Francisco J. Rubia: “Sonidos, gustos, todo eso está en el cerebro, pero no en la naturaleza”

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Francisco J. Rubia. Foto: Ricardo Grobas | El Faro de Vigo. Fuente: www.fragmenta.cat

A mi izquierda, un piano negro con una partitura de Mozart abierta. A mi derecha, las llamas que desprende la chimenea junto a una estantería repleta de libros. Frente a mí, un hombre volcado en el estudio, que nunca ha dejado de hacerse preguntas en torno al órgano que nos conecta con la realidad: el cerebro. Nacido en Málaga en 1938, Francisco J. Rubia estudió medicina en la Universidad Complutense de Madrid y en Düsseldorf. Catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, enseñó en la Ludwig Maximillian de Múnich, donde también ejerció de consejero científico. Subdirector del Hospital Ramón y Cajal de la capital de España, ha sido director del Departamento de Fisiología, vicerrector de la Universidad Complutense y director general de Investigación de la Comunidad de Madrid. Miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina y vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes. Durante varios años fue miembro del Comité Ejecutivo del European Medical Research Council. Fue director del Instituto Pluridisciplinar de la UCM y director de su Unidad de Cartografía Cerebral. Su especialidad es la fisiología del sistema nervioso, campo en que ha trabajado durante más de cuatro décadas. Autor de numerosos libros, como El cerebro nos engaña, La conexión divina, ¿Qué sabes de tu cerebro?, 60 respuestas a 60 preguntas, El sexo del cerebro. La diferencia fundamental entre hombres y mujeres, El fantasma de la libertad, El cerebro espiritual… es coautor de un Manual de Neurociencia, Percepción social de la Ciencia y de El cerebro: avances recientes en neurociencia. Actualmente trabaja en un ensayo sobre la moralidad. En un artículo publicado en El País en 2002, señalaba: “Lo que no deja de sorprender es que, a pesar de considerar la consciencia el avance más importante que el cerebro ha experimentado en la evolución, tengamos que volver a la inagotable fuente de la inconsciencia para tener esas intuiciones que nos hacen adquirir nuevos conocimientos y que, sin duda, es el origen de descubrimientos científicos y creaciones artísticas”.

En el año 2007 publicó su primer libro, El cerebro nos engaña, en el que desmonta con sencillez las múltiples caras que reviste la ilusión: desde la poca fiabilidad de nuestra memoria, hasta falsa idea de que existe un yo como único gobernador de la consciencia. ¿Quién era Francisco Rubia entonces? 

—El cerebro nos engaña lo escribí con la agenda absolutamente llena, porque en ese momento era director general de Investigación de la Comunidad de Madrid. Lo cual significa que fue el resultado de un pensamiento que venía de lejos, el resultado de muchos años de ocuparme con ese tema.

 

Me impactó la parte en la que plantea un problema filosófico: “Los mecanismos del cerebro están muy lejos de reflejarnos la realidad, para el mismo tiene más peso una historia plausible que sirva para la supervivencia, que la realidad en sí…”.

Para empezar, lo que percibimos no está fuera, sino está dentro del cerebro, por ejemplo: los colores, los sonidos, el gusto, el tacto… No están fuera, cosa que ya lo sabía René Descartes, el filósofo francés. Lo ha dicho también el filósofo napolitano Giamnattista Vico, y me parece que también el escocés David Hume. Todos decían la misma cosa. Hoy se sabe, por ejemplo, que los colores no existen en la naturaleza, tampoco los sonidos. Es más, los alumnos de George Berkley se planteaban si al caer un árbol en el bosque sin haber nadie presente se oiría algún ruido.


¿Se oiría?

No, porque no habría nadie para presenciarlo. Este hecho es muy importante, porque ratifica lo que he dicho antes: sonidos, gustos, todo eso está en el cerebro, pero no en la naturaleza. La naturaleza no sabemos cómo es porque solamente la vemos a través de nuestro cerebro. 


