¡Habla, Memoria! Los primeros recuerdos

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Pretendo desplegar a lo largo este cuaderno una suerte de ficción que se desenvuelva en el formato de una especie de relato biográfico. Mas no he de aferrarme a describir toda una vida, sino los primeros veinte años de una existencia personal, sosteniendo que a partir de esta edad los factores de la vivencia tienden a repetirse y a ser insustanciales, quiero decir no esenciales e inactivos en la conformación del temperamento, invariablemente forjado, hasta el término del transcurso vital, desde el desarrollo de las primeras edades: infancia, adolescencia y entrada en la juventud, cruciales para revelar toda la restante vida de un ser, aunque su duración se cuadruplique y hasta casi se quintuplique. No me ha interesado el comienzo de los estudios universitarios, el cumplimiento del servicio militar, la profesión, los matrimonios, la descendencia del protagonista; y sí únicamente los más sólidos cimientos, afianzados e indoblegables, generando el carácter del sometimiento vital de nuestro personaje durante dilatados años posteriores.    

 

Habla, Memoria (Vladimir Nabokov)

Nunca he leído una autobiografía en la que las partes dedicadas a los primeros años no fueran, con mucho, las más interesantes. (C.S. Lewis)

El gozo del recuerdo y no el residuo de la melancolía. (Harry Kessler)

Las cosas no son como son, sino como se recuerdan. (Valle-Inclán)

En la historia de los hombres la de su infancia y adolescencia importa mucho, sobre todo cuando se trata de artistas, los cuales casi siempre siguen teniendo mucho de niños y adolescentes. (Leopoldo Alas “Clarín”)

 

A la sombra de la vieja ciudadela

Todavía bebé, aún de habla balbuciente y andar titubeante, bajaba con sus padres, en verano, desde la empinada calle donde residían, a los gangos dispuestos junto al cauce del río. En el agua siempre flotaba una barquichuela, esa barca de Agapo que cruzaba gente a la otra orilla, sobre todo durante el alba, transportando a unos cuantos obreros que faenaban en algún punto más allá de los riscos de la garganta fluvial. Merenderos que contenían mesas y asientos fijos de madera ubicados en la sombra que, no más que consoladoramente, se creaba bajo el carrizo. Carrizo que hacía juego con los cañaverales de base empapada en la húmeda linde. Acompañar chatos de vino blanco, rebajado con gaseosa, con platillos de garbanzos torraos, conformaba un aperitivo vespertino, muy veraniego, de lo más habitual. Caía la tarde; se poblaba el ambiente de mosquitos; el aparato de radio retrasmitía canciones pegadizas emitidas por famosas gargantas gangosas; y el niño se quedaba mirando a los mayores y pronunciaba con su lengua de trapo: “A mí me gusta el mino”. A él le gusta el vino, lo deja claro; y siempre, sí señor, va a ser así.

El vino y la lectura. Dos grandes aficiones futuras. Antes de recalar en el colegio de los Hermanos Maristas para terminar la enseñanza primaria e iniciar el bachillerato elemental, pisó las aulas de la Escuela Graduada de Niños aneja a la de Magisterio. Era demasiado pequeño para recordar el transcurso del tiempo de las clases al ingresar allí. Sólo una nítida imagen se fija en su mente de una manera imborrable. Cuando el maestro, el tan socarrón, tan simpático y tan falangista  Don Pablo (aunque algunas lenguas proclamaban que había sido un educador republicano reconvertido al régimen; al cabo muy amigo de su yerno, novelista y comunista), comienza a entregar ejemplares de El Parvulito exigiendo su precio, el mocoso, al verse privado de la ofrenda, se pone a llorar como una magdalena. Ya una vez solventado el asunto entre la madre y el docente, nuestro nene disfruta de lo lindo pasando hojas de ese librito de Antonio Álvarez que mostraba los diáfanos dibujos, ejercicios de escritura y apretadas cuadrículas cubiertas por canciones, trazados esquemáticos y las figuras aleccionadoras de Cristóbal Colón y Jesucristo.

Un apodo que circulaba de tanto en tanto por las aulas dirigido al niño era Gordito Relleno (personaje de la historieta de un tebeo de entonces: Pulgarcito). Su madre encargaba a la pantalonera del barrio unas calzas muy cortas y muy ceñidas, luciendo el nene, en verano y en invierno, sus buenos muslos. Durante el invierno, unos cálidos calcetines que le tejía su progenitora, subían hasta el borde de la rótula. Pocos días antes de iniciarse las vacaciones de Navidad, el niño estaba al tanto, durante el recreo, de la llegada de su tía, la hermana de su mamá, andando por la calle exterior al patio, que venía de la ciudad cuasi levantina a pasar las fiestas con la familia. Y teniendo ya a la vista el montaje del belén sobre una tabla sostenida por dos borriquetes, el padre se adelantaba yendo cargado con una caja,  que acarreaba desde la estación, llena hasta arriba con la escoria que arrojaban las locomotoras de vapor, alimentadas por carbón, y que tan bien simulaba el conjunto de montes palestinos que contemplaron el divino parto de María.

Levemente recuerda que el menú de la cena de Nochebuena consistía en un plato de lombarda, al que seguía algo de carne, quizá de pavo, posiblemente pollo, unos dulces de fruta escarchada, unos trocitos de turrón (duro, blando y de tutti frutti) y unas figuritas de mazapán. Ese pavo o pollo, totalmente pelado por la mamá y la tita, vivito y coleando correteaba ridículamente desnudo por el pasillo antes de que, con certera punzada, se le hincase la punta del cuchillo en el cuello. Después, mientras se entonaba, asiendo la pandereta y la zambomba, algún villancico, le era permitido tomar un sorbito de sidra El Gaitero mientras que los mayores se servían de las botellas de Licor 43, Calisay o Chartreuse, rescatándolas soñolientas del aparador, dándosele, sin duda, más coba al brandy y al anís, que también se bebía mezclando ambos licores, llamándosele a eso “sol y sombra”. Desde la cama, sólo escuchaba un único sonido que poblaba la calle: borrachos solitarios aporreando un pandero, quizá representando a los fervorosos pastores ágilmente dispuestos para adorar al Niño, gloriosamente recién nacido.

Sabía el angelito que la tía se presentaría con un buen cesto repleto de dulces que ella misma había horneado: mantecados, pastas, empanadillas de cabello de ángel, bolitas de coco, intensos dulces de crujiente almendra… Unas jornadas antes, había acompañado a mamá una tarde, yendo con las vecinas, a pasar largo tiempo vespertino horneando gustosa masa en el obrador de un panadero. Una costumbre de antaño que suponía un considerable ahorro, pues las mujeres sólo gastaban en la materia prima y en la tasa frugal que recibía el repostero. Tarde de gran calor, de subido sofoco, mas divertida. Otros niños acompañaban también a sus mamás, por lo que el nuestro con ellos podía hablar, aunque no tanto como las féminas, que no paraban de darle a la sin hueso.

Ezra Pound escribió que la ciudad más bella del mundo es Venecia antes de conocer esta vieja ciudadela. Poco puede recibir, de sopetón, mayor elogio. “Antigua ciudadela calcinada y torcida”: así la definió Pablo Neruda. Sin embargo, nuestro perillán encontraba, en sus primeros años de vida, ese vetusto baluarte –encarnado, al decir del doctor don Gregorio Marañón, en abigarrada silueta de arrabal oriental como un conjunto opaco, y alzado sobre bastos pedruscos- un tanto cochambroso, por muy monumental y pintoresco que dijesen que fuese. Entonces se hubiese adherido, el pobrecico iluso, a la drástica opinión de Benito Pérez Galdós: “Cuando penetres en la ciudad, tu primera impresión será desagradable. Perdiéndote en el laberinto de sus calles angostas, torcidas y empinadas, dirás: ¡qué población tan fea! Te sorprenderán las encrucijadas laberínticas, donde el transeúnte se pierde y, buscando una salida, se encuentra al poco rato en el mismo sitio de donde partió. Verás barrios enteros donde reina una soledad propicia a las aspiraciones fantasmagóricas.”

Él prefería, de todas todas, los incipientes y flamantes bloques de su mostrenca ciudad natal, cuasi levantina, con sus cucos chaflanes redondeados, exhibiendo semiesféricos balcones; sus “calles anchas, arboladas, con kioscos de periódicos y aspecto de gran ciudad”, como escribe Elena Fortún; los vistosos escaparates de las tiendas, sus relucientes cafeterías, adonde penetraba con su tía invitado a una taza de rotundo y espeso chocolate. La gran ferretería de la calle principal, luciendo las navajas afamadas tras la luna grandiosa, los lujosos hotelitos, antaño propiedades privadas, hogaño sedes elegantes de organismos oficiales. Espléndido comercio en esa urbe, bares y más bares diseminados gratamente por el urbanismo; el espléndido recinto ferial y la bonita plaza de toros, donde en uno de los mesones abierto en su fachada lanzaba la moneda, junto a su abuelo, participando en el activo, compulsivo, juego de la rana metálica. Sin dudarlo se decidía por esos agradables rincones anecdóticos en lugar de por los sórdidos recovecos de la muy histórica, sin llegar a ser legendaria (v.g.: Cádiz), localidad donde vivía.

Mejor aún (o casi, a decir verdad), las expectantes visitas a Madrid. De la estación construida en un osado neomudéjar, partían su padre y él siendo hora muy temprana, penetrando en la tercera clase de un convoy con carruajes de madera arrastrados por una negra locomotora estrepitosa. Si era invierno, en el vagón no estaba puesta la calefacción, y los hombres fumaban un pitillo detrás de otro con la vana ilusión de así calentarse. Al cabo de tres horas, ¡nada menos!, el tren se introducía bajo la gigantesca marquesina de la estación de Atocha, o de Delicias, dependiendo si el tren había seguido el trayecto por Aranjuez o por Parla. Ya no había tranvías circulando por las calles de Madrid, aunque sí aún trolebuses. En todo caso, los raíles de metal todavía permanecían visibles. No lo recuerda, pero posiblemente un taxi negro, con roja franja lateral, de los llamados “patos”, muy morrudos, llevaba a padre e hijo a la calle Alvarado (tal vez iban en metro), en el distrito de Tetuán, donde vivían sus tíos (la hermana de su padre y su esposo) y su primo, algo mayor que él, un niño muy vivaz que a los cuatro años ya era capaz de leer en las planas del periódico, como igualmente hizo el célebre escritor alsaciano André Maurois. La casa era una vivienda muy popular y humilde, con un patio comunal y un retrete para todos los vecinos. Menos mal que su tío era muy mañoso y había instalado una taza de wáter en un rincón de la cocina, disimulada por  un perfecto cajón encajado en la taza. Sí se acuerda de que, durante la primera visita, a su tía la llamó de usted, provocando en la señora extrañeza, una sonrisa y una caricia en el cabello del nene. En aquella corrala (no exactamente una corrala), vivía un vecino, de la misma edad que el primo y que era sordomudo, de padres sordomudos. Ambos continuamente se andaban pegando en el patio. Todo muy castizo. Se hace memoria como si uno estuviese viendo una película de Berlanga, ese genuino realismo del Madrid de posguerra. Recordaba también el nene haber visto deslizarse por unas rampas a monos o leones (algo que no pudo luego cabalmente memorizar) en la antigua Casa de Fieras ubicada en el Parque del Retiro, en terrenos hoy ocupados por una singular biblioteca que lleva el nombre de Eugenio Trías. No recuerda haberse fijado en el elefante Perico, descrito afablemente por Francisco Umbral en su libro de viñetas madrileñas Amar en Madrid.

Volviendo a la villa mugrienta. Los domingos a su madre le daba por arreglarlo con blanca y muy planchada indumentaria y elevarle un notorio tupé, a base de laca, en el pelo antes de salir de paseo un rato, por la tarde, subiendo al casco. El contraste producido por lo impoluto que había quedado el niño en relación con la costra de los viejos muros de la población, era algo que le daba muchísima rabia. Teniendo que ir de la mano de sus padres o hablando con su hermana, aunque a la vuelta del garbeo por el peñasco se sentasen los cuatro a degustar un rico chocolate con churros en el quiosco de una linda alameda nada más iniciarse extramuros, era algo que, insiste, le daba muchísima rabia.

 

Astur-manchego

Nuestro infante, al paso de los años, mostró gran afición a la escritura literaria, componiendo su primer poema a los 13 años y publicando su primer libro a los 17. Antes, sus primeros éxitos los cosechó en las aulas del colegio de los Hermanos Maristas donde realizó sus primeros estudios. El hermano, apodado “Drácula” por sus facciones puntiagudas, mandaba redacciones y al día siguiente leía, ante toda la clase, la mejor; los alumnos cuchicheaban para saber quién se había alzado con el triunfo. El fraile entonces cortaba su lectura y pronunciaba, como un exabrupto, resaltando la dentadura, su apellido.  Y como él mismo declaró en algún evento o entrevista, cuando ya era declarado escritor: Por avatares de la guerra ese inconcreto embrión que fue devino particular niño astur-manchego. Nació, como ya se ha dicho, en ciudad cuasi levantina, urbe casi oriental pero aún manchega. Y parte de sus ancestros, por el lado paterno, más manchegos todavía. Oriundos del mismísimo corazón de La Mancha, sitios de vides y de melonares. Tierra reseca por doquier, dotada de muy poca sombra; dominios donde hubo algo de agua, existiendo alguna refrescante corriente suavizando un tanto el ambiente  tan tórrido. Ahora los cauces bajan secos.

