Granados

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Un ruiseñor, dice Julieta, canta por la noche entre las ramas del granado. “Aún es de día”, le suplica a Romeo, y poco se sabe de don Francisco salvo de un tesoro, un cofre que tuvo allí, cuentan, en las umbrías.

 

Por pensar en un granado ha salido acordarse de Mónica Fernández-Aceytuno. Ella no ha escrito nada sobre este árbol, pero para el momento bien sirve algo suyo del castaño típico, entre otras geografías, de Suiza: “La flor, como el rabo cortado de una lagartija, sigue en su jarrón buscando al sol por las cuatro paredes de la casa, y exhala aromas que se estrellan contra la puerta cerrada de salida”.

 

El granado, ahora sí, explica la primavera en el rapto de Hades a Perséfone, donde el dios del Inframundo obliga a la hija de Zeus a comer los granos de su fruto condenándola a pasar la mitad del año en la morada de los muertos, y la otra mitad en la de los vivos. De este modo, las flores se marchitan cuando parte y renacen cuando regresa; lo que quizá también explique la ausencia de estaciones políticas en la España donde ni se vuelve ni se florece porque, entre otras cosas, nadie se marcha.

 

Un ruiseñor, dice Julieta, canta por la noche entre las ramas del granado. “Aún es de día”, le suplica a Romeo, y poco se sabe de don Francisco salvo de un tesoro, un cofre que tuvo allí, cuentan, en las umbrías. Por ese brillo se le viene a uno a la memoria una infancia de Platero y yo, porque su padre le preguntaba siempre: “¿Cómo es Platero?”, y muy ufano ese niño respondía: “… es pequeño, peludo, suave…”. Al final, canta Juan Ramón: “Yo ya no tengo granados, Platero…”.

 

Hoy dentro del partido callan, y dudan si desprenderse o no de ellos. Los perros ladran porque se ha visto a esos granados populares crecer en los patios de los ayuntamientos, y mecerse allí, y después también agitarse como banderas, trasplantados en las televisiones. Bien izados, solemnes y rectos, con las ramas igual que peinados rizos al viento. Uno la granada se la toma en casa con azúcar y se le hace bola como antaño porque se le sigue haciendo bola casi todo, hasta los artículos.

 

Hoy los poetas le guían a través de unos árboles, de donde pende «la sangre de la mar tranquila/la sangre del dormido lago…». Lorca que regresa (éste sí) para despedirse de don Paco, el penúltimo pétalo de Aguirre, que va a quedarse sola con su tallo: “¡Oh, granada abierta! Que eres/ una llama sobre el árbol,/ hermana en carne de Venus,/ risa del huerto oreado./ Te cercan las mariposas/ creyéndote sol parado,/ y por miedo de quemarse/ huyen de ti los gusanos”.