Hay que comer (y leer) de todo

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Laura, en esta vida hay que comer de todo. Esta frase, después de la mítica ‘Si no te portas bien, no vienen los reyes magos’ es uno de los hits indiscutibles de mi infancia. Hay que comer de todo y no hay pero que valga. Ni mis lloros frente a un plato de sopa de pescado, ni mis pataletas por negarme a comer baritas de pescado, ni siquiera los ataques de ansiedad que me producía la sola visión de esas acelgas de color verde casi fluorescente que me acechaban desde el plato. Y de repente, esa voz que me llegaba ya casi de ultratumba: si no te lo comes, lo tendrás para cenary si no, para merendar. Y la simple imagen de las hojas de acelga petrificadas o de un líquido solidificado adornado de bolitas de pasta muchas horas después, bastaba para que me lo comiera. Sobreviví, cierto. Y puedo decir con orgullo que durante mi infancia comí de todo.

 

 

Laura, en esta vida hay que comer de todo.


Esta frase, después de la mítica ‘Si no te portas bien, no vienen los reyes magos’ es uno de los hits indiscutibles de mi infancia. Hay que comer de todo y no hay pero que valga. Ni mis lloros frente a un plato de sopa de pescado, ni mis pataletas por negarme a comer baritas de pescado, ni siquiera los ataques de ansiedad que me producía la sola visión de esas acelgas de color verde casi fluorescente que me acechaban desde el plato. Y de repente, esa voz que me llegaba ya casi de ultratumba: si no te lo comes, lo tendrás para cenar, y si no, para merendar. Y la simple imagen de las hojas de acelga petrificadas o de un líquido solidificado adornado de bolitas de pasta muchas horas después, bastaba para que me lo comiera. Sobreviví, cierto. Y puedo decir con orgullo que durante mi infancia comí de todo.

 

Con los años comprendí que los mayores tenían razón: había que comer de todo. Diré en mi defensa que sigo considerando que algunos esfuerzos eran innecesarios. El caso de las acelgas era uno de ellos. Con la lectura me pasó lo mismo. Hay que leer de todo, Laura. Pero si echamos la vista atrás, estoy segura de que en nuestro historial de lecturas, todos contamos con episodios de libros-acelga, libros-barita de pescado, etc. Es decir, todos esos libros que se nos hicieron bola en la infancia y tuvimos que volver a leer –más de diez años después- para entenderlos. De hecho, de niña no me gustaba nada leer. Me recuerdo haciendo unos esfuerzos titánicos para tratar de terminar ediciones infantiles de Don Quijote de la Mancha, versiones de Orgullo y prejuicio de treinta páginas (¡y en inglés!) o la edición ilustrada del Lazarillo de Tormes. Tal cual. Como decía Woody Allen, “Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme ‘ Guerra y paz’ en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”. Pues eso. A mí me pasa lo mismo con todos esos libros.

 

Cada libro tiene su momento. Y cada clásico también. Eso debería constar en los planes de las escuelas aunque juraría que no es así. Porque tuve que leer Ana Karenina a los doce años y doy fe de que no entendí absolutamente nada. ¿Lo que recuerdo? A Vronski y que la novela pasaba en Rusia. Vamos, que podría haber hecho el mismo curso de lectura exprés que Woody Allen. Terminé Ana Karenina como pude. Llegué hasta el final. Porque si de niña me enseñaron que no había que dejar nada en el plato, también me hicieron entender que la lógica del ‘sacrificio lector’ funcionaba igual: prohibido dejar los libros hasta que los terminas.  Aunque el libro fuera un tostón o uno de esos ladrillazos infumables, había que terminarlo. Era una especie de imperativo moral que desgraciadamente me acompaña hasta el día de hoy.

 

Leí hace poco en el blog Manual de un buen vividor que su autor se definía como un buen abandonador de libros. Decía: “una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que si estoy con un libro que, por cualquier motivo, me está resultando espantoso, lo cierro y me pongo con otra historia.” Bravo. Le preguntaré cómo lo hace o si es algo innato: es decir, si se nace sabiendo dejar los libros a medias. Sospecho que yo nunca sabré hacerlo. Tengo esa manía; la de acabar todos los libros que empiezo, aunque sea con prisas, en diagonal. Solo por si acaso, por si al final pasa algo ¿y si hay beso y me lo pierdo? Pero en realidad, nunca suele haber beso y lo que mal empieza, peor acaba. Eso es así.

 

Pues no. No soy buena abandonadora de libros. Sin embargo, para combatir el tedio causado por tantos libros que no me gustan, estos últimos años me he convertido en una buena simultaneadora de libros. Como quien cambia de ligue porque el nuevo le aburre. Como quien llama al ex novio después de una cita fallida, pues eso mismo hago yo con los libros. Cuando uno me aburre empiezo otro, y luego otro, así que mi mesa acaba inundada por una cadena de libros pesadísimos y todos relegados para “otro momento mejor”. Total: que me guardo las acelgas de la comida para la merienda, la cena y el desayuno, como una eterna amenaza. Ya lo dicen: en la vida no hacemos más que repetir patrones.

1 COMENTARIO

  1. Me siento muy identificado
    Me siento muy identificado con lo de «simultaneador». Daniel

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