Halloween

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Las tradiciones tienen su punto cuando no se salen de las fronteras que las acogen. Quiero decir: la Feria de Abril sería el acabose si se trasladara a cada localidad de este amplio mundo que sin embargo sí ha tomado como propio un evento cuanto menos extraño que aún no sé ni qué significa. De hecho cuando se celebraba la famosa noche de Halloween una de mis empleadas me preguntó qué era eso de Halloween cuando no supe qué contestarle salvo que olía a estupidez y a calabaza requemada.

 

Las tradiciones tienen su punto cuando no se salen de las fronteras que las acogen. Quiero decir: la Feria de Abril sería el acabose si se trasladara a cada localidad de este amplio mundo que sin embargo sí ha tomado como propio un evento cuanto menos extraño que aún no sé ni qué significa. De hecho cuando se celebraba la famosa noche de Halloween una de mis empleadas me preguntó qué era eso de Halloween cuando no supe qué contestarle salvo que olía a estupidez y a calabaza requemada.

 

En Phnom Penh, capital de Camboya, por supuesto que tal festividad se ha arraigado con fuerza, gracias al patetismo de extranjeros residentes y nativos varios que querrían vivir en el extranjero –en algunos casos a cualquier precio– que participan a menudo en fiestas similares con la única diferencia con este señalado día en la vestimenta, que debe ser, según las normas de participación, “terrorífica”, cuando algunas de las participantes deberían verse en el espejo otra noche de salida cualquiera en donde sin necesidad de uniformarse terroríficamente andan demasiado cerca de sus Halloween particulares.

 

Ver a 500 estúpidos vestidos como brujas da qué pensar. Sobre todo cuando te acercas a ellos y corroboras que salvo la indumentaria, todo sigue en su mismo estado. Estado podrido. Catatónico. Desde sus malos olores corporales pasando por esos vicios de los que uno no se aparta ni en el Día de Todos los Santos. Amén.

 

A mí las fiestas adoptadas –como los hijos de las divorciadas que dicen que les caigo bien, siempre con la ayuda en la traducción simultánea de la madre desesperada– siempre me han parecido peligrosísimas. Intemperies mentales donde la plebe se agarra a lo primero que apeste a alcohol, ya sea del bueno o del malo. Por lo que en mi caso nada tengo que ver con esa absurdez norteamericana –tendrían que ver en China cómo se lo pasan sus parias nuevas generaciones metiendo sus cabezas de chorlito dentro de calabazas que más que terroríficas parecen ridículas– que sin embargo me acechó durante sus celebraciones, que como la navidad, no se ciñe sólo a ese día del calendario, sino que se otorga por delante y por detrás la semana entera; algo así como El Corte Inglés, que comienza a promocionar las navidades a finales de noviembre, en una de las mayores propagandas de la historia, en la que cabezas de familia caen en la trampa y se hacen con el Scalextric mediante la utilización manifiestamente errónea de la tarjeta visa, que luego te permite, con un alza en la comisión del 40%, devolverlo en incómodos plazos. Y el primero te llega antes de que los chavales hayan podido saber qué les dejaron los Reyes del Santander.

 

Pues eso, que para no cambiar de hábitos me fui un par de días antes de Halloween a mi casa de masajes preferida –sita en la calle 320, en pleno BKK1 de Phnom Penh, barrio asfaltado hasta el límite de las aceras donde los Lexus abundan tanto como las poses de los oriundos y las apariencias de los extranjeros– donde me dejé manchar por quintales de aceite por una dama a la que no pude ver la cara ya que venía oculta en una de esas putas calabazas de Halloween, que en mi caso en vez de miedo daban vergüenza ajena. Porque la señora dueña, jemer, que había crecido en California, concretamente en Marina del Rey, y que coloca a la entrada de su negocio ambas banderas nacionales, había decidido que semejante acontecimiento mundial debía celebrarse a lo grande. La verdad: no sentí nada especial salvo un profundo sofoco de ver a aquella ex menor trabajar a destajo, desentumeciendo músculos y estirándome los dedos de mis pies, desintonizada con el penoso hilo musical inventado por Erik Satie que emitía una borrasca de éxitos setenteros norteamericanos interpretados por lo que parecían alumnos de música de la ciudad que ustedes elijan de Bolivia. Lo único malo del disfraz –para algunos será lo bueno– era que su cara no emitía señales, por lo que nunca supe si le gusté, se sintió al menos levemente atraída, o si incluso barruntó con la posibilidad de acentuar el placer en el cliente mediante el ‘final feliz’, un método que alegra a tres bandas: al cliente porque sale vaciado, a la empleada porque se gana un dinero extra, y al empresario que sabe que ese cliente feliz y esa empleada alegre querrán volver a tener una cita bajo los techos de su empresa.

