H.A.: Mi primera noche 09-04-09

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Quizás no sea esta noche la primera noche que paso en Burkina, pero sí es la que siento más como mi primera noche aquí.
 

La primera cena en mi casa, frugal. Luego me he ido soltando la melena hasta ganar 15 kgs


Hasta ahora había estado en el hotel, con lo que era más turista que otra cosa, aunque puede que muchas noches, con sus días, fuera el único huésped, no dejaba de sentirme acompañado por Alissette, por el portero de noche, por los vigilantes de la puerta, por Rasmané y los otros artesanos que venían a venderme cosas, hasta por el televisor que podía poner a cualquier hora del día o de la noche si quería (y debía por familiarizarme con el francés) escuchar una voz, aunque no fuera amiga. En fin por gente que me hacía no sentirme tan solo.
 
Ahora sólo me queda Pepsi, mi perro, si quiero compañía, porque el guarda nocturno (no me acuerdo del nombre) no debe contar si no quiero tener demasiadas familiaridades con él y que se me vaya de las manos. Hoy ya me ha pedido dinero, 500 cefas, le he dado 1.000, no tenía suelto, para no sé qué (habla francés tan mal como yo, pero peor el español, claro) y me da miedo que se coja muchas confianzas y luego quién le pide nada.
 
He llegado por la tarde y me he puesto a deshacer las maletas, colocar algo de compra que he hecho en Ouaga (dougou) e intentar familiarizarme con la casa. Ya sabéis, esas cosas que en una casa ya sabemos, pero en las nuevas hay que descubrirlas.

Mi casa y mi habitación la comparto con geckos y otros bichos…


La nevera, ese mundo desconocido. Más si es vieja como ésta. Metiendo en una bolsa todas las cosas empezadas que había, para tirarlas, o que se las lleve mañana la señora que limpia y cocina. No sé su nombre, ya os lo diré también.
Viendo dónde enchufar las cosas, las lámparas que me he traído de España para dar un poco de calor de hogar y luces indirectas donde sólo hay fluorescentes en todas las habitaciones. Regulando los ventiladores y soportando el estruendo del aparato de aire acondicionado porque el calor no hay quién lo aguante.
 
Os podéis imaginar cómo he sudado. Empapado, chorreando, moviendo las cosas de un lado para otro, colocando la ropa en los armarios, las latas en la despensa, los licores a la vista, las cocacolas en el congelador, la cerveza en el vaso y bebiendo una detrás de otra, mezcladas con sprite, fumando cigarrillos que se me empapaban y deshacían por mi propio sudor, y en éstas estaba, cuando ha llegado Víctor, muy amable, para decirme que era un maleducado (él) y que me fuera a su casa a cenar, que era mi primera noche en mi nueva casa y que cenara con ellos.
Han sido muy amables aunque me decía que a ellos se les había ido la luz y que era sorprendente que yo tuviera, pero que esperaba que volviera (la luz) para cuando fuera a cenar. Se ha ido (él) y he acabado de recoger, me he tumbado un poco en la cama con el aire tronando y soplando frío directo a mí, intentando secarme, y fumando un cigarrillo relajado. Me he duchado, y he vuelto a sudar y a fumar, y me he puesto en marcha hacia su casa. Precavidamente he cogido una linterna para alumbrarme por el camino.

Lo malo es que también me toca compartir el water y eso crea tensiones, tal como suelo ir de la tripa…

 

