Habitación en una casa holandesa

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Una criada de espaldas que barre una habitación. La luz dorada de la tarde que entra por las ventanas. Tres sillas rojas. Una cortina roja. Un baúl con herrajes. Un espejo que refleja el rostro mofletudo de la criada, que parece estar durmiendo o rezando. Y la luz lateral que se posa en el suelo y en la pared, y que parece tener una consistencia acuática, casi líquida.

 

El cuadro se llama «Habitación en una casa holandesa». Lo pintó un pintor holandés del siglo XVII, Pieter Jannssens Elinga, del que no se saben muchas cosas, como ocurre con la mayoría de pintores de la escuela holandesa. Sabemos que pintó mujeres leyendo, y mujeres limpiando la vajilla, y mujeres subiendo una escalera de caracol. Y sabemos que vivió en la misma calle en la que había vivido Rembrandt, sólo que algunos años después, cuando Rembrandt ya no vivía allí. Y también sabemos cuándo enviudó, cuándo tuvo dificultades económicas y cuándo se casó de nuevo. Pero eso es todo. La vida de un pintor holandés del siglo XVII tenía el mismo interés para sus conciudadanos que la vida de un tonelero o la de un molinero. Se sabían unos pocos datos, casi siempre documentos de embargos judiciales o listados de objetos dejados en herencia, una cama, unos cuantos cuadros, un baúl, un espejo, una casa hipotecada. El resto no consta en ningún sitio. Nadie pensó que tenía el menor interés.

 

Vi este cuadro en el Ermitage de San Petersburgo cuando la ciudad todavía se llamaba Leningrado. Estaba en el extremo de una sala no muy grande, junto a un ventanal. ¿A quién se le puede agradecer que uno se deje conmover por un pedazo de tela pintada, por una melodía, por el color de una nube, por el ritmo de una frase leída en un tren? No lo sé. El caso es que aquel cuadro era uno más en una sala atestada de cuadros, pero sin saber por qué, crucé toda la sala y me planté frente a él en dos zancada. No era un cuadro muy grande: dos palmos por palmo y medio, más o menos. Por el ventanal entraba la hermosa luz del verano nórdico, esa luz casi violeta de San Petersburgo, pero aquel cuadro tenía otra luz, esa extraña luz acuática que entra por unas ventanas que no se ven, esa luz lateral de un crepúsculo que parece marino aunque sepamos que estamos muy lejos del mar.

 

Cuando vi el cuadro, me pregunté a quién se le podía ocurrir la idea de pintar a una criada barriendo una casa. Y más aún, a quién se le podía ocurrir comprar un cuadro en el que sólo se veía a una criada barriendo una casa. Ése es el gran misterio de la pintura holandesa. ¿Por qué esa obsesión por los interiores? ¿Por qué tantas mujeres leyendo, barriendo o abrillantando vajillas? ¿Por qué hay tantas mujeres subiendo una escalera o echando leche en un cántaro? ¿Y por qué hay siempre una franja de luz que se posa sobre el suelo que siempre parece recién baldeado, tan limpio que uno podría ver su rostro reflejado en las baldosas?

 

Algunos estudiosos dicen que la pintura holandesa era así porque los compradores de los cuadros eran burgueses que querían sentirse orgullosos de su prosperidad económica. Los que encargaban los cuadros querían ver representada la pulcritud de sus casas, la opulencia de sus interiores, el orden doméstico de una vida entregada al trabajo y a la iglesia y al descanso dominical. Esas criadas que barrían, esas mujeres que leían cartas o tocaban la espineta, eran sus propiedades, igual que los arcones y los cuadros, igual que los pesados cortinajes, igual que los cristales emplomados de las ventanas que dejaban pasar la luz tranquilizadora de la tarde. Puede ser. Pero yo veo en esos cuadros algo más que el simple orgullo de un burgués satisfecho de sí mismo. Y en la «Habitación en una casa holandesa» veo algo más que una criada gorda y culona que está barriendo el suelo de mármol como si estuviera rezando o como si se hubiera quedado de pronto dormida.

 

Yo veo en ese cuadro una oración que sale de los labios de esa criada, que no sabe que está reflejándose en un espejo que pertenece a su dueño y en el que ella no tiene ningún derecho a verse reflejada. «Señor, que la vida sea siempre así, que nada turbe esta paz, que la luz ilumine siempre el mundo».

