Freedom Theater, una Intifada cultural en Palestina

0
287
El Teatro de la Libertad, creado en el campo de refugiados palestinos de Yenín, persigue desde 1993 una suerte de Intifiada cultural. Fundado por la activista judía Arna Mer, su hijo Juliano intentó mantener viva esa llama hasta que fue asesinado. El ejército detuvo el pasado 6 de junio a Nabil Al Raee, director artístico del Freedom Theater, su sucesor

Llegó la Eurocopa 2012 y se paralizó el mundo. Llegaron los penaltis, o penaltis no vistos de Iniesta, el famoso slogan: “Yo por mi hija, mato”, y ahí estamos todos, pegando el párpado al televisor, sintiendo orgullo de ser españoles, sin importarnos mucho todo aquello que traspase nuestras fronteras de princesas del pueblo.

 

Unos kilómetros mas allá de nuestra ceguera informativa la actriz portuguesa Micaela Miranda se levanta de madrugada, en su casa del campo de refugiados de Yenín, Palestina, para calmar las pesadillas de su hija de dos años, quien ha presenciado cómo los soldados israelíes entraban en su vivienda a las 3:15h de la mañana llevándose detenido a su padre Nabil Al Raee, el director artístico del Teatro de la Libertad en Yenín. Su delito: acusado de estar bajo “sospecha terrorista” del asesinato de su amigo y compañero de oficio, el multipremiado ex director artístico Juliano Mer. Acusación sin prueba alguna presentada, y sin comunicarle a Micaela Miranda, adónde se llevaban a su marido, ni cuándo le darían permiso para ver a su abogada. Micaela estaba viviendo una película de Stanley Kubrick en un mundo real. De nuevo la pantalla, de nuevo la realidad.

 

A Juliano Mer le dispararon cinco balas (siete, según sus allegados) en Yenín, a las puertas del teatro el 4 de abril del año pasado, sin que el culpable haya sido encontrado. Su voz fue acallada. Pero su voz se mantiene viva gracias al trabajo de su sucesor, Nabil Al Raee, partidario de una ideología conocida como Intifada cultural.

 

Estaba trabajando de voluntaria en el kibbutz Ein Hashofet, al norte de Israel, empaquetando tornillos en cajas de madera durante nueve horas al día, fijando la mente en la producción de una máquina, intentando escaparme de la desquiciante monotonía del trabajo mecánico, cuando me encontré por primera vez con Juliano Mer. 

 

La comunidad de mi kibbutz sabía que era periodista, y estaba al tanto de mis regulares visitas a los territorios palestinos. Los cruces en el check point desencadenaron las primeras críticas dentro de la comunidad supuestamente socialista, acusándome de “odiar a Israel”, “de escribir mentiras” sobre el Estado sionista. En realidad sólo trataba de documentar cómo vivían los seres humanos al otro lado del Muro de Belén. 

 

Al igual que muchos otros compañeros de oficio, llegué a Israel con la intención de ser ecuánime. Pero los acontecimientos suceden a un ritmo impredecible en países de conflicto, vivencias no esperadas generan cambios de conducta repentinos.

 

Mi kibbutz se encontraba  a 20 minutos de Afula, ciudad israelí, dónde solíamos ir los voluntarios los fines de semana para comprar aquello que no podíamos encontrar en el colbo (la tienda del kibbutz). Una verja metálica y un grupo de soldados armados separaban Afula de Yenín, zona A de Palestina, trazada en los acuerdos de Oslo. Yenín es conocido porque fue víctima de la barbarie en 2002. Los israelíes bombardearon el campo de refugiados acabando, según algunas fuentes, con casi 1.500 vidas.

 

Moshe Abir, uno de los miembros del kibbutz, miembro del Partido de Trabajadores en Israel, de ideología de izquierdas, estuvo muchos años encargado del comité de cultural de Ein-Hashofet, para acabar jubilándose trabajando en Mivrag, la fábrica de tornillos, me comentó, en una entrevista realizada en su casa tras la jornada laboral: “He visto que has estado recientemente en el Teatro de la Libertad en Yenín, el teatro de Juliano Mer: el príncipe de Palestina”.

