Hablemos del vacío

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El recuerdo de un sentimiento es un facsímil que la memoria reescribe e idealiza.

Marta Carnicero

 

 

1.

 

La gran inteligencia de Marta Carnicero en El cielo según Google (Acantilado, 2018) es la de dibujar los hechos siempre tras un velo de claroscuros, con el propósito final de poner en tela de juicio su estatuto de verosimilitud. Dicho en otros términos: se acepta que todo está sujeto a interpretación porque todo es pasado, recuerdo, memoria y, en última instancia, mentira. De ello se deduce la importancia de las palabras, y no solo como motor del recuerdo y vehículo para la narración de una historia, sino también como fuente de conflicto.

 

El cielo según Google, previamente publicada en catalán por La Magrana (2016) y ahora traducida al castellano por Pablo Martín Sánchez para Acantilado,  es una novela calmada, sin arrebatos y, como muy bien ha visto Anna María Iglesia en Librújula, con ecos de la mejor Alice Munro. Una narración que se estructura en dos tiempos, con “veintipico años” de distancia entre ellas y que se guía por las voces de una madre (Julia) y una hija no-biológica (Naïma). Ambas han tenido relaciones problemáticas con sus parejas y a ambas sus parejas (Marcel/Eric) les han reprochado la frialdad de su trato y la virulencia punzante de su verbo; en la novela tanto Marcel como Eric les reprochan a sus parejas ataques verbales constantes sobre los que ellas se defienden diciendo que estos les atribuyen intenciones que están en las antípodas de lo que ellas pretendían decir, sugerir o indicar. Así, el natural (des)entendimiento entre hombres y mujeres, es uno de los temas centrales del libro.

 

En términos sentimentales, la secuencia vital de madre e hija es idéntica: tras ser abandonadas por sus maridos, se deslizan suavemente por la vida, sin estridencias, con una cierta indolencia, soportando la crueldad de la tortura de las cosas simples del devenir cotidiano (particularmente los indicios tenues que nos recuerdan nuestra soledad y vacío), hasta que se dan cuenta de que “no hay otra salida, que debes dejar atrás los recuerdos para continuar avanzando”.

 

Respecto al tema de la palabra, es llamativo que la madre (Julia) sea escritora y, tras la separación, encuentre consuelo (y cobijo) en la escritura, de igual manera que la hija (Naïma) al recordar toda la historia de sus padres la ponga igualmente por escrito (particularmente por la invitación de su psicólogo, Bruno). Y que Marcel, el exmarido e Julia y padre adoptivo de Naïma, le escriba a su hija, ya al final de sus días, una larga carta (“casi una novela”, dice Naïma sobre ella) tratando de explicarle sus motivos para haberla abandonado y, en general, su punto de vista sobre los acontecimientos sucedidos con su madre. Todos buscan formas de salvarse y de perdonar, y la palabra/la escritura fungiría aquí como método para tratar de “comprender los motivos del otro”.

 

Así las cosas, no es de extrañar que esta novela breve transite el espacio de la meditación abstraída, pues es, hasta cierto punto, una narración ucrónica (¿Existira el Street View en 2040?); una ucronía intrahistórica, claro. Pero no por ellos menos hipotética. Y esto no es baladí, porque una de las interpretaciones que se le puede hacer al texto es aquella de que somos como somos por causa de las personas que estuvieron (y, más aun, de las que no estuvieron) a nuestro lado.

 

Llama la atención que en el texto aparezcan siempre difuminadas las figuras masculinas y que sean las figuras femeninas las que mueven la acción. Siempre, eso sí, tras un periodo de dolorosa parálisis y aturdimiento. Ello le permite a Carnicero introducir una reflexión sobre el (des)propósito del dolor y el sufrimiento. Pero también sobre las alianzas, los vínculos y, hasta cierto punto, la sororidad (es la “otra hija” de su padre, Nuria, quien llama a Naïma para que venga a visitar al padre que “la abandonó” muchos años atrás, pero no es menos destacable que Bruna, “la otra mujer de su padre”, sobre quien dice Naima que “me gusta que me entienda, que acepte la necesidad que tengo de escarbar en lo que me perdí, de imaginarme a la persona que podría haber sido si hubiese tenido a mi padre cerca”). E incluso sobre la venganza; Julia, la madre de Naïma, reflexiona así:

 

“Cuando una relación se acaba, se acaba, y al otro le basta con sacudir la pernera a la que te agarras y mirarte con lástima para que la dignidad que te queda te permita alzarte, recoger tus cosas y volver por donde has venido. Con un hijo de por medio ya no puedes ignorar tu sufrimiento, y resulta muy fácil hacerle pagar la rabia y la ofensa”.