 

Aquel día me volví a casa preocupado por los derroteros que elije la población mundial, que cuando toca Halloween se te pone una calabaza en la cabeza y cuando son mundiales de fútbol te masajean con la camiseta azul de Benzema en donde uno no sabe si gritar ‘Allez les bleus!’ o hacerse el dormido.

 

Lo peor llegó el día de autos. Porque yo desde que residí en China me obligo a masajearme hasta la extenuación, a veces siete veces a la semana, cuando no más. Por lo que en la misma efeméride de Halloween, y sin que recordara la anécdota anterior con la muchacha ocultando su cabeza dentro de una calabaza que más que a Halloween me recordaba a Mayra Gómez Kemp y su ‘1,2, 3, responda otra vez’ (vaya nombres con los que los mandamases de la única televisión bautizaban en los ochenta), me volví a tumbar sobre el mismo camastro cuando esta vez fue otra dulcinea –¿o sería la misma?– la que se me acercó, con la típica botella de aceite, pero esta vez sin la sonrisa clásica en su rostro, ya que el mismo venía oculto dentro de una careta de una bruja de apariencia maléfica, con su verruga gigantesca sobre la barbilla. Por segunda vez volví a entablar conversación con la masajista, que de inglés sabía poco y con semejante imagen –la boca oculta no ayuda a desentrañar palabras inconexas, que es así como suelen hablar inglés la mayoría de asiáticos– contrajo, una vez más nuestra relación comercial, cuando lo único que llegué a comprender de su repetidísima propaganda mecanizada, era que se celebraba Halloween y que diera las gracias por semejante puesta en escena. Otra vez, y para no ser menos, procuré quedarme o hacerme el dormido, estirando mi paciencia hacia ese momento cumbre para los que se sienten molestos por un trato que es el fin del acuerdo. Que no es lo mismo, y a los hechos me remito, cerrar un acuerdo basado en una hora de masaje que en una hipoteca a cuarenta años. Dios se apiade de estos últimos.

 

Tres días después, y ya rememorando los acontecimientos vividos en esa santa casa durante la última semana, me presenté, fielmente, a volver a volcarme bocabajo, cuando tras pedir uno de aceite de una hora, y cuando ya me había tumbado sobre el camastro en el que nunca quepo del todo, apareció otra muchacha –¿o sería siempre la misma?– con una careta de Minnie Mouse en lo que ya sí que apestaba a tomadura de pelo. Es lo que tiene copiar sin saber: que a poco que no envíe Obama observadores norteamericanos en tres años Halloween, al menos en Asia, será lo más parecido a las Mama Chicho.

 

Bromas aparte, la masajista –o debía ser la más abierta de la plantilla o era la misma de siempre que simplemente se tomaba otro tipo de confianzas– trazó un plan que casi desemboca en la extremaunción del cadáver congelado de Walt Disney. Porque ni en Halloween habría aceptado un niño ver a Minnie Mouse masturbando a un señor calvo y con melenas. Las gafas las había dejado sobre la mesita, junto a la maceta con una flor de plástico.

 

Cuando el peligro se había evaporado pregunté a la muchacha cómo se encontraba, momento en el que me dijo que “mareada”: “Los agujeros de la careta de Minnie Mouse son menores que mis ojos y no veo bien”, me comentó, con la clásica voz de ultratumba que se emite cuando hablas contra una careta. Finamente dejó caer que aquellos roces inguinales habían sido provocados por Walt Disney, en la mejor excusa de la historia de la pre-pornografía. A la salida de la casa de masajes le dije a la medio americana que me confirmara cuándo acababa el desfile de disfraces que mi mente ya no daba para más. Luego vi salir a una clienta, presumiblemente nórdica, con un señor con la careta de Pluto. Zoofilia en estado puro. Y no pude dejarlo pasar.

 

Esto ya es demasiado. Halloween, que no me interesa nada, no tiene que ver con los dibujos animados.

 

Era para que no todos fueran disfraces terroríficos.

 

La dueña, con una sola pincelada, había corroborado todo este texto. Que si la Feria de Abril llega a Camboya los nativos se vestirán de mariachis, beberán vodka con arándanos, y aquí paz y después gloria.

 

 

Joaquín Campos, 7/11/14, Kep.