En los casos que no tenemos la información completa, nuestra mente tiende a rellenar esos huecos, con confabulaciones, con irrealidades, ¡lo que haga falta! Lo importante es no enfrentarse al vacío. Usted explica, que incluso en un nivel inferior, las neuronas que quedan intactas se ramifican de nuevo para ocupar el lugar que queda libre, le dicen horror al vacío…

Vamos a ver, si yo me corto un dedo, la representación del dedo en la corteza sensorial del cerebro se modifica, y este terreno lo ocupan neuronas que están representando a un dedo que esté muy cerca: invaden el territorio para que no haya un vacío. Eso ocurre con monos, y también con personas que han perdido alguna extremidad, esa parte del cerebro a donde van informaciones que provienen de ese dedo, se cubren con las aferencias de otras células, y ocupan ese vacío. Lo contrario también es cierto, por ejemplo, la mano izquierda de los violinistas. Ellos tienen una representación en el cerebro mucho mayor que la mano izquierda de personas que no tocan el violín o cualquier otro instrumento de cuerda que utilice la mano izquierda fundamentalmente. Luego, está claro que el cerebro es plástico, cosa que no se sabía en el siglo pasado.


¿Sería exagerado decir, que la realidad tal como la percibimos, no es más que una constante reconstrucción de imágenes subordinadas a la supervivencia?

Pensamos que el yo consciente es el que controla todo el cerebro. Y eso es absolutamente falso. Informáticos hicieron un estudio y llegaron la conclusión de que los bits las unidades de información por segundo que llegan de los órganos de los sentidos son once millones cien mil, algo así, de los cuales la consciencia maneja un máximo de cuarenta. Cuarenta. Es decir, una inmensa cantidad de información llega al cerebro de la que no tenemos ni idea, no somos conscientes, y por supuesto la utilizamos. Estamos totalmente equivocados porque pensamos que la consciencia es la que maneja todo es cerebro, y eso no es así, es más, yo creo que sería una equivocación en el sentido de que si esperamos a ser conscientes de los peligros que vienen de fuera… ya no estaríamos aquí. La reacción del cerebro a nivel inconsciente es mucho más rápida.


Hablando de peligros… ¿Qué sucede en el cerebro cuando pensamos en la muerte? ¿Cómo la habrá vivido el hombre primitivo, cuando en su cerebro dominaba el sistema límbico, el sentido de unidad? 

Pues no tengo idea. Yo creo que no le daban la importancia que le damos nosotros, porque el pensamiento sobre la muerte y sobre la propia existencia humana en épocas primitivas no era un tema que preocupase mucho. La preocupación estaba en la supervivencia fundamentalmente: conseguir alimento, procreación, cuidado de las crías, toda esa parafernalia de tareas que tenía el hombre primitivo. Yo creo que no pensaba mucho en estas cosas, no tenía tiempo.


El hombre actual tiene más tiempo. Se podría pensar que la ansiedad que despierta la muerte en nosotros es un factor de peso que hace posible la creación artística, los mitos, y en especial, un término que usted trabajó en profundidad, la espiritualidad. 

Desde luego, la preocupación por lo que ocurrirá después de la muerte siempre ha estado presente cuando el hombre ha sido consciente y ha tenido tiempo para pensar en ello, como dijimos. Pero la espiritualidad tiene otras fuentes. Yo cuando hablo de espiritualidad no hablo solamente de la religiosa, hablo en términos generales. 


Hay espiritualidad sin religión…

Por supuesto. Es como negarle a los agnósticos y a los ateos muchas cosas que se les niegan, como que no son espirituales. Eso no tiene sentido, porque ha habido muchos ateos con una profunda espiritualidad. De hecho, muchos religiosos orientales no son espirituales en el sentido nuestro, y sin embargo creo que han alcanzado unos niveles superiores a nosotros, a los cristianos, a Occidente. Yo pienso que, efectivamente, la muerte puede tener una relación con la espiritualidad, pero no solo en el cristianismo.


En su libro El cerebro espiritual menciona que la base para que tengan lugar las experiencias espirituales o místicas es el sistema límbico o cerebro emocional.

