Fuga animal

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“En el animal, en cuanto fenómeno natural, se da una relación necesaria entre lo velado y lo desvelado, entre lo visible y lo invisible, es el acaecer de una visibilidad que no abandona nunca la invisible, como diría Merleau-Ponty”. Pablo Perera Velamazán, Fuga animal. Atlas zoopolítico. Ed. Dykinson, Madrid, 2012.

 

¿Expansión de los derechos al “mundo animal”? No creo que este libro entre en colisión frontal con eso, entre otras cosas para no perder el tiempo. Aunque toma otra senda no muy transitada: estudiar una forma de espíritu emparentada con lo que se retrae, con los seres borrosos, que se fugan de la expresión articulada y de una universalidad disponible. En otras palabras, atiende a la igualdad, incluso a la fraternidad con los seres que no tienen nombre, anteriores a ese momento adánico por el que el hombre se enseñorea de “la creación”. Este Atlas zoopolítico no se plantea “proteger” a los animales con el habitual paternalismo humanista. Al contrario, quiere convocarlos para que su sombra nos proteja, nos salve de la trituradora antropocéntrica.

 

Así pues, podemos leer en la palabra “animal” una metonimia del doble que siempre ha estado en duermevela cuando se ha intentado pensar el hombre en los márgenes del prejuicio logocéntrico. Es posible que vuelva a estar presente en este libro un momento de algunas sabidurías, nunca del todo olvidadas, según las cuales el hombre obtiene su salud cuando dialoga con el peligro, con la enfermedad que le acosa desde lo más íntimo de su condición. Podemos olvidar muchos dioses, no el dios menor del dolor.

 

Más que una variante de la cultura de los derechos, podríamos hablar de una reivindicación de la cultura de los sentidos. Se trata de acariciar un “universal” que ahora ha de hacerse cargo, para no dejar fuera un resto sacrificable, del ser mudo que nos acompaña. De hecho, la inmensa mayoría de una humanidad atrasada que se confunde con la tierra, se parece un poco a esa presencia oscura del animal, nunca domesticado en su estar-ahí misterioso. Como las sombras de cada sala, hasta el animal doméstico prolonga en lo familiar los reflejos de lo extraño. Así pues, Perera se propone atender a un torpor que forma parte del espíritu de la especie, de este ser peculiar que tiene “la esencia en su existencia”, al decir de Heidegger.

 

Atender a un compromiso moral con lo impersonal sin el que el mundo no se salvará, no se salvará al menos de esa legión militar de “salvadores” empeñados en librarnos de la presencia cruda de lo terrenal, sean indígenas, animales o plantas. Atender a lo que hay entre los hombres, peor aún, entre la identidad civil de cada hombre y su existencia. Si leemos el mítico “I am what I am” (La insurrección que viene, Primer círculo) entenderemos algo de la zona ártica que Fuga animal quiere rescatar para que la vida humana sea menos cruenta. Se trata de un acto de piedad bastante insólito, dado que reivindica un alma insondable para cada hombre, indiferente a la condición social a la que pertenezca. ¿Zoopolítica significaría entonces una política por fin común, libre de la policía que controla el tráfico de lo social? 

 

Fuga animal habla de lo inclasificable del encuentro singular. Y del animal como ocasión para rehacernos, para descender al “uno a uno” de la existencia. Si el encanto, según Deleuze, es el temblor de alguien que mantiene una relación con sus bordes, lo no conocido de sí mismo, es normal que en cada retrato personal aparezca la sombra de una compañía incierta. Como si dijésemos: cada persona “se parece” a una bestia que nunca le acompaña plenamente. Y esta posibilidad, no muy sensata y sin embargo verosímil, tiene relación con una verdad según el cual la infancia no es una etapa más, dejada atrás como un origen ingenuo, sino una vacilación que vuelve en el umbral de cada momento crucial. El animal, si se quiere, es el umbral de una espiritualidad que está más en lo latente de las escenas que en lo manifiesto. Este libro pone así en pie una especie de freudismo que afectaría a todos los seres, como si ellos, hombres o no, siempre ocultaran algo.

 

Animal, anormal, anomal que está en el movimiento secreto de cada presencia, volviendo de una fuga, con bordes siempre imprecisos. La vida que se fuga de la identidad, el animal que se fuga del ser racional. Tal vez como el Niño de Nietzsche, Pablo Perera trabaja una figura que espera después de muchos peregrinajes, no antes. Desenfocado, “como si fuera un recién llegado de otro mundo” (p. 9), Perera escoge un campo temático, amplio y difícil de acotar, que le permite frecuentar el punto de intersección entre la imagen, la filosofía, el cine, la literatura y la poesía. Los autores son visitados en Fuga animal no al modo erudito de la filosofía académica, como depositarios de un saber del cual podemos apropiarnos, sino como personajes en los que la sombra va siempre por delante del cuerpo, estén acompañados o no por la imagen borrosa de un animal que se cuela en la foto, como en el famoso retrato de Kafka.