 

Juliano Mer era un activista de gran carisma con un pintoresco origen. Hijo de Arna Mer, una activista judía, y Saliba Khamis, un palestino cristiano de Nazaret. El padre de Arna Mer, Gideon Mer, fue un médico reconocido (pionero en el estudio de la malaria), y uno de los primeros sionistas en llegar a Israel, cuando Palestina estaba bajo el mandato británico. Residía en la región de Galilea dónde atendía por igual a sus pacientes árabes y judíos.

 

Arna ingresó en el embrión del futuro ejército israelí, El Palmach, y tomó parte en la guerra de la Independencia durante 1948. Sirvió a las fuerzas especiales conduciendo tanques de guerra en operaciones de limpieza étnica. Paulatinamente se dio cuenta que su sueño de un Estado para los judíos no encajaba con la matanza de la que estaba siendo partícipe. Decidió abandonar las fuerzas armadas tras una conversación con su hermana Mia en la que le dijo –en “tono muy orgulloso”, según confesó públicamente su hijo Juliano-, que en Beerseba, una ciudad al sur de Israel, habían matado a 200 palestinos en una mezquita, y pusieron en fuga a unos 15.000. 

 

Arna empezó a tomar contacto con varios grupos de activistas. En una de esas reuniones encontró a Saliba, un palestino del Partido Comunista. Se casó con él, lo que desencadenó un gran escándalo en su familia, que cortó relaciones con la pareja. Arna era terapeuta y comenzó a luchar por los derechos de los palestinos en contra del aparato sionista. Fue galardona con el Premio Nobel Alternativo en el año 1993 y fundó el Teatro de la Libertad durante la Primera Intifada. El teatro estaba dentro del campo de refugiados de Yenín.

 

Arna y Saliba tuvieron tres hijos: Juliano, Spartacus y Abir. Juliano, al contrario que su hermano Spartacus, se declaró de nacionalidad judía e ingresó en las Fuerzas Armadas israelíes. Sirvió en una unidad de combate como paracaidista durante dos años.

 

El teatro de Arna fue destrozado durante la Segunda Intifada, en 2002, cuando blindados israelíes bombardearon el campo de refugiados. Los estudiantes del teatro de Arna se convirtieron en líderes de distintos grupos armados. Yussef, el joven con más talento del grupo, perpetró en 2001 un ataque suicida en la ciudad israelí de Hadera. Por aquel entonces Juliano estaba centrado en desarrollar su carrera como actor en Israel. Uno de sus colegas le comentó que había grabado el ataque. Juliano reconoce que en las imágenes que el terrorista suicida era nada menos que su amigo Yussef, “el chico más encantador del grupo de mi madre”, dijo el actor en una entrevista. 

 

Conmovido por el suicidio de su amigo volvió a Yenín para grabar un documental sobre lo sucedido. Entonces se percató de que todos los estudiantes de Arna habían muerto luchando contra la opresión israelí menos Zakaria Zubeidi, líder de las Brigadas al-Aqsa, grupo armado que combatía la ocupación israelí. La historia de Arna fue documentada por el cineasta en la celebrada película Los niños de Arna

 

Gracias al éxito del documental, Juliano consiguió volver a abrir el teatro en 2006, junto con Zakaria Zubeidi y el activista sueco Jonatan Stanczak. Zakaria fue detenido en Jericó por la policía palestina. Desde el pasado 13 de mayo sigue encarcelado.

 

“Arna Mer fue enterrada en la colina del kibbutz de al lado, Ramot Menashe”, comenta Moshe mientras toma un sorbo de café en el salón de su casa, rodeado de libros del holocausto judío en Rumanía, su país natal. “Ella se negó a que su funeral fuese religioso. A Juliano lo enterraron a su lado. Yo estuve en el funeral, fue muy emotivo. Palestinos y judíos venidos de todas las regiones del país compartieron su dolor por la pérdida del gran hombre. Su hija pronunció un discurso en árabe que nos conmocionó”. Antes de que la entrevista terminara, Moshe afirmó: “Tuve la suerte de ver a Juliano interpretando Otelo en Haifa. Era un actor apasionado. Cuando tuvo que interpretar el estrangulamiento de Desdémona, agarró tan fuerte el cuello de la actriz que acabaron por despedirlo porque casi la mata de verdad”.

