Golfus de Roma: Había una vez un circus

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Como escribí hace poco más de dos semanas con motivo del estreno de Mercado de amores, picadillo de temas y tipos de Plauto aliñado con maña cómica por Eduardo Galán, el gran maestro de la comedia latina suele asomarse con prodigalidad a los escenarios estivales porque su humor desinhibido y crítico acierta en la diana del gusto de los espectadores de siglos y culturas diferentes. Prueba de ello es su pervivencia a través de autores de épocas posteriores –discúlpenme por volver a citar de forma recurrente los dos ejemplos más relevantes, Shakespeare y Molière– y la inspiración que proporciona a espectáculos tan deliciosos y desbordantes como Golfus de Roma, que para mi gusto es el mejor y más logrado ejemplo de sabrosa ensalada plautina resuelta con brillantez.  

Este gran musical ejemplifica las fluidas estructuras de vasos comunicantes que vertebran y conectan manifestaciones culturales aparentemente muy distantes. El libreto de Burt Shevelove y Larry Gelbart (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, es su título original) es un equilibrado y bien conseguido refrito de ambientes, temas y personajes de Plauto, una reelaboración en la que también son perceptibles las trazas de la Commedia dell’Arte, heredera a su vez de aquellos antiguos moldes latinos (inspirados, por cierto, en la denominada comedia nueva griega) e irrigadora por su parte de muchos caminos y experiencias posteriores. El mismo Plauto, todo hay que decirlo, enriqueció los argumentos tomados de Menandro, Dífilo, Filemón y otros autores helenos con innovaciones como el añadido de bailes y canciones.

De izquierda a derecha, Eloi Gómez, Carlos Latre y Ana San Martín en un momento de la función (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

A Funny Thing Happened on the Way to the Forum, con partitura y letras de Sondheim, se estrenó en 1962 y casi sesenta años después conserva tan ternes su comicidad y ligereza, claves del espectáculo proclamadas en su popularísimo número de apertura, “Comedy Tonight”. Dan fe de su vigencia inmarchitable sus sucesivas y exitosas reposiciones en Broadway con actores de la talla cómica de Phil Silvers, Nathan Lane y Whoopi Goldberg al frente del tinglado en el papel de Pseudolus, interpretado originalmente por Zero Mostel, que también lo encarnó en la versión cinematográfica. Como nota adicional, merece la pena subrayar que Mostel, Silvers y Lane lograron un Tony (cada uno, por supuesto) por su trabajo en las respectivas producciones de la obra. 

Para mi pesar y ciñéndome al ámbito español, no vi en su momento –es probable que estuviera ocupado leyendo mis tebeos de El Jabato– el mítico montaje estrenado en el madrileño Teatro Maravillas en 1964, adaptado por Manuel Ruiz-Castillo y José Luis Coll, dirigido por José Osuna, con escenografía y vestuario de Mingote, y con Saza (Pseudolus), Luis Barbero (Erronius), Tip (Marcus Lycus) y Coll (Hysterium), antes de ser Tip y Coll, en el reparto; lo titularon precisamente Golfus de Roma, como luego se llamó en España la película rodada en 1966 por Richard Lester y como se ha venido denominando cada adaptación del musical en España. Tampoco pude ver el muy alabado que dirigió Mario Gas en 1993, con Javier Gurruchaga, José María Pou, Vicky Peña y Gabino Diego, entre otros, a bordo de la propuesta. Por fin, asistí en 2015 al estreno de una estupenda versión que, dentro de la programación de Veranos de la Villa, pilotaron en Madrid Jesús Castejón, Salvador Collado y Bruno Tambascio.

Esta última y el filme de Lester son las únicas referencias con las que puedo comparar el ambicioso, muy cuidado y divertido espectáculo que, dirigido por Daniel Anglés y con Carlos Latre como mascarón de proa del proyecto, se ha presentado en el 67 º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Y he de decir que me lo pasé muy bien y, a juzgar por sus muestras de entusiasmo, el público que abarrotaba el milenario enclave emeritense, también.  

