¡Habla, Memoria! Los primeros recuerdos (I)

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Pretendo desplegar a lo largo de las pocas entregas de este cuaderno, “¡Habla, Memoria…”,  una suerte de ficción que se desenvuelva en el formato de una especie de relato biográfico. Mas no he de aferrarme a describir toda una vida, sino los primeros veinte años de una existencia personal, sosteniendo que a partir de esta edad los factores de la vivencia tienden a repetirse y a ser insustanciales, quiero decir no esenciales e inactivos en la conformación del temperamento, invariablemente forjado, hasta el término del transcurso vital, desde el desarrollo de las primeras edades: infancia, adolescencia y entrada en la juventud, cruciales para revelar toda la restante vida de un ser, aunque su duración se cuadruplique y hasta casi se quintuplique. No me ha interesado el comienzo de los estudios universitarios, el cumplimiento del servicio militar, la profesión, los matrimonios, la descendencia del protagonista; y sí únicamente los más sólidos cimientos, afianzados e indoblegables, generando el carácter del sometimiento vital de nuestro personaje durante dilatados años posteriores.  

 
Habla, Memoria (Vladimir Nabokov)

Nunca he leído una autobiografía en la que las partes dedicadas a los primeros años no fueran, con mucho, las más interesantes. (C.S. Lewis)

El gozo del recuerdo y no el residuo de la melancolía. (Harry Kessler)

Las cosas no son como son, sino como se recuerdan. (Valle-Inclán)

 

A la sombra de la vieja ciudadela

Todavía bebé, aún de habla balbuciente y andar titubeante, bajaba con sus padres, en verano, desde la empinada calle donde residían, a los gangos dispuestos junto al cauce del río. En el agua siempre flotaba una barquichuela, esa barca de Agapo que cruzaba gente a la otra orilla, sobre todo durante el alba, transportando a unos cuantos obreros que faenaban en algún punto más allá de los riscos de la garganta fluvial. Merenderos que contenían mesas y asientos fijos de madera ubicados en la sombra que, no más que consoladoramente, se creaba bajo el carrizo. Carrizo que hacía juego con los cañaverales de base empapada en la húmeda linde. Acompañar chatos de vino blanco, rebajado con gaseosa, con platillos de garbanzos torraos, conformaba un aperitivo vespertino, muy veraniego, de lo más habitual. Caía la tarde; se poblaba el ambiente de mosquitos; el aparato de radio retrasmitía canciones pegadizas emitidas por famosas gargantas gangosas; y el niño se quedaba mirando a los mayores y pronunciaba con su lengua de trapo: “A mí me gusta el mino”. A él le gusta el vino, lo deja claro; y siempre, sí señor, va a ser así.

El vino y la lectura. Dos grandes aficiones futuras. Antes de recalar en el colegio de los Hermanos Maristas para terminar la enseñanza primaria e iniciar el bachillerato elemental, pisó las aulas de la Escuela Graduada de Niños aneja a la de Magisterio. Era demasiado pequeño para recordar el transcurso del tiempo de las clases al ingresar allí. Sólo una nítida imagen se fija en su mente de una manera imborrable. Cuando el maestro, el tan socarrón, tan simpático y tan falangista Don Pablo (aunque algunas lenguas proclamaban que había sido un educador republicano reconvertido al régimen; al cabo muy amigo de su yerno, novelista y comunista), comienza a entregar ejemplares de El Parvulito exigiendo su precio, el mocoso, al verse privado de la ofrenda, se pone a llorar como una magdalena. Ya una vez solventado el asunto entre la madre y el docente, nuestro nene disfruta de lo lindo pasando hojas de ese librito de Antonio Álvarez que mostraba los diáfanos dibujos, ejercicios de escritura y apretadas cuadrículas cubiertas por canciones, trazados esquemáticos y las figuras aleccionadoras de Cristóbal Colón y Jesucristo.