Me he despedido de mi Pepsi y de mi Guarda (le pongo con mayúscula, ya que no le pongo nombre) y he salido a la calle.
Hace una noche espléndida, calurosa, porque aquí, y ahora, las noches son calurosas, pero lo compensaba todo una luna casi llena que iluminaba la calle y la esperanza. El cielo estaba limpio, no como esta mañana y la noche anterior en Ouaga donde el polvo y la polución lo tamiza todo y recuerda a lo que será Londres con niebla en invierno. Uno se imagina una noche así en Londres de finales del XIX y piensa que es lo contrario a esto.
Mi calle no es muy larga, pero sí oscura. Como todas las de aquí.
Me he puesto a andar y no había luz en la calle, pero no porque se hubiera ido, es porque no hay luz en la calle. Pero había luna, tan luminosa, que no hacía falta encender la linterna. He caminado hasta el final de la calle, corta, recordad, y he girado a la derecha. Se podían oír a las personas charlar en sus casas o en los jardines de sus casas. La luna producía sombras parecidas a las que se ven en las películas serie B, cuando utilizan ‘la noche americana’ para simular las noches a plena luz del sol.
Podía ver mi sombra, al menos nadie me despreciaría por no tener sombra. Da igual que sea buena o mala.
Al llegar a donde tenía que dejar esa calle y torcer a la izquierda me he encontrado con unos grandes árboles que con su sombra oscurecían el paso en la calle, el olor era intenso a cuadra o animales y estiércol. He vislumbrado moverse algo y he encendido tímidamente la linterna. El paso me lo guardaban un asno por un lado y dos cebúes por el otro. Estaban a sus cosas, dar cuenta de la comida que tenían a su alcance y no molestarse en importunar a un nazzare que para ellos no deja de ser un humano más y como tal quien les puede mandar, o molerles a palos, o ponerles algo de pienso a su alcance. Oía su rumiar y olía sus excrementos que cambiaron por completo el olor de la calle, más intenso, más animal, primitivo, como si no se metiera ya en mis narices ese inconfundible olor a tierra quemada por el sol, a la mezcla de polvo con el resto de los olores que los puestos de las calles cercanas van dejando a lo largo del día, a lo largo de los años, los olores que salen de las casas cercanas, las cocinas quemando algo de aceite  para tostar el mijo, para hacer el tó o cualquier otro plato con el que acabar el día.  

Aquí el más gordo soy yo, los animales tampoco encuentran tanto que comer aunque estén sueltos… y yo, que siempre estoy ‘suelto’ no consigo bajar de peso


Pasé entre los animales como una virgen asustada, quizá más un sanjosé, evitando pisar sus excrementos para no presentarme en casa de mis amigos llevando como presente un pastel de bosta en los zapatos. La calle seguía a oscuras, pero saliendo de los árboles la luna volvía a proyectar su suave luz a la que ya me estaba acostumbrando. Esa luz dulce, difusa, a la que hay que acomodar los ojos, como la vida, pero que te alumbra en la oscuridad de la noche y te muestra las cosas suavemente, sin exceso. Hasta las estrellas se veían como no las había visto en muchos de los días en que estuve como turista. Es una noche limpia.
Pasaba por en medio de la calle, en un portón de una casa pude distinguir a una muchacha, camisa blanca, pantalones, y un cuerpo bonito, pero no podía verle la cara, había un hombre junto a ella, de espaldas, y charlaban animados.
Pensé, asociación de ideas, en una pareja en un pueblo de Andalucía, charlando a través de una reja. Pensé, asociación de ideas maduras, qué viejo eres, jodío, que piensas en términos de los quintero en vez de pensar en unos chavales pelando la pava en un botellón. Quizás es que esto también es antiguo todo, quizás aquí no me siento tan viejo.
Miré otra vez hacia ellos pero no conseguí distinguir nada más ni saber si comentaban mi presencia (un nassaara caminando solo en la oscuridad de la noche), pero les oí reírse al decir algo una voz de mujer. Me volví y vi que había una tercera figura, de oscuro, otra mujer.
De noche todos los gatos son como les da la gana, pero a los negros, más aún si van de oscuro, no es fácil verles. Ni llegar, ni marcharse, ni siquiera quietos donde están.
 
Torcí a la calle donde viven mis amigos, más grande, más larga, mucho más ancha, y vi gente a ambos lados, algún puesto alumbrado por fluorescentes con baterías y en lo alto de un poste de la luz, un operario trabajando en el corte que tenía esa parte del barrio sin luz eléctrica, viviendo en el pasado, pero viviendo. La gente charlaba, había un pequeño corro cerca del poste supongo que comentando la incidencia, que por otra parte ya me han dicho que es algo muy normal. Así que tendré que proveerme de algún otro sistema para tener luz cuando se vaya.
 