El sistema límbico o cerebro emocional es fundamental para la supervivencia. Como mencioné antes, si tuviéramos que esperar a que los estímulos se hiciesen conscientes… Pondré un ejemplo muy claro: si uno va a cruzar la calle y ve pasar un camión a gran velocidad no se pone a pensar en los pros y los contras de abandonar o no la calle, sale corriendo, y eso se debe al sistema límbico. Por lo tanto, la importancia de éste es mucho mayor de lo que la gente piensa. Es más, la conciencia, el yo, ha surgido evolutivamente a partir del cerebro emocional. Eso también lo ha dicho recientemente el neurocientífico portugués afincado en Estados Unidos Antonio Damasio. Y es muy curioso, porque en mi último libro, El pensamiento dualista, planteo la hipótesis de que, en el Génesis el paraíso lo identifico con el sistema emocional. El hombre está en un paraíso, y en ese paraíso se encuentra el árbol del bien y del mal. Ese árbol representa para mí el dualismo, el primer paso de la racionalidad. Cuando el ser humano (cuando Adán o Eva) comen de la fruta de ese árbol que estaba prohibido por Dios entonces son expulsados del paraíso: para mí abandonan el sistema límbico, y no les es permitido volver atrás. Es el primer comienzo de la racionalidad. Y eso se ve también en muchos mitos en los que los dioses suelen ser andróginos, y a partir de esa androginia se desarrollan los sexos. Es decir, de una unidad, surge la dualidad. Y en el relato del Génesis eso se le debe a la serpiente, que es la que le dice: “si coméis de esa fruta seréis como dioses”. Por eso en la Antigüedad hubo una secta que se llamaba los ofitas (ofis, en griego es serpiente), y esta secta consideraba que la serpiente del Génesis había facilitado la racionalidad humana. Era un personaje muy positivo, no como se interpreta en el cristianismo, que es una figura negativa: el demonio… 


En efecto, este tipo de vivencias espirituales han sido un denominador común en la historia. Siguen persistiendo.

Claro, porque hay estructuras que las sustentan. Es más, Michael Persinguer ha publicado varios libros en los que relata que utilizó la estimulación del lóbulo temporal y fue capaz de producir éxtasis místicos. La experiencia de la epilepsia del lóbulo temporal produce ese trance. Teresa de Jesús, sin ir más lejos, en su vida dice lo siguiente: “Estuve tres días en coma y cuando desperté tenía la lengua hecha pedazos de mordida”. Es decir, tuvo un ataque epiléptico. 


Dostoievski también …

Sí, lo que pasa es que Dostoievski también era epiléptico y tuvo experiencias místicas muy similares. Por cierto, se supone que san Pablo también era epiléptico, cuando cae del caballo y está en el camino de Damasco, se queda ciego, lo que a veces ocurre en ese tipo de ataques.


Es curioso, porque de los ejemplos que ha comentado, todos tenían creencias religiosas previas. ¿Qué sucedería si es una persona atea quien sufre un ataque epiléptico? ¿El correlato de su experiencia sería espiritual?

No he visto nunca ese caso. Es interesante saber lo que un ateo percibiría. Lo que pasa es que un ateo también suele tener formación religiosa, no me extrañaría que también tenga una experiencia espiritual.


En su obra El cerebro espiritual sugiere que lo más probable es que las religiones nacieran de las propias experiencias espirituales… 

Sin duda. Hay que imaginarse al hombre primitivo que de pronto experimenta una tormenta, no sabe cómo surge, entonces lo atribuye a alguien que está por encima de las posibilidades humanas. De todas maneras, hay muchas teorías sobre el origen de la religión, sobre el origen del pensamiento religioso. Pero es lógico pensarlo, hay muchas cosas en la naturaleza que el ser humano no domina, que no sabe cuál es su causa, entonces se imaginan cualquier cosa, claro.


En efecto, hay muchas teorías. Una de ellas es la del sociólogo Emile Durkheim, que tildó el fenómeno religioso de un hecho social, que básicamente aporta cohesión, solidaridad y seguridad emocional en la sociedad … En cuanto a la cohesión social, hoy día, en medio de un individualismo exacerbado, ¿cómo lo ve reflejado en las prácticas espirituales?

Yo creo que lo que ocurre hoy día es un escape de la realidad. La realidad es muy dura. Y, sobre todo, porque esta sociedad en la que vivimos obliga y fomenta el individualismo. Las personas se sienten aisladas y solas, y recurren a este tipo de actividades. Antes la familia estaba mucho más presente, y ello suponía una cobertura emocional para todos sus miembros. Hoy mucha gente viene del campo a la ciudad, y se enfrenta a un aislamiento que no tenía en el pueblo de origen. Es un problema también psicológico, aumentan las enfermedades, los problemas mentales.


Cambiando un poco de dirección… Hay algo en común entre las experiencias místicas y la creación artística. En ambas la persona se siente “en posesión” de algo superior a uno mismo. El yo queda obnubilado por esa “otra realidad”, y por un torrente emocional.