 

Moshe me puso en contacto con otro miembro del kibbutz que conocía a Sara Ozacky Lazar, una investigadora judía que ayudó a preparar el funeral de Juliano dentro del kibbutz. Sara accedió a que la entrevistara.

 

Me recibió en su salón, blanco y confortable, junto a su marido de origen cubano. Ramot Menashe se había convertido en un kibbutz privado. Las casas de sus miembros no eran sencillas e iguales como las de Ein-Hashofet, un kibbutz que se agarraba con uñas y dientes a las tradicionales e inamovibles estructuras socialistas de equidad.

 

“Mi amigo Jalal Hassam me telefoneó. Jalal era el mejor amigo de Juliano. Yo conocía a Arna por el partido. Era una mujer increíble, muy temperamental. Jalal insistió en que Juliano debía ser enterrado al lado de su madre, así que hablé con la persona encargada de gestionar los permisos para el entierro. En la entrada del kibbutz hay unas viviendas nuevas, sus dueños no son kibbutzniks (integrantes del kibbutz), sino que compraron la tierra a la comunidad. Se quejaron del previsto entierro de Juliano porque pensaron que podía dar pie a que grupos terroristas atacaran el kibbtuz. Una periodista israelí se hizo eco  de la noticia, pero al final el funeral se celebró sin ningún tipo de problemas”, comentó la investigadora.

 

El marido de Sara me llevó al cementerio del kibutz. Parecía un parque, un jardín secreto, lleno de flores de pomposos colores y de bancos blanco marfil. Parecía el escenario de uno de un paraje élfico digno de la imaginación de Tolkien. La tumba de Arna estaba cubierta por hojas verdes con su nombro en piedra en árabe y hebreo, junto a la tumba de Juliano, una piedra rosa que se erigía de manera majestuosa.

 

“Juliano vuelve a ser noticia. La finlandesa Jenny Nyman, su segunda mujer, denunció a la primera esposa por poner la piedra en la tumba de su ex marido. El juez ha fallado a favor de Nyman. La lápida debe ser retirada”, comentó el marido de Sara mientras caminábamos por el cementerio.

 

La investigadora Sara Ozacky telefoneó a Jalal Hassam. Hassam accedió a que le entrevistara en el Big Fashion en Nazaret, la parte musulmana de la ciudad. “No piense que en el kibbutz de Sara enterraron a Juliano por razones altruistas, o por sus ideas socialistas”, me advirtió Hasssam. “Tuvimos que pagarles 18.000 ILS (casi 4.000 euros) para que accedieran a celebrar el funeral”, dijo en tono irritado. “Juliano siempre se definió como un hombre 100% judío y 100% palestino. Era una persona con una gran seguridad en sí mismo. Podía haberse ido a Hollywood si hubiera querido, pero decidió quedarse al lado de los oprimidos, igual que Arna. Ambos vivieron en el campo de refugiados tratándolos de tú a tú, de igual a igual. Arna era una mujer increíble. Tuve la suerte de estar tres días con ella en la cárcel. Nos arrestaron por estar en Yenín. No hacíamos nada, simplemente andar por los alrededores”. Arna fue detenida numerosas veces tras la guerra de 1967. Murió de cáncer en 1995. Juliano continuó su legado. 

 

“Juliano creía en la revolución cultural. Él luchaba contra la opresión usando el arte como herramienta. Era una persona muy provocativa, le gustaba ir a la frontera. Cuando vivía en Yenín, se acercaba a discutir en hebreo con los soldados israelíes. Nadie sabe quien lo mató. Le echan la culpa a palestinos radicales, porque es más fácil pensar que fue un terrorista, y a todos los palestinos nos llaman terroristas. Pero lo cierto es que pudo ser un judío. El culpable no ha sido descubierto”, afirma Jalal Hassam lamentándose de que Juliano no esté vivo para que hable por sí mismo.

 

Tras mi investigación sobre quién era Juliano y su Intifada cultural  acabé mi trabajo como voluntaria en el kibutz y comencé otro voluntariado en el Freedom Theater de Yenín. En el teatro estuve dirigiendo un taller de escritura creativa junto con otro escritor palestino, Tahseen Yaqeen, y un grupo de actores de segundo curso de la escuela de interpretación: Motaz, Saber, Anas, Alá y Areej, juntos escribimos unos monólogos en el que los alumnos expresaban su identidad.