Burkina tiene el dudoso privilegio de haber encabezado el ranking de ser el país donde el kilowatio/hora era el más caro del mundo (lo he leído en una guía), parece que ahora han hecho algún pequeño salto hidroeléctrico en los estanques de agua y deben ser el 2º o 3º, en todo caso siguen en el podio.
Llegué a casa de Víctor y Cristina, todavía a oscuras, estaban preparando la cena a la luz de linternas y velas, pero volvió y pudimos recuperar la normalidad. Cenamos, charlamos, nos reímos, lo normal.
Sara, la hermana de Víctor, colabora en un centro pediátrico, además de con BIBIR, y me ha estado comentando que había estado fastidiada estos más de 15 días que he estado en fuera. Con el estómago fatal y el ánimo por los suelos. Ella es fisioterapeuta y da masajes a los niños de una clínica pediátrica. Pero estos días se han muerto 4 de los que ella trataba y no acaba de acostumbrarse. La he preguntado cuántos más habrían muerto de los que no trataba pero me ha dicho que no pregunta, que no quiere saberlo. Me hablaba de uno de ellos, diciendo que era mejor que se muriera, pero que aún así le daba pena. He intentado consolarla, ha perdido peso y ya es muy delgada, diciéndole que es normal y que niños también se mueren en España. Ya, me cortó, pero no tantos. Allí en seguida los llevamos al médico, aquí llegan casi desahuciados.
Es triste, es lo que hay.
Sara se ha hecho unas trenzas muy chulas, largas, por toda la cabeza. Les añaden pelo a tu pelo, así que puede que me las haga yo también que hace mucho que no tengo pelo, ni largo ni corto.

Naranjitas y limones burkineses. No es lo mismo, pero es igual

 

Me despedí, y retomé el camino de vuelta.
No debe haber más de 500 ms, y la gente seguía en la calle. Al menos había gente, ya no sé si eran los mismos o eran otros. Oscuros, como la noche, sí.
Pero había luz, en los escasos puestos que hay en ese trozo de calle (la grande, la de Víctor). Al pasar por delante de uno de ellos había, separados, unos hombres sentados en taburetes charlando despacio y bajo, y enfrente tumbada en un banco había una joven, con su falda enrollada, su camiseta a rayas ajustada a su torso, dormida al lado de las frutas que vendía, dos metros más allá, vigilando sus montones de fruta había sentada en el suelo una mujer a la que sí pude ver y que estaba dormida consiguiendo mantenerse derecha, sin caerse. Supongo que la noche la pasará allí, descansando de esa manera, vigilante y esperando que alguien pueda comprarle unas piezas de fruta por 100 cefas (0,15 €).
En casa me esperaban despiertos, creo que siempre me esperarán despiertos o se despertarán cuando llegue. No suelo salir por aquí, trasnochar sí. Como ahora que son las 5 de la mañana y sigue haciendo calor, pero no puedo poner el aire acondicionado, so pena de despertar a todo el barrio. Además es bonito oír los gallos madrugadores anunciando el día en medio del silencio como hace tiempo que no oía.
Otros tipos de aves empiezan su jornada laboral y se llena de cantos el comienzo de la mañana. Los geckos, un tipo de lagarto, emiten su peculiar gorjeo de día. Ya no me  asustan.
Como no me ha asustado mi primera noche, solo, en Burkina.
Casi en vela, para qué perder las horas, si ya perdemos la vida sin darnos cuenta.
Esto es como un sms largo, escrito en las oscuras horas nocturnas, así que os mando besos y os deseo buenos días.
Sé que es Semana Santa, así que también buenas vacaciones para quien las tenga.

 

09-04-09

 

GALERÍA DE RETRATOS DE JAVIER NAVAS