Hacerse los suizos, perdón, los suecos

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Recibo un e-mail de un amigo suizo que vive en Suiza. “¿Y tú cuándo te vienes aquí?”, me pregunta. Ha leído que Calatrava ha construido con billetes un puente blanco sobre Francia y que le va a tener como vecino. Yo soy más de vacas moradas que de dinero negro, así que contesto a mi amigo que si me invita, me paga el avión y promete subvencionarme el vino y donarme alguna copa, iré de visita, faltaría más, que una ante todo es educada y agradecida. Pero me quedo dudando, porque últimamente, lo reconozco, ando despistada con esto de los países. Será la globalización, supongo. Antes los españoles queríamos ser franceses (yo aún quiero, que aquí conste). Pero ahora los franceses quieren ser rusos. Así que pronto si los rusos dicen que quieren ser españoles habremos cerrado el círculo. No sé dónde llegaremos, pero lo habremos hecho.

 

Ahora los españoles no quieren ser ya franceses, porque eso equivaldría a acabar abrazando a Putin en el Kremlin, sino suizos o ciudadanos de esa película de vaqueros que debe de ser Delaware. Tengo otro amigo, que no me envía emails, que vive en Philadelphia y que compra el vino allí. Es la versión barata de la gran evasión. En coche y por un puñado de dólares. Pero dice que le saben mejor las copas.

 

Le pregunto a un político, importante, de esos que ejercen de sheriff en los territorios comanches de la crisis, que de dónde ha salido tanto lodo, tanta corrupción, que da pena abrir un periódico porque se siente una tonta de no haber sabido también robar. Pero me dice no sé qué de que la corrupción siempre ha existido y que más corrupción es que no haya democracia. Que la Justicia es lenta pero implacable. Y que todos al final terminan pagando. La explicación no me convence. Pero no se lo digo. Porque me mira sonriente satisfecho con su respuesta. Y no voy a andar yo incordiándole la mañana, que lo mismo tiene alguna transferencia que hacer y le retraso.

 

Hay políticos que se creen los cargos de sus tarjetas. Que si les dicen que son tesoreros se encargan de buscar su tesoro. Que acaban con veinte millones de euros en cuentas en Suiza. Y que se justifican porque les gustan tanto las montañas que mejor tener allí su dinero y poder ir de vez en cuando a contarlo y así aprovechar y ver las cumbres borrascosas. Otros se buscan testaferros, que mira que suena mal el puesto para alguien que debe ser de total confianza, que les firman los talones y les mueven los fondos. A un duque, que hoy los duques son como los políticos, le buscan también en Suiza unas cuentas a otro nombre. Y los reyes de la Cataluña post casa Tarradellas también dicen que tenían allí los ahorrillos para la jubilación.

 

“Te sorprenderías, Jasmín, si supieras quienes guardan dinero allí”, me cuenta otro conocido, que se dedica precisamente a ayudar a llevar ese dinero. Y me da algunos nombres, que no puedo repetir, porque yo no tengo fondos en Suiza ni cuenta corriente para andar pagando abogados. Muchos de ellos no son nuevas generaciones, sino viejos lobos de mar de esta España que hace aguas. La corrupción, sí, ha debido de existir siempre, como me decía el político. “Los políticos hemos vivido de espaldas a la sociedad desde hace ya muchos años”, se sincera conmigo. Pero con las palmas de las manos extendidas hacia ella, pienso, aunque tampoco se lo digo esta vez. Pero tal vez lleve razón. Quizás haya sido así siempre y yo me sorprendo y me llevo las manos a la cabeza por nada. Que a lo mejor soy una alarmista y no viene el lobo porque nunca se había ido. Pero al menos antes parecían tener más estilo, que al final lo es todo. Debían ser más disimulados. Y al menos si les pillaban no intentaban, como idiotas, y casi es esto lo que más me crispa de todo, hacerse los suecos para desmentir que estaban haciéndose antes los suizos.