Un aspecto de la escenografía circense de Golfus de Roma (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Como ya he comentado alguna vez, en el teatro de Plauto culebrean personajes convertidos en estereotipos argumentales, como el soldado fanfarrón, la jovencita de buen ver asediada por varios pretendientes, el esclavo astuto y torticero que se las ingenia para sobrevivir y pescar en las aguas que él mismo ha revuelto, el enamorado joven y el viejo rijoso (a veces padre e hijo), la esposa dominanta… Todas estas criaturas prototípicas se agitan desenfadadamente en el musical de Sondheim, Shevelove y Gelbart, elaborado principalmente con materiales de tres obras del comediógrafo latino: Pseudolus, Mostellaria y Miles Gloriosus.

Muy resumidamente, el argumento de Golfus de Roma narra los esfuerzos del esclavo Pseudolus por conseguir la libertad que le ha prometido su amo, el joven Hero, si le ayuda a lograr el amor de Philia, una rozagante virgen esclava del proxeneta Marcus Lycus, quien la ha vendido al capitán Miles Gloriosus. Mientras llega el militar a recoger su compra, el trapisondista Pseudolus urde estratagemas diversas para llevar a cabo su plan y escapar de las dificultades que se le van acumulando. Otros personajes destacados son Senex y Domina, padres de Hero; el jefe de esclavos Hysterium, forzado a secundar los ardides de su colega y subordinado, y el anciano Erronius, obsesionado por encontrar a un hijo y una hija que fueron secuestrados por unos piratas cuando eran bebés. La casa de Senex tiene a un lado el lupanar de Lycus y al otro la vivienda de Erronius, lo que ofrece una perspectiva estupenda de lo que va sucediendo y suministra un propiciador conjunto de puertas que favorece la maquinaria vodevilesca de la función.

Pseudolus (Carlos Latre) trata de engatusar a Senex, interpretado por Diego Molero (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

El montaje concebido por Daniel Anglés utiliza referencias circenses, y más concretamente circunscritas al universo entrañable y burlón de los payasos, algo que, en mi opinión, va más allá del atractivo recurso estético, pues de alguna forma conecta con esos vasos comunicantes a los que antes aludía. Los esclavos astutos y fulleros de Plauto, como el Trianón de La comedia del fantasma o el Pseudolus que da título a otra pieza, se transparentan de forma muy viva el Arlequín de la Commedia dell’Arte, el Scapin molieresco y los graciosos, bufones y pícaros de nuestro Siglo de Oro. Y, burla burlando, enlazan también con la figura universal del payaso en sus diferentes y muy antiguos tipos y manifestaciones, pues, cosas de esos vasos comunicantes, se tiene constancia de la existencia de payasos en el Egipto de hace 4.500 años y en la China del siglo II a. C. Están presentes también en las farsas atelanas de Grecia y Roma, y parece que algunos bufones formaban parte de la corte de Moctezuma. 

En este formidable montaje de Golfus de Roma, los payasos forman parte del tejido esencial de la obra tanto estética como dramáticamente, pues cohesionan y galvanizan la acción, ya sea en los papeles principales (caracterizados ad hoc) o en cometidos más o menos ancilares de cortesanas y soldados. Y lo que es más extraordinario, todas estas tareas secundarias las interpretan los músicos que ejecutan en directo la partitura de la función y que, cambiando de indumentaria, se multiplican en bromas, transiciones, números musicales cómicos y otras deliciosas labores. Mérito de Xavier Mestres, expansivo y dinámico director musical de la función, y, claro, de la calidad polifacética de esos intérpretes tan buenos en lo suyo como dispuestos al juego en clave de clown, que también bordan. Sus nombres, espero que no se me escape ninguno, son: Mireia Morera, Pol Roselló, Carles Vallès, Gara Roda, Berenguer Aina, Mercedes Olmeda, Eduard Marcet, Alex Iglesias, Curro Ávila, Pablo Zarco, Laura Masferrer y Pablo Rodríguez. Mi rendido y admirado aplauso para ellos.

