Halle Berry, sorda de una oreja

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De todos los relativos que aprendí en mi infancia, veo que sólo resiste, a duras penas, uno: que. El cuyo/a hace tiempo que va temblequeante, y el quien algo por el estilo. De todas maneras el que se utiliza con las patas, como un comodín desconcertado. Los ejemplos que se encuentran en todos los medios son abundantes y descorazonadores. Uno de tantos, sacado de la publicidad: “Tener un hijo no es nada fácil para las personas que la naturaleza se lo ha negado”. No recuerdo que es lo que vendía, quizás clínicas de reproducción asistida. Si ese redactor publicitario conociera su lengua, simplemente hubiera escrito “(…) las personas a quienes la naturaleza (…)”. Si conociera el instrumento fundamental de su trabajo, quiero subrayar.

 

Tampoco la política es manca; un terreno donde la llamada “lengua de madera” –aparte de aburrir hasta la desesperación- sirve a la ocultación y al disimulo: “No podemos tolerar, de ninguna manera, que se ponga en cuestión que en el Partido Popular no ha habido prácticas irregulares…”. Es una frase desconcertante, no sé si decir sonrojante, pronunciada por un vicesecretario del partido del Gobierno llamado Floriano, y que se acerca peligrosamente al llamado “lapsus freudiano”.

 

Para rematar hoy, una pedrada en la frente procedente del inefable SModa (de la factoría El País), que suelo dejar en la papelera más cercana al quiosco. Esta vez, husmeé en una entrevista con Halle Berry y ya en el primer párrafo me encontré con esto:

 

“…el maltrato de su primer marido, un jugador de béisbol que la dejó sorda de una oreja”. Definitivamente, el periodismo profesional se degrada, y la profesión de editor (revisor) agoniza, al menos (siento decirlo) en las publicaciones de Prisa.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.