¡Habla, Memoria! Los primeros recuerdos (II)

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Pretendo desplegar a lo largo de las pocas entregas de este cuaderno, “¡Habla, Memoria…”,  una suerte de ficción que se desenvuelva en el formato de una especie de relato biográfico. Mas no he de aferrarme a describir toda una vida, sino los primeros veinte años de una existencia personal, sosteniendo que a partir de esta edad los factores de la vivencia tienden a repetirse y a ser insustanciales, quiero decir no esenciales e inactivos en la conformación del temperamento, invariablemente forjado, hasta el término del transcurso vital, desde el desarrollo de las primeras edades: infancia, adolescencia y entrada en la juventud, cruciales para revelar toda la restante vida de un ser, aunque su duración se cuadruplique y hasta casi se quintuplique. No me ha interesado el comienzo de los estudios universitarios, el cumplimiento del servicio militar, la profesión, los matrimonios, la descendencia del protagonista; y sí únicamente los más sólidos cimientos, afianzados e indoblegables, generando el carácter del sometimiento vital de nuestro personaje durante dilatados años posteriores.  

 

Habla, Memoria (Vladimir Nabokov)

Nunca he leído una autobiografía en la que las partes dedicadas a los primeros años no fueran, con mucho, las más interesantes. (C.S. Lewis)

El gozo del recuerdo y no el residuo de la melancolía. (Harry Kessler)

Las cosas no son como son, sino como se recuerdan. (Valle-Inclán)

 

Astur-manchego

Nuestro infante, al paso de los años, mostró gran afición a la escritura literaria, componiendo su primer poema a los 13 años y publicando su primer libro a los 17. Antes, sus primeros éxitos los cosechó en las aulas del colegio de los Hermanos Maristas donde realizó sus primeros estudios. El hermano, apodado “Drácula” por sus facciones puntiagudas, mandaba redacciones y al día siguiente leía, ante toda la clase, la mejor; los alumnos cuchicheaban para saber quién se había alzado con el triunfo. El fraile entonces cortaba su lectura y pronunciaba, como un exabrupto, resaltando la dentadura, su apellido. Y como él mismo declaró en algún evento o entrevista, cuando ya era declarado escritor: Por avatares de la guerra ese inconcreto embrión que fue devino particular niño astur-manchego. Nació, como ya se ha dicho, en ciudad cuasi levantina, urbe casi oriental pero aún manchega. Y parte de sus ancestros, por el lado paterno, más manchegos todavía. Oriundos del mismísimo corazón de La Mancha, sitios de vides y de melonares. Tierra reseca por doquier, dotada de muy poca sombra; dominios donde hubo algo de agua, existiendo alguna refrescante corriente suavizando un tanto el ambiente  tan tórrido. Ahora los cauces bajan secos.

Su abuelo, padre de su padre, era nativo de uno de esos poblachones manchegos, conjuntos sin historia, expandidos en caótica acumulación. Eso sí, contando con un censo muy trabajador, hasta el punto de que en una súbita inundación del río Guadiana, el emblemático curso de La Mancha discurriendo debajo del “patrio y celebrado y rico Tajo” (Garcilaso de la Vega), los habitantes se empeñaron en impedir sus desastrosos efectos, movilizándose en seguida al objeto de construir un muro largo y alto que contuviera la caprichosa y fatídica fuerza de las aguas. En ese derramado poblachón el yayo realizó algunos trabajos. Fue peluquero, es decir, también sacamuelas, pues los barberos, al disponer de esas robustas sillas fijas, podían atar al paciente a ellas y tenerlo quieto mientras le extraían, sin anestesia, la pieza dental dolorida. Pero al cabo el abuelo se hizo ferroviario, primero empleado de la MZA, luego de RENFE; tomó destino en otros cercanos pueblos manchegos para acabar en la ciudad cuasi levantina donde nació el nene, llegando a jubilarse como jefe de tren.

 

Gracias a este abuelo, el niño vivió algunos momentos en virtud de los cuales siempre ha guardado gratos recuerdos aureolados de una muy amigable y dúctil sensación. Era verano. La hija, por la noche, preparaba a padre un calculado condumio, colmaba las tarteras, disponía la fruta, el pan, los cubiertos, llenaba el termo con café con leche, la pequeña bota de vino, introduciéndolo todo en el adecuado maletín de mimbre (utensilios asidos últilmente por las sabias cintas elásticas que los fijaban al interior de la valija). El reloj despertador sonaba en plena madrugada. Al rato el niño caminaba dando la mano al yayo, ya ataviado con su uniforme, camino de la estación vieja. También recuerda, rauda mas nítidamente, ese breve paseo bajo el cielo, oscuro y satinado, tachonado de afiladas estrellas. Ya en el andén, temiblemente se acercaba, bufando con estrépito, la iracunda máquina de vapor, negrísima y opaca; centelleando, sin embargo, su dominante franja roja. Enseguida se acopló el niño dentro del furgón asignado a su abuelo como jefe de tren, durmiéndose al instante. El instante siguiente que recuerda es, durante la mañana, su curiosa mirada al mar, en Valencia. Imagen simple, violentamente concentrada en el rabioso azul, superado en la playa por la orla recia de la espuma blanca. En su recuerdo, tan efímero, no cabe el cielo ni la arena: únicamente esos dos elementos contundentes grabándose, muy rigurosos, en su magín.

