Gusto

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loden

Veo una foto en El País esta mañana, en la página 4 – de la presidenta
Cristina Fernández anunciando su decisión de presentarse a las elecciones otra
vez más en Argentina. La foto enseña a ella rodeado de un grupo de admiradores
en un amplio salón de la Casa Rosada, la sede del Gobierno. Lo que más me
llamaba la atención fueron unos cuadros colocados en las paredes. No eran
retratos a lo antiguo de ex-presidentes o ministros sino retratos más bien
contemporáneos. Daba la impresión de tratarse quizás de una exhibición
artística – pero el efecto no podría haber sido más afeador – son cuadros del
tipo que se ven en algunos bares malos de Madrid. Solo faltaba ese trío de
figurines de negros tocando al jazz, esos muñecos macabras que tontean con un
fondo racista, que todavía se ven en muchos locales en Madrid y cuya
explicación me escapa. Vamos, la explicación es la ola de mal gusto que sigue
padeciendo muchos sectores de España y del mundo entero.

 

Yo viví una época en el campo de Andalucía, durante la Transición,
cuando viajaban Gitanos por los pueblos ofreciendo a los habitantes muebles
asquerosos, mal hechos, pretenciosos, sofás baratas Ceausescu-anas, lámparas de
porcelana dudosa que eran sabios orientales con bigotes largos – a cambio de
los muebles que habían tenido en sus casas desde hace muchísimos años. Los
Gitanos sabían muy bien que podrían vender esos muebles viejos en las tiendas
de antigüedades que tenían por la Costa del Sol a ingleses y a suecos o a
españoles con buen gusto, y para los pueblerinos los muebles nuevos y feísimos
representaban un cambio, una muestra de que sus vidas habían mejorado.

 

El buen gusto es tan raro como caprichoso y tiene muy poco que ver con
el dinero. Volviendo a Andalucía una vez más – los labradores que yo conocía en
la Alpujarra Alta en los años setenta, que trabajaban todos los días en el
campo, vestían con un gusto casi impecable, vamos, muchísimo más elegante cada
uno de ellos que cualquier persona que adorna la Calle Serrano aquí en Madrid.
(Muchos de estos – los de la Calle Serrano – se visten en invierno como si iban
de caza en Austria, encantados de la vida, orgullosos de llevar todos la misma
chaqueta, el mismo abrigo…)

 

Tiene que ver con esa cualidad escasa que es la naturalidad – en
cuanto una persona empieza representar un papel, siendo consciente de ello o
no, el riesgo aumenta vertinosamente. Por cada uno, hombre o mujer, que acierta
hay cinco mil que caen en un saco enorme de horteradas. Y como hay mucha más
gente ahora que antes, se nota más también y andar por la calle en casi
cualquier sitio se ha convertido en una pesadilla. Estamos todos bailando en
una gala de monstruos. En sitios como Nueva York y en Paris la cosa mejora
algo. Hasta la gente sin techo en esas ciudades se arreglan con buen gusto.