Fugaz alegría íntima

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Hace poco fui testigo de una realidad de la que tenía una impresión totalmente distinta. Fue una profunda lección que duró unos segundos. La impresión  que tenía de la manera de actuar en casos similares a la situación que vivía  era tan radical que percibí que en muchas cosas yo estaba muy equivocado, tanto para sentirme culpable, o inocente, o un ingenuo, incluso en peligro de ser defenestrado por la sociedad. El asunto, que en realidad no reviste tanta trascendencia inmediata, ocurrió en un espacio reducido. En un avión. Bueno, quizá con gente que esperaba embarcarse para un viaje como tantos que, con provisión abundante de estrés, nos llevan de un sitio para otro en busca de nuestro lugar en un mundo cada vez empequeñecido por la fuerza de las ambiciones de los ricos.

Estaba yo en mi sitio, sentado y abrigado para no sucumbir ante la ola frígida  que azota por igual todos los puntos cardinales norteños del mundo cuando vi que el miembro femenino de una pareja de jóvenes se puso en pie para satisfacer una breve, pero imperiosa necesidad. La bipedestación de la joven implicaba el establecimiento del contacto visual con su par masculino, que estaba enfrascado en la visión de la producción fotográfica común. Como se sabe, la producción fotográfica y videográfica doméstica es un consuelo  para muchos en tiempos de obligaba inactividad. Recrearse en las glorias personales del pasado ayuda a combatir el tedio durante los viajes. Está claro que ayudarían mejor si los recuerdos fosilizados por la tecnología son gratos. Aquel miembro femenino se puso en pie para satisfacer aquella necesidad, y con aquel hecho se produjo el contacto visual con su ya mencionada pareja, un joven berbe que no pasaría de los treinta años. (¿Que no existe la palabra?) Entonces cuando el miembro femenino estableció el contacto visual con el chico, su expresión facial varió y el que la viera descubriría que había esbozado una sonrisa, que es un gesto amigable para que su berbe compañero supiera que se alegraba de mirarlo a los ojos, obligados los dos a fijar la mirada en el espaldar del asiento del pasajero precedente. Pero como las condiciones de aquel viaje no permitían muchos minutos de bipedestación, el aludido par femenino recurrió a la presteza para adoptar la normalidad requerida, y fue ahí cuando, reclamada por las necesidades cinegéticas del medio de transporte, se vivió lo que nos arrancó estás reflexiones: el miembro femenino de aquel par sonrió durante los dos segundos que duró el contacto visual con el masculino, transcurridos los cuales, y ocupada en la satisfacción de su necesidad, recuperó el semblante que tenía en el momento anterior al que decidió ayudarse para sentirse mejor. Es decir, cualquiera que la hubiera estado mirando hubiera visto que recurrió a una mueca para contactar a su compañero. (Francamente, contactar es un infinitivo rescatado por la tropa anglófila de los viajeros virtuales, muy reacios a potenciar sus lenguas patrias).La razón por la creemos que dicho gesto fue llamativo es que, siendo como somos,  no recurriríamos a una mueca, una sonrisa mal dibujada, para recordarle los amores a nuestra parienta más prójima, o bien aquello ocurriría de otra manera, y es que si recurrimos a la sonrisa para ayudarle a sobrellevar los sinsabores del viaje, o simplemente para recordarle nuestros deseos galantes, el que nos estuviera mirando durante los cinco segundos siguientes al inicio de la expresión del alma por excelencia vería que ésta duraría más allá del contacto visual con nuestro par femenino. Y es que no sabíamos que una sonrisa podía durar solamente lo que tarda el reloj en devolver dos segundos a la posteridad.

           

            Insistimos en la innecesidad del gesto al tiempo que nos asombramos de su artificialidad. La aparente domesticidad de estas reflexiones se desvanece cuando constatamos que la gran mayoría de los hombres y mujeres de nuestro mundo no conoce otra cosa que la escenificación por televisión de este innecesario, y dañino,  recurso a la pantomima. Y el asunto es por la televisión. A diario asistimos a las declaraciones, desmentidos, exculpaciones y zalemas de los políticos que piden nuestra atención con una extraña abundancia de gestos faciales amistosos. Elegidos, muchos, incluso por la blancura de sus dientes, son la vanguardia en este fariseo proceder, pues ya ya siendo sabido que entre ellos, y en el seno de las mismas agrupaciones políticas, se dan casos de deslealtades y malquerencias que no se darían incluso en las familias mal avenidas. El asunto no tendría ninguna transcendencia de no ser por la naturaleza pública del oficio del político, elegido, a veces, para recoger y ofrecer las mejores opciones de resolución de los problemas comunes. Pero desvanecida esta concepción, los políticos actuales entienden que tienen la tarea cumplida cuando salen airosos de sus comparencias públicas, aunque los asuntos que deberían merecer sus desvelos estuvieran sin atender, en un grado de desatención que muchas veces amenaza la garantía de un bienestar mínimo.

            La solución inmediata a dicha ruindad debería ser la limitación del acceso de los políticos a los espejos públicos a situaciones excepcionales, ya que es sabido por todos, y por los ejemplos de escasos países, que su invisibilidad no estorba una mejor gestión. Ya va siendo hora de que las generaciones futuras vayan creciendo en el aborrecimiento de sonrisas de Colgate difundidas por servicios informativos que deben su solvencia a los tejemanejes de los políticos a los que servilmente sostienen. El aborrecimiento de la publicidad política en los espacios públicos de comunicación es urgente por la irremediable capacidad que tienen para generar héroes de ficción-cartón, pero héroes que al ser físicamente cercanos, y con el poder que otorga la política, logran una credibilidad que no tendrían sin la atención de los focos.

            El mundo lleva décadas de lágrimas por lo mal que nos van los asuntos, a unos peor que otros,  y no sabe que aligeraría la carga de dolor que supone la publicidad de las muecas mal disimuladas de los políticos. Es paradójico que la misma parte de este mundo que encuentra los argumentos para eliminar la publicidad de la televisión, su televisión, no encuentre nocivo el desmedido fariseísmo que se promueve con la publicación de las declaraciones, contradeclaraciones, quejas, y exabruptos de los políticos, muchos de los cuales se sostienen en el poder con el amparo del descaro y la impunidad, pues los vicios punibles de muchos de ellos son públicos. Si creen que lo de los políticos esto no es para tanto, aplaudan frenéticos cuando los pederastas que han abusado de sus hijos hagan gestos obscenos a las cámaras.

                                   

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.