 

El pasado 6 de junio teníamos que grabar la presentación, pero surgió algo inesperado. La detención de Nabil Al Raee por el ejército israelí. Los soldados entraron en su casa a las 3:15h de la madrugada llevándoselo por la fuerza delante de su mujer, la actriz portuguesa Micaela Miranda, y su hija de dos años. 

 

“Juliano era como un padre para nosotros”, me comentó Motaz Malhees, de 20 años, cuando le entrevisté en el teatro, horas después de la detención de Al Raee. “Me enseño a luchar en el escenario. Él pensaba que la Tercera Intifada sería cultural” . Nabil Al Raee tomó las riendas del teatro continuando con el camino iniciado por Arna y Juliano. “Nabil siempre nos dijo que aunque perdiéramos a Juliano su espíritu seguía vivo dentro de nosotros, su revolución cultural seguía luchando cada vez que salíamos a escena ante del público”, continúa Motaz. “El miércoles día 6 me llamó mi amigo Anas para decirme que Nabil había sido arrestado. La historia se repetía de nuevo, arrebatándonos a nuestro segundo director”.

 

Motaz, Saber, Anas, Alá y Areej estaban abatidos, sin brillo en los ojos. Fue la primera vez que los noté desorientados en el escenario, su fábrica de sueños. No eran capaces de actuar. Ensayamos los monólogos una y otra vez, pero el aturdimiento que sentían no les dejaba concentrarse.

 

Decidimos grabar la presentación al día siguiente. Al acabar la jornada entrevisté a Micaela Miranda. Le pregunté si el culpable de los trágicos acontecimientos ocurridos en el teatro era el Gobierno de Israel o la Autoridad Palestina, contra la cual Juliano había protestado en numerosas ocasiones acusando de corrupta a la cúpula de Arafat: “los dos. La Autoridad Palestina no defiende a los palestinos, sino sus propios intereses. Sacan tajada de la opresión y de toda la ayuda internacional que les llega. Antes de que los grupos armados entren en el campo de refugiados llaman a la AP. La AP trabaja en cooperación con el ejército israelí”, aseguró de manera tajante Miranda.

 

Nabil no fue el único arrestado por las investigaciones relacionadas con el asesinato de Juliano Mer. El 27 de julio del año pasado los grupos armados israelíes entraron en el teatro y causaron numerosos destrozos. Adnan Naghnaghiye, empleado y técnico del grupo artístico, fue obligado a permanecer contra la pared con los pantalones bajados mientras las soldados rompían las ventanas. Tras el incidente fue enviado a la prisión de Jalame, donde fue sometido a duros interrogatorios hasta el 4 de agosto, sin poder ver a un abogado. 

 

Le pregunté a Micaela si eran normales este tipo de incursiones. “Sí, es como un juego de ajedrez. Es su manera de infundir terror entre la comunidad. Nunca sabemos quién será el siguiente, a dónde se lo llevarán, y cuánto tiempo estará en prisión”.

 

Llamé a mis colegas en La Voz de Galicia y en Faro de Vigo para informar de la detención de Nabil, así como de los duras momentos que estaba atravesando The Freedom Theater. La periodista Rosa Paíno publicó el 7 de junio en La Voz de Galicia, el principal diario gallego, su artículo El arte es su única arma contra la ocupación israelí. En su sección Sálvese quien pueda, de Faro de Vigo, Fernando Franco publicó Iara desde Palestina, Beatriz desde Galicia.

 

Intenté que los principales medios de comunicación españoles se hicieran eco de la represión y las detenciones de artistas en Cisjordania. La noticia se extendió con rapidez por todo e mundo gracias a las asociaciones de apoyo y a la repercusión del teatro en el extranjero (en Francia, América y Argentina hay grupos Freedom), pero apenas fue recogida ni en España ni en Israel. No acabo de entender el porqué.

