pero ella ha desaparecido.

No extraño Silaca. Extraño Tanaka. Eso debería de ser suficiente para entender que estoy pasando una crisis existencial.

6 am, camino al Pozo del Aprendiz en Tanaka. Arequipa, Perú. Foto del autor.

Una de mis mejores memorias es de la tía Chabuca sirviéndome un caldo de choros en la mesa de Silaca. Y el olor del fogón. Creo que haber vivido entre el pueblo y la ciudad me hizo distinto que muchos de mis compañeros del colegio y la universidad. Nunca estuve del todo en ningún lado.

Cómo quise besar a esa gran amiga que me daba tanta ternura dejar frente a la puerta de su casa, borracha. Qué bien que no lo hice.

El sexo mueve el mundo. El deseo o la falta de él.

Dejaría todo si me proponen otro viaje, tirando dedo, desde Lima a Buenos Aires. No sé si llegaríamos a ningún país. Sí sé que sería divertido. Quisiera estar otra vez en ese Palacio de Hungría y comerme ese goulash. Los museos de Bellas Artes de Buenos Aires y de Budapest son los mejores que he visto. Pero el Met está a otro nivel. Tal vez mi momento más deslumbrante fue cuando encontré la Piedra de Rosetta en el Museo Británico. No tanto por la piedra como por mi ignorancia: yo no lo sabía.

Final del semestre de una clase presencial de Historia del Cine, en Lehman College. Foto del autor.

Sin las clases y conversaciones que tuvimos con Camilo en Nueva York nunca hubiera sido un buen lector. Ser genio no basta para ser feliz. Ahora soy feliz pero eso me hace sentirme como un imbécil. Tal vez sea un imbécil. A ver si alguien ya me lo dice. Todos somos tontería, dijo Julio anoche. Me encantó esa frase. En verdad cada uno hace lo que buenamente se puede. En ese barco está la mayoría de mis familiares y amigos. Sigo creyendo que sería un títulazo para un libro de la pandemia: Lo que buenamente se puede.

¿Qué sería de los Gonzales sin los Dourojeanni? Es como si nuestra casa hubiera venido con vecinos de lujo. No tanto el tío Marc pero sí la tía y sus hijos. Pero cada casa de Los Químicos es un mundo. Ahí leí TinTin, ahí escuché Les Luthiers por primera vez.

Qué gran experiencia ver El Gatopardo en un edificio infestado de cucarachas en el Bronx. Y esa mujer que parecía una ballena, transitando desde el baño hacia el dormitorio. Esa imagen es una novela. Nunca terminé otro libro de Kafka que no fuera América pero me tomé una foto frente a su tumba. Si me lo ponen a Kafka al frente me moriría de vergüenza.

Tal vez uno de los libros más extraordinarios que se han escrito es La conciencia de Zeno. Los dos mejores escritores hombres en Latinoamérica, en este momento, son Halfon y Mairal. Por razones diferentes. Me fascina Orsai. Es extraordinario leerla. Pero escuchar a Casciari ya me aburre. Josefina Licitra escribe como los dioses pero no creo que llegue nunca a la altura de Guerriero. Qué bueno poder seguir leyéndolas a las dos. Creo que el próximo Nobel latinoamericano, tal vez los dos próximos, serán para una mujer. Me gustaría que se lo dieran a Villoro (que ya lo escribió todo) pero cómo no leer lo de Guerriero sin deslumbrarse.

Atardecer en Amagansett. Foto del autor.

Carling fue un gran maestro y lo que más recuerdo de él es la baba pegándose entre labio y labio. Y la saliva que salpicaba Gerhard Joseph (QEPD) mientras hablaba de ciencia ficción. Gracias a él leí Neuromancer. Dunbar era un maestro de otro mundo. Quisiera haberlo grabado en clase recitando de memoria los diálogos del Mercader de Venecia. Qué sera de la vida de Alejandra. Qué será de la vida de Alena. Tengo que llamarlas. Por qué el mundo no será más chico y poder tenerlos a todos cerca. Aunque los puedo llamar. Eso baste y sobre.

Todo ser humano inteligente tiene que leer a Mircea Eliade, a Joyce, a Bryce Echenique. No se puede vivir bien en este mundo sin saber reirnos de la estupidez y de la crueldad del azar.

 

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