¡Habla, Memoria! Los primeros recuerdos (III)

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Pretendo desplegar a lo largo de las pocas entregas de este cuaderno, “¡Habla, Memoria…”,  una suerte de ficción que se desenvuelva en el formato de una especie de relato biográfico. Mas no he de aferrarme a describir toda una vida, sino los primeros veinte años de una existencia personal, sosteniendo que a partir de esta edad los factores de la vivencia tienden a repetirse y a ser insustanciales, quiero decir no esenciales e inactivos en la conformación del temperamento, invariablemente forjado, hasta el término del transcurso vital, desde el desarrollo de las primeras edades: infancia, adolescencia y entrada en la juventud, cruciales para revelar toda la restante vida de un ser, aunque su duración se cuadruplique y hasta casi se quintuplique. No me ha interesado el comienzo de los estudios universitarios, el cumplimiento del servicio militar, la profesión, los matrimonios, la descendencia del protagonista; y sí únicamente los más sólidos cimientos, afianzados e indoblegables, generando el carácter del sometimiento vital de nuestro personaje durante dilatados años posteriores.  

 

Habla, Memoria (Vladimir Nabokov)

Nunca he leído una autobiografía en la que las partes dedicadas a los primeros años no fueran, con mucho, las más interesantes. (C.S. Lewis)

El gozo del recuerdo y no el residuo de la melancolía. (Harry Kessler)

Las cosas no son como son, sino como se recuerdan. (Valle-Inclán)

 

Carambolas de la guerra

Esas huerfanitas del Bierzo quedaron al cargo, como ya dijimos, de una tía, que decidió emprender ruta, con las cuatro, a la ciudad cuasi levantina, donde fue ayudada por alguien con influencias y con posibles. Incluso acarreó con su propio hijito, más tarde un muchachito que exhibía su amaneramiento y su afinado timbre de voz en los cafés-cantantes de la ciudad, entonando las coplas de esas tonadilleras tan en boga o de Miguel de Molina, especialmente “La bien pagá”. La pobre madre de las nenas se quedó, sola, en ese lugarejo del Bierzo, enfermando unos años más tarde y falleciendo en un hospital de León. La mujer, llena de amargura, proferiría parecidas palabras dichas por la progenitora de Lázaro de Tormes al marchar el rapaz con el ciego: “Hijas, ya sé que no os veré más. Procurad ser buenas, y Dios os guíe. Criado os he y con buena mujer, vuestra tía, os he puesto; valeos bien por vosotras mismas.”

Las dos niñas pequeñas (una de ellas la futura madre de nuestro personaje) quedaron ingresadas en un colegio de monjas, habitado por hermanas de la Caridad de la Asunción; las dos restantes se establecieron con la tía. Acogidas por las religiosas, las benjaminas superaron los terribles años llamados del hambre, aunque nunca les faltó de comer en el convento. Todo extra que alguna monja a una le proporcionaba (rebanada de pan, un bollo, incluso un solo caramelo), como perfectas hermanicas se lo repartían. La mayor, la madre del niño, años después envió a algunas sores el primer libro de poemas que publicó su hijo.

Aún seguía viviendo en el gran edificio religioso cuando encontró trabajo en una almoneda, una tienda de antigüedades donde también se bordaban trajes para los toreros. La ciudad cuasi levantina sigue mostrando, a día de hoy, gran afición por el arte de la tauromaquia. El dueño del negocio era un avaro redomado, un “ávaro”, como expresaban algunos idiolectos que cundían en la urbe, pero la chica se encontraba cómoda en su empleo. Se hizo enseguida novia del hijo del ferroviario, que entró a trabajar, todavía mozalbete, como botones en un banco. Fue ascendiendo, poco a poco, en una empresa donde se mantuvo hasta su jubilación. Vivía con su padre y una hermana soltera, encargada, impositivamente, de cuidar a su viudo padre de por vida. Las otras dos hermanas del chaval ya estaban casadas. Le tocó hacer la mili, siendo destinado a Palma de Mallorca. Desde allí se escribía con su novia. Se conserva una bonita postal que el recluta le envió a su enamorada. El estudio Foto Born, sito en el centro de Palma, elaboraba unos fotomontajes destinados a complacer a las parejitas, haciéndoles sobrevolar la bella capital balear, coloreando la imagen en blanco y negro con vivos colores crepusculares. El novio, en el reverso de esta postal le recordaba a la novia su encendido amor.

