Guinea Ecuatorial: colonización e injerencia externa

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Las objeciones presentadas por algunos pensadores africanos cuando, en uno de nuestros últimos artículos, hablábamos de la necesidad del destierro del pensamiento africano de su lastre mítico, nos obligan a hacer puntualizaciones para enriquecer el debate abierto. Centraremos nuestra incursión en dos temas en torno a los cuales giran las más enconadas discusiones de la realidad africana: la colonización y la injerencia externa.

 

Es imposible aportar novedades en el tema de la colonización africana, pero, a nuestro juicio, fue un proceso histórico inevitable del que los pueblos africanos debían haber sacado más beneficios que  los obtenidos. Esta afirmación exige inmediatamente una matización, pues aquella parte utilitaria no podría haber sido cabal, pues los pueblos colonizados no fueron avisados ni de las intenciones ni de las incursiones de las potencias coloniales de Europa. No estaban, pues, preparados, que es, en puridad, las maneras en que se suceden los hechos históricos.

 

La afirmación con que iniciamos el párrafo anterior descansa en nuestra convicción de que la única manera que tiene un pueblo para renovar su caudal de conocimiento, y también de pensamiento, es el contacto con el exterior. Obviada la violencia inherente a todo proceso colonizador, el contacto de África con Europa debía haber servido para que los africanos procedieran a la renovación de sus técnicas, y también de su filosofía, si esta era la indagación permanente sobre las razones aparentes y ocultas de sus hallazgos vitales. Mediados los años, y consolidada la colonización, se hicieron caducos los planteamientos que la sostenían y se hizo necesario el repliegue europeo que dio lugar a las independencias. Pero desde que aquello ocurriera, no ha habido alguna parte de África que pudo vivir al margen del hecho colonial, porque el repliegue fue meramente formal.

 

África ya no era un lugar desconocido para el mundo. Pero la simplificación histórica con que se vivió el hecho colonial permitió que las necesidades creadas con el advenimiento del colonialismo no se pudieran satisfacer tras la emancipación colonial. Un caso concreto es el de la satisfacción proteínica en Guinea. Este país centroafricano estaba poblado de recolectores y cazadores antes de la irrupción colonial. La poca entidad de sus agrupaciones humanas permitía la supervivencia con el recurso a tan primitivos métodos de producción. Pero la concentración humana, con la creación de ciudades, y el aumento de población, con la mejora de la sanidad, impidieron que aquellos métodos de producción alimentaria siguieran siendo efectivos para garantizar la supervivencia. La realidad exigía métodos racionales, e industriales, de producción, aspecto que no se ha satisfecho hasta ahora, en plena época de profusión petrolífera. Es este hecho el que reclama la atención de muchos guineanos de todas las capas sociales, quienes sabiéndose de un entorno fértil, no entienden cómo pueden depender del vecino Camerún para abastecerse de productos alimenticios básicos.

 

La simplificación al que hacíamos alusión permitió la paradoja de que a la emancipación de la colonia española siguió el periodo en que hubo mayor injerencia extranjera en Guinea, que cedió todo el aparato sanitario a las potencias del bloque soviético, como la URSS, China, Cuba. Fueron incluso las tensas relaciones políticas que había en la escena internacional las que permitieron la supervivencia de la dictadura instalada en Guinea, que en realidad fue una “mimetocracia” incapaz de resolver ningún problema de la realidad social heredada de la colonia, a la que catalogó con los más categóricos epítetos.

 

¿Cuál es el diagnóstico de la realidad guineoecuatorial? La complejidad de la situación exige una multiplicidad de factores, pero es evidente que los planteamientos africanos ya no son efectivos para resolver sus problemas. Y no por africanos, porque tal etiqueta no existe, pues los nativos de África no son diferentes de ningún grupo humano del mundo actual. África, y Guinea, necesita una renovación constante de su arsenal filosófico para adaptarse a los tiempos actuales. La resistencia a esta renovación tiene su raíz en la excesiva “antropologización” del tema africano, un hecho que creemos que fue una reacción concomitante o consecuente con la colonización, una corriente que valoriza los hallazgos de las comunidades africanas  hasta su catalogación de imprescindibles. Los africanos, dicen, tienen que preservar su cultura, dicho patentado sin tener en cuenta sus rasgos de exclusión.

