Hechizo vudú. El vértigo del viaje

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En la novela Viaje al final de la noche, el escritor francés Louis Ferdinand Céline dijo: “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza”. Y en efecto, la primera vez que leí La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón sufrí un espantoso viaje. Uno que detonó por dentro. Una granada de literatura reventó en las tripas del cerebro y su onda explosiva destrozó huesos y carne para volverlos a integrar por las calles de Barcelona. Fui víctima del efecto alucinante de sustracción y adición de la literatura: desfalcar la dimensión real para complementar la ficción. Un desastre.

Devoré las primeras veinte páginas pensando que yo me las comía cuando en realidad ellas eran las que me estaban masticando. La historia sucedió un día de enero del 2015 cuando disfrutaba de las vacaciones y aguantaba una memorable resaca, producto de las fiestas de fin de año. El plan consistía en terminar el receso de trabajo en fincas de familiares y amigos en los bosques de Santa Elena. Fogatas y asados, vino y queso manchego, en la represa del Peñol. El libro de Carlos Ruiz Zafón cayó a mis manos la tarde previa a los paseos cuando una amiga me lo recomendó:

―Es entretenimiento ―dijo―, pero del bueno.

Hasta entonces yo estaba hasta el cuello de zagas juveniles, de vampiros vegetarianos y ángeles caídos; de periodistas divorciados y convertidos en detectives o sicoanalistas. Hasta el cuello, sin haber leído casi nada. Porque ante todo, el prejuicio. A ver, pues, cómo vas a defender el prejuicio. Fácil, compañero, citando al gran Truman Capote que decía que con el prejuicio lograba construir un eje de referencia para comparar. Y claro, a medida que hacía verificaciones, iba ajustando dicho eje. Creo que Capote nunca dijo eso, te lo estás inventando. Lo dijo, créame, algo parecido decía el hombre respecto a la superstición, y vos sabés que Capote era un idólatra agorero que decía que si no era de esa manera era muy difícil mantener la cordura. No te creo. Como sea, esa semana le dije a mi amiga que me iba de paseo para no tener que leer La sombra del viento, esa recomendación que me estaba haciendo.

―¿El ogro de pantano, amarguetas, en un paseo? ―me dijo.

Y se contestó ella misma:

―No creo. ¿Qué hará un hipocondriaco en fincas? Amargar los días al resto con sus alegatos y exageraciones.

Sin embargo, movido más por la curiosidad, comencé a leerlo en mi casa, detenido en la biblioteca, con una excesiva desconfianza alimentada por el cansancio que me producía el nombre de la zaga: El cementerio de los libros olvidados. Dios mío, qué cursilada.

Cansado ya en la primera línea de la novela, estuve a punto de abandonar la lectura. Al terminar las siguientes dos líneas pensé que eran suficientes. Los prejuiciosos, por lo general, somos también unos precipitados. Es decir, unas bellezas. Insoportables. Respiré profundo, “ogro de pantano”. Como pude, acumulé trece punto cincuenta y tres toneladas de paciencia y cuando volví a ser consciente estaba tirado sin zapatos en el sofá, cerca del ventanal, con los ojos atornillados en el libro.

Mi percepción del mundo cambió. Fue como beber del jugo elaborado por los nativos del putumayo, el espeso bebedizo de la transformación de la palabra en energía, el mismo brebaje con el que se emborrachó algún primate en tiempos memoriales y en el delirio se inventó el lenguaje y la metáfora. Fui suprimido del mapa antioqueño, dejé a Medellín, crucé el Atlántico y broté caminando por Las Ramblas de la Barcelona de 1945, esa calle pintada de blanco y negro, como una fotografía vieja, gris y nebulosa.

Así pasaron dos horas. Comenzaba la noche. La luz que entraba por el ventanal se redujo y de golpe sentí el culo en el sofá, la cabeza adolorida y un brazo entumecido. Los ojos me ardían. Carajo, casi no vuelvo de semejante viaje. Una bruja malvada y gorda se había sentado sobre mi pecho. La bruja de la ficción, la hechicera. Me levanté para prender el bombillo de la sala.

Fue la oportunidad para darme un breve respiro, mover el cuello, intentar calmarme y pensar en lo que acababa de suceder. ¿Qué me fumé? Pensaba que lo mío era la literatura de la línea dura, la vanguardia, la exploración formal, la metaliteratura. Qué risa. Yo pensaba que el dios literario era Borges, que Fernando Vallejo era un semidios y que Bolaño estaba a punto de tomar la antorcha. Es decir, literatura muy diferente a esto que me había fumado. ¿Cuál hechizo vudú se alojaba en esta historia?