Ya licenciado del servicio militar, volvió a trabajar en el banco, pues se le había guardado la plaza. El tiempo de noviazgo entre los futuros padres del baby, fue dichoso y lleno de posibilidades de diversión, pues ambos, a pesar de los años difíciles en la alargada posguerra, ganaban su sueldecito sin privarse de pequeños caprichos. Iban al cine. Cuando en el film norteamericano la pareja protagonista se besaba (si la imagen era admitida por la onerosa censura imperante), muchos espectadores masculinos, a coro, berreaban la expresión: ¡Judas…! Al novio le gustaba mucho el fútbol y, como socio del club de su ciudad cuasi levantina, se desplazaba muy a menudo a los pueblos cercanos para animar a su equipo. Su prometida y él tantas veces hacían un escote para merendar opíparamente en alguno de los buenos cafés de la ciudad. El abuelo ferroviario, bajito, tenía empero mucha autoridad. Cosa normal en la época es que a los progenitores, sobre todo al progenitor, se les tratase de usted.  No importaba que el hijo ya hubiese hecho la mili. En una de las poquísimas ocasiones que el vástago se mostró achispado, el padre no dudó en quebrar una garrota en sus espaldas. Y lo mismo en otra ocasión en que el chico le robó un puro habano que le habían regalado en una boda y sin decirle nada se lo fumó.

Pensaron en casarse. Y celebraron la ceremonia en una buena iglesia urbana de color rojizo. Habían buscado casa y encontraron, junto a un robusto edificio escolar que hoy es instituto histórico, un lindo hogar privilegiadamente situado nada menos que frente a la entrada del amplio parque de la villa, dotado de un anchísimo paseo central, robustos y altos pinos por los que discurrían de arriba abajo las ardillas, grandes y bien diseñados estanques para que grandes patos, cisnes, ocas, flotasen a su gusto, un quiosco de música donde la banda municipal interpretaba los domingos por la mañana muy agradables pasodobles, y un merendero concurridísimo en verano. Gran parque salpicado de puestecillos exhibiendo barquillos, chufas, pipas, caramelos, globos para lograr henchir la sonrisa de los niños ante tales delicias, o sus rabietas si no las conseguían.

La hermana de ella dejó el convento y se fue a vivir con los recién casados. La embarazada dejó el trabajo. Un día tuvo que abandonar el bordado porque llegaron las molestias del parto. Se llamó a la comadrona y al cabo nació un niño, en la cama de matrimonio, que llegó a pesar más de cinco quilos. Un niño muy gordito se plantó en el mundo sólo unas semanas después de que Federico Martín Bahamontes ganase su primer Gran Premio de la Montaña en el Tour de Francia. Mas de inmediato empezó a perder, se llenó de arrugas, lloraba que se las pelaba. Tan pequeñito, adquirió una dolencia de hígado. Se temió por su vida. Entonces no había incubadoras, y si las había no estaban implantadas aún entre aquella sociedad. Su primer mes los pasó entre algodones que se recalentaban para templar su cuerpecito. Al mes empezó a ganar, volviendo a ser un saludable nene fornido.

El niño se criaba bien. Las costumbres de la familia recién constituida eran muy gratas. Se gozaba de los paseos por el sobresaliente parque de la ciudad cuasi levantina. El mocoso pasaba alegremente de unas manos a otras; de las de las muchas tías a las del abuelo. La vida parecía desarrollarse con placidez y por larguísimo tiempo en esa urbe plana, cómoda, bien poblada, dotada de buen comercio y favorablemente cercana a las playas de levante. Pero el padre, por azares del perverso destino, solicitó inopinadamente el traslado a la sucursal bancaria sita en la peñascosa localidad monumental, donde no había familia ni comprensible vínculo. El primero de sus muchos viajes el bebé lo inició, de madrugada, en un andén de la Estación Vieja.

En esta época comenzaba, todavía tímidamente, a deslizarse el Talgo por las vías: “Los españoles se habían instalado en una mediocridad que hasta llega a parecerles confortable y van comprendiendo que la guerra no ha arreglado nada, pero se vive bajo el imperio del Orden y hay quien prefiere acogerse a este orden y no enterarse de la injusticia que conlleva. La vida sigue. […] Entre los americanos y los tecnócratas parece que los españoles empiezan a olvidarse de la guerra e intuir que algo está cambiando, y para bien, en su vida y en la vida del país.” (Francisco Umbral, Del 98 a Don Juan Carlos).

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