Los artistas se mueven más por el sistema emocional que por la racionalidad. Para poder crear hay que penetrar dentro uno mismo y contactar con lo más profundo de uno –que es el sistema límbico– y expresarlo, traducirlo en arte. Por ejemplo, la música es mucho más emocional que racional. El pintor pinta y hace conscientes cosas que se mueven dentro de él y que expresa de esa manera, y lo mismo ocurre con el poeta.


La superación o trascendencia del yo tiene un papel crucial en el misticismo de casi todas las religiones, pongamos el budismo, que propone la meditación como vía para dicha experiencia. 

El yo, probablemente sea una ilusión, es lo que dicen los Vedas desde hace miles de años. El yo es una ilusión. Se ha intentado localizar en el cerebro, cosa totalmente absurda. Las funciones en el cerebro además no son localizables como la gente piensa. Cualquier función en el cerebro tiene como base una red de estructuras neuronales que están distribuidas en distintos lugares. Pondré un ejemplo que es muy reciente porque lo voy a mencionar en la conferencia que daré en la Academia: se ha descubierto una neurona que solamente responde en la parte del cerebro que registra la música, que responde al canto, pero no a la música instrumental. Y eso me recuerda a algo que ocurrió en los años sesenta, cuando se habló de la neurona de la abuela –una neurona que se dispararía cuando el sujeto viera la cara de la abuela–, entonces la gente se reía, pero ahora nadie se ríe porque muy probablemente esa neurona forme parte de una red en donde la cara de la abuela quede reflejada de alguna manera en el cerebro. Hay una región en el lóbulo temporal en la parte inferior que está destinada al reconocimiento de caras. Si se lesiona, uno no puede reconocer las caras de los demás. Pero eso no significa que ahí esté todo, sino que ahí hay neuronas que están conectadas con otras regiones. Con otras palabras: las funciones no son localizables en un punto determinado, sino que siempre son resultado del funcionamiento de una red muy distribuida en el cerebro. Y eso es válido para cualquier facultad. Pero volviendo al yo, las personas que han estado intentando localizarlo no lo van a encontrar, solo es una sensación que tenemos, pero no es real, yo estoy de acuerdo con que es una especie de ilusión.


En sus palabras “las creencias son el filtro de nuestra percepción”. No puedo evitar pensar hasta dónde hemos llegado con nuestras creencias… a terrenos complicados, como lo son las ideologías.

La ideología es un tema que me interesa mucho, y además lo trato en el libro El pensamiento dualista. Yo considero el pensamiento dualista como el comienzo del pensamiento racional; naturalmente pensamos de manera dualista, y responde a una atribución del cerebro del lóbulo parietal inferior que, si se lesiona, las personas dejan de pensar en términos dualistas. Ya no sabe distinguir entre arriba y abajo, delante y detrás, antes y después, lo cual no significa que ahí se localice el pensamiento dualista, pero sí una parte importante de él. Así que tenemos una disposición del cerebro para pensar de esa manera, está claro, pero llevado a un extremo puede ser tremendamente peligroso, y la ideología es el ejemplo. Hay que recordar por ejemplo la división dual entre arios y judíos, o entre creyentes e infieles en el islam en este momento, o sin ir más lejos, entre vascos y maquetos, o entre catalanes y charnegos. Ese pensamiento dualista llevado a un extremo ha costado millones de muertos; en la época estalinista, en la Unión Soviética, en la China de Mao y en otros países. El pensamiento dualista es una cualidad que nos permite analizar el mundo en términos antitéticos, probablemente porque supone un pensamiento fácil, resulta económico, aunque puede ser un peligro. En resumen, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Yo no entiendo el por qué la historia no nos enseña nada. Heródoto decía que la historia era la maestra de la vida… aquí nadie hace caso. Jorge Santayana, un filósofo español, decía que el que no aprende de la historia está obligado a repetirla.


En repetidas ocasiones, remarcó que tanto la predisposición genética como el ambiente van siempre de la mano. Como todo fenómeno humano, las facultades mentales tienen una evolución determinada dependiendo el contexto.  