Su abuelo, padre de su padre, era nativo de uno de esos poblachones manchegos, conjuntos sin historia, expandidos en caótica acumulación. Eso sí, contando con un censo muy trabajador, hasta el punto de que en una súbita inundación del río Guadiana, el emblemático curso de La Mancha discurriendo debajo del “patrio y celebrado y rico Tajo” (Garcilaso de la Vega),  los habitantes se empeñaron en impedir sus desastrosos efectos, movilizándose en seguida al objeto de construir un muro largo y alto que contuviera la caprichosa y fatídica fuerza de las aguas. En ese derramado poblachón el yayo realizó algunos trabajos. Fue peluquero, es decir, también sacamuelas, pues los barberos, al disponer de esas robustas sillas fijas, podían atar al paciente a ellas y tenerlo quieto mientras le extraían, sin anestesia, la pieza dental dolorida. Pero al cabo el abuelo se hizo ferroviario, primero empleado de la MZA, luego de RENFE; tomó destino en otros cercanos pueblos manchegos para acabar en la ciudad cuasi levantina donde nació el nene, llegando a jubilarse como jefe de tren.

Gracias a este abuelo, el niño vivió algunos momentos en virtud de los cuales siempre ha guardado gratos recuerdos aureolados de una muy amigable y dúctil sensación. Era verano. La hija, por la noche, preparaba a padre un calculado condumio, colmaba las tarteras, disponía la fruta, el pan, los cubiertos, llenaba el termo con café con leche, la pequeña bota de vino, introduciéndolo todo en el adecuado maletín de mimbre (utensilios asidos últilmente por las sabias cintas elásticas que los fijaban al interior de la valija). El reloj despertador sonaba en plena madrugada. Al rato el niño caminaba dando la mano al yayo, ya ataviado con su uniforme, camino de la estación vieja. También recuerda, rauda mas nítidamente, ese breve paseo bajo el cielo, oscuro y satinado, tachonado de afiladas estrellas. Ya en el andén, temiblemente se acercaba, bufando con estrépito, la iracunda máquina de vapor, negrísima y opaca; centelleando, sin embargo, su dominante franja roja. Enseguida se acopló el niño dentro del furgón asignado a su abuelo como jefe de tren, durmiéndose al instante. El instante siguiente que recuerda es, durante la mañana, su curiosa mirada al mar, en Valencia. Imagen simple, violentamente concentrada en el rabioso azul, superado en la playa por la orla recia de la espuma blanca. En su recuerdo, tan efímero, no cabe el cielo ni la arena: únicamente esos dos elementos contundentes grabándose, muy rigurosos, en su magín.

En esos viajes, el convoy hacía paradas largas en ciertas estaciones, y el chiquillo entonces se despertaba a causa del conciso sonido metálico producido por el golpe del mazo en las ruedas de los vagones a fin de comprobar la carencia de grietas en esos discos. Entonces el abuelo subía al vagón con un vaso de leche templada y unos barquillos de vainilla, acercándose al nieto que descansaba en el cómodo canapé del compartimento arropado por la mantita. Lo mejor era cuando el tren se detenía en la gran estación de Alcázar de San Juan, uno de los pocos preciados empalmes de la red ferroviaria española, uniendo nada menos que las vastas regiones levantinas y andaluzas con Madrid y entre sí. Por la ventanilla columbraba, con ojos legañosos, el bien iluminado, a pesar de la fosca noche, depósito de máquinas, donde los grandes monstruos sombríos, alineados ordenadamente en completo silencio sin exhalar vapor, aguardaban su puesta en marcha o su reparación. En el andén, los vendedores de las famosas tortas de Alcázar deambulaban con sus atiborrados cestos. El niño ya sabía que el yayo accedería de inmediato al furgón con un paquete de esas tortas, dejándolo en el tablero plegable junto a  hojas de abigarradas anotaciones y registros y un farol de cristal encarnado.

 

La abuela, esposa del ferroviario, había nacido en un pueblo de la Manchuela, una comarca de transición que se extiende por las provincias de Cuenca, Albacete y Valencia, siendo algunos productores de su villa natal muy diestros en la construcción de guitarras y laúdes. Murió en Puertollano, donde está enterrada, durante el año de acabarse la guerra civil, dicen que con grandes dolores de cabeza. Sus cuatro hijos heredaron sufrir a veces fuertes migrañas, y hasta, como entre ellos se decían, sentir la presencia de muchas “chiribitas”, esas chispas centelleantes que oscilaban delante de los ojos cuando surgían estos padecimientos. Cierto alivio lo producían los ricos supositorios de Optalidón, aliñados con una pizca de anfetamina, y a los que, por eso, el personal inconscientemente se enganchaba un poco.

La numerosa familia de la abuela abandonó el pueblo de Cuenca dispersándose para trabajar en la activa provincia de Valencia, donde se estableció definitivamente.   En un momento dado, ella se convirtió al protestantismo. La ciudad  cuasi levantina, durante la guerra, se mantuvo fiel al gobierno de la República. Se cuenta que al cambiar de religión ella tiraba piedrecitas, ocultándose detrás de una tapia, a los curas y monjas que veía. Quiso también que todos sus hijos disfrutaran de la doctrina luterana o calvinista. Pero el marido alzó la mano y le advirtió: ¡Ojo, con las niñas haz lo que quieras, pero al chico déjalo en paz! De forma que las tías de nuestro niño quedaron evangélicas mientras que su padre se mantuvo católico. No practicante, desde luego, mientras que las mujeres siempre fueron devotas reformistas.

Por el otro lado, el materno, los ancestros se extendían por territorios asturianos y, en la provincia de León, del Bierzo. El abuelo del niño era de Salinas, población asturiana colindante a Avilés, mas se fue a trabajar a la cuenca minera del Bierzo. Llegó a ser capataz de la mina y su ideología abrazaba, naturalmente, el anarquismo. Vivía en un pequeño pueblín del contorno berciano, con su mujer, que era churrera, y sus cuatro hijas. Cuando los nacionales de Franco se rebelaron contra la República, esa zona fue de las primeras que tomaron. El hombre, con unos cuantos, huyó subiendo al monte. Al cabo de un impreciso tiempo, alguien lo visitó, quizá un cuñado falangista, en las intrincadas breñas donde se había guarecido y le dijo: ¡Camarada, baja, que no te va a pasar nada! Nada más entrar en el pueblo lo prendieron y fue fusilado de inmediato y enterrado en cuneta anónima o pie de tapia. Su mujer quedó sin recursos. No había otro remedio: las cuatro niñas, aún muy pequeñas, quedaron a cargo de una tía que contaba con más holgados medios.

Eduardo de Guzmán, periodista anarquista muy laborioso durante el conflicto patrio, escribe sobre los mineros asturianos en el momento en que llegan a Madrid al comienzo de la guerra civil para imponerse a los sediciosos: “Los mineros asturianos gozan de un prestigio casi mítico después de la revolución de octubre. Para los campesinos castellanos o los obreros industriales de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla son los adelantados de la revolución, los luchadores esforzados, capaces de imponerse a todos sus enemigos a fuerza de explosiones de dinamita. Que estén ahora en la Puerta del Sol constituye la más sólida garantía de que el enemigo no pasará.” Si el abuelo Jesús, en lugar de trabajar en el Bierzo, hubiese estado afincado en su tierra, de seguro que hubiese contado como un miembro de esta heroica comitiva.

Tras la contienda, el nuevo régimen depuró al abuelo ferroviario rebajándole el sueldo durante un año porque se había afiliado al sindicato UGT, totalmente legal cuando lo hizo. Sus hijas, ciertamente miedosas, decían que padre se había apuntado a esa organización sólo por practicar en una vistosa máquina de escribir que había en la oficina sindical.

 

Carambolas de la guerra

Esas huerfanitas del Bierzo quedaron al cargo, como ya dijimos, de una tía, que decidió emprender ruta, con las cuatro, a la ciudad cuasi levantina, donde fue ayudada por alguien con influencias y con posibles. Incluso acarreó con su propio hijito, más tarde un muchachito que exhibía su amaneramiento y su afinado timbre de voz en los cafés-cantantes de la ciudad, entonando las coplas de esas tonadilleras tan en boga o de Miguel de Molina, especialmente “La bien pagá”. La pobre madre de las nenas se quedó, sola, en ese lugarejo del Bierzo, enfermando unos años más tarde y falleciendo en un hospital de León. La mujer, llena de amargura, proferiría parecidas palabras dichas por la progenitora de Lázaro de Tormes al marchar el rapaz con el ciego: “Hijas, ya sé que no os veré más. Procurad ser buenas, y Dios os guíe. Criado os he y con buena mujer, vuestra tía, os he puesto; valeos bien por vosotras mismas.”

Las dos niñas pequeñas (una de ellas la futura madre de nuestro personaje) quedaron ingresadas en un colegio de monjas, habitado por hermanas de la Caridad de la Asunción; las dos restantes se establecieron con la tía. Acogidas por las religiosas, las benjaminas superaron los terribles años llamados del hambre, aunque nunca les faltó de comer en el convento. Todo extra que alguna monja a una le proporcionaba (rebanada de pan, un bollo, incluso un solo caramelo), como perfectas hermanicas se lo repartían. La mayor, la madre del niño, años después envió a algunas sores el primer libro de poemas que publicó su hijo.

Aún seguía viviendo en el gran edificio religioso cuando encontró trabajo en una almoneda, una tienda de antigüedades donde también se bordaban trajes para los toreros. La ciudad cuasi levantina sigue mostrando, a día de hoy, gran afición por el arte de la tauromaquia. El dueño del negocio era un avaro redomado, un “ávaro”, como expresaban algunos idiolectos que cundían en la urbe, pero la chica se encontraba cómoda en su empleo. Se hizo enseguida novia del hijo del ferroviario, que entró a trabajar, todavía mozalbete, como botones en un banco. Fue ascendiendo, poco a poco, en una empresa donde se mantuvo hasta su jubilación. Vivía con su padre y una hermana soltera, encargada, impositivamente, de cuidar a su viudo padre de por vida. Las otras dos hermanas del chaval ya estaban casadas. Le tocó hacer la mili, siendo destinado a Palma de Mallorca. Desde allí se escribía con su novia. Se conserva una bonita postal que el recluta le envió a su enamorada. El estudio Foto Born, sito en el centro de Palma, elaboraba unos fotomontajes destinados a complacer a las parejitas, haciéndoles sobrevolar la bella capital balear, coloreando la imagen en blanco y negro con vivos colores crepusculares. El novio, en el reverso de esta postal le recordaba a la novia su encendido amor.

Ya licenciado del servicio militar, volvió a trabajar en el banco, pues se le había guardado la plaza. El tiempo de noviazgo entre los futuros padres del baby, fue dichoso y lleno de posibilidades de diversión, pues ambos, a pesar de los años difíciles en la alargada posguerra, ganaban su sueldecito sin privarse de pequeños caprichos. Iban al cine. Cuando en el film norteamericano la pareja protagonista se besaba (si la imagen era admitida por la onerosa censura imperante), muchos espectadores masculinos, a coro, berreaban la expresión: ¡Judas…! Al novio le gustaba mucho el fútbol y, como socio del club de su ciudad cuasi levantina, se desplazaba muy a menudo a los pueblos cercanos para animar a su equipo. Su prometida y él tantas veces hacían un escote para merendar opíparamente en alguno de los buenos cafés de la ciudad. El abuelo ferroviario, bajito, tenía empero mucha autoridad. Cosa normal en la época es que a los progenitores, sobre todo al progenitor, se les tratase de usted.  No importaba que el hijo ya hubiese hecho la mili. En una de las poquísimas ocasiones que el vástago se mostró achispado, el padre no dudó en quebrar una garrota en sus espaldas. Y lo mismo en otra ocasión en que el chico le robó un puro habano que le habían regalado en una boda y sin decirle nada se lo fumó.

Pensaron en casarse. Y celebraron la ceremonia en una buena iglesia urbana de color rojizo. Habían buscado casa y encontraron, junto a un robusto edificio escolar que hoy es instituto histórico, un lindo hogar privilegiadamente situado nada menos que frente a la entrada del amplio parque de la villa, dotado de un anchísimo paseo central, robustos y altos pinos por los que discurrían de arriba abajo las ardillas, grandes y bien diseñados estanques para que grandes patos, cisnes, ocas, flotasen a su gusto, un quiosco de música donde la banda municipal interpretaba los domingos por la mañana muy agradables pasodobles, y un merendero concurridísimo en verano. Gran parque salpicado de puestecillos exhibiendo barquillos, chufas, pipas, caramelos, globos para lograr henchir la sonrisa de los niños ante tales delicias, o sus rabietas si no las conseguían.