 

Quizá aquellos burgueses no eran tan piadosos ni tan creyentes como aparentaban en la iglesia. Quizá sus verdaderas oraciones, las que se rezaban a sí mismos cuando temblaban de miedo en mitad de una tormenta, eran esas apacibles escenas domésticas, esa criada que barría el suelo, esa mujer que leía una carta, esas dos vecinas que subían una escalera de caracol. Quizá allí estaba su salvación, su paraíso, su otra vida. Quizá era eso, sólo eso, lo que le pedían al más allá: esa luz tranquilizadora de la tarde iluminando el suelo de mármol, mientras una criada barría la habitación.

8 COMENTARIOS

  1. Creo que hay mucho de verdad

    Creo que hay mucho de verdad en lo que dices, Eduardo, y yo, que tengo interiorizados los Países Bajos hasta el punto de continuar por mi cuenta y riesgo la guerra de los ochenta años (casado con una neerlandesa desde 1966), te aportaría argumentos a favor de lo que has dejado escrito en tu blog –¡tan elocuente y convincente como siempre!–, y que es algo que  se agudiza de manera notable en el siglo siguiente a Rembrandt y a Elinga, cuyo cuadro de la criada barriendo te fascinó en Leningrado.

    Así, yo te diría que entre la genialidad contenida y ácrata de un Rembrandt y la desaforada y autodestructiva de un van Gogh, la pintura neerlandesa devino aristocratizante, un periodo de onfalocentrismo burgués, pero de una burguesía que ya no se contentaba con nada más que ser rica; copiaba además los signos exteriores de la nobleza –fundamentalmente de la francesa– como el caníbal que devora a quien vence en el combate, para apropiarse así de su alma.

    Hay un dato para nada inconsciente en la intención de comisionantes y comisionados (o si lo quieres menos crudo: retratados y retratistas), que lo revela de manera tan ostentatoria como ostentosa, y es que en siglo siguiente, el XVIII, el telón de fondo de los retratos resulta lo menos “holandés” imaginable: invariablemente parques con estatuas, frisos y jarrones grecorromanos, como en una Arcadia de escayola concebida por Potemkin. Son muy pocos (Eglon Hendrik van der Neer y Cornelis Troost, por ejemplo) los que se atreven a mostrarnos en unos paisajes –por ejemplo en sus óleos “Tobías y el ángel” y “La gallina ciega”, respectivamente– algunas vacas y un molino de viento: ¡al fin Holanda!

    Bastaría quizás comparar, con ojo crítico, los dos cuadros dedicados al juego de la gallina ciega por el mismo Troost y por Goya. El neerlandés pinta el suyo un año antes de nacer Goya, ¿y qué pinta?: una escena donde unos burgueses adinerados se han disfrazado de nobles e imitan su gestualidad de un modo casi congelado en el aire. El sordo de Fuendetodos pinta el suyo en un año tan preñado de Historia como 1789, menos de medio siglo después, y sus personajes son un prodigio de ritmo, de gracia y de movimiento. Según dicen quienes saben, la pincelada suelta de Goya consigue que parezcan minuciosos los pormenores, pero es pura ilusión de los sentidos. En el cuadro de Troost, por el contrario, la minuciosidad en los detalles asfixia la espontaneidad del conjunto.

    Para terminar, te diría que esa pintura del siglo XVIII neerlandés, sucesora de la que imaginas ya vigente en el XVII con Elinga, es una pintura muy literaria, en la que además de la Biblia y Virgilio, a cada paso tropezamos con Ovidio y Torcuato Tasso, pero también con una vuelta de tuerca más propia de la pluma que del pincel. Así, Nicolaas Verkolje nos presenta el rapto de Europa después de que ha tenido lugar (los críticos taurinos dirían “a toro pasado”), y vemos a la ya no doncella Europa adornando los cuernos de su raptor con guirnaldas de flores como si fuera un turista que llega a Tahití. Así también, la Judith de Van der Neer se nos aparece con la espada decapitadora en la mano, pero haciéndose la inocente: “¿Quién? ¿yo a Holofernes? ¡tan buen mozo y tan sabio en la cama! ¡nunca!”  Son sólo dos ejemplos.