Las facultades mentales, como el lenguaje, la inteligencia, la música, todas tienen una base cerebral, y el medio ambiente las moldea o modifica. Uno tiene la capacidad del lenguaje, pero aprende el de su sociedad, el niño chino aprende el chino, y el español aprende el español. Y eso ocurre con todas las facultades mentales. Todas tienen una base genética. Por ejemplo, la moralidad, que se supone que hemos heredado de los animales que nos han precedido en la evolución como muchos primatólogos afirmar, éstos ponen como ejemplo la cooperación, la ayuda mutua de la que hablaba Kropotkin en su libro La ayuda mutua –que recomiendo–, él fue un anarquista ruso muy conocido, y su libro es una preciosidad. Darwin fue el primero en su libro El origen del hombre quien decía que para la supervivencia hay que ser egoísta, por lo que no entendía que se podía ser moral de alguna manera, y para ello recurrió al argumento que para que la tribu se mantuviera unida y con éxito se necesitaba la moralidad, porque cohesionaba la tribu. Sin embargo, esa moralidad es una especie de capa muy superficial. El hombre es egoísta, y además desde el punto de vista evolutivo, para Darwin la supervivencia del organismo exige un egoísmo en la evolución, necesariamente. La moralidad según él hace posible la permanencia de la tribu, y puede entenderse como una facultad más que luego es modulada según la cultura en la que se manifiesta. Por ejemplo, en Egipto el incesto estaba permitido porque los faraones se casaban con sus hermanas sin problema ninguno, no obstante, el incesto en muchas culturas es inmoral, es decir, lo que hace la sociedad es sentar unas reglas, pero lo más probable es que tengamos una tendencia innata a la moralidad. Como ejemplo de comportamiento moral, se ha citado el caso de una mona que pierde la vida por salvar a la cría de otra en un zoo. Los monos están separados en el zoo por un estanque porque no saben nadar y si la mona no hubiera salvado a la cría de su compañera, hubiera muerto ahogada. Y hay miles de ejemplos parecidos, como el que aparece en el libro que estoy escribiendo sobre la moralidad. Se trata de un señor en Nueva York que ve que caen los hijos de otra persona a las vías del metro, ve que se acerca el tren, se tira a las vías, abraza a los niños y de esa manera los salva porque pasa el metro por encima suyo. Pero sobre todo deja a sus propios hijos atrás para salvar a los ajenos. Claro, eso es un ejemplo de generosidad imposible de comprender desde el punto de vista egoísta. Yo estoy convencido, tenemos una tendencia a ser morales, y luego la sociedad en donde uno se desarrolla modula esa moralidad, lo cual significa que lo que se ha creído siempre, que la moralidad dependía exclusivamente de la religión, no es correcto.


Esto se puede hilar con lo antes mencionado, que ni la espiritualidad ni la moralidad pertenecen exclusivamente al campo de la religión… 

Por supuesto que no pertenece solamente a la religión. Si atribuimos a la religión las cosas buenas hay que eliminar las malas, que no son pocas, y no me refiero solo a la religión católica… a todas.


De la misma forma, la espiritualidad que tiene una base cerebral, tampoco es un concepto extático. Se va adaptando a tiempos y culturas diferentes. ¿Cómo piensa que se vive la espiritualidad ahora, en medio de la revolución digital y del rechazo generalizado a las instituciones?

Bueno, ha habido una búsqueda de una espiritualidad de otro tipo, como la espiritualidad oriental, de la que hablábamos antes, es decir, la gente se separa un poco de la espiritualidad grupal, y se quiere más dedicar a la propia, convencida de que no viene de fuera, sino de dentro y que hay que desarrollarla. 


¿Considera ese cambio como un acto maduro, de verlo fuera a reconocerlo dentro de nosotros?

Sí, a mí me parece que la dependencia de ideologías no es buena, sean religiosas o no. Si la persona se independiza, pues me parece muy bien, porque es un desarrollo necesario, es decir, el borreguismo religioso o de cualquier tipo no creo que sea un modelo para seguir.


En una parte de su obra aludió a los arquetipos de Jung –estas disposiciones heredades que tienden a replicar ciertas ideas, como la de Dios. ¿Cree que con el avance que ha ido desarrollando la neurociencia dichas disposiciones se debiliten?

No lo sé… No soy profeta. Pero sí es un miedo que tiene la persona religiosa en general, que la ciencia pueda echar por tierra sus creencias. Aunque yo no lo creo, porque si el ser humano pensase solamente de manera racional hace tiempo que hubiéramos avanzado mucho, pero no es así. Ya he dicho que el pensamiento racional es ínfimo en relación con el pensamiento emocional. Somos mucho más emocionales que racionales, mucho más, lo que pasa es que no lo admitimos.