 

El dramaturgo Howard Brenton escribió en el periódico, The Guardian, uno de  los más prestigiosos de Reino Unido, Defended la libertad del teatro en Cisjordania, para denunciar la detención de Nabil Al Raee. En su artículo se pregunta qué precio se ha de pagar por la libertad del artista. El reportero Jillian Kestler-DAmours documentó para Al Jazeera el suceso en una pieza titulada El teatro en Cisjordania paga precio por su libertad, y en Portugal más de cincuenta eurodiputados enviaron una carta a Catherine Ashton, Alta Representante de la Unión Europea para los Asuntos Exteriores y la Política de Seguridad, solicitando una intervención urgente ante la violación de los derechos humanos del inculpado.

 

La historia de Nabil Al Raee dio la vuelta al mundo. El teatro era el objetivo del interés mediático no solo por su pasado, sino por acusar de “terroristas” a artistas inocentes. Sin embargo, en España, un país que dice ser pro palestino, la prensa nacional no prestó atención al asunto. 

 

Aquellos que se enteraron del secuestro de Al Raee fue gracias al Facebook, Twitter y las redes sociales, a iniciativas de ciudadanos a pie, quienes cada vez más han de reemplazar el poder de los medios ante su falta de atención.

 

Iniciativas como la de Ghaleb Jaber, presidente de la Fundación Araguaney, que me ha brindado su apoyo para organizar (ayer), con la ayuda de la cantante galaico-palestina Najla Shami, una jornada de sensibilización artística para dar cuenta de la novela negra del teatro, las tragedias que están ocurriendo en los territorios palestinos, tierras sin ley.

 

El Teatro de la Libertad publicó el domingo 1 de julio en su página web que Nabil Al Raee sería puesto en libertad el pasado lunes. Pero la liberación no se produjo. Debía volver a comparecer ante el juez ayer. Se teme que aunque sea pueto en libertad deberá permanecer 60 días bajo arresto domiciliario y pagar una fianza de 2.000 euros por un delito que no cometió y del que no hay pruebas. Toda una estratagema para desintegrar la lucha cultural de una escuela de interpretación.

 

Nabil Al Raee ha permanecido casi un mes en la prisión de Jalame (las dos primeras semanas, incomunicado, sin poder hablar con su familia). Pero en España estamos tan ebrios de fútbol que no le hemos dado importancia al caso.

 

Me pregunto si los periodistas hemos fallado en nuestra labor informativa, o si, como decía Walter Benjamin: “Los hombres han perdido la capacidad de comprender”. En una época con imágenes de cadáveres ajenos descuartizados, matanzas que ocurren fuera de nuestra burbuja de piscinas de verano y brevemente se insertan en nuestros televisores, como un germen corrosivo, me pregunto si hemos decidido volver la vista hacia otro lado, evadirnos de los hechos menos gratos riéndole las gracias a unos cuantos bufones que cada vez llenan más espacios informativos, dejando la información opaca, sin sustancia. Nunca hubo tanta información, y nunca los reportajes de calidad han sido un tesoro tan raro, tan arduo de encontrar, patrimonio de pequeños círculos eruditos.

 

El periodismo ya no es el cuarto poder, aquel que pone constantemente en jaque al mundo político, como nos decían en las facultades universitarias, sino que obedece al capital, a la curva de la oferta y la demanda. Vende más un Gracias Sara que el testimonio de Micaela Miranda. Lo mediático devora la realidad, dejándola en un segundo lugar. 

 

Los medios españoles son cómplices de las atrocidades que están ocurriendo en los territorios palestinos porque callan. Los periodistas también son culpables por haber tirado la toalla, escribiendo con la cabeza baja las noticias de castillos de papel que exigen sus jefes. Lo que no está escrito no existe, y lo que no existe no interesa.

 

Al caso del artista Nabil Al Raee le seguirán muchos otros. ¡Qué mas da! Mientras tengamos un equipo que gane torneos internacionales, y un Twitter lleno de mofas, los diarios y productoras españolas se seguirán lavando las manos, haciendo negocio con sus chiringuitos publicitarios, actuando como si nada hubiese pasado, dejando sin voz atrocidades reales, convirtiendo lo visible en invisible, en irreal. Ellos son culpables de perpetuar un silencio criminal.

 

 

 

Iara M. Bua es periodista. En FronteraD escribe el blog La fábrica de historias

Autor: Iara M. Bua