La hermana de ella dejó el convento y se fue a vivir con los recién casados. La embarazada dejó el trabajo. Un día tuvo que abandonar el bordado porque llegaron las molestias del parto. Se llamó a la comadrona y al cabo nació un niño, en la cama de matrimonio, que llegó a pesar más de cinco quilos. Un niño muy gordito se plantó en el mundo sólo unas semanas después de que Federico Martín Bahamontes ganase su primer Gran Premio de la Montaña en el Tour de Francia. Mas de inmediato empezó a perder, se llenó de arrugas, lloraba que se las pelaba. Tan pequeñito, adquirió una dolencia de hígado. Se temió por su vida. Entonces no había incubadoras, y si las había no estaban implantadas aún entre aquella sociedad. Su primer mes los pasó entre algodones que se recalentaban para templar su cuerpecito. Al mes empezó a ganar, volviendo a ser un saludable nene fornido.

El niño se criaba bien. Las costumbres de la familia recién constituida eran muy gratas. Se gozaba de los paseos por el sobresaliente parque de la ciudad cuasi levantina. El mocoso pasaba alegremente de unas manos a otras; de las de las muchas tías a las del abuelo. La vida parecía desarrollarse con placidez y por larguísimo tiempo en esa urbe plana, cómoda, bien poblada, dotada de buen comercio y favorablemente cercana a las playas de levante. Pero el padre, por azares del perverso destino, solicitó inopinadamente el traslado a la sucursal bancaria sita en la peñascosa localidad monumental, donde no había familia ni comprensible vínculo. El primero de sus muchos viajes el bebé lo inició, de madrugada, en un El primero de sus muchos andén de la Estación Vieja.

En esta época comenzaba, todavía tímidamente, a deslizarse el Talgo por las vías: “Los españoles se habían instalado en una mediocridad que hasta llega a parecerles confortable y van comprendiendo que la guerra no ha arreglado nada, pero se vive bajo el imperio del Orden y hay quien prefiere acogerse a este orden y no enterarse de la injusticia que conlleva. La vida sigue. […] Entre los americanos y los tecnócratas parece que los españoles empiezan a olvidarse de la guerra e intuir que algo está cambiando, y para bien, en su vida y en la vida del país.” (Francisco Umbral, Del 98 a Don Juan Carlos).

 

Los primeros recuerdos del muchacho

Dicen que las experiencias acumuladas en los, aproximadamente, cuatro primeros años de la vida de una persona no se transfieren a los recuerdos conformados en el lapso posterior. Un niño chiquitito recuerda, indeciso, de un día para otro, pero no retiene lo hecho en esa gran bolsa de evocaciones que se hinche, tan repleta, durante toda la existencia. Si bien, a este respecto, Benito Pérez Galdós apostilla: “Acontece con frecuencia que los hechos muy remotos, correspondientes a nuestra infancia, permanecen grabados en la imaginación con mayor fijeza que los presenciados en edad madura.”

(En su libro Las formas del olvido, el antropólogo Marc Augé escribe: “Es evidente que nuestra memoria quedaría pronto ‘saturada’ si tuviésemos que conservar todas las imágenes de nuestra infancia. Pero lo interesante es lo que queda de todo ello. Y lo que queda es el producto de una erosión provocada por el olvido como el mar moldea los contornos de la orilla, porque, aunque resulte paradójico, no hay recuerdos sin olvido.”)

Muy cierto es, sin embargo, que algunos poquísimos hechos originan, aun siendo tan precoces, su debida revelación en el recuerdo, acaeciendo, en el atesorar del rorro, muy poca cantidad de tiempo vivido. En nuestro niño cabe contar tres.

A su hermana le saca casi dos años justos. La bautizaron sólo unos cuantos días después de nacer, como era lo corriente, y obligado, durante esos años de nacional-catolicismo, en una histórica y vetusta iglesia de la ciudad monumental y que guarda desde hace siglos un gran cuadro del Greco, quizá el más grande, tanto en tamaño como en estimación. Cosa curiosa: Ese cuadro se enseña pagando el precio de una entrada (hasta aquí, normal), pero lo recaudado, mucho, pues acuden visitantes de todo el mundo a verlo, no va, en principio, a las arcas del obispado, sino que se ingresa en la privada cuenta bancaria del propio párroco de la nombrada iglesia, ya que el comprador que adquirió el famoso lienzo al famoso pintor para ese templo fue precisamente el inmemorial párroco de entonces. Y la tradición burocrática manda.

Bien. Nuestro nene guarda un recuerdo fugaz, quizá tan sólo, y sin quizá, de milésimas de segundo, y es el siguiente: sin tener en la cabeza la repetitiva fórmula del acto del bautismo de su hermana, el echar agua el cura encima de aquel mínimo cráneo sobre la pila, sí conserva en la memoria que una tía alzó a la nena orientándola hacia la imagen de una virgen. El hermanito sólo recuerda un raudo visaje en la tita y la rápida elevación de su brazo sujetando el minúsculo cuerpecito ante un muro pintado en color verde. Nada más.

Él nació en una ciudad cuasi levantina. Pero los dos años ya los cumplió en la urbe levítica, mesetaria. Y la primera casa que habitó en esta mole de viejas piedras se situaba en una escarpada calleja sombría. No recuerda el espacio. Le cuentan que era humilde, estrecha. La cocina estaba separada del resto de la vivienda por un pequeño patio. Una reducida imagen nebulosa de ese pequeño patio sí quedó en el caletre, pues, otra vez muy fugazmente, recuerda la visión de su madre en el centro de esa extensión angosta agarrando por el rabo a dos ratones muertos que posiblemente extrajo de la cocina. Casas muy malas, llenas de humedad, faltas de higiene y adecuado aislamiento. El alcantarillado, en ese depauperado casco histórico, tampoco funcionaría muy bien.

De ese paupérrimo hogar sito en la insalubre callejuela, la familia se trasladó a un barrio en las afueras. Barrio que consistía, cabe vastos terrenos militares, en un modesto grupo de viviendas recién construido por un organismo afín al partido único de la dictadura, concebido como un patronato social para paliar la estrechez de la mayoría de esa población que padecía todavía tantas penurias desde que salió, ya hacía más de década y media, de una cruenta guerra civil. El pisito era extremadamente reducido, con un saloncito para colocar sólo una mesa camilla y cuatro sillas, un aparadorcito y una radio sobre la repisa que gustosamente emitía el serial costumbrista “Matilde, Perico y Periquín” en la cadena Ser (a veces se bajaba el receptor de la repisa para oír bajito, en el centro de la sala, los programas de la emisora comunista Radio España Independiente, apodada La Pirenaica); una terracita para tender; una despensita (siempre hay que usar el diminutivo), tres dormitorios muy ajustados, un mínimo baño, con un grisáceo y tosco plato de ducha, y una cocina estrechísima donde estaba instalada una pila de lavar de granito, un fregadero de lo mismo y una placa de hierro para guisar (cocina económica tenía por nombre), que había que calentarla con bolas de carbón. No había ningún foco más de combustión, caldera o  calentador para fregar o ducharse. En los fríos inviernos, sólo un brasero de picón, bajo el tablero, era el único recurso calorífico. Siendo ya un poco más crecido el chavea, durante una jornada muy fría, toda la familia calentándose en la apreciada mesa camilla, tan sellado por todas las puertas el saloncito, el muchacho se atufó con las emanaciones del picón, suscitándole un gran mareo y un muy agudo y persistente dolor de cabeza. Malestar comparable al cólico originado por un atracón que se dio a base de ciruelas rojas, atrapándolas descontroladamente a puñados de una caja que a su padre le había regalado un agricultor, cliente del banco.

Como había pocos enseres que trasladar, toda la mudanza cabía en el remolque de un pequeño camión. Y el recuerdo brevísimo para el niño es el momento de llegar (momento culminante de una caldeada tarde tardo-invernal o ya de titubeante primavera) a la nueva residencia “regiamente” sentado en la punta del montón de bártulos. Lo más llamativo, dominando por entero el recuerdo, era el color chirriante de la cabina del camioncito: un rojo chillón extendido por unas curvas a lo largo de las cuales lo que más predominaba era un sobresaliente morro. Camiones de la época en la sexta década del siglo pasado.

A pesar de que al chiquillo, todavía muy bebé, se le ve tan sosegado junto al perro Moro, enseguida empezó a temer mucho a los canes, fuesen enormes de tamaño, medianos o pequeños. Nunca, en toda su vida, se extinguió este miedo. Un chucho enano le mordió, con bocado leve, al mirarle el inquieto cachorrillo cómo iba tontamente disfrazado -con lacio pañuelo amarillo al cuello, feble cartuchera, tieso sombrero de plástico e hirsutas polainas- del cabo Rusty, ese joven protagonista, que interpretaba el actor infantil Lee Aaker, de la serie norteamericana Las aventuras de Rin Tin Tin, inseparable amigo del pastor alemán del mismo nombre.

Su nueva casa estaba, literalmente, a cuatro pasos del campo vivo, campo de titularidad militar, ¡por supuesto!, como ya se ha dicho; y adonde las vecinas, entre ellas su mamá, se dirigían, en su momento, para coger silvestres cardillos, teniendo así solucionado el primer plato de la cena en esos tiempos en que las economías familiares estaban aún muy resentidas. Alguna vez había que contender sobre la hollada propiedad castrense con algún soldadete cubierto con chapiri (esa gorra con borla) que, al cabo, se mostraba tolerante. De esos escarceos en los solares contiguos, aconteciendo en tardes soleadas y efímeras, le ha quedado al golfillo una sensación espinosa, un regusto comprometido: sentir que se pinchaba con las numerosas ortigas y constatar cómo sus manos se acercaban al rostro, súbitas y odoríferas, impregnadas de casual excremento.

 

Veranos

Los veranos, calurosísimos en la meseta. Las siestas eran obligatorias. Si no querías dormir, se debía entrar necesariamente en la penumbra de la habitación y echarte, al menos, sobre la cama aunque no deshicieses la compostura de las sábanas. “Jamás a un niño le gustará dormir la siesta”, tajante afirma la pintora Amalia Avia en sus memorias. Este entorno produjo la inspiración poética. En una habitación donde días antes, en medio de la noche sofocante, había penetrado un grillo, con elegantes alas de chaquet, y había entonado su potente y estridente canto despertando a todos los de la casa. El muchacho no tenía sueño, y por eso se puso a dar volteretas encima de la cama, una cama armada con tubos metálicos, pintada de color azul, con sus cantones redondeados. El somier de espirales y el colchón de borra, lana de mala calidad, cuyo apelmazado contenido tenía que varearse de vez en cuando; había profesionales que se dedicaban a ello sacando el colchón a la acera. En el trozo de pared al que se arrimaba el cabecero, proseguía su recorrido un tramo de cable grapado hasta el centro del techo, finalizando en un pequeño globo luminoso. En el otro extremo del cable, junto a la cama, un curioso interruptor muy habitual en la época, llamado “pera”, pues de pera tenía forma, accionándose en su parte baja apretando un botoncito. El chaval ya tenía trece años. Sin percatarse de que en algún punto el cable estaba un poquito pelado, dejando ver apenas el cobre, oculto bajo el plástico, que realmente transporta la energía eléctrica.

En una de sus volteretas tocó con el gordo dedito de uno de sus pies esa raspadura, recibiendo un súbito calambrazo. El voltaje entonces transcurría a 125 V, y se dice que esa pequeña electrocución se siente más así que a 220 V. Eso se debería a la cuestión de los amperios, unidades de intensidad de la corriente eléctrica, más que a los voltios. El caso es que el chico, después de aquel híspido latigazo, se calmó, dejando de realizar sus volteretas, quedándose en postura fetal. De inmediato su mente comenzó a producir versos, con medida octosilábica y rima asonante, generada la composición poética, concebida de un tirón, a través de unos cuantos tetrástrofos dotados de una nebulosa influencia romántica: “En un preciso momento / durante la noche fría / me dirigí al camposanto / donde su cuerpo yacía”…, acabando con un estrambótico “yo la maté con mis manos; / la conciencia me remuerde.” A partir de ahí -ya se había estrenado en la menuda prosa con una pequeña serie que tituló El travieso del Colorado-, escribir poemas fue imparable.

