Fragmento de cuento en clave

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Frida Engels estaba sentada en un banco a la orilla del lago. Empezaba a asomarse la primavera por el entorno. Los sauces llorones remojaban su verde cabellera en las quietas y verdosas aguas mientras algunos pajarillos canturreaban alegres entre el escueto ramaje. Un cielo inmaculadamente azul parecía adormecido. Al fondo se veía una hilera de árboles con el bozo adolescente de los primeros brotes. Era mediodía. Una suave brisa agitaba las ramas entre el solemne silencio. Apoyada en el respaldo del banco reposaba la roja bicicleta de Frida. Un pajarillo se vino volando hacia ella y se posó en el manillar.

 

—¿Cómo es que no te has marchado ya?, preguntó el pajarillo con voz algo atiplada.

 

—Tengo todavía mucho que hacer, respondió Frida.

 

El pajarillo, que debía de ser un sinsonte por lo hablador, pareció encogerse de alas.

 

—Tú verás. Esa gente no tiene remedio.

 

—Sí, sí que la tiene, replicó Frida. Necesito algo más de tiempo. Un invierno más.

 

—¿Otro invierno? Arriesgas mucho por tan poco. Márchate. El buen jardinero primero arranca la mala hierba y luego siembra la semilla. ¿Por qué te empeñas tú en plantar un rosal donde solo hay cizaña? Márchate. Márchate antes de que sea demasiado tarde.

 

—Necesito un año más. Un solo año.

 

El pajarillo iba a decirle algo más, pero vio que se acercaba alguien y remontó el vuelo. Frida se dio la vuelta y vio la figura de un venerable anciano de barba blanca que se iba acercando con paso poco firme hacia donde ella se encontraba. Como impulsada por un resorte, se levantó y fue a ofrecerle el brazo al anciano.

 

—Fridolina, eres muy cabezota.

 

—¿Por qué, gran patriarca?

 

El anciano se sentó. Estaba jadeante. Se sacó un pañuelo y se lo pasó por la cara. Con voz trabajosa prosiguió:

 

—Cuando se te encargó esta empresa quedó claro que no duraría más de seis meses, un año a lo sumo. Desde el principio se te dijo que era una prueba dificilísima. El Hada de los Remedios te advirtió que ni se te ocurriera actuar de mediadora. Tú única misión era apaciguar al fiero y consolar al triste. Lo demás estaba fuera de tu competencia, además de ser un imposible.

 

—Déjeme un año más…

 

—No, Fridolina. El plazo expiró hace ya tiempo. Tu destino está ahora en el Sur.

 

El anciano calló y se quedó un largo rato mirando el lago, con mirada de hondo cansancio. Luego se levantó y con el mismo andar cansino con el que había venido desapareció. Frida estaba otra vez sola. Algo aburrida, cogió un palito y se puso a hacer garabatos en la tierra, húmeda todavía por el rocío mañanero. Dibujó un barco, una nube, una isla con una palmera. Debajo dejó escrito, con una letra redonda, casi infantil, lo siguiente:

 

¿Adónde va la nave? ¿Saldrá el sol? ¿Habrá algún náufrago en la isla solitaria?

 

Frida se montó luego en su bici y se fue pedaleando por el mismo sendero que había poco antes recorrido el anciano.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.