También necesitamos la emoción en nuestro razonamiento…

Claro. Desde el punto de vista fisiológico hay una corteza, la más importante que es la corteza frontal, la que planifica el futuro, las acciones, pues bien, ese lóbulo frontal recibe información de la amígdala –que es una parte del sistema límbico–, y que es muy importante porque es la que reacciona inmediatamente cuando vemos un animal peligroso, por ejemplo, se activa en la persona que cruza la calle y ve un camión acercarse a toda velocidad. Pues la amígdala proyecta a la corteza frontal mucho más de lo que la corteza frontal proyecta a la amígdala. El peso del sistema límbico sobre la parte racional del cerebro es mayor, y no al revés. No le damos tanta importancia a la parte emocional. Es importantísima y no solo para la supervivencia del organismo. Pensamos que el yo racional, que nadie ha encontrado ni va a encontrar, lo domina todo. Y es cierto, como dijimos antes, que la inmensa mayoría de la información que llega al cerebro no es consciente, por tanto, desde un punto de vista cuantitativo es más importante el cerebro emocional, y diría también que, cualitativamente hablando, porque está al servicio de la supervivencia del organismo, es su única función.


¿Cómo han influido en usted personalmente los estudios e investigaciones en los que ha venido trabajando? 

No sé qué decirle. A mí escribir libros me mantiene vivo desde el punto de vista intelectual. Yo creo que cuando deje de escribir me marcharé rápido, o cuando deje de leer, porque para escribir (la gente no lo sabe), pero hay que leer una ingente cantidad de cosas, porque uno puede equivocarse muy fácilmente sin tener en cuenta lo que ya se ha dicho al respecto. Hay que leer diez veces más de lo que se escribe, y esa lectura y esa escritura le mantiene a uno vivo… Lo contrario he dicho sobre el primer libro, que fue espontáneo, porque fue el resultado de muchos pensamientos, y por eso a pesar de tener la agenda llena cuando estaba trabajando en la administración salió el libro. Los demás han sido mucho más meditados porque tenían que naturalmente tratar temas complicados, como el de la libertad.


Ya que lo menciona, en libro El fantasma de la libertad expone que no es más que otra ilusión. ¿No somos libres?

En absoluto. Además, soy determinista, yo creo que todo está determinado. La libertad es una ilusión, y lo ha dicho tantísima gente…


Se rechaza bastante en sociedad la idea de la libertad como ilusión…

Es lógico, sobre todo cuando luchan con pensamientos establecidos durante siglos ¿no? Que no tengamos libertad, para empezar, está en contra de todas las religiones. Para empezar, sin libertad no hay pecado. ¿Sabe lo que significa eso? El pecado es fundamental para todas las religiones abrahámicas, es decir, judaísmo, cristianismo e islam. Sin pecado no se mantienen. Y la falta de libertad excluye el pecado. Si uno no es libre…, el pecado requiere que la persona tenga libertad para cometerlo. Si uno elimina el pecado elimina la culpa. Para colmo, la religión cristiana mantiene el pecado original del que no somos responsables. En Alemania ha habido un intento de un experto de derecho penal que planteó modificar el código penal. La gente argumenta que tiene que haber consecuencias para los que infringen la ley. Y esto está claro, si una persona no cumple las normas de la sociedad o las infringe hay que aislarlo, hay que meterlo en la cárcel, pero eso no significa que sea culpable, no tiene nada que ver, no tiene nada que ver el castigo que la sociedad necesita imponer con que la persona sea culpable. En Estados Unidos eso llegó a la exageración: en un juicio, un americano dijo: “No he sido yo, ha sido mi cerebro”. [risas] Se cita desde que el tema de la libertad ha resurgido, es un tema muy antiguo.


La falta de libertad es determinismo, y estaría de acuerdo con el dicho hindú de que todo está escrito…

Yo no sé si está escrito, y si sí, no sé dónde, pero desde luego sí, soy determinista. Probablemente no lo sabemos, pero estamos determinados. Incluso he citado en alguno de mis libros a Albert Einstein, que se cuestionaba por qué el ser humano cree que es libre cuando el resto de la naturaleza está determinada. Cito a Einstein: “Si la Luna en el acto de completar su eterno camino alrededor de la Tierra estuviese dotada con autoconsciencia estaría completamente convencida de estar viajando su ruta de forma espontánea, por la fuerza de una resolución tomada de una vez por todas. Así, un ser dotado de suprema intuición y más perfecta inteligencia, observando al hombre y a sus actos, sonreiría a la vista de la decisión humana de que actúa con su libre voluntad”. Y lo mismo decían los filósofos Baruch Spinoza y Arthur Schopenhauer con otras palabras. A mí me parece una ilusión la libertad con la que creemos vivir, pero otra cosa es que sea verdad. No sería la primera ilusión que el ser humano tiene.