La iniciación a la poesía y empezar a fumar sucedió al mismo tiempo. Se fue creando una relación íntima entre la escritura y el vicio. Siendo ya mozo talludito, le gustaba penetrar en un antiguo y espacioso café ubicado en los soportales de la plaza principal e, imitando a alguna gloria literaria, se sentaba a una mesa pegada a un ventanal, pedía un café con leche, abría su cuaderno y pasaba la tarde escribiendo un poema detrás de otro y fumando un pitillo tras otro que hacía posar, con intencionado descuido, como otra pose más de escritor, de vez en cuando en el cenicero. Muchos textos, a lo largo de su trayectoria literaria, acuden al tabaco tal socorrido y terminante ornato: “Hay eses en la vida que reclaman fumar. / […] Y uno pierde la vista sobre el poema y fuma, / deja vitrea ad legendum, fuma infinitamente”. Los primeros cigarrillos, no de tabaco, sino de anís, los consumió adquiriéndolos en el quiosco siendo muy pequeño, no tendría ni diez años. Eran “chucherías” perfectamente legales. Hoy llevan ya mucho tiempo prohibidos esos envases, entonces tan prolíficos, que imitaban cualquiera de las innumerables marcas de cigarrillos y que dentro contenían ricos pitillos de chocolate. Las primeras inhalaciones le ocasionaban ligeros, y hasta sugestivos, mareos. Enseguida fumar, para él, fue un asunto intensamente mitificado, que acompañaba, gustosamente, muchos de sus actos, ordinarios o extraordinarios. A lo largo de su vida ha sido adicto a la nicotina durante más de cincuenta años. Eso le ha hecho cosechar, de mayor, un “distinguido” título de EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica).

En esas calurosas noches de la urbe levítica (el grupo de viviendas se asentaba en una vaguada sin un soplo de brisa), los vecinos, muy animados en el humilde barrio obrero donde convivían, emprendían después de cenar, portando cada uno su silla, lo que llamaban “tomar el fresco”. Charlaban y charlaban a veces hasta tan tarde, cuando la temperatura notablemente se suavizaba, que a los corrillos apostados a la entrada de los portales les llegaba, desde las ventanas abiertas, la ruda protesta de los trabajadores que mucho madrugaban al día siguiente. Los jóvenes que se unían a sus padres en esos momentos (uno de ellos tenía el “ocurrente” nombre de Juan Iván, debido a una candorosa incultura), intimaban entre ellos, chicos y chicas. Esas veladas propiciaron más de un noviazgo. Pero este niño nuestro, desde muy chico, era algo introvertido. A veces tenía que pasar su madre a la casa para sacarlo al ambiente desenfadado de la calle, encontrándoselo jugando desde el pasillo hasta el salón, diseñando circuitos para que sus pequeños ciclistas de plástico circulasen por él movidos por el azar de un dado. Entonces, en esa calle donde la familia residía, ningún vecino todavía era propietario de coche alguno. El padre del mancebo estuvo a punto de estrenarse, pues a través del banco le fue ofrecido un Biscúter, ese microcoche que surge en España, aunque de origen francés, en 1953 fabricado por Autonacional S.A.; pudo comprarlo por 500 pesetas, aunque al final el papá desistió, viendo que ese cacharro era como una débil motillo de cuatro ruedas, que hasta carecía de marcha atrás. Pero el primero que llegó a la rúa fue un Seat 600, que desbancó completamente al Biscúter; su dueño lo amarraba, disponiéndole una cadena que abrazaba uno de los ejes de las ruedas, al tronco de un árbol, como si fuese todavía jumento familiar. Y la mujer del dueño de ese “seílla”, por el afán de presumir ante las vecinas, se sentaba en el lugar del copiloto del 600 trenzando en la labor de ganchillo.

En los veranos achicharrantes, la familia se acercaba a uno de los dos tramos del río donde la gente se podía bañar. El más grande de ellos consistía en una playa fluvial muy amplia, con varios gangos (nombre que en la ciudad recibían los merenderos), siempre muy concurridos, diseminados en la larga orilla. Apostados en la barra de esos gangos pasaban todo el verano, vestidos apenas con el atuendo de un ceñido bañador, algunos mocetones muy musculosos, sin nada de barriga, negros como el tizón, asombrosos nadadores que en más de una ocasión habían salvado la vida de turistas irreflexivos, “guiris” que se adentraban, imprudentes, en el curso de un río plagado de poco visibles mas traicioneros remolinos, nada más que tumbados en una feble colchoneta de plástico.

Su padre, su madre, su hermana y él se bañaban en un espacio muy extenso y seguro en el que, andando, andando, se tardaba bastante en perder pie. Una mañana, la hermana y él se metieron en el agua, caminando hasta una pequeña islita que sobresalía en la corriente; esa corriente que al chocar continuamente con ese leve promontorio, había excavado la tierra del fondo, produciendo una hoya. Los dos niños allí hundieron sus cuerpos perdiendo pie. Al verse cubiertos totalmente por el acuoso fluido, saltaban, abrazados, para liberarse del ahogo, una y otra vez. En un momento dado, el mocete ya no sintió la asfixia, aceptando serenamente el final. Todo debió ser algo de unos pocos segundos. En un momento dado, su padre los cogió a los dos por la cintura sacándolos del aprieto, regresando a la orilla, donde estaba la madre alarmada, llorosa, y un grupo de bañistas curioseando. Aprendió desde entonces que cuando la muerte es aceptada, cesan todas las fatigas. Años después, las autoridades prohibieron bañarse en un río que bajaba ya bastante contaminado, haciendo flotar montones indecorosos de sucia espuma. Tan sólo una vez penetró en esas aguas nocivas, con la boca muy cerrada, llenándose de una inmensa tristeza por la alegría de esos incontables baños que irremisiblemente sucumbieron. El muchacho pasó gustosamente a servirse de las piscinas que se fueron inaugurando rápidamente en la ciudad.

En la urbe monumental tenían lugar en el mes de agosto las Ferias, naturalmente dedicadas a una Patrona que impuso personalmente la casulla a un antiguo obispo de la población. El real y los cacharritos se instalaban en un viejo parque. En aquel entonces, se podía comprar por una perra chica un trago de agua que mujeres ofrecían desde un botijo. Y también tajadas escabechadas de las especies bastas del río: carpas, barbos. Había atracciones que hoy ya no existen o que escasean: espejos deformantes, toboganes altísimos, gemelas exhibiéndose, fumando, con más de doscientos quilos cada una, laberintos, el látigo, etc. Cuando fue siendo jovenzuelo, nuestro mancebo se acercaba a los puestos de libros que colocaba la editorial-distribuidora ZYX, mostrando sus tan populares publicaciones ya rojeras. Entre bastantes otras adquisiciones, se hizo con los poemarios del poeta pacense, nacido en Olivenza, Manuel Pacheco, con el que años más tarde tuvo trato, recibiendo ejemplares dedicados. Algunos títulos: Poesía en la tierra, Para curar el cáncer no sirven las libélulas o Nunca se ha vivido como se muere ahora, una antología de Pacheco prologada por Camilo José Cela.

En una ocasión, poco antes de las Ferias, en una de las campas aledañas al barrio, un reducido grupo de cíngaros implantó su pequeño campamento, lleno de muchos arrapiezos y vajilla de metal pobre; se hacían llamar el Circo de Triparrota. Extendían la pobre lona dando sombra al vulgar escenario. A última hora de la tarde, antes de anochecer, ofrecían su modesto espectáculo: algo de ingenuos juegos malabares, un poco de perrito saltarín, un payaso tristón, quizá digno de ser apreciado por Heinrich Böll… El número estrella era el de Tripa Rota. La cosa consistía en poner sobre una mesa los cascotes de unas cuantas botellas quebradas sobre los que se tumbaba el húngaro con el torso desnudo, impelido en la espalda por otro cuerpo que se ponía en pie encima de él. Al cabo, se pasaba una gorra que veía caer unos míseros donativos. Al día siguiente se asistió a la lamentable escena de la aparición de una pareja de la Guardia Civil obligando de malos modos a que la tribu recogiese sus bártulos y se marchase de inmediato.

En verano también tuvo lugar un sucedido en la vieja ciudadela que no dejó, tragicómicamente, de tener una trama estrafalaria, siendo atrayente como argumento. En una de las más históricas callejas del casco viejo de la ciudad, dedicada a un antiguo autómata creado por Juanelo Turriano, se acomodaba un pequeño puesto de pipas y chucherías para los chavales, regentado por un tal Satu. Su carrito estaba pintado, con Titanlux, de un rabioso azul neón. Casi siempre este pequeño tenderete se situaba frente a un antiguo cinematógrafo, sitio estratégico en el cual los muchachos se detenían para mercar las golosinas y proseguir con su charla incesante, siempre aguda y subida de tono. Satu tenía el buen olfato de prestar buen oído a las conversaciones juveniles, sacando pingües conclusiones para su provecho. Se fijó, especialmente, en un grupito de adolescentes que, estaba claro, por sus relamidos atuendos, procedían de una media y alta burguesía de esa sociedad vetusta que habitaba en la población antañona. Chicos guapos, chicas guapas, bastante salidos. En una ocasión, cogió a un solo mancebo por banda, y frente al puesto le espetó: Tengo pastillas para que vuestras amigas no se queden preñadas, embarazadas, encintas. Valen tanto, pero yo te las pongo mucho más baratas sin decir ni mu a nadie. Al día siguiente, ese mismo chico, adquirió una bolsita con unas cuantas grajeas que no pasaban, más o menos, de ser pastillas de leche de burra. Al poco tiempo surgió el escándalo. Echaron tripa tres o cuatro chavalas. La más preciosa era hija del presidente de la Diputación. Agraciadísima, frente a un tribunal que la acusase de inmoralidad, podría haber sido absuelta, como Friné,  sólo por poseer una belleza ilimitada. Su defensa atraería el recurso griego, el cual consideraba lo bello como una verdad absoluta, imposible de alojar cualquier atrocidad. Alguno de los mozos señaló a Satu, pero, sencillamente, no se pudieron hallar pruebas contra él.

 

La vida sigue y la muerte irrumpe

El filósofo Emil Cioran

La afirmación de que la infancia es el paraíso más dichoso, que al diluirse alcanza sin dudarlo el estatuto de un firme paraíso perdido, puede llegar a ser una falacia. Lo cierto es que el angelito no fue nunca feliz al cien por cien durante el transcurso de su niñez, algo que indefectiblemente tuvo su continuación, salvo engañosas excepciones, en cada época posterior. Siempre surgía algún contratiempo, al que se acompañaba de un mohín inevitable, muchas veces disimulado en su rasgo introvertido, que impedía que se consumase en los actos un bienestar completo: Tristeza não tem tem fin, felicidade sim (Vinicius de Moraes). Sin embargo, para el niño, entonces, todo era vida; siendo el concepto dominante. Sólo había visto un muerto: la madre de la vecina de enfrente, la Abuela, como todo el portal y la calle la llamaban. En el momento en que la vio, tumbada, inerte, no estaba desfigurada, se podría decir que parecía solamente dormida; mas su vista infantil la contempló con todo el gravísimo respeto de saberla muerta.

Todavía un pimpollo, padeció una auténtica crisis existencial. Los motivos ahora no se podrían discernir. Problemas en la escuela no existían (era buen estudiante) salvo las contrariedades normales. Acosos de otros niños tampoco. Las regañinas que de sus padres recibía no revestían especial gravedad. Pero el hecho es que el nene, no superando aún los ocho años, en una corta, o larga, secuencia –no se sabe- deseaba morir, si bien con una intención inconcreta, muy difusa. Pero fantaseaba –al meterse en su camita, dejando transcurrir un buen rato, insomne- con clavarse un cuchillo, o esa gruesa navaja, traída de la ciudad cuasi levantina, que reposaba en un cajón de la cocina y que nunca se usaba. Pues él la estrenaría hundiéndola en el pecho. Estos amargos pensamientos y nebulosas decisiones, “felizmente” le llevaban al sereno sueño diario. Y estas ideas suicidas de alguna manera le estimulaban, ocupando su duermevela. Los psiquiatras aluden, en este sentido, a ese momento en que caduca el complejo de Edipo, cuando se ve que ya no es el novio de su madre sino sólo un ingrato o desgraciado hijo. Antes de ello, el mozalbete veía las estampas que reproducían las vírgenes de Murillo y esa imagen era fielmente la de su mamá. Al levantarse, en la impertérrita mañana siguiente, los propósitos consuetudinarios, tan rasos, tan inofensivos, tranquilamente se imponían.

Quizá este estado se debiese a un temprano hastío. El filósofo rumano Emil Cioran, que en un momento de su vida se acogió al beneficio de ser apátrida, narra que vivió una niñez felicísima, pero que, sin embargo, a los cinco años inauguró su larga vivencia con el hastío: “La primera experiencia consciente que tuve de él se remonta a una tarde de mi infancia en que sentí con una intensidad insuperable una presencia a la vez interior y exterior: la presencia del tiempo que se hallaba en mí y fuera de mí, y en los dos casos como un desgarramiento, como una fulgurante exclusión del paraíso y sobre todo como una impresión de vacuidad propiamente inagotable (impresión paradójica que es la definición misma del hastío), experiencia que más tarde habría de experimentar tan a menudo”.