Un apodo que circulaba de tanto en tanto por las aulas dirigido al niño era Gordito Relleno (personaje de la historieta de un tebeo de entonces: Pulgarcito). Su madre encargaba a la pantalonera del barrio unas calzas muy cortas y muy ceñidas, luciendo el nene, en verano y en invierno, sus buenos muslos. Durante el invierno, unos cálidos calcetines que le tejía su progenitora, subían hasta el borde de la rótula. Pocos días antes de iniciarse las vacaciones de Navidad, el niño estaba al tanto, durante el recreo, de la llegada de su tía, la hermana de su mamá, andando por la calle exterior al patio, que venía de la ciudad cuasi levantina a pasar las fiestas con la familia. Y teniendo ya a la vista el montaje del belén sobre una tabla sostenida por dos borriquetes, el padre se adelantaba yendo cargado con una caja, que acarreaba desde la estación, llena hasta arriba con la escoria que arrojaban las locomotoras de vapor, alimentadas por carbón, y que tan bien simulaba el conjunto de montes palestinos que contemplaron el divino parto de María.

Levemente recuerda que el menú de la cena de Nochebuena consistía en un plato de lombarda, al que seguía algo de carne, quizá de pavo, posiblemente pollo, unos dulces de fruta escarchada, unos trocitos de turrón (duro, blando y de tutti frutti) y unas figuritas de mazapán. Ese pavo o pollo, totalmente pelado por la mamá y la tita, vivito y coleando correteaba ridículamente desnudo por el pasillo antes de que, con certera punzada, se le hincase la punta del cuchillo en el cuello. Después, mientras se entonaba, asiendo la pandereta y la zambomba, algún villancico, le era permitido tomar un sorbito de sidra El Gaitero mientras que los mayores se servían de las botellas de Licor 43, Calisay o Chartreuse, rescatándolas soñolientas del aparador, dándosele, sin duda, más coba al brandy y al anís, que también se bebía mezclando ambos licores, llamándosele a eso “sol y sombra”. Desde la cama, sólo escuchaba un único sonido que poblaba la calle: borrachos solitarios aporreando un pandero, quizá representando a los fervorosos pastores ágilmente dispuestos para adorar al Niño, gloriosamente recién nacido.

Sabía el angelito que la tía se presentaría con un buen cesto repleto de dulces que ella misma había horneado: mantecados, pastas, empanadillas de cabello de ángel, bolitas de coco, intensos dulces de crujiente almendra… Unas jornadas antes, había acompañado a mamá una tarde, yendo con las vecinas, a pasar largo tiempo vespertino horneando gustosa masa en el obrador de un panadero. Una costumbre de antaño que suponía un considerable ahorro, pues las mujeres sólo gastaban en la materia prima y en la tasa frugal que recibía el repostero. Tarde de gran calor, de subido sofoco, mas divertida. Otros niños acompañaban también a sus mamás, por lo que el nuestro con ellos podía hablar, aunque no tanto como las féminas, que no paraban de darle a la sin hueso.

Ezra Pound escribió que la ciudad más bella del mundo es Venecia antes de conocer esta vieja ciudadela. Poco puede recibir, de sopetón, mayor elogio. “Antigua ciudadela calcinada y torcida”: así la definió Pablo Neruda. Sin embargo, nuestro perillán encontraba, en sus primeros años de vida, ese vetusto baluarte –encarnado, al decir del doctor don Gregorio Marañón, en abigarrada silueta de arrabal oriental como un conjunto opaco, y alzado sobre bastos pedruscos- un tanto cochambroso, por muy monumental y pintoresco que dijesen que fuese. Entonces se hubiese adherido, el pobrecico iluso, a la drástica opinión de Benito Pérez Galdós: “Cuando penetres en la ciudad, tu primera impresión será desagradable. Perdiéndote en el laberinto de sus calles angostas, torcidas y empinadas, dirás: ¡qué población tan fea! Te sorprenderán las encrucijadas laberínticas, donde el transeúnte se pierde y, buscando una salida, se encuentra al poco rato en el mismo sitio de donde partió. Verás barrios enteros donde reina una soledad propicia a las aspiraciones fantasmagóricas.”