     

  2. Muy interesante lo que
    Muy interesante lo que escribes, Ricardo. También es un misterio ese eclipse de la pintura holandesa en el siglo XVIII, aunque ese siglo en general es un eclipse en la pintura (espero no decir una burrada). Pero luego hay una resurrección en la pintura holandesa, con los hermanos Maris, y el gran Israels, y un pintor que a mí me fascina y que supongo casi desconocido: el enigmático Jacbo Smits, un holandés contemporáneo de Van Gogh que jamás salió de su región natal aunque al final de su vida tomó la extraña resolución de irse a vivir cien kilómetros más al sur y hacerse belga. Fíjate que no se fue a París ni a los Mares del Sur, sino que se fue al pueblo de al lado, como aquel que dice, sólo que al otro lado de la frontera.
    De todas formas, sigo pensando en ese misterio de la pintura holandesa del XVII. ¿A quién se le podía ocurrir pintar a una criada barriendo una casa? Hoy he vuelto a mirar en un álbum el cuadro de Elinga y el rostro de la criada reflejado en el espejo es una de las cosas más extrañas que he visto nunca. El cine de Dreyer, de alguna forma, está ya ahí.
    Suerte,
    Eduardo.

    • Respondiendo a tu pregunta,

      Respondiendo a tu pregunta, Eduardo, se produce en efecto un aparente eclipse de la pintura neerlandesa en el siglo XVIII, y digo aparente porque ha habido dos muestras que intentaron iluminar ese rincón oscuro de la Historia. La primera fue una muy modesta hecha por el Rijksmuseum de Ámsterdam, en 1995, que contaba con nada más que obras de los propios fondos y quedó reflejada en un librito titulado The Age of Elegance, el cual se ve casi como un prospecto del apabullante catálogo de la exposición acá, en el Museo Wallraf-Richartz de Colonia (once años después, en 2006), que a continuación peregrinó a la pequeña ciudad neerlandesa de Dordrecht, y de allí una vez más a Alemania, a Kassel, la ciudad de la célebre documenta.

       Esa muestra de Colonia pudo jactarse de ser «la primera gran exposición de un capítulo con frecuencia olvidado del arte de los Países Bajos». Tampoco debe negársele una gran inversión de sabiduría superespecializada, ni un derroche de persuasión –vía catálogo–, para convencernos de lo jactado. Y aunque el problema no es si a ese capítulo se lo olvida con frecuencia, sino más bien con justicia, la verdad es que tanto para un juicio como para el otro necesitaríamos las pruebas, y en este sentido la muestra jugaba honestamente: todas las cartas encima de la mesa.

       La pregunta que sus curadores se plantearon era la siguiente: ¿qué pasó pictóricamente hablando,   en los Países Bajos, durante el siglo XVIII?  Y la respuesta abarcaba más de cien cuadros de cuarenta artistas de la época comprendida entre 1670 y 1750, y su título (“De la nobleza de la pintura”) no pudo ser tampoco ni más explícito ni más revelador. Gracias a ella conocimos en detalle una cantidad de cuadros y de autores ante los cuales por lo general pasamos de largo en los grandes museos donde cuelgan: Caspar Netscher, cuyo “Mujer cantando y hombre tocando el laúd”, despierta una asociación inmediata con el mejor Vermeer; el buen Adriaen van der Werff, con su paradójica pareja amorosa desnuda acariciándose a plena luz mientras los niños que la observan están escondidos en la oscuridad del follaje; los cuadros artesanales de un Willem van Mieris, que en su precisión detallista descartan la imaginación sin dejarle un resquicio; y los óleos post-Rubens de Gerard de Lairesse, quien fue además un excelente teórico del arte de pintar. Y encontramos incluso un boccato de cardinali para Colonia, sede de la exposición: el cuadro donde Gerrit Adriaenszoon Berckheyde consiguió el prodigio de resistir a la tentación y pintar la ciudad sin mostrar su catedral. ¡Ni Memling se atrevió a tanto!