Le llegó el conocimiento de varios suicidios cercanos, que siempre le hicieron mella y le causaron especial impresión. Dos de ellos sucedidos en el barrio. Tres calles más abajo, una vecina se estampó contra la acera desde la ventana de un cuarto piso. Al principio saltó la noticia argumentando que la señora estaba arreglando unas cortinas, con la ventana abierta, deslizándose por el hueco en un imprudente descuido. Algo más tarde, la noticia se matizó confirmando la clara intención en la pobre mujer de quitarse la vida. Al poco, otra vecina, durante una tarde, empezó a perorar a gritos desde el balcón de otro cuarto piso. Era una señorita muy conocida por ser la acomodadora de un teatro-cine del centro de la ciudad. Una persona, normal en apariencia, pero que de repente había hecho desatar una muy ostensible insania. Chillaba con gran fuerza y tiraba macetas a la calle. Así estuvo bastante tiempo. Desde abajo, las cervices levantadas, contemplándola. Sólo cuando empezó a pronunciar, titubeante pero inteligiblemente, el primer apellido del Caudillo, Francisco Franco Bahamonde, el llamado Generalísimo, dictador indomable de la nación, apareció la policía, que asistía, sin actuar, sólo reconviniéndola, a sus exabruptos. El final fue que se tiró por el balcón, provocando la honda exclamación de los vecinos que miraban y permitiendo el acercamiento de los policías.

Otros dos suicidios tuvieron lugar en el casco histórico, en dos de sus monumentos; suicidios asociados entre sí porque quienes los cometieron eran novios, un novio y una novia, aunque no novios entre ellos. El muchacho era un militar que se había de casar al día siguiente. Su boda estaba preparada la mar de burguesamente, conduciendo con primor los detalles que requería la unión de un cadete de la Academia con una chica bien, con una niña de papá. La víspera, pues, el mozo se puso el uniforme de alférez, sin olvidarse de los entorchados, se irguió a una torreta del alcázar que presidía el peñasco urbano y se arrojó al asfalto, cayendo al lado de un guardia que dirigía en un cruce la circulación de coches; esos guardias que llevaban un casco blanco que parecía totalmente un orinal. El otro caso lo protagonizó una muchacha muy joven a pocos metros de ese alcázar que había elegido el cadete para acabar con su vida. Esta moza era peluquera. Vestida de novia, con su atuendo blanquísimo, se tiró del puente romano en dirección a una de las orillas del río. Quedó claro que no quería ahogarse sino reventarse en el flanco del cauce. A la vista de todos, esa chica tan rubia, que fue tan atractiva, quedó así, fea e indecorosamente espatarrada, a la vista de todos, durante mucho tiempo. En la novela El audaz, de Benito Pérez Galdós, el personaje Susana decide acabar con su vida arrojándose desde el pretil de este mismo puente.

Otro suicidio fue muy curioso porque suscitó un equívoco por el cual la gente creyó que era nuestro niño el que había decidido acabar con su vida. Ya no era niño, sino un adolescente de 17 años. Resulta que él tenía un amigo de su misma edad, que moraba también en el mismo barrio, su padre asimismo trabajaba en un banco, tenían los dos un corte de cabello parecido y similar color de pelo, más o menos la misma estatura, a ambos les gustaba la poesía y algún verso cada uno había publicado en la prensa local. Lo que el padre de nuestro chaval no tenía era una escopeta de caza porque, claro, no era cazador. Su amigo, siempre muy sonriente, se puso, en el transcurso de un soleado y alegre atardecer primaveral, el cañón en la sien apretando el gatillo. El sobreviviente se cruzaba con conocidos que le decían: ¡Hombre, creía que te habías muerto! Esta confusión le hacía sonreír. De algún modo, no le desagradaba totalmente el suplantar, en un momento dado, a ese buen colega que, vaya uno a saber por qué, había optado por desaparecer del mundo interrumpiendo súbitamente, una fluida, en apariencia, y no muy complicada existencia.

Pululaba por la urbe, viéndosele mucho, un personaje, joven, que tenía una leve discapacidad mental, un muchacho desgalichado, simpático y dicharachero, pero que tenía la terca obsesión del suicidio que al parecer le venía de familia. Se llamaba Juan. Había intentado matarse en un par de ocasiones o tres. La primera se lanzó por un desnivel tremendo, precipitándose, paralelo, a un paredón altísimo que recubría uno de los mayores riscos de la empinada población. Fue descendiendo, pero su caída la amortiguó una rama de higuera nacida entre la piedra y otras ramas frondosas de un árbol floreciente en la base del viaje; saliendo ileso de la aventura. Otra vez, lanzándose desde el último piso de un bloque, pilló dos cuerdas sucesivas de tender ropa, aterrizando de pie sin sufrir ni un rasguño. Al comprobar su buena suerte, pero contraria a su deseo, desistió de morir voluntariamente. A partir de entonces se le señalaba como Juanito el Aviador.

 

Apetitosas vacaciones

Retrato de Adelina. Foto de Fernando Suárez

Una tía del padre del chaval, Adelina, trabajó en Madrid como doncella en casa de unos ricachones, prósperos terratenientes amigos de don Pablo Garnica, presidente del Banco Español de Crédito. Gracias a que la tía habló con el banquero, el padre del chico pudo colocarse como bancario desde muy joven, y así siguió hasta su jubilación. Cuando la rica familia se trasladaba a sus posesiones de la provincia de Ciudad Real, a un cortijo que se llamaba El Collado pero que llamaban El Quinto, entre Villamayor de Calatrava y Cabezarados, al lado de las antiguas minas de San Quintín –de donde se extraía plomo y zinc y mucho tiempo antes plata-, a Adelina se la llevaban para servir a los señoritos en esas estancias. Allí Adelina conoció a Felipe, un alto y fornido vaquero, cándido como Alberto Caeiro; compartía la inocencia de ese sentir poético (a pesar de ser analfabeto) convertido en el puro amar a la naturaleza, como tan grandemente registró el maestro de los heterónimos pessoanos. Se casaron y la tía no se movió del Quinto hasta que un día murió su Felipe, tan sereno en el sueño de una siesta, tras ingerir un sabroso vaso de colacao, tibio y reconfortante bálsamo que él acababa de descubrir.

El muchacho, de niño y adolescente, fue en numerosas ocasiones al Quinto, con sus padres y sin ellos, llevado muchas veces por su abuelo, hermano de Adelina. Al principio, se tardaba en llegar desde la urbe levítica más de doce horas, yendo primero, muy temprano, a la estación de Algodor en taxi, luego cogiendo el rápido de Badajoz (que paraba ¡una hora! en Ciudad Real para comer). La familia llegaba a Puertollano y tenían que aguardar otro buen lapso hasta tomar una viajera que les depositase en el destino, finalizando el viaje al atardecer. Años después, con el Seat 850 de su padre, consumían ese viaje en sólo unas dos horas.

El inmenso patio de la hacienda acogía numerosas dependencias: graneros, pajares, garajes, corrales, las pequeñas viviendas de los muchos empleados que trabajaban en el gran pago que la vista no alcanzaba a ver entero. Algún horno, un aula diminuta, una capilla con su espadaña y su campanita. En un momento dado los cambiaron, pero los pastores vivían todo el año en chozos. En el centro del patio, siempre la leña amontonada en varios haces. Al lado de la verja una fuente y un gran perrazo soñoliento. Sólo en la casa de los señoritos (señorutos les llamaba el primo del nene) fluía el agua corriente y había lavabo, baño e inodoro. Los demás hacían sus necesidades en orinales y en una escondida higuera, limpiándose el ojete con un canto. En las viviendas (algunas no tenían suelo de baldosas, únicamente tierra apisonada), lo más visible era la cantarera. El mozo, en más de una ocasión cargaba al burro con los cántaros en las alforjas para ir a llenarlos de la rica agua de la Huerta, distante a un par de kilómetros.

Las migas que preparaba el tío Felipe estaban de rechupete. Algunas noches refería, con muchas cantarinas inflexiones de su áspero timbre, sucedidos que había tenido con lobos; relatos que causaban pavor en los estremecidos niños que escuchaban. La tía Adelina era una excelente cocinera. Nada de pueblo tenía esta mujer. Su acento al hablar era tan distinguido como el de la señora. No sabía escribir, pero sí leer, devorándose las “Holas” que la madre del muchacho le llevaba. Pasar el verano en el Quinto para el chavea era una gran delicia. Allí potenció su vena poética. El tío Felipe, al verlo con libros y papeles, decía, socarrón, pero lleno de orgullo hacia el sobrino: ¡Se te van a volver los sesos agua!

Había detalles sórdidos en la convivencia transcurrida en la finca. Por claros indicios se podía sospechar que los señoritos usaban del “derecho de pernada” con algunas lustrosas esposas de sus pobres asalariados. Cuando llegaba el carnicero a vender desde Villamayor, las mujeres escondían en el halda algún pedazo de buena y cara carne temiendo la crítica de aquellos “señorutos”.  Una vez se quemó un campo y el dueño miró, tenso, a los otros co-propietarios, sospechando de los hermanos.

Había un cuarto comunitario para ver la televisión, donde el tío pellizcaba con candor a las más mozas en el transcurso de los programas de Jaime Morey. Y los domingos por la tarde se celebraba la misa en la pequeña capilla; el cura venía de Villamayor o Cabezarados y los señores presidían la ceremonia desde su reclinatorio especial. Nuestro entonces ingenuo personaje leía preferentemente las historietas de la pequeña Lulú, con su inseparable Toby, publicadas por la editorial mexicana Novaro. Y es que la pija nieta de la señorona frecuentaba esta publicación, transportando esos cómics a la finca, y cuando terminaba de leerlos los abandonaba en un rincón, cogiéndolos la tía Adelina para dárselos al muchacho.

Cuando Adelina falleció, en la ciudad cuasi levantina, sobrevivió hablando en un poema que compuso su sobrino-nieto nada más morir; de ese poema es esta estrofa: “Toda mi vida he estado pegada a una cocina / manchega, tropezando con serijos, / sin sentarme en la banca, / dando respingos a Felipe, / llevando el plato, el fuego a los señores / (¡señorutos! decían los niños), / y las migajas a los animales, / y haciendo pan; / rodeada, sin embargo, por un paisaje que dudo si aprecié / en su justa medida, y era inmenso.”

*  *  *

Siempre gratas las vacaciones disfrutadas en la ciudad cuasi levantina. Desde muy pequeñín hasta consciente adolescente. Aunque el primer detalle que se recuerda fue un sobresalto; sin consecuencias, pero un susto notable. El niño pasaba buena parte del verano en casa de su abuelo, que vivía con su hija. Cuando ya el día había cumplido sobradamente con esa chucha de acuciante calor, el peque salía a jugar a la puerta en compañía de otros vecinitos. La pequeña cuadrilla tiraba botes al dintel del portal, acercándose a la entrada y reculando hacia la calle para acopiar impulso en la tirada. Nuestro chiquillo retrocedió, alzó el brazo para arrojar el bote, pero en ese momento le atropelló una bicicleta, perdiendo, por el seco golpe, el sentido. Lo último que vio, antes de quedarse inconsciente, fue rodar como flecha hacia él el velocípedo. El instante siguiente guardado en la memoria fue verse en brazos de su tía, que lloraba con aspaviento, en el centro del salón, bajo la lámpara de flecos, rodeados apretadamente por las vecinas que exclamaban, viéndose consoladas por el gozoso hecho de contemplar al nene ya vuelto en sí.

En ese mismo barrio donde moraban el yayo y la tita, en uno de sus patios, tuvo lugar una matanza del cerdo, a la que asistió. No era verano, claro. ¿Qué hacía en la ciudad cuasi levantina no siendo las vacaciones de Navidad? Quizá lo eran. Imposible reconstruir el detallado transcurso de la muy ritual celebración que desarrolla una matanza, con sus pasos rigurosamente trascendidos en el total aprovechamiento de ese animal del que, como se dice, resultan ricos hasta sus andares. Sólo recuerda la estrepitosa agonía del guarro -agarrado entre cuatro encima de una mesa- al clavarle el cuchillo y cómo se cagaba el pobre, con un hilillo fino, a la vez que se desangraba y chillaba desesperado. Su rica sangre, ya callándose el bicho, fluía en un gran bol; sangre que había que mover muy deprisa, evitando que se cuajase. No se acuerda del cerdo posado en una parrilla grande con objeto de quemarle las cerdas, ni tampoco de esas faenas tan asquerosas de limpiarle el mondongo y de pringarse inmundamente en la labor mugrienta de acomodar el picadillo en las tripas para elaborar los chorizos y las morcillas.

