Halloween

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Quizá no haya una fiesta más idiota que jalogüín. A los
niños les encanta, pero a los niños les gusta cualquier cosa; la bollería
industrial cuasi radioactiva, las hamburguesas precongeladas servidas por
McChufla, los juguetes con los que no se puede jugar, la ropa de marca
inevitablemente fabricada en China, las chucherías ricas en gelatinas raras,
edulcorantes y colorantes sintéticos. A los niños les gusta cuidar a su perrito
o torturarlo, querer a sus papás u odiarlos si no se les compra el muñeco de
temporada. A los adultos, en general idiotizados cuando tratan con niños, les
encanta jalogüín porque sus vástagos y los amigos de sus vástagos se lo pasan
bomba. Los adultos se divierten por delegación o transferencia emocional. Los
adultos no son como niños, pero les gustaría ser como niños, de modo que se
disfrazan también para la ocasión. Hay concursos y bailes por todas partes.
Jalogüín anda camino de convertirse en la auténtica fiesta nacional.

            Lo idiota
de jalogüín es el mismo concepto: ¿por qué infantilizar el terror, la muerte,
el miedo al más allá, el temor a lo desconocido? ¿Por qué malbaratar magníficos
personajes de Lovecraft, de Stevenson de Stoker, de Poe o de Shelley con
ridículos disfraces de mojiganga? Se trata más bien de ridiculizar todo aquello
que se desconoce, o se conoce mal a través de refritos o de adaptaciones
cinematográficas. Privados de su contexto literario, estos trasuntos cutres de
aquellos venerables personajes transmiten una sensación de repugnancia
infinita, de auténtica malversación de caudales simbólicos y literarios.

            Jalogüín
consiste, en realidad, en una impostura banal, muy del gusto de esta época. No
cabe un auténtico jalogüín, es decir, los niños no pueden caminar por la calle
embadurnados de sangre humana, ni portar los miembros seccionados de algún
pariente molesto, ni morder la yugular de otros congéneres, ni aplastar de un
mazazo a cualquiera que se ponga por delante. No pueden devorar, ni desgarrar,
ni acuchillar, ni incinerar, ni arrastrar a nadie al inframundo. El auténtico
jalogüín sería una carnicería, un holocausto, una matanza atroz. Ninguna
criatura recreada zafiamente en jalogüín está libre de estigmas siniestros. Los
niños en jalogüín no saben realmente de qué se disfrazan, pobres. Sus padres, según
parece, tampoco.

            Quizá los monstruos celebran también su jalogüín
particular; se disfrazarán de humanos e imitarán sus gestos alelados, sus
rostros embrutecidos, sus gestos como de infinito aburrimiento, sus andares
robotizados. Seguro que se divierten mucho y seguro que prefieren, al día
siguiente, seguir siendo monstruos.