       Capítulo aparte, este sí, merecía la sala dedicada a los bodegones, un género en que los neerlandeses fueron auténticos maestros. Y entre ellos, para empezar –rara avis–, una mujer, Rachel Ruytsch, casada con un pintor retratista y madre de diez hijos, que a mi juicio no le debieron dar tanto trabajo, todos ellos juntos, como una sola de sus composiciones con flores; Jan van Huysum, que pasa por ser, para los expertos en estas lides, el más excelente pintor de bodegones florales en la Historia del Arte; y por último el indudable genio entre todos ellos, Adriaen Coorte, con el capolavoro de su manojo de espárragos de 1698, clonado por Manet  casi dos siglos más tarde, en 1880. Quiere la dichosa casualidad que los espárragos de Manet sean una de las obras más preciadas de los fondos del Museo Wallraf-Richartz de Colonia, y gracias a ello tuve así la ocasión de compararlos in situ con los de Coorte. Y al llegar ante el Manet recordé que ese cuadro perteneció alguna vez al mayor de los impresionistas alemanes, Max Liebermann, y recordé también lo que este escribió acerca de los motivos pictóricos: “Una remolacha bien  pintada es tan buena como una madonna bien pintada”. Así es que antes de abandonar el Museo, rendí homenaje a Coorte, regresando a ver una vez más su manojo de espárragos. Te copio el enlace correspondiente para que pruebes y compares:

       

      http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d2/Adriaen_Coorte_-_Still_Life_with_Asparagus.jpg   

  3. Las líneas que escribo en

    Las líneas que escribo en este comentario no se refieren al artículo que aparece en este blog, sino a uno aparecido en el Diario de Mallorca el pasado 12 de marzo. En él se habla de Miguel Delibes y, al socaire, de Valladolid, ciudad de la que el autor opina, (hablando con la experiencia que le da un paseo en una noche lluviosa de otoño), “no es esa clase de sitio en el que uno desearía nacer”. Esta opinión sobre la ciudad del Pisuerga, le lleva a preguntar a sus lectores mallorquines si “¿Hay una ciudad más triste que Valladolid?”. Como vallisoletano de adopción, lógicamente, no estoy de acuerdo con la imagen que tiene el autor de la ciudad como un lugar oscuro, triste y habitado por seres despreciables. Pero lo que más me molesta es su falta de educación, o es que ¿yo puedo calificar a Mallorca como una ciudad habitada por isleños vagos que se aprovechan de la invasión de alemanes borrachos y violentos que lo único que quieren es follarse a una mallorquina cachonda, lo cual consiguen si tienen buena billetera, porque éstas quieren ganarse la vida pegando un braguetazo? ¿o que definiera a todos los mallorquines como unos aprovechados, jetas y corruptos como ejemplifica perfectamente su clase política? ¿o que, sólo con leer su artículo, le califique a usted de ser un individuo simplemente…? Me guardo los calificativos. No espero de usted alguna disculpa, ya que todavía es un escritor que tiene que darse a conocer por sus opiniones y lenguaje irreverentes, y no por la calidad de sus obras, hecho por el que sí era reconocido Miguel Delibes. Un saludo, y que tenga una buena carrera, ya que, por mi parte, éstas serán las últimas palabras escritas por usted que lea en mi vida.

  4. Le invito personalmente a que

    Le invito personalmente a que venga a Valladolid cuando Vd. quiera y yo mismo le serviré de guía por esta maravillosa cuidad que quizá a ojos de una persona entre ignorante y descuidada no ofrece aliciente alguno pero esconde mil maravillas que nada tienen que envidiar a cualquier otra ciudad, ni norteña ni sureña, luminosa u oscura y en cualquier caso vetusta. Saludos.

  5. ¿Hay una ciudad más triste

    ¿Hay una ciudad más triste que Valladolid? Una lluviosa noche de otoño di un paseo por la ciudad, y me pregunté en cuál de aquellos sombríos balcones con mirador estaría la casa de Delibes. Si alguien ha crecido en una ciudad luminosa como Palma, las calles estrechas de Valladolid le producen una incómoda sensación de ahogo. Uno se imagina a las solteronas espiando tras los visillos, al señor cura yendo a comprar papel de liar cigarrillos y comida para el perro, al boticario leyendo novelas pornográficas en una habitación cerrada con llave, y al registrador de la propiedad apuntando desde su despacho, con su nueva escopeta de caza, a las mujeres enlutadas que salen de misa. Valladolid no es esa clase de sitio en el que uno desearía nacer. Pero hace falta mucho talento para construir un mundo narrativo con esas ciudades provincianas y con el áspero medio rural que las rodea. No es fácil escoger como personajes a los seres que nunca llamarán la atención por nada de lo que hagan. Y tampoco es fácil elegir como paisaje exclusivo de una obra la desnudez casi cubista del campo castellano.