Ni la última.

Exactamente. Como lo del yo… Dije también que Freud se quedaba corto al decir que la consciencia es la punta del iceberg.


Me imagino que en cuanto a la información que recibimos, por ejemplo, con la ingesta de drogas o psicodélicos, entra mucho más en nuestra consciencia.

Eso es, entra mucha más información y los sentidos se sienten abrumados por ello, el tacto, la visión, todo se altera con la droga. Lo que hace es abrir las puertas de la percepción, como dijo Aldous Huxley. Eso es lo que hace, y por eso la gente busca llegar a ese mundo distinto al ordinario, porque le molesta el que tenemos.


¿Para darse un descanso? 

A mí no me molesta el que tenemos porque estoy muy ocupado siempre, no me da tiempo. Además, la droga a fin de cuentas es una alteración total del sistema nervioso y supone un peligro.


El peligro también es que, a raíz de una experiencia “mística” conseguida con sustancias alucinógenas, se interprete luego como algo que es real o absoluto, sin atisbo de duda, y que, de esa interpretación se funde una nueva corriente espiritual. O incluso una secta…

Sí, pero ¡incluso sin droga! Mahoma habla con el arcángel san Gabriel en la cueva de Hira, y Cristo con el demonio en el desierto, es decir, para producir ese tipo de experiencias un factor importante es el aislamiento sensorial. Pero al científico lo que le interesa es el funcionamiento normal, no una cosa extraordinaria, porque cuando abrimos las puertas de la percepción de esa manera la persona no se comporta de manera normal.


Supongo que nuestro cerebro, en parte, nos protege de tanta cantidad de información. Puede ser más que abrumador procesar tal cantidad de impresiones, ¿de ahí los brotes psicóticos?

Por supuesto, es lo que ocurre cuando abrimos las puertas de la percepción de manera artificial. El mismo Huxley narra en su libro cómo paseaba por su casa bajo el efecto de alucinógenos gritando: “He visto a Dios, he visto a Dios”… Y el indio verá a Shiva.


—P
ero nadie ve a una deidad de distinta religión a la propia.

Exactamente, eso es muy importante. Los estímulos que hizo el investigador Michael Persinger, del experimento “el casco de Dios” con sujetos de distintas religiones, no veían al mismo Dios. Un budista nunca vio a la virgen María ni viceversa. Eso significa que si realmente el dios cristiano fuese el verdadero todos lo verían, tendría que imponerse.


La forma cambia, pero en esencia es lo mismo, dirían algunos.

No, no es lo mismo, ¿qué va a ser lo mismo?  Shiva no tiene nada que ver con el dios cristiano… por favor, y Alá todavía menos [risas].


Después de escuchar todo lo que acaba de decir, no se me ocurre mejor manera de cerrar que citando el último párrafo de su obra
El cerebro espiritual: “Muchos autores han insistido en este punto, la importancia pues de las emociones no es solo ser fuente y origen de nuestro pensamiento racional sino también de las irracionalidades de nuestro pensamiento”.

Alicia Trujillo Aragón (Madrid, 1992) es licenciada en Psicología y máster en Espiritualidad Transcultural. Actualmente está realizando el trabajo de investigación sobre la relación de líderes de sectas espirituales y los trastornos de personalidad. Trabaja en recursos humanos y dedica gran parte de su tiempo a la escritura. Colabora con las revistas literarias Almiar, Letralia, Canibaal y fue editora en Masticadores de Letras. La revista Fábula ha publicado uno de sus relatos en papel. Es coautora de Archipiélago 988, libro de relatos (Cuadernos del Laberinto).

