Furtivo cazador de frases anónimas

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Llevo sin escribir un solo renglón desde el principio de las Navidades, pues hasta los mensajes electrónicos los dicto o simplemente los grabo y se lo mando luego por email a los amigos y familiares. Tampoco he hecho una sola resolución esta vez, aunque ahora, según tecleo estas palabras, me parece que mi resolución para el año nuevo que empieza será seguir aquel consejo de Plinio de nulla dies sine linea, que en castellano actual podría traducirse libremente por no dejar pasar un solo día sin un gorgorito (tweet) o sin dejar claveteado en el tablero de Facebook algún recadito dirigido al mundo, si no a los amigos. Los 140 caracteres del Twitter obligan, por su propio laconismo, a la noticia volandera, al comentario más o menos frívolo o al epigrama.

 

Hace casi dos años abrí una cuenta en Twitter y durante unos días estuve armando aforismos que me sonaban casi como los de La Rochefoucauld. Pero me cansé en seguida porque no soy francés ni el ingenio me alcanza para acuñar una máxima que ni mínimamente se acerque a esta que pongo aquí debajo:

 

Il y a des méchants qui seraient moins dangereux s’ils n’avaient aucune bonté

Hay malvados que serían menos peligrosos si carecieran por completo de bondad

 

Un buen aforismo es lo opuesto a un lugar común. Tiene que encerrar siempre un significado ambiguo y hasta cierto punto subversivo, paradójico o inquietante respecto al status quo. Uno pensaría que a mayor grado de maldad, peor es el individuo, pero la máxima de La Rochefoucauld nos recuerda, entre otras cosas, que el peor malvado es el que no se ve de buenas a primeras y que, como dice el refrán español, siempre es más fácil librarse del agua brava que la que corre mansa. La Rochefoucauld también nos advierte en otro lugar que la hipocresía no es sino el homenaje que el vicio rinde a la virtud, aunque aquí yo me atrevería a enmendarle la plana al sentencioso francés y añadiría que la hipocresía es la capa más elegante con que cubre sus espaldas tanto el malvado como quien no lo es.

 

Leo en algún sitio que el tuitero es un filósofo frustrado. No lo sé, aunque yo fui ciertamente un La Rouchefoucauld manqué durante unos días y, por ello, creo que si ahora se me ocurriera abrir otro twitter, en lugar de aforismos o dichos ingeniosos, me dedicaría a copiar diariamente alguna de las muchas frases banales que escucho cuando viajo en metro o me cruzo con algunos paseantes por la calle. Así, esta mañana, al salir del deli que tengo en la esquina de mi casa, escuché este diálogo fugaz en boca de varios adolescentes que pasaban junto a mí:

 

-Do you know Jeff?

-The one with the big head?

-Yeah

-Oh that nigger… He likes his booze, doesn’t he?

 

Me ahorro la traducción, porque creo que perdería el encanto desgarrado que me produce a mí al leerlo transcrito en inglés. Las palabras de la tribu son muchas veces intraducibles y de una cruda belleza en el original, como las florecillas silvestres que uno se encuentra cuando camina por el monte. Lo que más echo en falta de mi Madrid es precisamente la voz callejera que se escucha en la parada de un autobús, en una tienda de ultramarinos (si es que todavía existen) o en unos grandes almacenes. De estar en mi tierra, a mí no me importaría convertirme en furtivo cazador de frases inconexas y diálogos truncados, que iría transcribiendo en el Twitter o en el Facebook con el mismo mimo con que un entomólogo extiende delicadamente las alas de un insecto y lo monta luego sobre alfileres en una plancha. Aquí, en Nueva York, me conformo con verlas revolotear, esas frases, en un parque, en un diner o en el vagón de un metro. O mientras mis alumnos parlotean, en un pasillo al fondo, antes de entrar a clase.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.