    PROBABLEMENTE, MIENTRAS ESCRIBIA ESTAS LETRAS, A LA VEZ QUE DEMOSTRABA SU IGNORANCIA ESTABA PENSANDO EN UNA BUENA COPA DE VINO DE RIBERA CON UN PEDAZO DE QUESO CASTELLANO …

    ESPERO QUE ALGÚN DIA TAN SOLO INTENTE LLEGAR A LA MITAD DE ELEGANCIA, HUMILDAD E INCLUSO GENIALIDAD QUE DEMOSTRO MIGUEL DELIBES.

  6. ¿Hay una ciudad más triste

    ¿Hay una ciudad más triste que Valladolid?

    Es posible que no encuentre una ciudad mas bella que cualquiera de las provincias castellanas, el posible que no encuentre territorio mas solidario que nuestra querida Castilla, pero lo si es seguro que encontraré son miserables aprendices de escritor que aprovechan la muerte de un grande, como Delibes, para mancillar las letras que él escribió y de paso aprovechar la polémica de su critica para tratar de vender una letra suya.

    Madrid, Castilla a 18 de marzo de 2010

  7. Estimado Sr. Jordà:
    Le envío

    Estimado Sr. Jordà:

    Le envío esta misiva, supongo que para sorpresa suya, por el artículo publicado por usted en el Diario de Mallorca sobre el fallecimiento del ilustre vallisoletano y castellano DON MIGUEL DELIBES, así como también por la segunda parte de ese artículo.

    Como ya supondrá, soy natural de Valladolid, donde nací y he residido casi toda mi vida. Orgulloso estoy de mis orígenes y de mi preciosa ciudad así como de toda la “Gran y dividida Castilla”. Actualmente resido en Palma de Mallorca, aunque espero que por poco tiempo más, y viajo con relativa frecuencia a mi queridísima Pucela (topónimo que hace referencia a Valladolid por si vuestra merced lo desconociese). Como tarde más de dos meses en visitar mi ciudad y no salga de la isla en ese tiempo me empieza a invadir una claustrofobia de muy señor mío.

    Precisamente el pasado miércoles es cuando leí su primer artículo, día en el que curiosamente regresaba de Valladolid con mi esposa también vallisoletana, más que yo ya que ella es vallisoletana pura (lo digo porque a los mallorquines os gusta mucho eso de distinguir entre mallorquines puros, no puros y putes forasters) mientras que yo tengo la desgracia de ser medio Zamorano, ya ve usted que desgracia, doblemente provinciano, aunque orgulloso por ello. Le recomiendo visitar Zamora y su provincia, allí podrá contemplar y admirar un patrimonio artístico románico que ya le gustaría a otras ciudades tan “cosmopolitas e iluminadas”, por no hablarle de la preciosa zona de Sanabria con su lago. Por cierto el día que regresaba de Valladolid hacía un día precioso y soleado en la capital del Pisuerga (principal rio de los que bañan la ciudad por si usted lo desconociera también). Y no es broma ni ironía, en verdad hacía un precioso y soleado día.