Frank Capdet (Hysterium) y Carlos Latre, esclavos y trapisondistas (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Confieso, por otra parte, que me ha sorprendido el Pseudolus de Carlos Latre, gran protagonista de la función y que nunca se coloca por encima del personaje que interpreta sino que está a su servicio, por más que introduzca de forma medida y hasta pertinente alguna imitación (Boris Izaguirre, Javier Gurruchaga, el Rey emérito, la bruja Lola, Carlos Jesús…), algo si se quiere inevitable contando con él en el elenco. Latre está muy bien, tiene un fraseo limpio y ajustado en las canciones, lo mismo que sus compañeros de reparto Diego Molero (magnífico Senex), Eva Diago (una Domina que parece prima hermana de aquella Elsa Lanchester que fue la novia de Frankenstein), Frank Capdet (soberbio Hysterium), Meritxell Duró (una Lycus extremada), Eloi Gómez (perfecto como el alelado enamorado Eros), Ana San Martín (rebosante de encanto e intención como la inmaculada cortesana Philia), Iñigo Etayo (apuesto fanfarrón en el piel de Miles Gloriosus) y el genial contraugusto OriolO (que impregna de entraña payasil su notable Erronius –interpretado en el cine por el gran Buster Keaton– y brilla en algún número musical).

La adaptación al castellano, que firman Daniel Anglés y Mar Gómez, fuerza en alguna ocasión las rimas y es eficaz aunque no brillante. Lo es la puesta en escena, espectacular y muy atenta a la comicidad del texto, bien secundada por el trabajo coreográfico de Oscar Reyes. Entre otros cambios introducidos con respecto al original, el lenón Marcus Lytus se ha convertido en la madama Lytus y la esclava Gymnasia, de la que originariamente se enamora Pseudolus, es aquí un tiarrón con toda la barba interpretado por uno de esos estupendos músicos/actores. La atractiva escenografía de Montse Amenós, que también firma un precioso vestuario payasesco, convierte las casas de Lycus, Senex y Erronius en tres carromatos circenses, que redondean esta apuesta tan bonita.

Los espectadores disfrutaron de lo lindo y acompañaron con sus risas, aplausos y palmadas el estreno. Algún ilustre colega, por quien siento afecto y respeto, ha calificado a ese público risueño de “populachero” y “masa ignorante y amorfa” que solo busca entretenimiento. Tampoco es mal plan. Sin ánimo de polemizar y siempre desde la tolerancia, me parece que el respetable puede reírse de lo que le salga de las narices y que es eso, respetable. Hay espectáculos populares como lo fueron las comedias de Plauto en su día, con su carga de humor crítico, sí, pero también concebidas para gustar, y mucho, a su público “popular”; también eran muy comerciales, creo. No sé si conviene establecer una frontera rigurosa entre “los espectadores consuetudinarios amantes del verdadero teatro grecolatino”, como escribe mi colega, y los demás, porque no sé si existe. En cualquier caso, envío un abrazo al aludido y recomiendo estos Golfus de Roma a quien quiera pasar un rato divertido con una función soberanamente resuelta.

Título: Golfus de Roma (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum). Música y letras: Stephen Sondheim. Libreto: Burt Shevelove y Larry Gelbart. Adaptación al castellano: Daniel Anglés y Marc Gómez. Dirección. Daniel Anglés. Co-director: Roger Julià. Arreglos musicales: Sergi Cuenca. Coreografía: Oscar Reyes. Dirección musical: Xavier Mestres. Escenografía y vestuario: Montse Amenós. Iluminación: Xavier Costas. Sonido: Jordi Ballbé. Caracterización: Núria Llunell. Coproducción: Festival de Mérida y Focus. Intérpretes: Carlos Latre, Diego Molero, Eva Diago, Eloi Gómez, Frank Capdet, Meritxell Duró, Ana San Martín, Iñigo Etayo, OriolO, Mireia Morera, Pol Roselló, Carles Vallès, Gara Roda, Berenguer Aina, Mercedes Olmeda, Eduard Marcet, Alex Iglesias, Curro Ávila, Pablo Zarco, Laura Masferrer, Pablo Rodríguez y Xavier Mestres. 67º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida. Mérida (Badajoz). 29 de julio de 2021.

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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