Que habitase, en esos tiempos, un cerdo o dos en una cochiquera de la casa familiar constituía un proceder bastante natural. Otra tía del niño, en la misma ciudad, cuidaba un par de cerdos instalados en el patio comunal de su casa. Para alimentar a estos útiles cochinos se utilizaba un procedimiento muy ecológico; todo se reciclaba. En muchos hogares la basura se depositaba repartida en dos cubos; uno para arrojar todo tipo de cosas: papeles, algún objeto envejecido o inservible, mechones de cabello, trapos, etc., el otro atesoraba exclusivamente restos orgánicos, y cada ciertos días pasaba una señora que lucía el remoquete de “la guarrera”, llevándose ese cubo para nutrir a sus animales. La economía de la época era difícil de cuadrar. Los que tenían cerdos atesoraban los despojos en orzas con aceite o en cofres con abundancia de sal –los grandes conservantes-; algunos trozos, ya curados, en aparadores, o  sobre cuerdas y garfios, donde jamones, chorizos y morcillas tan rica e incitadoramente colgaban.

Entonces, sin más remedio, se comía la fruta de temporada y del lugar y, eso sí, mucho boniato, un económico tubérculo que, poseyendo un algo endulzado sabor, era también muy apto para consumirlo de postre. En verano, uno se podía permitir acabar el almuerzo con varias rajas de melón o sandía. Y desde luego, el ambiente propiciaba que no se contaminase tanto. Había carbón, energía predominante, muy contaminante. Esas negras locomotoras ferroviarias, alimentadas por carbón, echaban mucho humo, pero no existía aún ese desmedido derroche de calefacciones. Nuestro protagonista recuerda la llegada de las inicuas bolsas de plástico –pues antes no había plástico que se despilfarrase, sino nobles envases que se rellenaban-. Recuerda la llegada de todos los electrodomésticos, absolutamente de todos los electrodomésticos, salvo la radio, que siempre estuvo sobre la repisa.

En la ciudad cuasi levantina él se sentía intensamente arropado por un nutrido ambiente familiar, del que carecía en la urbe monumental, sólo rodeado de sus padres y su hermana. Durante las vacaciones de verano, los domingos eran especialmente activos. Salvo el abuelo, católico no practicante, el resto de la familia paterna asistía al culto en una de las dos iglesias evangélicas que había en la ciudad, consentidas, aunque con algunas reservas, por el nacionalcatolicismo del régimen de Franco.  Algunas veces no penetraba en el salón donde cundía el oficio religioso, quedándose con sus primas y otros niños en la llamada escuela dominical, donde un adulto, a guisa de monitor, se encargaba de inculcar a los pequeños la doctrina. Otras veces sí entraba con sus tías, poniéndose a su lado, observándolas desgañitarse cantando salmos. Le llamaba la atención la comunión, donde no existe la transubstanciación católica ni  es sacramento en el protestantismo, sino únicamente conmemoración de la última cena, realizándose con los trocitos de una vulgar barra de pan de viena, y efectuándose también con vino. Al terminar el servicio, todos, acompañados por el pastor, su esposa y su numerosa prole, se trasladaban a una amplia terraza cabe el anchuroso y luminoso recinto ferial para tomar un piscolabis durante el agradable atardecer.

Siendo ya adolescente, siguió frecuentando la ciudad cuasi levantina, de la que consolidó su apreciación considerándola, pudiendo ya gozarla en libertad, como un entorno lozano, infinitamente más dinámico y divertido que la villa levítica que seguía conservando una rancia condición inmemorial identificada con los parámetros decimonónicos del cuartel y la sacristía. Entonces el obispo entraba bajo palio, en la catedral, en compañía del Generalísimo. Él lo había visto una vez, ya viejo, transportado en una silla gestatoria por dos robustos curas jóvenes, y recordaba, tras su muerte, la exhibición de su ataúd por las estrechas calles,  presidiendo el cortejo fúnebre el emblemático general franquista Agustín Muñoz Grandes. En la gran procesión anual, los curas castrenses participaban en sus filas con la sotana, correajes de cuero y un cinturón del que pendía una pistola.

Se hizo con una pandilla de chicos y chicas con los que disfrutó de los bien equipados mesones y de las luminosas cafeterías de su ciudad natal, generalmente ausentes en la vieja ciudadela. Fue un descubrimiento, más que del alcohol, de los combinados de moda entonces (“san francisco”, “semáforo”) y de las viandas originarias de la villa (“atascaburras”, “guarra”, “chorizos al infierno”), consumidas alegremente con un grupillo de amigas y amigos. Alguna chica mona del grupo le llegó a decir: “Si vienes para Nochevieja te prometo ser tu pareja” (se ignora si se lo expresó utilizando este pareado). Con todas estas pulcras chicas no se trataba más que amistosamente. Con ninguna de ellas llegó a ligar. Lo que mueve absolutamente el mundo no son las religiones, las ideologías, ni siquiera el dinero, sino el deseo, naturalmente el deseo sexual, principio, es obvio, de toda vida; y el deseo apretaba. El chico aún era virgen. En la ciudad cuasi levantina, y en la parte algo más alta de la llanísima ciudad, existía un barrio chino, bastante extenso, repleto de cutres burdeles y pobretones bares de ambiente. A una gran parte de las prostitutas les sobraba carne y a muchas de ellas años. Todas sobrepasaban, of course, los quince años que el chaval tenía.

Una tarde, toda la cuadrilla estaba reunida en una amplia y luminosa cafetería. La concurrencia rebosaba simpatía. Muy gratas las cordiales carcajadas y el sonido del hielo en los vasos de refrescos, de coca-cola o combinados. En su bolsillo retenía un dinerillo acumulado por las propinillas con que le obsequiaban sus tíos. Con una vaga excusa, el muchacho hubiera querido levantarse, salir de la cafetería y dirigirse al anhelado barrio rojo. Subir por un renegrido pavimento de guijarros irregulares, ingresar en un deslucido zaguán y esperar a ser atendido por la fulana, pasar a un cuarto bastante escueto, humilde, desnudarse, dejarse lavar el pene con agua tibia sobre una palangana de plástico por una hembra de edad indefinida, epidermis lechosa, torso abundante y piernas rellenitas, agradando al zagal con unos pocos movimientos en la postura del misionero hasta que el mozo llegase enseguida al orgasmo. Y efectuar la despedida con la buscona diciéndole: ¡Estás fuerte, rapaz! Claro que su preferencia se inclinaba en hacer el amor, locuaz y dulcemente, con alguna de sus majas amigas, pero ese otro acto tan explícito y llano, sin flirteos de ningún tipo, para obtener palmariamente el placer del sexo, aun siendo expresamente mercenario, no le hubiera desagradado. De ninguna de las dos cosas disfrutó. Sólo el hielo, fatal, seguía deshaciéndose en los vasos.

Fernando Savater escribe, plagiando descaradamente al poeta Paul Verlaine: “En las tabernas, en los burdeles y en los hospitales es donde se encuentran las mejores oportunidades para la clarividencia: frecuentémoslos”.

 

Esa educación imperial

Escribe Isaak Bábel: «Muy bien organizada es la enseñanza que se da en las escuelas pertenecientes a la orden de los jesuitas, una de las secciones más aptas, tenaces y cultas de la Iglesia Católica. El veneno de la educación religiosa penetra en la conciencia del niño tan refinada e imperceptiblemente, con unos métodos tan flexibles y perfeccionados, que no es posible minusvalorar ese peligro. Los jesuitas tienen los mejores profesores, un rico instrumental, almuerzos calientes, hábil educación extraescolar, dulzura y respetabilidad externas. Muchas gentes trabajadoras se tragan el anzuelo y evolucionan en un sentido provechoso para los jesuitas». No recibió nuestro mancebo una enseñanza tan refinada. Cuando dejó las aulas anejas de la Escuela de Magisterio, su padre y su madre asumieron que no podían llevarlo a un colegio público, pues todos eran cochambrosos, simples recogederos de los infantes de clase baja, anulados por el régimen franquista en favor del nacionalcatolicismo, favoreciendo las escuelas privadas de curas y monjas. Y los padres decidieron inscribirlo en el colegio de los Hermanos Maristas. Era una institución que pasaba por ser de élite, a ella acudían los hijos del gobernador civil, pero que en realidad impartía una enseñanza tosca. Se había de costear un recibo nada menos, para la época, que de 600 pesetas.

El muchacho guardó malos recuerdos de su estancia en esa corporación. Eso sí, le cupo el honor de ser expulsado; por una inmensa tontería: haber sido sorprendido fumando en los retretes. En compañía de unos cuantos compañeros, le pilló el Zambo, que era el prefecto de los mayores, un fornido personaje, orondo y renegrido, que había sido sargento en la Legión y al que le encandilaban las jóvenes madres de los alumnos, demostrando a ojos vista sus querencias. Pues bien, el Zambo, después de repartir algunas “hostias”, condujo el grupo hacia el despacho del director, el Vachas, un tipo de total porte imbécil, gordo, como casi todos los hermanos, y que además te duchaba con la siempre repugnante salivilla al acercarse a hablarte. ¡Me vais a quemar el colegio!, exclamó tontamente. Y añadió que hasta que no viniesen a hablar con él los papás de los pequeños fumadores, no atravesasen ellos el portón de entrada. Por supuesto, nuestro chaval no le dijo nada a su padre y de lo lindo disfrutó gozando unos cuantos días a base de novillos, yendo con sus compinches a explorar las orillas del río y a entrar en unas cuevas horadadas en sus taludes. Al cabo de esos días, el colegio telefoneó a los padres y a los chicos sólo se les permitió acudir a los exámenes (cosa que ni el nuestro ni los demás inculpados hicieron), atendiendo al derecho adquirido por haberse matriculado.

Lo curioso es que, a pesar de este fatal remate, el mozalbete se había alzado con uno de los dos premios de excelencia que el colegio concedía cada año: uno para el niño del mejor expediente que superaba la fase de los estudios primarios y permitía cursar el bachiller elemental, y otro para el alumno del curso preuniversitario que abandonaba la corporación. Nuestro chico sacó nada menos que una puntuación total de 100 puntos repartida en diez asignaturas. El acto de entrega de los premios tuvo lugar una mañana de domingo en el teatro principal de la ciudad, con asistencia del gobernador y otras autoridades tanto civiles como militares. Se desarrollaron en el evento varias intervenciones, entre ellas una competición de esgrima. El chavalín habló por primera vez ante un micrófono,  dedicando el premio a sus compañeros. Lució el rígido tupé que su madre, con mucha laca, le había hecho. Días antes, el director lo llamó a su despacho y le preguntó qué regalo desearía recibir por parte del colegio, a lo que contestó que un tren eléctrico. Aunque, al cabo, el obsequio consistió tristemente en un pequeño estuche que contenía un compás, una bigotera, un tiralíneas y unas plumillas. Y más curioso todavía es que, a medida que iba cursando el bachiller elemental, sus notas comenzaron a decrecer, ante la decepción de los hermanos, que achacaban su bajo rendimiento a una cuestión de presunción, vanidad, vanagloria, o engreimiento, como los frailes le reprochaban libidinosamente al oído.

Haciendo pared-frontera se ubicaba otro centro donde también se impartía, por descontado, la asignatura de religión, pero que tenía un carácter laico; era un negocio privado de un señor particular. Se llamaba SADEL; y ahora no se puede recordar si este nombre consistía en un acrónimo o en un apellido. Lo cierto es que los alumnos maristas decían que el SADEL era una “sociedad anónima de estudiantes locos” mientras que los del SADEL tildaban a sus vecinos de “mariconistas”. El colegio de los maristas también era internado. En una ocasión el nene fue castigado y no salió de entre los muros hasta después de presenciar la cena desde un rincón del comedor, oyendo los rezos iniciales y observando cómo el Zambo deglutía cacahuetes como un mono. Los internos eran chicos procedentes de pueblos cercanos, hijos de adinerados agricultores rurales. Más de uno, harto de la disciplina, se apañaba para poder salir del vetusto edificio y escaparse cuando ya el silencio, la oscuridad y el sueño dominaban el recinto. Tomando el tole tole, caminaban derechos hasta el pueblo. Otras veces los alumnos mayores se rebelaban, mayormente en el patio del recreo, cuando a algún hermano u otro profesor seglar se les ocurría arrebatarles injustamente el balón. Uno de ellos, salió rodando por las escaleras, quebrándose una pierna. Al culpable, hijo de un jefe del Movimiento, se decidió que no se le expulsaba.