    A lo que iba, tras leer su artículo aparte de lo paradójico en muchos aspectos teniendo en cuenta que quién escribía el artículo era un mallorquín, me dio la sensación de que usted no había puesto un pie en Pucela en su vida a pesar de que usted dijera que visitó Valladolid en un día lluvioso de otoño (casualidad también ya que en Valladolid no llueve mucho, a diferencia de Palma una vez acabado el verano y con ello finiquitado el turismo guiri del sol y playa). Tal extremo me quedó confirmado en su segundo artículo cuando quiere arreglar la cosa diciendo que se refería al Valladolid de hace cuarenta años. Y yo le pregunto ¿cómo era la Mallorca de hace cuarenta años?, ¿y la de hace veinte?, ¿Y la de hace diez?, ¿y la actual? Esto último no hace falta que responda, ya lo sabe todo el Estado español gracias a los informativos. También podemos hablar de la Mallorca postgolpista, del latifundismo, de March y la financiación de este al movimiento nacional, de que este sujeto ponga nombres a calles o que su familia tenga valladas muchísimas hectáreas de isla porque es de su propiedad o de que manejen la Banca March. También podemos hablar largo y tendido de esa Mallorca de no hace tanto tiempo, de la Casa del Amo, de esa Mallorca casi feudal en la que heredaba el primogénito y al segundón le quedaban la sobras en la costa porque eran tierras en las que no se podía sembrar ni un cactus. Segundones que hicieron el agosto con el boom turístico vendiendo sus hasta hace poco miserables posesiones a alemanes y demás extranjeros. Este segundón pobre y humilde es el nuevo rico de hoy. Pero no se engañen en Mallorca el dinero lo tienen cuatro, se percibe mucha miseria también, pero siempre mirando por encima del hombro al puto foraster. Pero imagino que siempre es mucho más recurrente ver la paja en el ojo ajeno y hacer la gracieta aquella de “fachadolid”.

    Lamento si a usted le molesta que hable con esta ligereza de su cosmopolita, superurbana y soleada Palma, pero me creo con derecho a ello tras hacerlo usted con mi ciudad. La diferencia está en que yo hablo con conocimiento de causa y usted no.

    En primer lugar le corregiré algunas apreciaciones. Aunque le cueste creerlo en Valladolid la gente no va como usted describe, ni las calles son estrechas, ni la ciudad es triste entre otras cosas. No me venga usted con que se refiere al Valladolid de hace 40 años porque en su primer artículo no dice eso.

    Lo de las calles estrechas de Valladolid me parece paradójico, cómico e incluso irónico viniendo de un Palmesano. En unos de mis días de estancia en Valladolid paseando con mi familia por el Paseo de Zorrilla y por el nuevo barrio de Vega del Prado, donde precisamente se ha abierto hace varios años un auditorio con el nombre de Miguel Delibes, les comentaba que agradecía por fin pasear por calles anchas y amplias zonas verdes ya que estaba ya un poco harto de las estrecheces de la “cosmopolita y gran urbe” palmesana y de la falta total de parques en condiciones. Supongo que esto último debe ser el motivo por el que uno debe de ir esquivando heces de perro amén de otros cropolitos de origen canino y en algunas barriadas incluso humanos. Palma es una ciudad curiosa. Tiene un casco viejo horrible, a excepción de la zona de la Catedral, el Palacio de la Almudaina y la Lonja, sus calles están deterioradas y mal cuidadas, sin hablar de la falta total de civismo de sus habitantes. Desde que llegué siempre me sorprendió ese abandono de la parte más emblemática de una ciudad como es el casco viejo. Me pareció aberrante para Palma ver calles como la Vía Sindicat llena de prostitutas, o zonas como Sa Guerrería hasta arriba de suciedad y de drogadictos. Ya ve, esto es impensable en cualquier “provinciana” ciudad castellana. Ese maremágnum de callejuelas estaba rodeado de unas preciosas murallas de las que quedan muy poco, a diferencia de otra “provinciana” y preciosa ciudad castellana llamada Ávila. Dichas murallas se tiraron bien avanzado el siglo XX siendo sustituidas por lo que llaman “Las Avenidas” y así posibilitar la expansión de Palma y acabar con las excesivas apreturas.

    Por otro lado me sorprendió que su más carismática y “burguesa” calle, Jaume III, se construyera una vez derribadas las murallas y cruzando brutalmente esa encrucijada de callejuelas que es la ciudad palmesana. La estética de esa calle es totalmente decimonónica, y yo en principio la asociaba a la burguesía local de esa época. La asociaba a la decimonónica y vallisoletana calle de Recoletos, pero no, al no tener calles de esta índole las inventaron a posteriori copiando su estética muy entrado el S. XX.

