Halloween llega tarde al Salobral

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El miércoles 31 de octubre fue Halloween: noche de los muertos vivientes. Una noche que Madrid recordará por la avalancha que acabó en una tragedia. Una tragedia que acabó con las vidas de las adolescentes: Rocío Oña, Cristina Arce, Katia Esteban y Belén Langdon. Sin embargo, el pueblo del Salobral había vivido su Halloween hace dos semanas. Pero ya no salía en las noticias.

 

El cartel de Carretera Comarcal 3203 Km 14, es la primera imagen que se ve al entrar en el Salobral –si se viene conduciendo desde Albacete–. A la derecha de la señal, la gasolinera Lozano da la Bienvenida a los visitantes que llegan al pueblo. Detrás de la gasolinera se puede ver un rótulo rojo con el logotipo de Coca Cola del restaurante El Canal. A continuación, la placa de Calle Mayor. Una calle marcada por agujeros de bala.

 

Entrada del Salobral.

 

Tres vecinos toman café a las nueve de la mañana del sábado mientras fuman un cigarro en la puerta del restaurante. Un sábado como el de hoy, dos semanas atrás, el Salobral había vivido su Halloween. El pasado 20 de octubre, el residente Juan Carlos Alfaro cometió el doble asesinato de Almudena, una niña de 13 años con la que mantenía una relación sentimental, y su amigo Agustín. Dos días después la Guardia Civil le cercó en una caseta de una finca familiar donde el asesino se suicidó pegándose un tiro en la cabeza.

 

“Nos negamos a hablar más del caso Salobral. Ya hemos tenido bastante. Los periodistas se acaban de ir porque ha ocurrido la tragedia en Madrid, sino seguiríamos teniendo las cámaras” , “de no haberse pegado un tiro, hubiésemos asistido a su funeral, pero como mató y luego se mató, nadie fue a su misa”, dicen los vecinos. El asesino se quitó la vida, pero las huellas de sus crímenes y el recuerdo de sus víctimas siguen marcados en todas las esquinas y conversaciones del pueblo.

 

Restaurante El Canal, inicio del pueblo.

 

Bajo el cielo de una mañana gris de la pedanía olvidada en el kilómetro 14 de la CM-3203, la Calle Mayor deja atrás el característico olor a carburante de la gasolinera para adentrarse en el callejero del Salobral. En los 15 primeros metros de la Calle Mayor se puede ver el bar Port Dry. En su rótulo de fondo azul se distingue el dibujo de un timón de barco, con el nombre del bar escrito en letras naranjas, en un pergamino amarillo. Debajo del rótulo hay un ventanal rectangular. La entrada del establecimiento es una puerta amplia de acero, como si fuese el acceso de una discoteca de polígono industrial. Su decoración recuerda al interior de un velero de madera, estilo clásico.

 

Café Bar Port Dry, cafetería de Pepe, el hermano de Agustín, una de las víctimas.

 

Son las 9:30h, el suelo de parqué está recién limpio, las sillas de madera oscura encima de las mesas. La televisión, encasquetada en la esquina al lado de la ventana, suena a todo volumen. A su lado, parpadean las luces fosforitas de una máquina tragaperras. Restos de calabazas y telas de araña cuelgan en el interior del establecimiento, aunque Halloween ya había terminado.

 

Cristal en el interior de la cafetería.

 

El dueño del bar, Pepe, está dentro preparando su negocio como cada mañana. Saluda sonriendo al ver entrar a un nuevo cliente a esa hora tan temprana. Su mirada inspira confianza, como si fuese una persona cercana. Le pido una Coca-Cola, me presento como periodista y empiezo a hablar sobre el caso. Le pregunto si ha asistido al funeral de Juan Carlos Alfaro, el autor del doble asesinato, él responde: «No, yo no he ido. Agustín era mi hermano. Juan Carlos se mató porque ha querido, pero a mi hermano nos lo han quitado. Y tenía una niña de 11 años».

 

Intenta conversar con normalidad, como si estuviese hablando con uno de sus clientes sobre un tema cotidiano. Llama la atención su entereza, su capacidad de seguir adelante con su negocio, como si nada pasara, como si no acabase de sufrir una gran pérdida. Apoya los codos sobre la  esquina de la barra, que tiene forma de ele. Cierra los puños, sostiene su barbilla sobre sus nudillos. Comienza a relatar:

 

«Mi hermano Agustín y él eran amigos. Nos conocíamos de toda la vida. El día que lo mató estaban tomando algo juntos al lado del bar. Juan Carlos solía venir casi todos los días por aquí. Llegaba con las muletas. Tomaba un cortado. Conocía a mi mujer, a mi hija y a mi yerno. Le gustaba cazar, igual que a mi hermano. Salían juntos de caza. Nadie sabe por qué le mató».

 

Hace una pausa y continúa hablando: «No fue por estar liado con la chiquilla, Almudena, porque eso lo sabíamos todos. Cuando la chiquilla estaba en el bar él nunca entraba, no le gustaba que los vieran en público. Mi hermano le solía decir: ‘Déjala, anda, vamos a buscar mujeres’, porque él estaba separado. Nadie se podía imaginar que esto pasaría. Aquí nos conocíamos todos».

