Guineanos, no vais a ir al cielo

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Sí, lo sentimos, no hace falta recurrir a ningún argumento filosófico para acabar concluyendo que no vais a ir a ningún cielo. Para hacer tamaña afirmación tampoco hace falta recurrir a ningún argumento teológico, pues la Teología misma, junto con alguna rama de la Filosofía, se plegó desde el principio a las presiones de los poderosos con la acomodación de las ideas para satisfacerlos, embobando a la plebe para tenerla a su merced. Tampoco nos hizo falta abrazar ninguna rama atea para escribir este artículo.

La idea que se tuvo desde los inicios de un lugar llamado cielo, o El Paraíso, es este lugar al que van los que, en su paso por la tierra, merecieron el recuerdo eterno, al margen incluso de la creencia en la existencia de Dios o de cualquier dios con capacidad de conceder premios o castigos. En el caso de los guineanos, y en la miserable vida que nos ha tocado vivir, no se da ningún supuesto que pueda sostener que un solo guineano pisará la añorada vida eterna. Para ello bastaría con echar un vistazo a vuestros modos de vivir:

─Sois creadores del infierno. En efecto, las ciudades, los pueblos y los barrios donde vivís son descuidados, faltos de todos los elementos que puedan recordar un paraíso. En los barrios que habéis construido con vuestras manos no se puede respirar, como resultado de la puesta en práctica de vuestras pequeñas ambiciones. Ni siquiera dejáis un sitio para entrar o salir con vuestros bienes. En estos sitios no hay ningún sitio para un momento de solaz, salvo los bares de mala muerte que instaláis en los infectos callejones que delimitan vuestras tristes casas. En las ciudades grandes hay en cada esquina un montón de basura que saluda con sus asfixiantes olores a quien asomara la cabeza.

─Padecéis de un indomable espíritu de sumisión que os ha animalizado de manera profunda. Desde que se empezó a hablar de Guinea habéis padecido arbitrariedades de cualquier tipo, y simplemente por una cuestión racial reclamasteis la independencia para que uno de vosotros asuma la jefatura que os ha sojuzgado desde aquella fecha hasta hoy. Esta actitud, que os confiere el título poco honroso de cobardes, no sólo os permite agachar la cabeza y reírles la tontería a vuestros viles gobernantes, sino que justifica que señaléis como enemigos a los pocos que han señalado alguno de los muchos vicios y abusos que rodean vuestra mísera vida, de modo que entre vosotros señalar con el dedo a un «opositor» sea tarea loable.

─Carecéis de espíritu de compasión. ¿Os acordáis de la historia de los muchachos que salían de sus casas con machetes para apoderarse de los escasos bienes de los más débiles? La solución que proponíais de manera unánime era que estos chicos lo pagaran con su vida. Pero en este asunto la misma Providencia os ha obsequiado con una jugada maestra, de manera que el Poder también cree que estos macheteadores se merecen la muerte, pero sin pasar por ningún tribunal que demuestre si son culpables o siquiera han empuñado un machete en su corta vida. Fue la manera en que el Poder os cerró la boca de manera definitiva, si es que no la abrís ahora para llorar por vuestros hijos muertos, como ibais pidiendo. Seguid reflexionando y concluid si semejantes individuos se merecen un sitio llamado paraíso.

─No mostráis ningún amor por la tierra. Mirad vuestros ríos, vuestras costas marinas, vuestras calles y la cantidad de ruido y suciedad que innecesariamente creáis. En vuestra vida no hay ningún interés por el medio vital que os rodea. Nadie con este modus vivendi debería merecer un sitio en el que estaría eternamente.

─Sois demasiado y malvadamente ignorantes. Pero ignorantes en un asunto que presuntamente era de vuestro interés, como ir a gozar de la vida eterna, pese a todos los indicios de que resucitaréis con todos vuestros vicios a cuestas. Si verdaderamente vuestro interés por las iglesias es por una incursión mínima sobre las cosas ya dichas sobre el objetivo que perseguís, sabríais que ningún Dios mínimamente serio aceptaría vuestras oraciones ni los diezmos que soltáis en unas iglesias construidas con dinero de ladrones. Y es que ante todos vosotros se puso en circulación un montón de dinero falsificado, y pese a que es un asunto que generaría un escándalo en una sociedad mínimamente seria, aquí se hizo el mutis y se permitió que circulara este montón de dinero que acabó por echar por tierra la dignidad de los habitantes, perjudicando, por otra parte, los intereses de toda la comunidad en que circulaba este dinero. Ingenuos seréis vosotros si creéis que algún paraíso os abrirá sus puertas si habéis vivido con los ojos vendados a todos los abusos que ocurrían entre vosotros.

─Sois doblemente ignorantes, malvados aparte. Si la realidad fuera otra sabrías que hay un cielo civil, un lugar en que honraríais a las personas que merecen un recuerdo prolongado, para no decir eterno, de su comunidad. Mirad en la historia tejida por vuestra vida y veréis que las estatuas que ya habéis levantado y ante el que inclináis vuestra cabeza son de los que os han reservado este horrible destino. Es decir, si en vuestro cielo civil no hay más que desalmados, no habría ninguna coherencia si el que os espera más allá de la muerte fuera un lugar habitable.

Existe cierta convicción, fundamentada sobre falacias teológicas y pseudo filosóficas, de que los que han sufrido alguna opresión en vida, o la que la tuvieron estuvo atenazada por la pobreza, se merecen el reino de los cielos. En vuestro caso se da el hecho de que cuando no erais víctimas vergonzosamente silentes de las exacciones de otros, erais los perpetradores. Como tanto uno como otro inhabilita para el reino de los cielos, vuestra insistencia en alcanzar el paraíso quizá sólo sirva para gozar de una vida eterna cargado de cadenas. Ah, lo merecéis sobradamente.

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.

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