Habitando en la sociedad del miedo

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It’s creepy. She’s weird. Very odd. Espeluznante, raro, muy extraño. Adjetivos muy utilizados para designar al otro en millares de conversaciones superficiales entre los jóvenes nacidos en el «imperio». En Norteamérica, también, corre el diablillo tras las lenguas bífidas de estudiantes musculados, guapos y adinerados. De esos que lo tienen todo pero que carecen de lo más importante. De esta manera, matan el gusanillo gossip que llevan dentro.

 

¿Pero de qué tienen miedo si disponen de todos los medios necesarios para protegerse del resto del mundo? Tienen miedo del otro. Siguen el patrón de Sartre cuando afirmó que «el infierno son los otros». Así que el otro, el prójimo, lejos de convertirse en un ser humano corriente y moliente, se convierte en un alienígena que es analizado, juzgado y diseccionado en pedacitos. Ahí es nada.

 

Y sin embargo, este miedo lo explica todo; fomenta las comunidades entre iguales o guettos en las grandes ciudades, al mismo tiempo que muchos americanos, deseen vivir alejados en medio del campo o en isolated pueblos in the middle of nowhere. Un miedo que les lleva a moverse en coche a todos lados para evitar aún más el contacto humano. Por eso también, para los americanos resulte tan importante tener pareja o vivir en familia, aunque en muchos casos reine la soledad (esto bien pudiera extrapolarse a Occidente en general).

 

Sorprende la enorme cantidad de anuncios de antidepresivos emitidos en los medios de comunicación, así como, que  parezca el imperio de la locura y la excentricidad. La razón bien pudiera ser la siguiente: muchos van a necesitar llamar la atención para gritar al mundo que existen, que se sienten diferentes y que gozan de la libertad para hacer lo que les venga en gana, e incluso haya alguno que cometa algún delito con el fin de darse a conocer en un telediario.

 

No, no nos engañemos, aquí no hay izquierda, izquierda, o derecha, derecha, aquí los afroamericanos procurarán reunirse con afroamericanos, los orientales tenderán a residir en barrios asiáticos y muchos europeos se encuentren mucho más cómodos entre europeos. Pero, la idiosincrasia es inevitable y, al final, el amor y la amistad llevará a muchos a realizar una interesante mezcolanza entre culturas. Así que un salvadoreño terminará casándose con una americana del Estado de Virginia y una nacida de San Francisco, de origen vietnamita, se agrupará en un grupo de rock que tiene un solista neoyorkino, de raíces italianas.

 

Pero, volviendo a la cuestión que nos ocupa, la American People, ya sabemos que les gusta apropiarse del «American», haciendo de la parte el todo, la American People parece habitar en la sociedad del miedo, más que la del riesgo de Beck, es la del miedo de Hobbes, la del miedo al otro. Cuando observan a alguien diferente, se sienten amenazados, vulnerables. No es de extrañar que se muestren fríos, distantes e independientes, que difiere del carácter latino. Además, algunos jóvenes llevarán incrustados a fuego las máximas de «ser el mejor» y «tener dinero». De ahí, que una gran mayoría de norteamericanos sea amante del deporte y de la competición, en la que se inician desde niños.

 

Tal vez, en ese anhelo de perfección, en esa entelequia norteamericana, se pierdan la esencia de lo que el ser humano precisamente necesita: el contacto con el otro, sin miedo. To be afraid of humans or not to be afraid of humans, that’s the question.

 

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.