Él prefería, de todas todas, los incipientes y flamantes bloques de su mostrenca ciudad natal, cuasi levantina, con sus cucos chaflanes redondeados, exhibiendo semiesféricos balcones; sus “calles anchas, arboladas, con kioscos de periódicos y aspecto de gran ciudad”, como escribe Elena Fortún; los vistosos escaparates de las tiendas, sus relucientes cafeterías, adonde penetraba con su tía invitado a una taza de rotundo y espeso chocolate. La gran ferretería de la calle principal, luciendo las navajas afamadas tras la luna grandiosa, los lujosos hotelitos, antaño propiedades privadas, hogaño sedes elegantes de organismos oficiales. Espléndido comercio en esa urbe, bares y más bares diseminados gratamente por el urbanismo; el espléndido recinto ferial y la bonita plaza de toros, donde en uno de los mesones abierto en su fachada lanzaba la moneda, junto a su abuelo, participando en el activo, compulsivo, juego de la rana metálica. Sin dudarlo se decidía por esos agradables rincones anecdóticos en lugar de por los sórdidos recovecos de la muy histórica, sin llegar a ser legendaria (v.g.: Cádiz), localidad donde vivía.

Mejor aún (o casi, a decir verdad), las expectantes visitas a Madrid. De la estación construida en un osado neomudéjar, partían su padre y él siendo hora muy temprana, penetrando en la tercera clase de un convoy con carruajes de madera arrastrados por una negra locomotora estrepitosa. Si era invierno, en el vagón no estaba puesta la calefacción, y los hombres fumaban un pitillo detrás de otro con la vana ilusión de así calentarse. Al cabo de tres horas, ¡nada menos!, el tren se introducía bajo la gigantesca marquesina de la estación de Atocha, o de Delicias, dependiendo si el tren había seguido el trayecto por Aranjuez o por Parla. Ya no había tranvías circulando por las calles de Madrid, aunque sí aún trolebuses. En todo caso, los raíles de metal todavía permanecían visibles. No lo recuerda, pero posiblemente un taxi negro, con roja franja lateral, de los llamados “patos”, muy morrudos, llevaba a padre e hijo a la calle Alvarado (tal vez iban en metro), en el distrito de Tetuán, donde vivían sus tíos (la hermana de su padre y su esposo) y su primo, algo mayor que él, un niño muy vivaz que a los cuatro años ya era capaz de leer en las planas del periódico, como igualmente hizo el célebre escritor alsaciano André Maurois. La casa era una vivienda muy popular y humilde, con un patio comunal y un retrete para todos los vecinos. Menos mal que su tío era muy mañoso y había instalado una taza de wáter en un rincón de la cocina, disimulada por un perfecto cajón encajado en la taza. Sí se acuerda de que, durante la primera visita, a su tía la llamó de usted, provocando en la señora extrañeza, una sonrisa y una caricia en el cabello del nene. En aquella corrala (no exactamente una corrala), vivía un vecino, de la misma edad que el primo y que era sordomudo, de padres sordomundos. Ambos continuamente se andaban pegando en el patio. Todo muy castizo. Se hace memoria como si uno estuviese viendo una película de Berlanga, ese genuino realismo del Madrid de posguerra. Recordaba también el nene haber visto deslizarse por unas rampas a monos o leones (algo que no pudo luego cabalmente memorizar) en la antigua Casa de Fieras ubicada en el Parque del Retiro, en terrenos hoy ocupados por una singular biblioteca que lleva el nombre de Eugenio Trías. No recuerda haberse fijado en el elefante Perico, descrito afablemente por Francisco Umbral en su libro de viñetas madrileñas Amar en Madrid.

Volviendo a la villa mugrienta. Los domingos a su madre le daba por arreglarlo con blanca y muy planchada indumentaria y elevarle un notorio tupé, a base de laca, en el pelo antes de salir de paseo un rato, por la tarde, subiendo al casco. El contraste producido por lo impoluto que había quedado el niño en relación con la costra de los viejos muros de la población, era algo que le daba muchísima rabia. Teniendo que ir de la mano de sus padres o hablando con su hermana, aunque a la vuelta del garbeo por el peñasco se sentasen los cuatro a degustar un rico chocolate con churros en el quiosco de una linda alameda nada más iniciarse extramuros, era algo que, insiste, le daba muchísima rabia.

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