 

Tomemos un ejemplo sencillo: los ritos de la abundancia, o de cosecha. La preservación de este rito sería un rasgo indicativo de la pervivencia de la cultura africana, o de las regiones en que se practican. ¿En la actualidad está Guinea Ecuatorial en condiciones de satisfacer las demandas alimentarias de su población y la de los extranjeros que temporalmente residen en ella? No. Esta respuesta, que es la real, es la que ensombrece cualquier defensa a ultranza del rito de la cosecha, toda vez que no satisface una necesidad imperiosa, la alimentación. Supongamos remotamente que la poligamia guineana, hoy en claro receso, tenía su justificación en la necesidad de mano de obra para luchar contra la naturaleza. En su defensa, imagínense lo que supuso para los nativos de la región interior del continente el descubrimiento o la adquisición del hierro y su uso para la adecuación del terreno agreste para la agricultura. Para ello se necesitaban brazos jóvenes que solamente la poligamia podía proveer. De hecho, la pervivencia de la agricultura de supervivencia en la Guinea actual es la prueba de la poca evolución de los nativos. Pero imaginen lo qué pasaría ante la introducción de una pandemia como el sida en unas comunidades que insisten en la práctica antropológica antes citada. ¿Podrían cumplir con su cometido si el virus del sida se diseminara entre la comunidad? Salvo que recurrieran a la reproducción asistida con los miembros sanos de la comunidad, no. Y la reproducción asistida es un anacronismo inverso citado a propósito, pues no es compatible con individuos que practican la caza como método de provisión de proteínas.

 

El clamor constante de líderes y pensadores africanos contra la injerencia de África en sus asuntos internos pervive paradójicamente con la asunción, o asimilación de sus prácticas políticas, de todas las estructuras erigidas o creadas por las potencias coloniales. Así, en la mayoría de estos países, como en Guinea, hay un Gobierno, con ministros y otros altos cargos, un parlamento, con cientos de diputados que perciben un estipendio del erario público, pero que no resuelve ningún asunto presentado en la comunidad. En los mismos, el Gobierno se suma al Parlamento para constituir una corte que se pone al servicio del máximo mandatario. Mientras tanto, las necesidades básicas están sin satisfacer, y aunque hubiera medios económicos necesarios. Cuando en otra ocasión hemos documentado este hallazgo, hemos dicho que es el resultado de la mera adopción formal de unos recolectores y cazadores de supervivencia de los modos de gobernar foráneos, sin que con ello se acompañara de una adecuación de sus esquemas filosóficos. Ha ocurrido que tuvieron acceso a unas herramientas antes de que sus prácticas consuetudinarias reclamaran su necesidad.

 

Ningún africano tiene que avergonzarse por saberse recolector o cazador de supervivencia, porque los entornos geográficos también son determinantes en alguna medida. Pero este reconocimiento de la historia no justifica su inacción, pues la realidad del destino compartido exige de los africanos un esfuerzo superior para adecuar su pensamiento a las realidades actuales. Ya no vale ninguna excusa.

 

Pero los africanos tienen que consuelo de saber que la mera formalidad de sus gobiernos no es un hecho exclusivo de ellos, pues hace 150 años que los gobiernos de todo el mundo debían de haber sido suprimidos y sustituidos por un equipo de hombres de ciencia que ponen su saber al servicio de la comunidad, supervisado por otro equipo de hombres que deben cuidar que no se lesionen los intereses de la comunidad a la que pertenecen y adecuarlos a los principios básicos de justicia, humanidad e igualdad.

 

El reconocimiento de esta necesidad es propicio para decir a los pensadores africanos, y especialmente a los guineanos, que la reclamación que hacen de la democracia en sus asuntos políticos es en realidad una reclamación profunda de la injerencia de otros países en sus “asuntos internos”. Y sería la única manera que tienen estos de desmarcarse del lloriqueo constante, y cínico, de los dictadores que los sojuzgan cuando ven amenazado su poder.

 

Barcelona, 14 de octubre de 2011

 

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.