 

Le pregunto cómo vivió el día que se produjeron los asesinatos. Se toma unos segundos y responde: «Entró una amiga de la chiquilla en el bar gritando: ‘¡A Almudena la han matado!’. Le disparó desde su coche. Luego volvió a su casa, cargó la escopeta y mató a mi hermano. Agustín estaba en el portal de casa fumando un cigarro. La familia estaba reunida viendo el partido y gritando los goles. Él salió un momento. Se paró a hablar con el vecino. Le preguntó si había ido a recoger setas. Luego bajó a la calle. Y ahí mismo, en el portal de casa, le mató, desde la panadería de la esquina. El abuelo de la chiquilla fue tras de él, pero Juan Carlos también le disparó en el hombro”. El disparo del abuelo –le llaman el marido de la Paqui- ocurrió en la Calle de Los Almendros. Pepe me mira fijamente y me dice: «Él era un francotirador profesional, cuando disparaba sabía como hacerlo».

 

La Guardia Civíl llegó con efectivos a los pocos minutos de los asesinatos «cercaron el pueblo», asegura Pepe. Mandaron a todos los establecimientos y casas de particulares bajar las persianas «al no saber el motivo por el que había matado a mi hermano corríamos el peligro de que matase a cualquiera». Pepe afirma que en su bar estuvieron encerrados su mujer, su hija y dos chiquillos del pueblo hasta que la Guardia Civil les dejó salir.

 

«La única queja que tengo es que mi hermano Agustín estuvo tirado 4 horas en la calle», desde las 19:40h, hora en la que se produjo el crimen, hasta las 12:00h de la noche, cuando la ambulancia lo vino a recoger. Pepe recuerda cómo tuvieron que tapar el cadáver con una manta de su casa para protegerlo de la lluvia. Termina de hablar. Hace una pausa. Coge una servilleta de papel del servilletero metálico. Con una mano sostiene la montura de sus gafas de cristales pequeños y redondos sobre su frente, con la otra se frota los ojos. Intenta disimular sus lágrimas. Tira la servilleta.

 

Otro cliente entra en el Port Dry. Se hace un silencio. Pepe le sirve un café. Intenta retomar su sonrisa. Esconde su manso tormento. La conversación estaba acabada. Salgo de la cafetería. Me encuentro de nuevo en la Calle Mayor. Camino unos metros. Veo la panadería, lugar desde el que Juan Carlos disparó a Agustín. Tiene un toldo de lona blanca y letras negras en las que está escrito: Panadería. La puerta está tapada por una cortina de flecos marrones, barrera contra  las moscas del asfixiante calor seco del verano, aunque casi estábamos en invierno. Le pregunto si vio al asesino cuando disparó a Agustín. «La tienda estaba cerrada, cierro los sábados por la tarde. Estaba en Valencia cuando ocurrió, así que no sé nada», me responde la panadera del Salobral mientras me mira a través de sus gafas con las manos dentro de los bolsillos de su bata blanca. Antes de irme de la panadería le pido que me indique direcciones para llegar a La Calle Luz.

 

–¿Cuál es la Calle Luz?, pregunta una clienta que estaba escuchando la conversación.

–Donde mataron a la chiquilla, respondió la panadera.

 

 

Panadería desde donde el asesino disparó a su amigo Agustín.

 

Me indican cómo llegar. Está a tres minutos andando, como cualquier punto del mapa del Salobral. Es una calle estrecha de paredes blancas con grafitis. El lugar en el que asesinaron Almudena está sellado por una mancha roja, llena velas y flores sobre la acera. Encima, sobre la pared blanca, una pintada de letras negras escribe la palabra: Salobral. La Calle Luz siempre estará desgarrada por su estampa roja.

 

Calle Luz.

 

El ambiente resulta tétrico, melancólico. El cielo gris se resquebraja. Comienza a llover, como la tarde de hace dos sábados. Vuelvo a la Calle Mayor y pregunto a otra vecina que me señale la casa de la familia de Agustín. «Es la última de la calle, la que tiene los agujeros de balas en la verja del portal». Me acerco, fotografío la escena. Pregunto a otra vecina que pasa por la Calle Carmen Almendros, donde el asesino disparó en el hombro al abuelo de Almudena. «La primera a la izquierda». A diferencia que la Calle Luz o la Calle Mayor, no estaba marcada con restos del doble asesinato. Los vecinos pasaban con bolsas blancas donde llevaban las barras de pan, y carritos de la compra de ruedas, con cuadros de colores, una imagen que se podría observar en cualquier pueblo de España.

 

Agujeros de bala en la última casa de la Calle Mayor.

 

«No nos gustan que vengan tantos periodistas, ya hemos tenido bastantes», afirmó otra de las vecinas sonriendo de manera amable. Vuelvo hasta el principio de la Calle Mayor. Giro a la izquierda. Estoy de nuevo delante de el restaurante El Canal, la entrada y salida del pueblo. Son las 12:00h. Hay un olor extraño mezcla del depósito de gasolina y las brasas que desprende la chimenea del asador del pueblo. Otros vecinos ojean el periódico. Las víctimas de la tragedia del Madrid Arena salen en primera plana. Hace sólo dos semanas eran ellos los protagonistas de las misma páginas.

 

Puede que las cámaras se hayan olvidado de El Salobral, que las noticias más nuevas devoren a las otras. Pero el Salobral nunca olvidará a sus víctimas. Su callejero estaba marcado por las marcas rojas y los agujeros de bala de una tragedia que acabó con la vida de la joven Almudena M. M. y Agustín D. S. Halloween llega tarde al Salobral.