Hablar con Dios

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Fotograma de un corto inspirado en 'La metamorfosis', de Kafka.
Fotograma de un cortometraje inspirado en ‘La metamorfosis’ de Kafka.

Juro que esta anécdota es real: de los últimos catorce días que llevo aislado en casa -aislamiento preventivo después de viajar, nada preocupante-, estuve compartiendo espacios con un huésped de lo más inesperado durante, al menos, cinco o seis días; quizás una semana. Solía coincidir con él tras madrugar: todas las mañanas a primera hora, cuando iba al baño y me quitaba las legañas, abría el grifo de la ducha y, de pronto, me fijaba en un pequeño insecto que aguardaba muy pacientemente a que alguien lo salvase de su trágico destino. Repito: durante seis o siete días, esto sucedía todas las mañanas; y hubiese sido lo normal, en cierto sentido, si el pobre engendro se hubiera sentido como en casa, rodeado de otros bichos y soñando con las promesas de un futuro sin insecticidas, ni antiplagas, ni pequeñas jaulas de cristal. Pero no. Ese insecto tuvo varias vidas, varias muertes y sufrió, por mi parte, varias puñaladas por la espalda -metafóricas, por supuesto-. Pero siempre resurgía, siempre aparecía, puntual, a su cita con el agua y con las cañerías.

Uno, que ha leído La metamorfosis de Kafka, se preocupó inmediatamente, claro; y al cuarto día de apariciones y filigranas con la muerte ya le estaba preguntando al bicho si, por casualidad, era el mismísimo Gregorio Samsa -o cualquier otro personaje- y si había venido directamente del infierno reconvertido en cucaracha -o en grillo, o en mosquito, o en araña- por algún motivo en especial. No hubo respuesta, evidentemente. Y, tras siete días de contacto, se marchó para no volver; llevándose consigo hasta la última palabra.

En realidad, no es la primera vez que le hablo a otros seres vivos o a un par de objetos inanimados por hablar. Cuando era pequeño, precisamente, me gustaba apagar las luces del pasillo y preguntarle al aire si había algún espíritu escondido, invisible, y que, por favor, hiciera el esfuerzo de mostrarse o de enviarme una señal. Como en el caso del insecto, jamás sucedió nada, por desgracia; pero fui adquiriendo poco a poco cierta destreza a la hora de comunicarme con los bichos, con los espectros y, en general, con diversos elementos espirituales y del más allá.

Hace tres años, sin ir más lejos, estaba mudándome de piso en Madrid cuando -de repente, también- tuve una experiencia religiosa, una auténtica conversación con Dios, algo supraterrenal en pleno mes de julio y dentro de un tristísimo ascensor. Resulta que, después de varios viajes, por fin había terminado de recoger todas mis pertenencias y había cerrado para siempre la que fuera mi primera casa en el céntrico distrito de Chamberí. Pues, bien, dispuesto como iba a usar el montacargas por última vez, nada más entrar me asaltó una voz sin cuerpo, un eco robótico que salía de un pequeño altavoz, el típico salvoconducto que ofrecen todas las empresas de seguridad en caso de avería o de emergencia. «¿Hola?», me increpó la voz. «¿Hay alguien ahí? Pregunto por el Sr. González -no recuerdo con exactitud el nombre, pero estoy bastante seguro de que si Dios llamase a alguien por teléfono, éste se apellidaría González, o Jiménez, o García-». «¿Hola? Sí, dígame, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? Se encuentra usted, ahora mismo, hablando con un ascensor», respondí. «¿Cómo? ¿No está el Sr. González?». «[…]». «¿Hola?». Y colgó.

Siempre he dicho de aquella experiencia que fue como hablar con Dios de mala gana; porque, sin ser yo el Sr. González -o el Sr. Martínez, o Díaz, o Fernández-, Dios no me prestó ni la más mínima atención, como si, en vez de él, se tratase de un interlocutor cualquiera, alguien que se hubiese confundido de teléfono y discutiese acaloradamente con un contestador automático o con su propio mensaje de voz. Por suerte, esa no ha sido nuestra única conversación.

Hace un año, el divulgador y ensayista británico Mark Forsyth publicaba un libro titulado Una borrachera cósmica (Ariel, 2019), y en él, en una pequeña nota al pie de página -paradójicamente-, daba cuenta de cómo llamaban los australianos al hecho mismo de pasar una mala noche por culpa del alcohol: «en Australia tienen un curioso eufemismo para referirse al vómito de borrachera (en el váter): lo llaman ‘hablar con Dios por el gran teléfono blanco’». Así que, sí, he tenido, también en este sentido, grandes charlas con el Creador a través de un gran teléfono blanco. Y qué decir: ahí seguimos; cada vez que mezclo vodka con ginebra, cada vez que apago las luces del pasillo -o del recibidor-, cada vez que encuentro un bicho malherido en el sumidero de la ducha, cada vez que el mal llama a la puerta y estoy yo solo -y asustado- debajo de una manta en el salón. No en balde, y como apuntaba Andrea Köhler en El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera (Libros del Asteroide, 2018), siempre «se puede hacer algo para aliviar la tensión, para cruzar el silencio con una trémula base de palabras que sirvan de puente. Cuando nadie te habla, empiezas a hablarte tú mismo». Pero no se equivoquen: yo no suelo hablar conmigo mismo; con quien yo suelo hablar siempre es con Dios.

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