Había sido víctima de la capacidad del escritor para crear atmósferas y escenarios. Zafón resultó ser un maestro en lo que los racionalistas y hermenéuticos han dado en llamar “técnicas de hechizamiento” y otros doctores literarios llaman “encoñamiento”. Y las doctoras: “envergamiento”. Es decir: misterio, intriga y suspenso. Encoñamiento y envergamiento. Términos que extraigo de tesis doctorales de bibliotecas muy serias de la ciudad. Zafón me hizo sentir en carne viva las penas y las alegrías de sus personajes, me hizo creer que todo el cuento era verdadero cuando, en realidad, todo era solo ficción. Me sentí estafado por un tramposo y simulador. Intentando aclarar por qué había sido presa del embrujo—pues ya había intuido el cómo— noté que la portada del libro había comenzado a girar sobre el sofá. Rotaba como un carrusel diminuto y potente. El maldito libro estaba rayando el cuero blanco del mueble. Verlo allí recorriendo la historia me llenaba de terror y angustia. En mitad del sofá se abrió un hueco, uno negro como la garganta de un perro por el que se hundía la sala. Carajo, no puede ser. Tuve que saltar sobre el bendito libro para detenerlo. Resbalé por el orificio del asiento y caí de cabeza por un tobogán sin retorno.

Cancelé mi paseo. Fue imposible salir del apartamento y dejar de leer. Llamé, excusé la ausencia y al día siguiente compré lo que hasta entonces se había publicado de la zaga. Una solución habría sido llevar al paseo los libros. Patrañas. Mentiras. Pajazos mentales. Me encerré. Leí sentado en el sofá, reclinado, apoyado en las rodillas y acostado. En otra poltrona, parado, yendo y viniendo por la sala, evitando el entumecimiento, el dolor en la columna y el aplastamiento de nalga. Me levantaba únicamente para comer, y de manera liviana para mantener la concentración. Tampoco quería detenerme en los mecanismos de la ficción. No quería razonar. Solo quería sentir y dejarme llevar.

Despaché los primeros tres libros de la zaga de El Cementerio de los libros olvidados, ―anotando que cada que pronuncio semejante nombre me salen tres gotas de miel por el sobaco―, (el cuarto se publicó en 2016), como digo, los terminé y caí en la tusa literaria, el sentimiento de vacío y abandono que deja el final de una buena historia. Estaba solo, destruido, agobiado. Necesitaba más. Lo único que restaba era una relectura. Y a continuación encontrar otro buen libro y en el camino descubrir nuevas y tristes decepciones. Lo mismo sucede en el amor, ¿no? Entre un amor y otro solo hay decepciones, es decir mucha mucha mierda. Revaloré mi biblioteca. ¿Qué había estado leyendo toda mi vida? ¿Por qué encontraba tan diferentes las historias de Zafón?

Era evidente que había encontrado una lectura por fuera de mis listas y autores. Recorrí las estanterías buscando historias parecidas a las que había acabado de leer y a primer golpe de vista no encontré nada. Volví a la búsqueda. Luego me detuve en Los hombres que no amaban las mujeres de Stieg Larsson, los libros de Federico Andahazi, Agatha Christie y poco más. Y de nuevo la pregunta como si fuera un regaño: ¿Qué putas había estado leyendo durante estos años? Y me contesté. Pero esa respuesta es otro cuento. (Acá es donde va un pie de página para conectar al lector con otro artículo, pero vamos a dejarlo así. Por ahora).

La historia del 2015 se detiene acá y continúa en 2019 cuando por cuestiones de trabajo viajé a Barcelona. Se trataba de una comisión cultural de quince días. Haría parte de una comitiva de gestores que recorrerían el sistema de bibliotecas de la ciudad. Fue la oportunidad para volver a leer a Zafón. Y entonces apagar la emoción y encender el razonamiento para desarmar los mecanismos de su ficción; dejar de leer hechizado por el relato y esta vez hacerlo acompañado de un destornillador y un martillo para intentar desarmar el dispositivo narrativo. Y encontrar algo de su técnica.

El objetivo inicial consistía en narrar el recorrido por los sitios de la obra de Carlos Ruiz Zafón. Luego, buscar en la novela los pasajes donde se describían estos lugares. De esa manera, lograr una categoría compuesta por lugar real y narrativa. Además, sumar un tercer componente: una técnica de escritura creativa asociada a la categoría anterior. La idea final consistía en consolidar una triada entre: lugar, narrativa y técnica. Imagen, acción y forma. Sin embargo, ya perdido por las calles de Barcelona, lo que inicialmente podría ser una crónica se transformó en otro género. El hechizo de la búsqueda hizo que pasara a otro espacio, convirtiéndome en otro, un doble, abandonando los terrenos de la realidad y el periodismo, el testimonio y los datos verificables, para entrar en las plazas de la ficción.

ESTA HISTORIA SIGUE EN https://www.fronterad.com/aeropuerto-barcelona-el-prat-sera-serpiente-o-sera-paloma/

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