Girasoles bajo la tormenta

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Desde que en agosto de 1888 Vincent Van Gogh pintara su Jarrón con 12 girasoles; y mucho más aún, desde que en marzo de 1987 -casi cien años más tarde- el magnate japonés Yasuo Goto pagase a la casa de subastas Christie’s de Londres, la cifra de casi 40 millones de dólares, por uno de los cuadros de girasoles del maestro holandés; cada pintor que ve en su casa, un ramo de girasoles en un jarrón, siente un mosqueo impresionante. ¿Quién no se anima a pintarlos?

 

Pintar flores resulta tentador para cualquier artista. Por una parte se trata de seres vivos, además de naturaleza efímera; y por otra, están concebidas por la Naturaleza, para llamar irresistiblemente la atención de los insectos, y que éstos acudan a su interior a polinizarla. La flor es pura seducción; la dibujaron así.  

 

A Faba le sucedió lo mismo en el otoño de 2008. No quiso mirarlos como Van Gogh hizo con los suyos, sino como si ese jarrón con flores amarillas enormes, fuese una pieza más de su Huerta del Retiro. La luz debía ser primordial en el florido girasolario de Santiago. La transparencia del jarrón, y la de las fundas de compact disc que lo rodeaban, crearían la característica atmósfera translúcida, marca distintiva de la casa.

 

Las flores se entienden mejor con la acuarela que con el óleo. Será la familiaridad del agua con los seres vivos; o quizás esto se deba a la suavidad casi carnal de la pincelada de pigmento disuelto en agua. Los besos húmedos del pincel de marta sobre las cartulinas rugosas para acuarela, tienen mucho que ver con la naturaleza erótica y sensual del pétalo. Pintar la misma flor al óleo o a la acuarela, genera tantas diferencias, como las existentes entre una flor viva y otra de piedra. Los girasoles de Faba están pintados con lluvia y luz de tormenta.  

 

Ramo de girasoles

Gabriel Faba. 2007.

Dibujo a la acuarela.

20 X 40 cms.

 

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