    En cuanto al casco viejo de Valladolid, pues sí hay algunas calles estrechas como, la Rua Oscura por ejemplo, debido a que los dos ramales del río Esgueva cruzaban el centro de la ciudad y sus calles debían adaptarse a dichos ramales. No obstante tenemos calles también amplias en el centro y lugares espaciosos como pueda ser la Calle de Platerías, cargada de historia, la Plaza de Portugalete con la Iglesia de Santa María de la Antigua (mucho más antigua que la Catedral de Palma), la Plaza de la Universidad (una de las más viejas de Europa al igual que la de la cosmopolita Palma imagino), la Plaza Sata Cruz,.. etc. Mención especial merece la Plaza de Zorrilla, el Paseo de Zorrilla y la Acera de Recoletos que sirven de marco a un precioso parque romántico: El Campo Grande. También es conocido como el pulmón de Valladolid y es un lugar precioso para pasear con su pérgola, su estanque con su barca paseando, sus ardillas, sus pavos reales,… un bosque en plena ciudad. Igualico que la gran urbe Palmesana.

    En cuanto a lo rural de Valladolid no sé muy bien a que se refiere. En Palma en la zona del Molinar, hasta hace poco barrio de humildes pescadores, se puede ver una vaquería, plantas bajas (lo que en Valladolid denominábamos “Casas Molineras” y que ya apenas existen), en el mismo centro palmesano se pueden ver ese toque rural, por no hablar de la carretera de Manacor por ejemplo o el barrio de Son Ferriol, o el de Es Coll d´en Rabbassa que son literalmente pueblos en vez de barrios. Y ya no hablo de ese aire Pagès que tienen mucha parte de las gentes palmesanas. Si usted se pasea por Valladolid poco de rural verá usted. No es que aborrezca de lo rural, de hecho mis padres son de pueblo y me encantan esos pueblos, lo digo más por usted al que se le ve un chico de ciudad, por este motivo le agradaría ver obras y zonas totalmente modernas como el Museo de la Ciencia, el Auditorio Miguel Delibes, uno de los muchos puentes que pasan sobre nuestro río. También tenemos mucho de historia, con muchos museos como el de Escultura, pero supongo que a un chico moderno y de ciudad como usted no le gustaría ya son anacronismos de otros tiempos que ya no existen ni interesan, como se puede deducir leyendo sus artículos. Por cierto en Valladolid y otras preciosas ciudades castellanas también tenemos guiris y somos “cosmopolitas”, la diferencia es que estos vienen de Erasmus y en Palma van a zonas deterioradas como S´Arenal o Magaluf a emborracharse a ahostiarse, a hacer el vándalo y darse de vez en cuando alguna puñalada. Mención aparte merecen las ratillas mascachapas que purulan por esos lares buscando dar el palo a algún guiri distraído para gastárselo en droga comprado en otro cosmopolita y moderno barrio palmesano como Son Banya.

     

    En cuanto a lo de triste, más de lo mismo. Irónico viniendo de un Palmesano. Por cualquier ciudad castellana podrá pasear cualquier día, casi a cualquier hora. También podrá entrar a cualquier lugar a degustar algo típico de la tierra. Le aconsejo ir en fiestas a Valladolid y disfrutar de la Feria de Día o la Feria Gastronómica. Notará mucho el cambio con respecto a esas ¿fiestas? de San Sebastian en las que hay una ausencia casi total de gente por las calles a excepción de un día en la que todos los vecinos tienen la urbana y cosmopolita costumbre de salir con una parrilla a la calle. Si pasea por Valladolid, o Salamanca, o Zamora, o por donde quiera podrá ver las calles repletas de gente, gente paseando con su periódico bajo el brazo o sentado en un parque leyendo. En Palma en cambio, anochece mucho más pronto, casi una hora antes, y sobre todo en invierno las calles son como un cementerio. Y encima hace frío, que venden el sol y playa todo el año para a ver si engañan a algún incauto.

    Creo que me estoy extendiendo más de la cuenta, pero es que me congratula explicarle como es mi ciudad, más que nada para que cuando usted vuelva a escribir sobre ella lo haga con conocimiento de causa, en vez de recurrir a lo tópico y a la narrativa literaria.

