Guerrilla en Bankinter, crímenes económicos

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Como ya sé que en mi banco no me leen, he decidido pasar a la acción. El otro día vi un folleto donde me ofrecían una personal shopper. Lo agarré disimuladamente (estaba buscando ayuda después de ser víctima de un robo de tarjetas), taché la maldita frase y escribí: ¡¡Asistente de compras!! (una de las posibilidades…). Y les dije que la redacción de las condiciones de su seguro de asistencia en viaje inducía a confusión. Estuvieron muy amables. El síndrome de entidad-de-tamaño-mediano-que-presuntamente-no-necesitará-ser-rescatada planea sobre ellos. Dos días más tarde volví, y el folleto vandalizado seguía allí.

 

El juez Fernando de Rosa me cometió un pecado de archisílabos, poca cosa si tenemos en cuenta el nivelazo al que ha llegado la institución en la que trabaja, ejem. Al anunciar, con bastante premura, que iba a suceder provisionalmente al ya expresidente de los jueces Dívar (me han dicho que por ahí le llaman “el juez Díver”, si serán malos), dijo: “Durante el tiempo que yo esté ejercitando este puesto…”. No le bastaba ejerciendo, que es lo suyo, no, no, hay que alargar.

 

Pero tengo otra vez crímenes, o mejor dicho, crimes. Los hay a montones. Esta vez son económicos. El pobre Ai Weiwei, artista y disidente chino al que no dejan en paz,  fue acusado de cometer varios “crímenes económicos”. Esto salió de la boca, claro está, de algún periodista –creo que fue la mismísima Ana Blanco en la 1 de TVE-, incapaz por lo que se ve de corregir sobre la marcha ese papel redactado por alguien verdaderamente inepto, y decir simplemente delitos, que es lo que la nota de agencia en que se basaba la noticia diría, es decir, en inglés, crimes, economic crimes. Porque por estos pagos crímenes económicos quiere decir crímenes baratos, a buen precio, claro que todo esto exigiría un contexto adecuado como la Mafia o algo similar.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.