Hasta el cuello

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Si no les ha pasado aquello de tener una película -o varias- que siempre que la cazas en un zapping televisivo no puedes evitar verla hasta el final, puede que como espectadores ya vaya siendo hora de que la encuentren.

Suena Hotel California,

de los Gipsy Kings

 

Anoche me volvió a pasar, aunque no lo considero preocupante porque creo que es un hecho que resulta común. ¿Acaso no les ha ocurrido aquello de ir zapeando a través de los canales del televisor y encontrarse con una película ya empezada, aunque sin haber superado el ecuador, una película que ya han visto, y quedarse despiertos hasta el final? No importan ni el sueño ni el cansancio; tampoco importa ni siquiera quien la protagonice o quién la dirija; diablo, ni tan siquiera parece importar la película. Pero algo hay, algo pasa. Porque esto no ocurre con cualquier película, no ocurre con las que más apreciamos o admiramos, sino que sucede con determinadas películas a las cuales, además sería complicado, por no decir imposible, agrupar bajo unos mismos criterios. Y eso creo que nos pasa a todos y, sin embargo, no con las mismas películas.

 

Anoche volvió a ocurrirme, cuando ya era demasiado tarde para ver una película –llevo unas cuantas tentativas para recuperar alguna película del maestro Hou Hsiao Hsien- y una vez visto el desenlace entre el Unicaja Málaga y el Maccabi Tel-Aviv. La culpa, esta vez, fue de Collateral (ídem, 2004), película vista en su momento en el cine y que recuerdo que me gustara –aunque reconozco que cualquier thriller que respire aliento  melvilliano me gana-. No es Michael Mann mi director favorito, ni siquiera está entre los veinte que más me gustan, y mucho menos después de lo de Corrupción en Miami (Miami Vice, 2006). Y sin embargo, Collateral, que es una película que jamás he vuelto a ver completa, si la pillo por la tele, ahí estoy perdido. Me engancho y no la dejo.

 

Por mucho que me cueste entrar en sus imágenes al principio, demasiado elaboradas, preconcebidas, por muy desmañadas que pretendan aparentar bajo su textura digital, a pesar de surgirme los reparos que le veo al cine de Mann, en cinco minutos estoy en ese taxi, compartiendo asiento con Tom Cruise y Jamie Foxx, con el asesino a sueldo y con el hombre que persigue su sueño y se ve en el lugar erróneo en el momento equivocado. Me atrapa la tensión cuando se produce el diálogo entre Foxx y el mafioso Bardem y alucino con el tiroteo en la discoteca. Es como cuando Louis-Ferdinand Céline afirmaba: “Una vez dentro, hasta el cuello”. Pues eso, hasta el final. No me digan que no les pasa. No les creo.

 

Collateral (ídem; 2004, Michal Mann) from JCRS on Vimeo.

 

Puede que no sea con Collateral. Yo tengo una lista de películas que cuando aparecen por la pantalla cambió de canal inmediatamente. Porque si no es así, lo demás poco importa. Anoche mi pareja tuvo una contracción y ni me enteré. Desconozco los motivos razonables, porque vista con cierta frialdad y distancia -¿es realmente posible?, es más, ¿es necesario?- Collateral es una película que una década después no deja de ser una obra discreta, viene ejecutada y resuelta algo azarosamente. Qué más da.

 

Pienso en otros títulos con los que me ocurre algo parecido. Los hermanos Coen se llevan la palma. No hace mucho en el televisor aparecieron Brad Pitt, George Clooney y John Malkovich y en seguida supe que era Quemar después de leer (Burn after Reading, 2008). Me largué a tirar la basura… Ahora, no hubiese podido resistirme si la película hubiese sido El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998). Contrariamente a Collateral, sí la he visto dos o tres veces entera, pero no sabría decir cuantas he sido víctima de su aparición imprevista en la pequeña pantalla. No importa en qué momento de la trama la pille, cuál sea la escena en cuestión. En realidad, tratándose de esa declarada parodia de los relatos detectivescos a lo Raymond Chandler, cuyo argumento de tan enrevesado resulta irresoluble, no importa demasiado en qué momento pillemos la película. Además, como ocurre con estas películas de las que somos víctimas insalvables, hemos visto tantas veces otros tantos fragmentos que nuestra capacidad para reconstruir su trama es incluso superior a la de sus responsables.

 

The Big Lebowski (ídem; 1998, Joel Coen) from JCRS on Vimeo.

 

A veces preguntó a la gente cuáles son esos títulos que les impiden apagar el televisor e irse a dormir. La persona más masoquista me dijo Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, ), que para mí es una de esas películas que jamás volveré a ver en mi vida. Otros no podían abandonar cualquiera de los títulos protagonizados por el misterioso Bourne. Uno me confesó que después de haber visto cinco veces American Beauty (ídem, 1999) si la ponían en la tele se quedaba viéndola hasta el final. Mi madre me confesó haber visto más de una veintena de veces de forma fragmentada Pretty Woman (ídem, 1990), … ¿Quién puede resistirse?

Josep C. Romaguera (Mallorca, 1976) mientras se licenciaba en Filología Hispánica acudía al Centre de Cultura Sa Nostra para aprender de Dreyer, Kurosawa o Hitchcock. También abandonaba las lecturas del mester de clerecía por las de Bordwell o Bazin. No tuvo suficiente con leer a los críticos como José Luis Guarner o Miguel Marías y decidió que el también podía intentarlo. Publicó en Temps Moderns –editada por el Centre de Cultura Sa Nostra-, L'Espira –suplemento cultural del Diari de Balears-, Zona Ocio –para Última Hora- y ahora también lo hace en FronteraD. También se le ha podido escuchar en El crepuscle encén estels, de IB3 Ràdio, y ver en Taula de cinema, de IB3 Televisió. A veces recuerda todo lo que aprendió ayudando en la producción, la edición y la elaboración de guiones cuando participó en la realización de la serie Baleares. Un viaje en el tiempo, para TVE. Ahora se atreve con un blog.