Formas y contenidos

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Hace unos días le comentaba yo a un amigo lo mucho que había disfrutado la noche anterior viendo en You Tube “Las joyas de Madame de…”, a mi juicio quizá la mejor película de Max Ophuls, cuando este amigo mío, tras confesar su ignorancia sobre la película y su director, me preguntó de qué trataba. Nunca he sido bueno contando películas y menos aun las películas de Max Ophuls, así que me salí por la tangente diciendo que lo de menos era el argumento y que lo que más me interesaba del cine de Ophuls era la interrelación coreográfica de los personajes, el juego de planos y el movimiento rítmico de la cámara. Para mí una película, le vine a decir, es como una ópera o el ballet, en donde el interés y el goce estético no residen en la narración, sino en tal o en cual aria o en la coreografía. Mi amigo se sonrió y no me dijo nada más, pero al día siguiente me envió un email con una nota en la cual me decía lo siguiente:

 

… vi la película y me ha encantado. Gracias. Pero donde tú ves un ballet formalista entre dos enamorados, yo veo una inteligentísima alegoría sobre la clase dirigente europea anterior a la Primera Guerra Mundial, y en donde tú escuchas arias (por así decir) yo oigo, en cambio, una sutil reflexión sobre la pasión amorosa, que es, como decía el otro, el intercambio de dos fantasías , sí, pero también lo único por lo que vale la pena vivir… y morir.

 

Como mi amigo es hombre sabio (pese a su defensa romántica de la pasión), no creí conveniente meterme a discutir con él sobre qué resulta más importante en una obra artística, si la forma o el contenido, o si el contenido está en la forma o la forma en el contenido, debate que siempre me ha parecido tan bizantino como dilucidar si primero fue el huevo o la gallina. En mis años mozos, cuando estudiante universitario, primaban desde luego las aproximaciones formales en relación con la obra de arte. Todavía recuerdo con horror un artículo de un eminente catedrático de literatura, además de académico de la lengua, cuya tesis principal era que si el poeta Juan de Mena empleaba profusamente palabras esdrújulas y palabros latinizantes en el Laberinto de Fortuna no era por gusto personal o por la moda del momento, sino forzado por la elección de la copla de arte mayor, con sus versos dodecasílabos y su rima consonántica. El formalismo, llevado a ese extremo, es ciertamente una estupidez, como lo es también, hasta cierto punto, pensar que una obra de arte tiene la obligación moral de representar los valores de la sociedad a la que pertenece.

 

La obra de arte, si está plenamente lograda, se basta y se sobra a sí misma y no necesita ni de explicaciones externas ni, menos aun, de justificaciones morales. Su coherencia interna lo justifica todo, sea la Novena Sinfonía de Beethoven o Guerra y Paz de Tolstoi, por más que la primera tangencialmente remita a las guerras napoleónicas y el gran novelón ruso las tenga como principal referente. El arte puede imitar o inspirarse en una realidad externa, pero solo cobra carta de naturaleza en cuanto a arte cuando crea un cosmos autónomo, con sus leyes propias y su estilo personal. Con ello no digo que la lectura de Guerra y Paz no me ayude a entender la historia de Rusia, pero ello es secundario y hasta, si se quiere, irrelevante. Pierre Bezukhov o Natasha Rostov tendrían la misma vigencia como personajes de ficción dentro de la Francia del Segundo Imperio o en medio de la Guerra Civil española.

 

Con todo, sospecho que Tolstoi no estaría muy de acuerdo con lo que digo. En su vejez le dio por teorizar sobre el arte y llegó a la conclusión de que el único arte verdadero era aquel que transmitía o evocaba una emoción previamente sentida. Así, si un niño era perseguido por un lobo y luego, al contar a otros su experiencia, conseguía infundirles el mismo terror que él había sentido, su narración se convertía en una obra de arte, independientemente de los anacolutos, las repeticiones y hasta la gesticulación. Por el contrario, la Novena Sinfonía o Romeo y Julieta, pese al mucho bombo, eran, según él, malas obras de arte, porque no conseguían transmitir una emoción verdaderamente sentida. Tolstoi, el viejo Tolstoi, era así de radical.

 

No sé si el arte debe generar emoción o no, y si esta emoción tiene que haber sido previamente sentida, pero sí diré, para terminar, que para mí una obra de arte es cualquier forma visual, auditiva o verbal que queda retenida en el recuerdo por su absoluta singularidad en términos de ritmo, de imagen y de composición, sea la melodía de una canción, la silueta de la Venus del Milo… o algunas de las escenas que se me deslizan por la memoria cuando evoco “Las joyas de Madame de…” de Max Ophuls.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.