En esos viajes, el convoy hacía paradas largas en ciertas estaciones, y el chiquillo entonces se despertaba a causa del conciso sonido metálico producido por el golpe del mazo en las ruedas de los vagones a fin de comprobar la carencia de grietas en esos discos. Entonces el abuelo subía al vagón con un vaso de leche templada y unos barquillos de vainilla, acercándose al nieto que descansaba en el cómodo canapé del compartimento arropado por la mantita. Lo mejor era cuando el tren se detenía en la gran estación de Alcázar de San Juan, uno de los pocos preciados empalmes de la red ferroviaria española, uniendo nada menos que las vastas regiones levantinas y andaluzas con Madrid y entre sí. Por la ventanilla columbraba, con ojos legañosos, el bien iluminado, a pesar de la fosca noche, depósito de máquinas, donde los grandes monstruos sombríos, alineados ordenadamente en completo silencio sin exhalar vapor, aguardaban su puesta en marcha o su reparación. En el andén, los vendedores de las famosas tortas de Alcázar deambulaban con sus atiborrados cestos. El niño ya sabía que el yayo accedería de inmediato al furgón con un paquete de esas tortas, dejándolo en el tablero plegable junto a hojas de abigarradas anotaciones y registros y un farol de cristal encarnado.

La abuela, esposa del ferroviario, había nacido en un pueblo de la Manchuela, una comarca de transición que se extiende por las provincias de Cuenca, Albacete y Valencia, siendo algunos productores de su villa natal muy diestros en la construcción de guitarras y laúdes. Murió en Puertollano, donde está enterrada, durante el año de acabarse la guerra civil, dicen que con grandes dolores de cabeza. Sus cuatro hijos heredaron sufrir a veces fuertes migrañas, y hasta, como entre ellos se decían, sentir la presencia de muchas “chiribitas”, esas chispas centelleantes que oscilaban delante de los ojos cuando surgían estos padecimientos. Cierto alivio lo producían los ricos supositorios de Optalidón, aliñados con una pizca de anfetamina, y a los que, por eso, el personal inconscientemente se enganchaba un poco.

La numerosa familia de la abuela abandonó el pueblo de Cuenca dispersándose para trabajar en la activa provincia de Valencia, donde se estableció definitivamente. En un momento dado, ella se convirtió al protestantismo. La ciudad  cuasi levantina, durante la guerra, se mantuvo fiel al gobierno de la República. Se cuenta que al cambiar de religión ella tiraba piedrecitas, ocultándose detrás de una tapia, a los curas y monjas que veía. Quiso también que todos sus hijos disfrutaran de la doctrina luterana o calvinista. Pero el marido alzó la mano y le advirtió: ¡Ojo, con las niñas haz lo que quieras, pero al chico déjalo en paz! De forma que las tías de nuestro niño quedaron evangélicas mientras que su padre se mantuvo católico. No practicante, desde luego, mientras que las mujeres siempre fueron devotas reformistas.

Por el otro lado, el materno, los ancestros se extendían por territorios asturianos y, en la provincia de León, del Bierzo. El abuelo del niño era de Salinas, población colindante a Avilés, mas se fue a trabajar a la cuenca minera del Bierzo. Llegó a ser capataz de la mina y su ideología abrazaba, naturalmente, el anarquismo. Vivía en un pequeño pueblín del contorno berciano, con su mujer, que era churrera, y sus cuatro hijas. Cuando los nacionales de Franco se rebelaron contra la República, esa zona fue de las primeras que tomaron. El hombre, con unos cuantos, huyó subiendo al monte. Al cabo de un impreciso tiempo, alguien lo visitó, quizá un cuñado falangista, en las intrincadas breñas donde se había guarecido y le dijo: ¡Camarada, baja, que no te va a pasar nada! Nada más entrar en el pueblo lo prendieron y fue fusilado de inmediato y enterrado en cuneta anónima o pie de tapia. Su mujer quedó sin recursos. No había otro remedio: las cuatro niñas, aún muy pequeñas, quedaron a cargo de una tía que contaba con más holgados medios.

Eduardo de Guzmán, periodista anarquista muy laborioso durante el conflicto patrio, escribe sobre los mineros asturianos en el momento en que llegan a Madrid al comienzo de la guerra civil para imponerse a los sediciosos: “Los mineros asturianos gozan de un prestigio casi mítico después de la revolución de octubre. Para los campesinos castellanos o los obreros industriales de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla son los adelantados de la revolución, los luchadores esforzados, capaces de imponerse a todos sus enemigos a fuerza de explosiones de dinamita. Que estén ahora en la Puerta del Sol constituye la más sólida garantía de que el enemigo no pasará.” Si el abuelo Jesús, en lugar de trabajar en el Bierzo, hubiese estado afincado en su tierra, de seguro que hubiese contado como un miembro de esta heroica comitiva.

Tras la contienda, el nuevo régimen depuró al abuelo ferroviario rebajándole el sueldo durante un año porque se había afiliado al sindicato UGT, totalmente legal cuando lo hizo. Sus hijas, ciertamente miedosas, decían que padre se había apuntado a esa organización sólo por practicar en una vistosa máquina de escribir que había en la oficina sindical.

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