Eran tiempos todavía míseros. En los recreos aún se podía adquirir por unos céntimos, en la cantinilla habilitada en uno de los rincones del patio, botellines de leche Clesa y porciones de queso americano. Por supuesto, antes de entrar a las clases, se formaba y se cantaba el Cara al Sol, se rezaban rosarios en esas aulas que acogían a cincuenta alumnos, y se aludía constantemente a la religión, entendida imperialmente, invocando a ese Dios tan amigo de Franco y de España y tan enemigo de los rojos que aún pervivían como cáscara amarga. Las formaciones en el patio eran presididas por un gran Corazón de Jesús. En el mes de mayo, en el altar e incluso el retablo de la capilla se apiñaban miles de flores inundando el ambiente con su olor apestoso. Impresionaban esas explicaciones alargadas con cierta pompa imperial; por ejemplo, la narración del suceso de Numancia. Muchas veces, en el patio sombrío, los niños jugaban a fantasear partiendo de esa historia. El escritor franco-español Michel del Castillo revela en su novela La noche del decreto la pasión infantil que suscitaba la leyenda numantina. “Aquel relato nos gustaba mucho. Lleno de ruido, de furia, de sentimientos exaltados, de violencia y de sangre, excitaba nuestra imaginación. Durante mucho tiempo jugamos, en el patio de la escuela, a romanos y numantinos. A pesar de la victoria póstuma de estos últimos, muchos preferían hacer de romanos, porque la idea de tener que morir, aunque fuese jugando, no les seducía nada.”

Como los hermanos no estaban ordenados, oficiaban gazmoños curas provenientes de la vieja urbe, canónigos algunos; los mismos que confesaban al alumnado, adentrándose en los recovecos de la capilla y abrazando, rijosos, a los chavales con la excusa de sus capas. Entre los hermanos, también abundaban, aunque no se les pueda acusar de claros abusos sexuales, sí visibles amagos de pederastia, homosexualidad. La “loca” más notoria era el hermano Jorge, encargado del recóndito laboratorio de ciencias, al que constantemente se le veía junto al niño de muslos más lustrosos, muy pegadito a él, mostrándole los atractivos aunque rancios artefactos del laboratorio. Otro bujarrón, aunque más fino que el hermano Jorge, era el prefecto de los pequeños, y se llamaba Marciano. A nuestra criatura le tocaba mucho, bajo cualquier pretexto, las tetillas. Muchos de los hermanos, al llegar la democracia, o inclusive antes, abandonaron la vocación. Cuando el chico era ya mayorcete, habiendo dejado, hacía tiempo, el colegio, siendo ya adolescente, una vez se encontró al tal Marciano haciendo la “carrera” (gay) durante las horas nocturnas del madrileño café Gijón. Se acercó un rato a hablar con él, y a una pregunta del muchacho, puso a los maristas a caldo.

Los profesores empleaban un buen tiempo en atemorizar. Con desmedidos gestos hablaban del pecado, de los eternos castigos infernales. Una sesión resultó ser tan estremecedora que el aprendiz sintió tanto temor que se creyó que fumar era pecar y prometió dejarlo, deseo, por supuesto, incumplido. En otro momento, a otro de los esmirriados religiosos, se le ocurrió mostrar en clase nada menos que una foto del diablo, argumentando que había disparado la cámara, retratando a tan funesto personaje, un misionero que estaba en Asia. El demonio salió totalmente favorecido, con sus orejas puntiagudas, su morro desafiante y hasta su tópico rabo. Aunque iba vestido con guayabera, pantalón vaporoso y lucía vistoso reloj de pulsera.

Había clases mañana y tarde, y también los sábados por la mañana. Todos los jueves se organizaba el llamado paseo de émulos. Los hermanos llevaban a los niños a unas campas que se llamaban los Campos de don Gregorio, para que retozasen a sus anchas. A veces, a final de curso, ya con muy buen tiempo, se organizaba una breve excursión a los parajes de un cercano afluente del gran río de la ciudad. Se llevaban pelotas y el hermano, ante la gran curiosidad de los críos congregados, se arremangaba la sotana para poder jugar al fútbol. Lo que más apreciaba el chaval eran las llamadas batallas de émulos, por las que media clase, arrimada a una pared, preguntaba a la otra media, alineada en la pared de enfrente. Las más frecuentes de estas batalladas versaban sobre el latín, aguzando los niños el ingenio para interrogar y derrotar. El nuestro casi siempre fue ganador. La secuencia, empero, que más le desagradaba era el reparto de notas en el aula presidida por el Vachas, el director, cada quince días. Como él comenzó siendo buen estudiante, se veía obligado a recoger el caramelo que el Vachas le tendía, teniendo a la fuerza que besar su anillo. Y una escena grabada para siempre fue la tremenda violencia que exhibió el hermano apodado Drácula propinando una inmensa paliza a un compañero, ambos subidos en la tarima. Los golpes fueron muy persistentes y la puesta en escena duró mucho, alargándose las frases coléricas del profesor y los hondos lamentos del alumno, quien al término de la intensa zurra se quedó profundamente dormido encima del pupitre.

 

Las primeras lecturas

G.A. Bécquer, por Agustín Porras

En primer lugar, había leído algunas cosas dispersas, especialmente los variados artículos de Selecciones; la edición española de la revista mensual estadounidense Reader’s Digest, redactada en inglés, se llamaba así. Durante un tiempo conservó varios volúmenes. Su padre, comprobando el interés del chico por la lectura, sobre todo adquiría para él esos gráciles tomitos, con un consistente lomito, y en formato quizá algo mayor de un octavo, cuando marchaban de vacaciones veraniegas a Cercedilla, donde el banco en el que estaba colocado papá ponía a disposición de los empleados una bonita residencia de montaña. Esperaban en la Estación del Norte madrileña, hoy de Príncipe Pío, a que el tren con destino a Segovia llegase; entonces el muchacho subía al vagón tan contento portando en la mano su ejemplar de Reader’s Digest, o Selecciones. El primer número apareció en Manhattan en febrero de 1922. Su fundador, De Witt Wallace, la ideó cuando se recuperaba en un sanatorio de las heridas de metralla recibidas durante la batalla de Verdún en la Primera Guerra Mundial, reuniendo los artículos que le eran favoritos venidos de diversas revistas. Y eso es lo que ofrecía Selecciones (la primera edición española data de 1952): un florilegio de comprensibles y atractivos textos condensados, procedentes de variopintas publicaciones. Asimismo incluía algunos trozos escogidos, o resúmenes, de buenas novelas del momento.

Pero en realidad inauguró su dilatada singladura lectora con un volumen de las poesías de Gustavo Adolfo Bécquer y con otro de las de Antonio Machado. ¿Qué edad tendría? Como catorce años. A ese par de libritos les dio mucha coba. Un sereno placer para él entonces era agarrar los dos libros y caminar con ellos hasta alguna orilla del río para releer las poesías una y otra vez junto a las bucólicas aguas, protagonistas de las églogas de un célebre poeta. Estas salidas desconcertaron a su pandilla, bajo la pretensión de que el grupo fuese gregario sin excepción. Una tarde, en la plaza principal de la urbe, antiguo zoco, bajo unos soportales, sus amigos le sometieron a una especie de juicio, pidiéndole explicaciones frente a tal heterodoxo proceder. Él protestó, pero ellos se reafirmaban en su creencia de que estaba mal lo que  hacía, sin entender por qué lo hacía. Alguno declaró que era inadmisible una extravagancia como esa, eso de renunciar a los concurridos billares de la animada calleja por la ocurrencia de leer en solitario, y sin que el colegio lo ordenase, la obra de unos poetas. Posteriormente dedujo que algún otro pensó, además de considerarle ser bicho raro, que también pudiera ser marica.

El muy beneficioso Círculo de Lectores se implantó en muchísimos hogares; el agente llamaba al timbre de las casas para dejar la revista y de nuevo, a los pocos días, para obtener el pedido. Todavía conserva esos entrañables volúmenes de la novela de Ignacio Aldecoa El fulgor y la sangre, la de Los premios, de Julio Cortázar, la de La casa verde, de Mario Vargas Llosa, o Viento del este, viento del oeste y La madre, de Pearl S. Buck, entre otros, como la Poesía escogida, de Rubén Darío, o la obra teatral Esperando a Godot, de Samuel Beckett, ambos editados en la colección Pequeño Tesoro de Círculo de Lectores. El primer estante de su, años más tarde, rolliza biblioteca iba creciendo muy saludablemente.

Fueron entrando libros de la editorial argentina Losada: la sugestiva colección de poemas en prosa o poemas dramáticos del bengalí Rabindranath Tagore, en traducción bien de Zenobia Camprubí sola o bien, conjuntamente, de ella y su marido Juan Ramón Jiménez; casi todos los títulos que poseía se abrían con un poema en prosa de Juan Ramón. En Losada comenzó a leer a la Generación del 27: García Lorca, Salinas, Aleixandre, Alberti. Y, por primera vez a Jack Kerouac en su mítica novela On the road (En el camino). Y atesoró preciadamente la famosa Antología Rota de León Felipe, que seguía estando prohibida en España, pero que los libreros la sacaban fácilmente de la segura penumbra de detrás de la visible estantería. Él poseía la tercera edición, de 1970 (la primera en Losada era de 1957), con epílogo de Guillermo de Torre. Cuando comenzó, aún muy jovencito, a participar en lecturas poéticas en ciertos locales de la ciudad que eran propiedad de la Iglesia, eventos autorizados por el obispo progresista de entonces, la subversiva pandilla de la que formaba parte empezó a dar suculento curso de los textos de León Felipe: “La verdad es… que cuando Franco, el sapo Iscariote y ladrón, con su gran escuadrón de cardenales y banqueros se atrevió a decir que la guerra de España era una ‘cruzada religiosa’ y que Dios estaba con ellos… al poeta le entraron unas ganas irrefrenables de blasfemar.” Demasiado morbo y cierto temor, pues la policía secreta no dejaba de realizar sus pesquisas. Todo, también, un poco cutre. Uno de estos agentes de la autoridad, llamado Eulogio, bien conocido por todos, seguía al grupo de jóvenes progres muy indiscretamente. En un momento dado de la noche, como Eulogio era muy borracho, sin empacho se unía al grupo bebiendo y riendo con los jóvenes izquierdistas como si las diferencias ideológicas no existiesen.

Y, publicada por Losada, compiló prácticamente toda la poesía de Pablo Neruda. Leyéndosela entera salvo, claro, casi todo el Canto General, bastante intragable. Obligado a los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, gustándose sobremanera las Odas elementales, las dos “Residencias”, el Extravagario y también la primerísima poesía nerudiana, El habitante y su esperanza. Qué duda cabe que Neruda fue un poeta irregular, efecto, o secuela, de lo mucho que escribió. Pero Neruda, a pesar de esos altibajos, era sin duda un poeta genial. Más de una acreditada firma aseguraba que Neruda tenía genio y, sin embargo, Antonio Machado sólo talento. Jorge Luis Borges valoraba únicamente a Manuel (o eso declaraba); con su cinismo característico se preguntaba: ¿Es que Manuel tenía un hermano? Lo cierto es que al joven aprendiz de poeta Pablo Neruda le tenía encandilado. El chileno aún vivía cuando nuestro efebo publicó su primer libro, enviándoselo a la embajada de Chile en París, donde Neruda desempeñaba el cargo diplomático, no obteniendo respuesta. Y varias veces soñó, con sumo gozo, que el autor de los Versos del capitán extendía su brazo por sus hombros.

Tomó asimismo mucho contacto con otra colección de libros muy popular, la colección Reno. Por unos cuantos duros descubrió nuevos autores en esta colección (muy modesta, aunque sus ejemplares lucían camisa) difundida por Plaza & Janés: Alberto Moravia, Leonardo Sciascia, Somerset Maugham, Hermann Hesse, el Tagore novelista, y, sobre todo, a Pearl S. Buck, que, junto a Pablo Neruda, era lo que más leía entonces. El Patriota -entre muchos otros títulos de la creadora norteamericana (nació en Virginia y murió en Vermont), ganadora del Premio Nóbel en 1938, que pasó varias décadas de su vida en China, donde ambienta sus novelas- le trae los inmejorables recuerdos de la óptima sensación del gusto insuperable que ofrecen las sentidas lecturas. Él disfrutó muchas de sus historias: Puente de paso, Bambú, Hasta que la muerte nos separe, La promesa, La estirpe del dragón… Parece que a Pearl S. Buck se la consideró posteriormente una escritora más que nada comercial, un mero bestseller. Consideraciones aparte, el gozo de leer a esta fecunda y sugestiva creadora no se lo quita nadie.

De modo global, siempre prefirió a los rusos sobre los norteamericanos, a diferencia de algunos amiguetes, que anteponían el Huckleberry Finn a las melosas páginas de Chejov. Cuando leyó la novela de envergadura Crimen y castigo, de Dostoievski, sucedió lo siguiente: Por no recuerda qué motivo, su padre lo llevó a la principal librería de la urbe para que escogiera un libro que le quería regalar. El dependiente, muy versado, le aconsejó esa novela en la que el protagonista es el atormentado Raskólnikov. Se le sirvió la obra en dos tomos, publicados por Ediciones Toray, de Barcelona, en 1962, al precio de 75 pesetas cada tomo. Días después de la compra, y de inmediato iniciada la lectura, tuvo lugar un desagradable suceso. Papá mandó al chico al estanco para que comprase unos impresos de letras de cambio que necesitaba. Le dio dinero y el muchacho se dirigió al establecimiento. Al entrar no había nadie. Las cajetillas de tabaco estaban muy a mano. Logró robar una como otras veces había hecho; pero en ese momento salió la dueña del estanco, viéndose obligado a comprar el paquete. Adquirió también los alargados impresos de las letras de cambio, pagó y se fue.

