Publicidadspot_img
-Publicidad-spot_img
Mientras tantoGertrude Stein

Gertrude Stein


Retrato de Gertrude Stein, por Pablo Picasso. Cuando la Stein vio el retrato, le dijo a Picasso que no se le parecía. Picasso le contestó: «Tranquila, ya te parecerás.»

Releo el libro de Gertrude Stein Autobiografía de Alice B. Toklas. Que se devora en dos patadas. Es un conjunto de cotilleos maravilloso. El ambiente que se relata no puede ser más distinguido, desde el principio: Picasso, Braque, Juan Gris, Matisse, Rousseau, Gauguin, Cézanne, Vallard…, y un larguísimo etcétera que va creciendo, abundante. El personaje de la novela de Stein, su máscara, su alter ego, no se mete en profundidades, ni psicológicas ni filosóficas. Lo narrado avanza en secuencias de situaciones atractivas, muchas de ellas geniales, donde los genios, congregados en la Historia, discurren con un efecto literario sorprendente. Rica es la historia que relata los inicios de la adquisición de obras de arte por parte de Gertrude y su hermano, en pos de los paisajes de Cézanne. Al poco tiempo consiguieron una discreta y valiosa pinacoteca (y nada de pagar precios fabulosos); de cada autor generalmente poseían un par de cuadros, debido a la divergencia, a última hora, de los gustos de ambos.

En este libro, por el que se avanza con mucho deleite, hay dos recursos estilísticos muy destacables; uno atañe a la estructura, a la despersonalización narrativa que ostenta. Siendo unas auténticas memorias de la Stein —gran memorialista ella—, el utilizar una efectiva máscara (su secretaria Alice) como narradora de las peripecias del grupo vanguardista parisino de los primeros años del siglo XX, que le hace distanciarse del “phatos” íntimo, resulta muy provechoso para la propia autora, pues le permite decir de ella misma cosas, como que es un genio, que serían de una cierta desfachatez y arrogancia si la que hablara fuera ella y no Alice. O declarar abiertamente su desacuerdo con la pintura de Derain, incluso sus desavenencias personales, en los mismos términos. Claro que por este sistema también hace crítica de alguna de sus propias actitudes. Esta distancia deviene sagacidad y elegancia. El otro recurso, que afecta al dinamismo de la acción, consiste en avanzar suculentos detalles en los que más adelante se extenderá. Así el tempo de la obra se desarrolla en un trote descriptivo que cunde mucho en la intriga que va recreando el lector.

La acumulación discursiva del libro se sustenta en las frases, condición que se hace explícita en el texto: “Las frases, no sólo las palabras, sino las frases, y siempre las frases, han sido la gran pasión de la vida de Gertrude Stein.” En otro lugar, la afirmación aparentemente contradictoria: “los párrafos son emotivos y las frases no”, queda corroborada en el magnífico y redondo final del libro.

Stein es el tipo de escritora, buena escritora, incansable lectora (“Gertrude Stein lo lee todo”), muy afanada en el oficio, pero que desdeñaba la condición llamada convencionalmente intelectual; satisfecha de no provenir de casta de tal índole, así lo declara en boca de ese yo novelístico que supone Alice: “Siempre dijo que estaba muy contenta de no pertenecer a una familia de intelectuales”. Ella era una mujer mundana —como se comprueba en lo contado— con modales un tanto esnobistas y a la vez un poco bruscos, pero enigmáticos y selectos. Lo que más le placía, desde luego, era coleccionar los cuadros de los artistas circundantes y, con ellos, establecer conversaciones plagadas de chismes, hechos superficiales pero altamente informativos de la intrahistoria del arte. Sucedidos suculentos, reflejados en este libro, como la relación de amigos-enemigos entablada entre Picasso y Matisse, hasta el punto de que cuando ambos genios se intercambiaban cuadros, siempre escogían lo peor del “contrario” para así sacar a relucir en público los defectos del arte del otro.

A nuestra autora le agradaban mucho las dificultades y malentendidos surgidos entre estos fabulosos cofrades: “A Gertrude Stein estos problemas la divertían enormemente. Matisse era un chismoso con mucha gracia, y Gertrude Stein también, por lo que, en esta época, lo pasaban en grande contándose los más diversos chismes”. Por eso decíamos al principio que, sin desmerecerlo, sobre todo en los 3 ó 4 primeros capítulos, de 7, este libro guarda similitud —sus contenidos tan bien dispuestos— con un extenso reportaje del “corazón”, en su más sereno, grácil y periodístico sentido.

¿Qué revela este libro? ¿Qué revela, fuera de estas divertidas lecturas? Gertrude Stein, como aquí se expresa, era mujer de un solo oficio, escribir, y un solo idioma, el inglés, pese a lo que pudiera pensarse de sus ajetreadas actividades y su personalidad cosmopolita. Como ella misma declara, la condición creadora se sustenta en la imaginación, que a su vez posee dos bases claras y firmes: una nítida observación y una segura construcción artística asentada de una vez y sin resquicios. Con este poder altamente literario, Stein nos descubre la elevación en el desarrollo del arte, decisivo en los principios del siglo XX, exponiendo los temas novedosos y la ejecución de los mismos: el circo, la revolucionaria paleta de colores, de timbres, etc. (Recuérdense figuras capitales en este aspecto como Toulouse-Lautrec o el músico Erik Satie).

En aquellos años, con los que esta historia comienza, la “afición” estaba dividida entre Matisse y Picasso. El primero exponía en los salones parisinos de la época. Picasso, nunca; pero, siendo el inventor del cubismo, sus influencias las proyectaba a través de los cuadros cubistas expuestos, de Braque, Gris, Derain, lo que suscitaba esas grandes adhesiones, aun Picasso ausente de lo que se exhibía en los salones. Ello da muestras de la vigorosa sagacidad de la cual siempre estuvo dotado el pintor malagueño, auténtico genio solar del arte del siglo XX.

En todo el libro serpentea una exhibición metapoética, bien estableciendo una clara teoría del establecimiento definitivo de la escritura, bien considerando y argumentando las obras de Gertrude en curso de gestación o publicación, como asimismo avanzando ciertos dictámenes estéticos de mucho interés, llenos de esta pura radicalidad: “Gertrude Stein siempre dijo que el cubismo es una concepción puramente española, y que sólo los españoles pueden ser cubistas, y que el único cubismo verdadero es el de Picasso y el de Juan Gris.”

Los dos últimos capítulos del libro están encuadrados en los años de la Primera Gran Guerra y su posguerra. Durante los terribles acontecimientos, Stein y su secretaria orillaron sus inquietudes elitistas para llevar a cabo una acción altruista, participando en labores humanitarias.

Como complemento de la lectura de esta obra, he tomado también un ensayo muy sustancioso de Eulalia Piñero Gil, de la Universidad Autónoma de Madrid y publicado en la de Barcelona: “París era mujer: Gertrude Stein, las expatriadas y la eclosión de las artes”. En dicho ensayo se trata, sobre todo, de Stein y Sylvia Beach. Piñero habla de aquel inigualable  marco que era el estudio de Gertrude Stein, en la Rue de Fleurus, “el salón-museo del que colgaban las telas de Cézanne, Matisse  y Picasso. Ante aquellas obras maestras se verbalizan las elucubraciones sobre la modernidad, las amistades, la situación social norteamericana y el futuro del arte europeo”.

Más del autor

-publicidad-spot_img