1 COMENTARIO

  1. A la afirmación relativa al subjetivismo, más, al cerebrismo de la percepción, yo replicaría:

    1. Vivimos una época de sacralización de la ciencia: lo que dice la ciencia… pasa por ser palabra de Dios. — Se exagera: la ciencia es palabra humana.
    2. No todo lo que dicen los científicos es ciencia. Además de las opiniones personales:
    2.1. La ciencia necesita de presupuestos. Por ej., cuando Galileo dice que la Naturaleza está escrita en caracteres matemáticos está enunciando el supuesto que le permitirá fundar la «nueva ciencia». — ¡Cuidado! ¡No está diciendo cómo sea la realidad!, sino que una buena manera de abordarla es concentrarse en lo medible y cuantificable de dicha realidad.
    2.2. También deja que crezcan a su alrededor especulaciones puramente metafísicas –no físicas ni científicas en absoluto– que no pasan de ser mitos, esto es, cuentos que pretenden dar sentido a algún fenómeno, sin que sean para nada equiparables a los hallazgos de la ciencia. — Uno de ellos es el de que colores, olores, sonidos, gustos, etc. no están en la naturaleza sino solo en nuestra mente o, como pontifica FJR, en nuestro cerebro.
    3. La ciencia da cuenta de partes y aspectos de la realidad, no nos dice –no puede: le falta el instrumento adecuado– cómo sea la realidad en su plenitud. De las infinitas dimensiones de dicha realidad, la ciencia capta y trata de explicar algunas, primordialmente de carácter cuantitativo.
    4. Esto le llevó a Locke (s. XVII) a distinguir entre cualidades primarias –las que por ser cuantificables eran fácilmente objetivables: con tener un metro, una pesa, todos podemos hacer la misma medición– y cualidades secundarias, mucho más complejas al intervenir, no un instrumento de medida, sino los sentidos humanos: la vista, el olfato, el oído, el paladar, etc., además de la naturaleza ambiente. — Y dictaminó (en un texto muy ambiguo y dogmático) que las primarias estaban en los objetos y las secundarias no.
    4.1. De ahí viene ese tópico –asaz corriente en el mundo de la filosofía académica, bien que no en otros– de que los colores (y demás cualidades secundarias) no están en la realidad, sino en el sujeto, siendo por ello las percepciones «subjetivas».
    5. Es el que FJR reproduce con el desparpajo con que se airean los ídolos del teatro. No aduce investigación científica alguna, ninguna prueba lógica — lo da por sabido –«hoy se sabe»– y, curiosamente, nos remite a algunos pensadores de los siglos XVII y XVIII: «lo sabía Descartes, lo ha dicho Vico, y me parece que también David Hume».
    5.1. Yo no sé lo que haya dicho Vico, sí lo que Descartes escribió, y decir que «lo sabía» es abusivo…, pero me voy a remitir a David Hume, quien de manera clara y firme (Tratado…, 228) dice que suponer que los colores, olores, etc., no están en los objetos es aniquilarlos, quedarnos sin ellos –sin los objetos–, pues es imposible imaginar un objeto que no tenga color, etc., etc. — Y es que tan humanas son las mediciones cuanto los colores (y demás); de ahí que no haya razón alguna para distinción tan tajante como la propuesta por Locke.
    5.2. Es más, hoy día los colores son perfectamente medibles, luego deberían considerarse –en el caso de mantenerse la distinción lockeana– cualidades primarias.
    6. No pasaría de ser una boutade –de escépticos que no quieren asumirlo– si no tuviera consecuencias nefastas, pues no hace sino sancionar el subjetivismo radical de hoy día: en la naturaleza no hay colores, no hay sonidos…, en fin, no hay nada en la naturaleza –parece decirnos– que sea determinante, que se nos imponga — «todo es subjetivo».
    Cuando estamos viendo y sufriendo las derivas sociales y políticas de la pérdida de un mundo común, uno se pregunta a qué viene la falacia subjetivista tan en boga en boca de docentes: ¿es la simple reafirmación narcisista de creerse único, autónomo e independiente de la realidad, o es un bizarro servicio a nuestro sistema capitalista, que se ceba en el aislamiento narcisista de los supuestos sujetos, esclavos idiotas de su antojo continuo, a los que el «todo está en el cerebro» ratifica gloriosamente en su «libertad»?
    7. En realidad, el propio FJR se desmiente cuando dice: «La naturaleza no sabemos cómo es porque solamente la vemos a través de nuestro cerebro». — Si no sabemos cómo es, ¿cómo es que sabemos que en ella no hay sonidos ni olores ni colores, etc.?
    Si no sabemos cómo es, y nos tomamos en serio lo que decimos, entonces, no sabemos cómo es. Y punto.
    8. Eso sí, como –prudente– gusta Hume de decir: «algo debe de haber en las cosas para que las percibamos de color, con olor, etc., etc.»
    Algo debe de haber.

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