Gasolina para este incendio

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El fútbol debe ser como la gasolina. Sin fosforo no prende, en llamas es imparable.

A punto de salir de Brasil, todavía me tiene perplejo la furia futbolística que hora a hora se va a poderando de este país. Las empresas van a cambiar sus horarios para que sus empleados vean los partidos de primera hora de la tarde (acá el último es las 15:30) y se puedan quedar emborrachándose sin la molesta presencia de la ‘conciencia’ laboral. Los vecinos se organizan para decorar calles y edificios y toda la gama de camisetas de la selección pirateadas está a la venta en calles y almacenes.

Cualquier declaración en torno al asunto es tema de Estado y hasta la precampaña electoral hacia la presidencia (octubre 2010) se siente medio sofocada por este ardor redondo. Los periódicos tratan de colar las últimas encuestas, que ponen a Dilma Rousseff (la candidata de Lula) a la altura de José Serra, su oponente de derecha; o airean las polémicas declaraciones de la guerrera y evangélica candidata ecologista, Marina Silva, sobre el matrimonio gay (un «sacramento prohibido»); o buscan alguna esquina donde medio esconder las noticias que señalan la presencia permanente de las FARC colombianas en territorio amazónico brasileño. El fútbol gana.

El presidente neoliberalneosocialistaneoimperial Lula dedica su tiempo a comentar la libertad sexual otorgada por la mano de Dios alias Maradona a sus chicos y yo, perplejo veo como este país, que presume de ir a ser la quinta potencia mundial en la próxima década se desangra en los barrios y en las periferias. El incendio lleva tiempo prendido y fuera de las urbanizaciones amuralladas y electrificadas, donde las chicas toman el sol democrático (debe ser lo único igual para todos), la guerra social es pavorosa. La sensación, por momentos, es la de estar ya en un entorno Blade Runner donde las calles son espacios de muerte y miedo y es arriba, en las torres doradas, donde se juega al poder y a la supervivencia.

Pero llega el fútbol y este país excluyente que es Brasil verá en Sudáfrica un ensayo de su mundial de 2014, mundiales de pobreza, derroche en medio de la penuria y de la condena a millones de habitantes a convertirse en homo sacer mutantes. La FIFA siempre ha sido cómplice del dolor, lo fue con Hitler, lo fue con la dictadura argentina, vuelve a justificar lo injustificable y lleva el circo de la opulencia y los derechos televisivos a las calles polvorientas que esconden la mentira del fin del Apartheid. Recurdo ahora a un líder negro que en una entrevista explicaba hace unos años cómo han cambiado las cosas en Sudáfrica: «Antes era una finca de blancos donde los negros éramos esclavos. Pero los blancos se dieron cuenta de que los esclavos se estaban cansando y que el mundo los miraba mal. Así que pusieron gerentes negros a cargo de la finca y llamaron a los esclavos trabajadores. Los blancos siguen siendo los dueños».

Viva el fútbol pues, y que la gasolina brote de las grietas de los estadios para prender el incendio de un especie que se contradice a si misma. Que viva, y que la muerte que lo rodea sea testiga del gran espectáculo anti crisis. Pan y circo contra cualquier protesta, pan y circo para ahogar las voces del disenso.

 

 

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.