 

Se trata de percibir la forma del mundo, también la sonrisa del hombre, antes de que sea una imagen. O mejor, con Barthes, atender a las imágenes por el Punctum, no por el Studium; por el registro minoritario que nos gobierna por dentro, una relación infinita con la finitud, no por medio de una universalidad histórica que se libra de ella. Felizmente, este atlas es antihegeliano de principio a fin, ajeno a esa superación con la que sueña la fiebre suprasensible de Occidente. Cercano a Heidegger y Derrida, a Deleuze y Agamben, Perera se propone rehacer la imagen de lo humano en un trato con la masa bruta de un vivir demasiado ocupado por su llaneza mortal como para alcanzar nunca una plena expresión, simplemente humana. Una potencia pura de vivir vuelve a emborronar siempre el último acto del hombre, como si una materia animal reapareciese tras su pose. No es casual que todos los ejemplos literarios y cinematográficos a los que Perera nos invita sean bastante anómalos. Coetzee y la vergüenza del testigo de la muerte mecánica. Pero también Rilke, Ted Hughes, Berger, Tarkovsky, Bill Viola, Bela Tarr o Chris Marker son convocados para horadar una escena que salve al hombre de una contaminación inmunda.

 

¿Qué tienen en común el hombre y el animal? Para empezar, el miedo, la vulnerabilidad ante la muerte. Pero siempre parece que el animal, a pesar de las cien señales que nos envía la Antigüedad, careciera hoy de testigos de su “espiritualidad” y sólo tuviera testigos de cargo. Al animal, ciertamente, le falta la “conciencia”, incluso esa conciencia “tarada con la maldición de estar preñada de materia” que Marx reserva para los hombres. Sin embargo el animal, podría decir Pablo Perera, tiene en sus ojos, sobre todo cuando no nos miran, la infinitud de su sufrimiento, el dolor de un puro vivir (antes incluso de que esos ojos se desorbiten en el pánico del matadero). El animal tiene su ritual de duelo en la “tristeza bíblica” de su mirada. En el sentido de Baudelaire, ¿existe un spleen animal? La lasitud del ojo animal tras un combate no expresa, como pensaba Bataille, que el animal vive en el mundo como “el agua dentro del agua”, sin sabe de él, a sus espaldas. Por el contrario, insisten estos 52 retratos de Fuga animal, el animal sabe del mundo en su no ocuparse él, en su “inconsciencia”.

 

Fuga animal mantiene un continuo debate con esa fascinación moderna por el modelo zoológico que se manifiesta en las Ciencias de la Vida. Un combate con ese mantener apartado al hombre de la masa animal, ese singularizar al hombre frente al animal. Habría que ver incluso si la exitosa Teoría de la Evolución no tiene este fin perversamente antropomorfo. Descendemos de los primates, a los que hemos dejado atrás como animales racionales que somos. Otra vía, esta vez positivista, para mantener alejado al hombre de la contaminación animal, de su mirada inescrutable.

 

Todo este libro constituye una sugerente aproximación a lo que pueda ser todavía el hombre tras la máscara de “animal racional” con la que se ha recubierto en la modernidad. Con lo extraños que nos hemos vuelto, debemos ya mirarnos en el “espejo de lo desemejante”, como comentó Quintín Racionero en una entrañable presentación. En efecto, una desemejanza fundacional atraviesa al hombre. En las palabras de un clásico del siglo XX, el hombre no está loco cuando se cree Napoleón: Napoleón “está loco” si cree que es igual a sí mismo, que su identidad civil coincide con su existencia. Reapareciendo siempre por fuera, la existencia sería para cada uno de nosotros algo así como un animal que todavía no tiene nombre, ni siquiera una especie reconocible. No es extraño así que el autor de este libro, que es a la vez monumental y fulminante, tome de la literatura y el cine tantos ejemplos como de la filosofía.

 

El escritor es responsable ante los animales que mueren, afirma Hofmannsthal, es un brujo porque vive el animal como la única población ante la cual es responsable. “Afirma Deleuze que no hay que borrar el límite que nos separa de los animales, sino que, alcanzándolo, estar en él de una manera ajustada, de tal forma que ‘uno (el hombre) ya no queda separado’. Movimiento donde, se puede decir, Deleuze cifra la relación animal con el animal, la relación animal con el hombre, y la posibilidad misma del pensamiento”.

 

El libro de Pablo Perera produce una insana envidia. Lo de menos es la erudición portentosa que despliega, la escritura que fluye tanteando mil posibilidades nómadas y dejándose tentar por ellas. Lo importante son los lugares reales y anómalos que nos permite transitar. No es del todo delirante entender este atlas zoopolítico como una variante “monstruosa” de la filosofía de la Ilustración, aunque esa no sea su intención primera. Sin embargo, no se emprende en este libro un discurso sistemático y generalista, sino múltiples retratos puntuales donde el hombre y el animal caminan juntos hacia un horizonte indeciso. Cincuenta y dos retratos que permiten que el libro pueda ser muy corto, pues se puede recomenzar en cada uno de los capítulos.

 

Un ensayo en el mejor sentido de la palabra. Bien escrito y sugerente. Experimental, pues en cada página se pone a prueba a sí mismo. Sin rechazar nada, sin empecinarse contra nadie, pues Perera está demasiado ocupado con tentar una posibilidad común e insensata a la vez, este atlas zoopolítico se carga en cada página con una sinuosa escritura que conecta con la actualidad de las últimas décadas, tanto en cine como en poesía, imagen, literatura o filosofía. ¿Cuántos libros se habrán publicado en España, este año, con esta presencia, retirada en sí misma, esta tecnología de detención? Pocos, pocos o tal vez ninguno.

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 16 de junio de 2012

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.