Glaciares, icebergs, interacciones acuáticas

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Amparo Moreno Sardá –catedrática de Comunicación- ha publicado el pasado viernes 6 de abril en El País el artículo Sexismo lingüístico: del iceberg al glaciar que cuestiona con argumentos inteligentes la tesis de Ignacio Bosque sobre la conveniencia de seguir usando el masculino para ambos géneros. Propone prolongar “un debate que se ha quedado en la punta del iceberg para abordar lo que oculta en aguas más profundas y qué pasa con unos glaciares que siempre dijimos que ocultan hielos perennes y hoy se quiebran a un ritmo acelerado”. Para ella, el masculino, tal como lo utilizamos en los debates públicos académicos, políticos, periodísticos, “no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres, porque sólo considera humano el arquetipo viril”, algo que Aristóteles acotó así: “Para hacer grandes cosas hay que ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos”. Y así hasta nuestros días. Por si acaso no se lo leen, les diré que anima a “promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces”. Y también recomienda “no usar el masculino como hasta ahora y tampoco sustituirlo por femeninos o doblar palabras”. Transcribo una frase suya que denota cualquier cosa menos dogmatismo: “Algunos hombres y mujeres antes excluidos nos hemos incorporado…”. Voilà. Venga, señor Bosque, anímese y responda, que esto puede desembocar en un debate estupendo.

 

Hace poco mencioné el despiste que asalta últimamente a los castellanohablantes con los relativos (que si están ahí, será para algo). Un documental de La 2 sobre el parque natural de la serranía de Cuenca me obligó a oir lo siguiente: “Un quejigo, cuyo diámetro de su copa mide…”. ¡Que no sabemos!, no sabemos poner “cuya copa mide xxx de diámetro” o bien “que tiene una copa que tiene un diámetro de…”.  Y en este caso no se trata de malas traducciones del inglés, era en castellano. Pero luego vino una frase mucho mejor: “No hay nada como interaccionar con el medio acuático”, mientras en la imagen un excursionista se zambullía con su meyba en una laguna con la humilde y comprensible pretensión de refrescarse. ¡Que somos muy pomposos!   

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.