Franco Battiato

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Me gustaría morir como el cantautor siciliano Franco Battiato. Casi consciente e indolorido de su alzhéimer, rodeado de sus más íntimos seres queridos, de sus habitaciones de anaqueles repletos de libros y de sueños en su casa próxima al Etna, ese volcán del que tan buenos recuerdos conservo. Battiato fue para mí un referente de mi primera madurez, que se ha quedado en eso, en primera y última.

Me subí involuntariamente en el autobús de la vida sin saber dónde me conducía el chófer a la búsqueda de ese centro de gravedad permanente, que me encantaba y me encanta escuchar cuando me canta Battiato. Allí hay un batiburrillo de letras e ideas que yo mezclaba a mi gusto. Con la intención de pretender ser diferente, especial e inconformista. Naturalmente un inconformismo contenido y cínico, que a lo largo del tiempo se fue acentuando más y más. Una rebeldía de la cueva, un observatorio crítico sobre el zoo animal.

Lo intenté, Battiato, créeme, lo de encajar en el centro de gravedad permanente, que me permitiera dar con un punto de equilibrio, de serenidad a mis desarreglos emocionales y cambios de humor incomprensibles e insoportables.

Ahora que ya subiste las faldas del volcán y proseguiste camino hacia la nada, me gusta recordar los tiempos pasados con tu música. Cuando paseo a diario junto al mar me acompañas con tus canciones. Las rememoro identificándolas con personas queridas aunque ya hayan desaparecido o las sienta, o me sientan, lejos. O con circunstancias e imágenes de mi vida en tu país. Las escucho con más calma que antes. Y hasta las entiendo un poco mejor excepto cuando recurres al siciliano.

Franco, lo del centro de gravedad permanente lo debemos dar casi por perdido en mi caso puesto que estoy ya en los minutos de basura. Por tanto, ahora selecciono otros temas que aunque escuchaba menos me atraen igualmente.

Uno de ellos es La Cura. Me encanta al caminar escucharlo mirando al mismo tiempo el mar de mi ciudad accidental. Lo veo como mi gran amigo de un tiempo a esta parte. Fantaseo que es él quien me tranquiliza, quien me asegura que me protegerá de mis miedos, quien me anima a digerir mis fracasos, aceptar los engaños y los egoísmos, míos y los de los demás, quien me asegura que me ayudará a a aliviar mis dolores, mis obsesiones. Y en definitiva, quien me anuncia que me seguirá cuidando porque para él soy un ser especial.

Me llega y me llena tu música. Más si cabe ahora que te has marchado. Y estoy casi tentado de irme al Etna, de buscar algo de ti entre las cenizas volcánicas y de rebuscar una y otra vez ese puñetero centro de gravedad permanente del que me has hablado tantas veces.

 

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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