Gibraltar

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Hace muchos años se me ocurrió visitar Gibraltar. Nacido en los sesenta, pertenezco a la última generación de españoles que conoció el franquismo en su salsa sociológica, que aún dura metamorfoseada en apoliticismo pancista. El franquismo, para los que no lo recuerdan o no lo conocieron era antes un modo de vida que un régimen político. 

 

Hace muchos años se me ocurrió visitar Gibraltar. Nacido en los sesenta, pertenezco a la última generación de españoles que conoció el franquismo en su salsa sociológica, que aún dura metamorfoseada en apoliticismo pancista. El franquismo, para los que no lo recuerdan o no lo conocieron era antes un modo de vida que un régimen político. Todo era grisáceo, todo era rígido. Por lo mismo, todo era predecible e incluso confortable. Los pocos que, en aquel entonces, habían viajado al extranjero habían comprendido ya el casposo anacronismo del franquismo y, por ende, de la sociedad española de aquel entonces. Hubo antifranquistas políticos —los menos— y muchos más antifranquistas sociológicos. Estos últimos fueron los que apuntalaron la transición: prudente reforma política y rápida revolución social, esto es, revolución de hábitos y costumbres. En los ochenta, esta revolución se consumó: fue la década de la libertad. Hoy hemos vuelto poco a poco al lo peor del franquismo sociológico, metamorfoseado en buenismo políticamente correcto. De nuevo, en cada vecino encontramos a un inquisidor en potencia, un guardián de las buenas costumbres. El franquismo sociológico, como el buenismo, son prohibicionistas y partidarios de la autocensura como eficaz método de control social.

 

Pero en los años ochenta, este país vivía aún bajo la fascinación de la libertad. En 1987 visité Gibraltar. Era un viaje iniciático tardío. Gibraltar había sido durante décadas un oasis en medio del desierto. Para el franquismo era un enclave oprobioso, un insulto permanente a la patria nacional-católica. Para los de mi generación, era un Shangri-la europeo, un paraíso.

 

La visita, obviamente, fue decepcionante. Gibraltar era un ridículo bodrio. Perdida el aura libertaria que tuvo durante la dictadura, sólo le quedaba el aire cutre de colonia de quinta fila, de anacronismo anchoembudista. En Gibraltar se vivía claramente —se vive hoy— del estraperlismo, del taxfree y del delito fiscal. Perdida su razón de ser estratégica (no cabe ni por asomo un conflicto bélico entre países de la UE), Gibraltar parecía lo que es: un parque temático roñoso donde lo british es de guardarropía, como un decorado cinematográfico. Gibraltar había dejado de ser una colonia liberadora para convertirse en una sucursal del lobby mundial de paraísos fiscales, es decir, del lobby de los caraduras, de los especuladores, de los sinvergüenzas.

 

Últimamente vuelve a ser noticia Gibraltar. Patrulleras de la Roca embisten a las de la Guardia Civil e impiden la captura de traficantes. Es lógico; los de la Roca defienden el negocio, el modus vivendi de la colonia. Descubro, de repente, que echo de menos la Verja o, mejor dicho, otro tipo de verja que aquella verja que aislaba España de la democracia. Echo de menos una verja más mental que física, un muro sutil que impida que el Campo de Gibraltar se impregne de olor a basura, a corrupción, a colonialismo silvestre.

 

Nunca he vuelto a la Roca. No merece la pena.