García Marketing

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García Marketing le decía a Gabriel García Márquez otro escritor, menos conocido que el autor de El otoño del patriarca. Era Rodolfo Enrique Fogwill, que detestaba las lluvias de café, los milagros cinematográficos, las historias resueltas desde la primera línea y nunca lo dijo, pero lo sospecho: a alguna de sus amistades (amistades antiguas o duraderas), al mexicano Carlos Fuentes, por ejemplo, de quien Fabián Casas un día dijo: Ese tipo tiene cara de actor porno. Y sí. Parecía Rocco Siffredi.

 

García Marketing le decía a Gabriel García Márquez otro escritor, menos conocido que el autor de El otoño del patriarca. Era Rodolfo Enrique Fogwill, que detestaba las lluvias de café, los milagros cinematográficos, las historias resueltas desde la primera línea y nunca lo dijo, pero lo sospecho: a alguna de sus amistades (amistades antiguas o duraderas), al mexicano Carlos Fuentes, por ejemplo, de quien Fabián Casas un día dijo: Ese tipo tiene cara de actor porno. Y sí. Parecía Rocco Siffredi.

 

García Márquez edificó con astucia su carrera, su edificio y su refugio: que venda millones de libros donde América Latina se disponga según los protocolos del realismo mágico no es más que vender la representación que todavía quieren comprar los europeos de un continente marginal y empobrecido, sin industrias, sin ciudades o con ciudades destartaladas, donde las arañas se pasean por las casas de barro como manos gigantescas, sin puños. Macondo es uno de esos artefactos que detestaba Juan José Saer.

 

Años atrás, en Perú, recuerdo la conversación entre dos o tres italianos una noche en una estación de ómnibus, encantados con el atraso del carromato que iba a tardar más de veinticuatro horas de llegar de Arequipa a Puno, un verdadero exotismo. O el turismo lisérgico a pocos kilómetros de Tarapotos, vestido con las remeras del polaco canonizado fumando un porro. Ese continente levantó la cabeza nada del otro mundo de a poco; adjudicarle todos los males a García Márquez sería una exageración.

 

El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto y Del amor y otros demonios son los tres pilares fundacionales (incluso por retroactividad) del culebrón centroamericano: tramas tan sofisticadas como una telenovela de la tarde argentina, democrática en sus opciones pero tiranas de sus procedimientos.

 

Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Roberto Arlt, Jorge Iberguengoitía, Juan Rulfo o el mismo Saer escribieron menos, ganaron menos dinero, no cultivaron la amistad de Fidel Castro ni el amor de Shakira pero sentaron las bases del actual vigor de la literatura latinoamericana, predestinada al marketing más por la época que por el cálculo.

 

Creételo.

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.