 

Y aun añade: “Pensar que alguien con quien has compartido ocho años pueda dejar de quererte sin ninguna explicación puede volverte loca, y más aun cuando tienes hisjos a tu cargo. Terminar una relación no puede ser como llegar un día al trabajo y que te citen en Personal, donde un guardia te espera para acompañarte a la mesa en la que has ido dejando […] lo mejor que llevabas dentro; no puede reducirse a convertir todos estos años en una caja con un cepitllo de dientes y un tubo estrujado, una identificación que hay que entregar a la salida y cuatro recuerdos que han dejado de serlo porque, de los momentos que evocan, ya nadie, excepto tú, se acuerda”.

 

Tras la infidelidad de Marcel y su abandono del hogar, Julia decide llevarse a la hija que ambos han adoptado de Barcelona a Nantes, y su padre no la volverá a ver hasta el fin de sus días, ya en el hospital, moribundo y en el trance final de la vida, a la espera de un trasplante de hígado que no llegará a tiempo.

 

2.

 

Uno de los temas importantes del libro y sobre el que me parece que se ha pasado un poco de puntillas es el tema de la cultura vs. la biología. Tanto Julia como su hija no-biológica, Naïma, toman la opción de adoptar a un hijo. Y, en ambos casos, la cosa sale mal. Aunque con matices, Julia lo hace estando aun en pareja, buscando que ello sirva para afianzar la institución familiar, en tanto que Naïma, frente a la manifiesta incapacidad de su novio, Éric, y sus idas y venidas, decide tener al hijo sola (aunque, hasta cierto punto, ya que sigue confiando en que Éric fuese a volver con ella). En un determinado momento escribe Naïma refiriéndose a su madre: “Cuando tienes un hijo, me dijo el día en que anuncié en casa mi intención de adoptar, pasas a ser un personaje secundario de tu vida”. Podría decirse que otro de los asuntos interesantes del texto es, en este sentido, la (re)acomodación de la personalidad y su relación con los roles. Se plantea aquí como problemática la dicotomía maternidad/pareja. Escribe Carnicero que: “ser madre no puede serlo todo, si acaso un trampolín para ser feliz, pero nunca todo. Eres, antes que nada, una mujer que intenta avanzar persiguiendo objetivos incluso demasiado modestos, una mujer que necesita ser feliz para poder hacer feliz, pero que no siempre lo consigue”. Esto es, la maternidad ejercida en soledad y sus (des)afeccciones.

 

Volviendo al tema de la biología, escribe Carnicero: “el instinto tiene más de animal que de maternal”. Naïma se plantea este hecho en un determinado punto de la novela, el de la diferencia entre gestar un hijo o no haberlo tenido nueve meses en su interior y el tipo de vínculo a lo que ello condiciona. Y admite –aunque sotto voce, y con una cierta vergüenza- que no tiene claro si hubiese gozado de un vínculo más fuerte con su hija, Camille, de haber sido madre por el método natural. No obstante, este temor se confronta con la cuestión de la cultura, el apego y el amor, al decir lo siguiente (al darse cuenta, de manera inconsciente del fuerte vínculo que la una a su madre no-biológica):

 

“Un hijo no puede estar pendiente de querer a alguien que se quiere antes a sí mismo y se ampara en sus propias carencias para disculpar ausencias injustificables. Reconozco que la frase la podría haber firmado mi madre, por mucho que haya sido yo quien la ha puesto en el papel”.

 

Así, la cuestión de qué es más fuerte, si la biología o la cultura, queda en suspenso.

 

3.

 

Para finalizar me gustaría destacar la idea del perdón, pues, en fin de cuentas, el reencuentro final de Naïma con su padre se produce a instancias de su propia madre, quien muchos años atrás y para castigar la infidelidad del padre, Marcel, se hubo de llevar a la niña a Nantes. No es que ello la disculpe, pero sí que la humaniza. Y sirve para que su hija sea capaz de confrontar la verdad de los hechos, con todos sus vacíos, ya sin la exclusiva intermediación de la voz de la madre como testaferro de una historia, su historia. Así las cosas, esa fidelidad al vacío que hubo de mantener durante toda su vida se rompe y la problemática del silencio halla una vía hacia la luz, porque el problema de los silencios es que “no aceptan matices y dejan la interpretación en manos de quien los recibe”.

En última instancia, El cielo según Google, significa la posibilidad de Naïma de poder acceder a ciertas tonalidades diferentes de las grises en las que su madre había instaurado su pasado, esas mismas en las que ella busca su pasado en el Street View de Google, buscando rastros de su felicidad con Éric. Una forma de aceptar gradaciones matizadas de lo que nos parecía tan compacto e inquebrantable.

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