    Para concluir esta extensa misiva, sólo me gustaría añadir que no me ha sorprendido en absoluto lo leído en sus artículos. En el tiempo que he vivido en Palma ya he conocido bastante su forma de ser. He visto casos (juro que es real) hilarantes como:

    decir un mallorquín a otro que por qué se va al Caribe si las playas mallorquinas son los mejores;

    He oído decir a un mallorquín que ha estado en Segovia (patrimonio de la humanidad por cierto) decir “bah el acueducto, no es para tanto” cuando en Mallorca tienen catalogado como maravilla a las ruinas de Pollentia (cuatro piedras) y al puente romano de Polleça. Curioso lo del puente este, dada mi afición a la historia y lo mucho que cacareaban sobre él, fui a visitarlo pero lo no lo encontraba por ningún lado. Al fin me dí cuenta de que aquí no hay ríos y al final descubrí un pequeño puentecito de piedra sobre un regato (aquí torrents los llaman). Vamos que el acueducto de Segovia es una castaña y el puente de Pollença una maravilla.

    He escuchado a alguno decir que han ido al Norte de la Península y que no les gusta porque todo es verde y la vegetación homgénea. Curioso, Mallorca es bastante seca y lo único que hay son pinos mediterráneos con excepción de alguna palmera en el Paseo Marítimo.

    Les he oído decir que las mejores patatas son las de Mallorca porque son originarias de aquí, cuando les dices que vinieron de America dicen que fue Colón, mallorquín también por cierto, quien las llevó allí y luego las llevó a la Península. Y así podría estar hasta mañana.

    El caso que nos ocupa es el mismo. Miguel Delibes fue un gran literato, el último de los grandes que quedaba, un hombre llano, humilde, enamorado de su tierra, … y que tuvo el reconocimiento de sus vecinos hasta el punto de que muchos lugares emblemáticos de la ciudad llevan su nombre. Miguel Delibes fue despedido por gran número de sus vecinos que colapsaban el ayuntamiento de la preciosa Plaza Mayor vallisoletana. Será recordado por ser gran literato y mejor persona, por eso muchos vallisoletanos se han sentido ofendidos por lo regurgitado por usted y por ello consideran lo dicho por usted como “una traición a la patria” . Dejó numerosos hijos, a la forma castellana como dice algún indocumentado, de los cuales alguno tuve el honor de conocer como por ejemplo Germán que me dio clases de Arqueología junto a otro gran vallisoletano y castellano como fue Julio Valdeón que también nos dejó hace poco. Delibes, que fue también director de unos de los decanos de la prensa estatal como el Norte de Castilla, el cual sigo comprando cuando puedo y aprovecho algún regalo que viene con él como pueda ser libros de otra vallisoletana como Rosa Chacel o las novelas ejemplares de Cervantes.

    En cambio usted, Eduardo, tiene una obra desconocida para el público, no lo conocen ni en su casa, el día que usted se vaya no sé si lo despedirán de la misma forma que al gran Migue en su urbana y cosmopolita tierra , a la cabeza del fracaso escolar por cierto; usted, licenciado en una Universidad de tercera regional como es la Balear más preocupada de que todo el mundo aprenda el catalán en su dialecto central y no Balear quien otra cosa, haciendo que los pocos jóvenes que estudian se marchen a otras Universidades o lo hagan por la Uned,. Mientras Miguel fue el director de un buen periódico, usted escribe en un panfletucho sensacionalista que en vez de libros regala senyeras mallorquinas para colgarlas en el balcón el día de la Diada, que a su vez han sido regaladas por esa gran política honesta como pocos que es Maria Antonia Munar como agradecimiento por hacerla la pelota durante muchos años. Resumiendo que usted es el gran puente Romano de Pollença ante el Acueducto de Segovia, pero que con el ombliguismo y prepotencia de nuevo rico (aunque la mona se vista de seda y le toquen muchos millones en la lotería…..)mira por encima del hombro al acueducto creyéndose mejor. Se creerá mejor, pero en su primer artículo ha quedado como un gañán, y en el segundo que podía haber rectificado elegantemente ha querido hacerlo pero como dicen en mi tierra: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

    En fin me despido de usted, sin pedirle nada. No quiero sus disculpas ni se las pido. De personas así no quiero nada, ni los buenos días. Gracias por su atención si es que se ha dignado a leer este ladrillo.

     

    Atentamente.

    Castilla 1521

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