Volvió a su casa con las letras y el cambio. Su padre echó en falta más monedas. El chico esgrimió una torpe excusa, se embrolló, entorpeció manifiestamente su expresión y, al cabo, su padre volvió con él al estanco para aclarar la vuelta. La estanquera declaró que se había cobrado el importe del paquete de cigarrillos, especificando que el chaval tenía la intención de robarlo, cosa que ella había entrevisto por el hueco de las cortinas otras veces. Salió su padre del estanco llevándose un disgusto de órdago. El camino de regreso al hogar lo realizaron en un incómodo silencio. Al llegar, el padre ordenó que se metiese en su habitación y se subiese sobre la cama. Entonces se quitó el cinturón y le propinó bastantes correazos descargados con mucha fuerza, motivados, lógicamente, por su ira. Después le cortó el pelo a trasquilones y le exigió que no saliese de su cuarto más que a las horas de las comidas. En ese rígido programa se mantuvo, al menos, durante quince días. Su deplorable estancia fue consumida, en buena parte, por la lectura de Crimen y castigo. Se enfrascó en la intensa trama psicológica del relato y asoció la culpa de Rodión Raskólnikov,  de algún modo, a su circunstancia.

 

Pioneras aventuras poéticas

Nuestro querido protagonista alcanzó una completa libertad de movimientos a la edad de 16 años. Ya podía fumar delante de sus padres. No se le imponía un límite de hora de llegada a casa por las noches. En ese tiempo sobrevino un hermano nuevo que, al salir de la cuna, le arrebató su habitación, teniendo que dormir en el salón, lo que anuló la poca intimidad que conservaba en una vivienda tan pequeña. Donde mejor estaba era fuera del domicilio. Empezó a viajar solo, sin la obligatoriedad de hacerlo en compañía de la familia. Primero realizó algunos trayectos cercanos: Madrid, Cuenca o, en recorrido un poco más lejano, Benidorm, cuando en el pueblo alicantino aún no se alzaban rascacielos. Fue con un par de amigos; en una de las noches se cogió una jumera impresionante, de “champán a gogó” en la discoteca Penélope. En Cuenca (ya se trataba con artistas y otra gente “de mal vivir”), siempre se dirigía en primer lugar al Museo de Arte Abstracto, que no hacía demasiado tiempo que se había abierto, y se reunía, en el agradable saloncito cabe un amplio y luminoso ventanal de las Casas Colgadas, con otros cuantos efebos conquenses congregados junto al pintor Fernando Zóbel, quien había activado, proyectándose en el futuro con gran éxito perviviendo muchos años después de su muerte, que su gran colección artística se mantuviese con mucho esplendor en Cuenca. En Madrid empezó a juntarse con una mayoría de poetas andaluces que residían en la capital y que los más se establecieron en torno al mundo del teatro. Con ellos, y a iniciativa de uno de ellos, participó en el rodaje de una película, filmada en el café Viena Capellanes, que homenajeaba a Concha Piquer, en compañía de algunos elementos ya famosos, como José María Prada, Gloria Fuertes o Lucía Bosé, quien, además de que en su chalet de Somosaguas se rodase una parte del film, hizo que en el reparto se incluyese a su hijo, todavía desconocido, Miguel.

Su primer viaje al extranjero fue a Marruecos, iniciando el periplo desde Algeciras, tomando un barco hasta Tánger, viviendo un espléndido recorrido a la vera de los montes de la costa africana, y continuando en autobús y en tren, hasta Rabat, Mekinez, Fez, Tetuán, para a regresar a la península por  Ceuta. Allí consumió con mucho gusto el maleable hachís tipo polen que tan a buen precio aún se puede adquirir en el país. Tuvo gratos encuentros con un dentista asturiano, casado con una judía, que además de comprarle pesetas para asistir al trofeo futbolístico Ramón de Carranza celebrado en el estadio del mismo nombre en Cádiz, lo llevó a un taller de coches donde le regalaron una buena bolsa de kif, producto que, precisamente, en persa significa bolsa.

Al año siguiente, tomó el tren Talgo hasta Barcelona, visitó a unas amigas que había conocido en otra residencia del banco, donde trabajaba su padre, situada en Estepona, prolongado el viaje, a través de la línea de autobús Barcelona-Marsella, hasta Aviñón. Ya había publicado su primer volumen de versos, dándose la casualidad de que en Aviñón se celebraba un festival de poesía, pudiendo contactar con algunos poetas franceses, intercambiándose, al paso, sus libros respectivos. Desde allí, tomó otro tren hasta París. Visitó la Ville Lumière por primera vez, disfrutando de sus gratos espacios, sus monumentos, alojado durante más de una semana en la pintoresca casa-estudio de su amigo el pintor Jacques Bibonne, al que conoció en la vieja cuidadela y que residía en Montmartre, en la rue Tourlaque, dentro de esas manzanas por las que discurren llamativas y auténticas calles interiores repletas de vegetación. Conoció a la panda de amigos del pintor, salió a cenar con ellos y charló en su feble francés con luminosas y sonrientes jóvenes “gabachas”, tan seductoras. Esa pandilla se quedó con ejemplares de su primer libro.

La primera vez que nuestro personaje leyó sus poemas en público fue durante el transcurso de una fiesta de fin de curso en la Escuela de Magisterio. Declamó dos de sus primerísimas composiciones líricas. Entonces empezó a darse a conocer a través de un seudónimo, con vagas, corrompidas resonancias hispanoamericanas; un burdo sobrenombre, la verdad. Menos mal que su firma restauró, en nada de tiempo, su verdaderos nombre y apellido. Al poco publicó su primer libro, cosa que se produjo cuando aún no había cumplido diez y ocho años. A través de un poeta local, pudo desplazarse a Madrid para ocupar una silla en la tertulia de los poetas del café Gijón, tertulia que era presidida entonces por, sobre todo, Gerardo Diego y José María de Cossío. Participaban, además, otros nombrados vates de la época como Eladio Cabañero, Ángel García López, Manuel Ríos Ruiz y otros que se movían en torno a la revista La estafeta literaria. También en la tertulia José García Nieto, director de Poesía Hispánica y asimismo, aunque no era poeta y sí un afamado novelista, el manchego de Tomelloso Francisco García Pavón. Gerardo Diego y José María de Cossío ya eran muy mayores; el primero muy silencioso y digno, mientras que Cossío era dicharachero, estaba bastante mellado y lucía dientes muy negros. Homosexual, le placía ver entrar a nuestro guapo efebo; lo saludaba y exclamaba: Ya está aquí el chico de la ciudad cuasi levantina. Y de inmediato le invitaba a un café, una copa de coñac y le daba uno de los grandes puros Montecristo que el cántabro fumaba.

Carlos de la Rica. Foto de Fernando Suárez

Decidió el muchacho una Semana Santa viajar a Granada, llevando consigo unos cuantos ejemplares para regalar a los poetas que pudiese encontrar en esa ciudad tan poéticamente productiva. Se fue a Granada en compañía de un fraternal compinche. Se apeó en la estación portando únicamente una carta de presentación de su buen amigo el poeta-sacerdote Carlos de la Rica dirigida al joven poeta granadino Rafael Rodríguez. Lo primero que hizo la pareja fue encaminarse a casa de Rodríguez, a eso de las seis de la tarde. Pulsaron una primera vez en el timbre y nadie salió a abrir. Insistieron y al cabo apareció el poeta pródigamente barbado, muy despeinado. Se saludaron; nuestro poeta entregó a Rafael Rodríguez la carta del cura De la Rica, oyendo que, después de conocer sus líneas, les decía: Ahora no os puedo recibir porque estoy copulando, pero yo aviso a los poetas de Granada y por la noche nos juntamos todos.

Muy bien. La agradable velada empezó a cundir en el centro de la ciudad comenzando a libarse un rico vino blanco acompañado de habas tiernas y bacalao crudo en salazón. Muchos poetas se congregaron, al reclamo de Rafael Rodríguez, para conocer al recién llegado vate castellano. El elenco se dividía claramente en dos grupos diferenciados, si bien unidos por entero en la poesía: los poetas del gineceo y los poetas del androceo, como ellos mismos se llamaban. Entre los del androceo, los machotes, el citado Rafael Rodríguez, Antonio Enrique, otros cuyos nombres no ha retenido el tiempo; y entre los del gineceo, los gays, Emilio de Santiago, ya entonces arabista, Juan de Loxa, lorquiano de pro, luego director de la casa-museo, en Fuentevaqueros, del mítico poeta asesinado; entre muchos otros. Entre ellos, un tal Ladrón de Guevara, del que ahora mismo se ignora si pertenecía al androceo o al gineceo. Siguióse bebiendo y fumando en abundancia en el transcurso de la grata noche. Alguien, eufórico, exclamó, citando a Baudelaire: “Hay que estar siempre borracho. Esa es la clave, esa es la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que emborracharos sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía, de virtud, a vuestro antojo. Pero emborrachaos.”

Entrada de la casa natal de Federico García Lorca antes de iniciarse la transición democrática

Otros días, acudió el grupo a ver las bonitas procesiones: la del Cristo de los Gitanos, Nuestra Señora de la Alhambra… Una mañana, su amigo y él tomaron un tranvía a Fuente Vaqueros, pasando por Santa Fé, observando las recias mujeres de negro, tan lorquianas. En el pueblo natal de García Lorca, entonces no se podía entrar libremente en el tema del afamado personaje. El pueblo se mostraba esquivo en extender los comentarios del ilustre paisano. Menos mal que un amigo, residente en la vieja ciudadela, trabajador en su mayor fábrica, era de Fuentevaqueros y habló con su padre para que atendiera al amigable dúo. Al bajar del tranvía, se acercaron a la tienda del padre y él les señaló la casa donde nació el poeta del Romancero gitano. Todavía completamente anodina. Sólo unos años más tarde se inauguró el museo, dirigido, como se ha dicho, por Juan de Loxa. Otra tarde, en un viejo café, conoció nuestro vate a la poetisa Elena Martín Vivaldi, empedernida fumadora que en sus versos admitía estar, durante buena parte de su existir, “elenamente triste”. Muy amiga de los mencionados Emilio de Santiago y Juan de Loxa; el primero de ellos escribe que Elena Martín Vivaldi “nacía cada vez que se anunciaba la primavera o como flor brotaba de su alma un poema”. La impresión que recibió nuestro poeta de esta ilustre gloria local coincide con las sinceras palabras de Luis García Montero, en el sentido de que Elena  “era amable con los visitantes, pero guardaba la independencia de su vida y sus recuerdos detrás de una sonrisa”.

Durante la primera noche de estancia transcurrió una “gloriosa” secuencia. En un momento dado, en medio de la dulce ingesta báquica, a Emilio de Santiago se le ocurrió que el poeta de Castilla que acababa de arribar a la bella Granada ofreciese una lectura de sus poemas a la concurrencia nada menos que en el Patio de los Aljibes de La Alhambra, ya que De Santiago, miembro del Consejo del celebérrimo monumento, disponía de las llaves del recinto. Nuestro rapsoda llevaba en su inseparable zurrón, bolso muy asentado entonces en la moda masculina, una copia de su nuevo poemario inédito, Un perro melancólico, unas pocas composiciones largas y anchas, escritas como una poesía horizontal, es decir, sumamente desgranada en vocablos, reflejando difuminadas sensaciones más que mensajes inequívocos. Era la madrugada. Lejanamente se apreciaban sones semanasanteros. El muchacho leyó tan orgulloso ante 25 ó 30 poetas granadinos. Una introducción que halagó mucho al auditorio fue citar las palabras de Elias Canetti inscritas en su novela Auto de Fe: “La mejor manera de decir algo es a través de un poema. Los poemas se adaptan a cualquier situación. Designan a las cosas por circunloquios y, sin embargo, los entendemos.” Hoy no hubiera podido llevarse a cabo este acto tan fresco e improvisado, por mucho que un componente del Consejo de la Alhambra lo hubiese sugerido, entre otras cosas porque ahora no habría tenido llaves de la arábiga fortaleza tan fácilmente. Con todos los asistentes a ese imprevisto recital él había estado bebiendo antes tan ricamente en deliciosas tascas, como ofrendándose a ese postrer tributo elegíaco. Sólo uno no estaba presente en el Patio de los Aljibes. Era un cantante de flamenco desconocido entonces, mas luego muy famoso; se llamaba Enrique Morente. Al comentarle Emilio de Santiago que había que dirigirse a La Alhambra para oír los poemas del poeta recién llegado, Morente contestó que no podía y, despidiéndose cordialmente de todos, se retiró. El chico preguntó por él y sus colegas le aclararon dónde estaba metido Morente. Pasaría la noche en un nicho vacío del cementerio. El luego tan afamado cantaor era entonces adicto a esa chifladura.

F I N

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