Herculano

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Carlos de Borbón fundó en Nápoles a mediados del siglo XVIII la Stamperia Reale para dar a conocer al mundo culto los hallazgos de Pompeya y Herculano. Los ocho tomos de Antichità di Ercolano esposte constituyen una de las grandes obras de la historia de la imprenta, con 1.500 ilustraciones que conforman un repertorio figurativo único.

 

Si la exposición de la temporada pasada en Madrid fue la de Georges Méliès, la de esta es, sin duda, La Villa de los Papiros (Casa del Lector, hasta el 23 de abril de 2014), “una de las más importantes sobre el arte de la lectura jamás montada”, según ha escrito una autoridad en la materia de la talla de Alberto Manguel. La exposición gira en torno a la biblioteca que poseía en su villa de Herculano el suegro de Julio César, Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, sepultada por la erupción del Vesubio el 26 de agosto del año 79 (dC) y descubierta el 19 de octubre de 1752 por unos obreros que pensaron que eran leños carbonizados. Se trata de la única biblioteca de la Antigüedad que ha llegado hasta nosotros y los organizadores proponen un recorrido por la lectura y la escritura de la antigua Roma y por las excavaciones que impulsó Carlos de Borbón en Nápoles a mediados del siglo XVIII.

 

De las varias lecturas que ofrece –y exige– una exposición de estas características, quisiera detenerme en un aspecto que puede servir de enseñanza, acicate o consuelo a los sufridos servicios de publicaciones institucionales que van sucumbiendo al volcán de la crisis: la Stamperia Reale. Ya en 1746, pocos años después de los primeros descubrimientos, quedó documentada la voluntad del monarca –que reinaría unos años más tarde en España como Carlos III– de publicar “dos grandes libros” para dar a conocer al mundo las maravillas de Pompeya y Herculano. “Su majestad concibió enseguida”, escribió Giuseppe Baretii en su temida y nada complaciente Frusta letteraria, “el magnífico proyecto de trasmitir también a los que vivían lejos una clara idea de los innumerables tesoros antiguos hallados bajo sus faustos auspicios, haciéndolos diseñar y grabar por los más cualificados maestros y, luego, difundiéndolos por todo el mundo por medio de la imprenta”.

 

La primera imprenta real se había instaurado en París en 1640, a la que siguieron unos años más tarde las de Florencia, Parma, Turín y Roma (no llegará a España, impulsada por Carlos III, hasta finales del XVIII). Las artes de la imprenta apenas se habían desarrollado en Nápoles cuando llegó Carlos de Borbón, que traía la rica colección materna de los Farnesio y un gusto artístico exquisito, secundado por su joven y refinada esposa, María Amalia de Sajonia, hija del rey de Polonia. No había diseñadores ni grabadores ni impresores para emprender la obra requerida por los monarcas, que hubo que buscar fuera. La aportación de un personaje novelesco, Raimondo di Sangro, príncipe de Sansevero, alquimista y bibliómano, tal vez fue decisiva. Había desarrollado en su mansión napolitana diversas técnica de artes gráficas, entre ella una que permitía imprimir varios colores con una sola presión de tórculo. Acusado de masonería, donó su imprenta al rey, con quien le unía una buena amistad.

 

En 1748 se constituyó la primitiva Stamperia Palatina, que daría paso dos años después a la Reale. Se adquirieron cuatro tórculos y dos prensas para la impresión, una fundición de caracteres –aunque algunos se encargaron a Venecia y a Holanda–, papel de Inglaterra, planchas de Roma… No se escatimaron medios en la contratación de los impresores y los grabadores ni tampoco en su bienestar, según reflejan los inventarios de la época. Enclavada en el Palacio Real napolitano, contaba entre sus enseres con relojes y cuadros para adornar las paredes, 25 bargueños y otros tantos armarios, una pila grande, 14 escabeles, una caldera, tres hornos y, para combatir el frío (que sigue siendo una grave amenaza en los servicios de publicaciones), tres fogones y un brasero. El presupuesto aumentó enseguida (de 40 ducados en 1749 a 61 en 1752) y se formó una plantilla estable de una docena de trabajadores (impresores, grabadores e incisores) al tiempo que se creaba una escuela de dibujantes y grabadores para la Stamperia.

 

Fue nombrado director monseñor Ottavio Antonio Bayardi, pariente y enchufado de un ministro, que se aplicó a la tarea mientras el mundo culto esperaba con impaciencia. Pero el resultado fue un fiasco. En 1752 se publicó el primero de los cinco tomos del Prodromo delle antichità d’Ercolano. Lejos de revelar hallazgo alguno, era un desmesurado tratado de erudición de cerca de 3.000 páginas escrito por Bayardi en el que narraba el mito de Hércules y sus empresas. La obra provocó la decepción general, la sátira de algunos y el negocio de otros, que aprovecharon la expectación para dar a conocer –incluso pirateando algunos grabados– por primera vez las antigüedades preservadas por el Vesubio. Es un mal endémico de los servicios de publicaciones, que confían en autores que pierden el norte y el sentido de la medida. Hay que atarles de cerca y estoy seguro de que cualquier organismo heredero de la Stamperia aplaudiría la vigencia del castigo que estableció el rey para los que atentaran contra el patrimonio artístico: tres años de galeras.

 

En 1755 Bernardo Tanucci, Secretario de Estado, tomó las riendas del proyecto y fundó, con los auspicios reales, la Accademia Ercolanese, que habría de dar a la luz uno de los grandes libros de la historia: Antichità di Ercolano esposte. Se eligieron para formarla a “quince sujetos idóneos de los que no faltaban en el reino”: latinistas, juristas, epigrafistas, arqueólogos, numismáticos, historiadores, literatos… que se reunían cada quince días bajo la supervisión constante de Tanucci. Se leía la descripción de las piezas y los miembros podían añadir observaciones y sugerencias, que sintetizaba el secretario respetando cada parecer. Los grabadores, mientras tanto, avanzaban en su labor y realizaron lo que constituiría un repertorio figurativo único: 619 láminas impresas a toda página y 836 viñetas, además de las capitulares diseñadas por el arquitecto Luigi Vanvitelli, autor del monumental Palacio Real de Caserta.

 

La imagen de medio cuerpo rodeado de todos sus atributos de Carlos de Borbón –grabada por Filippo Morghen a partir de un retrato de Camillo Paderni– figura a toda plana al comienzo de la Antichità di Ercolano esposte. El primer tomo, el único que se imprimió antes de su regreso a España, fue publicado en 1757, aunque el rey siguió muy de cerca los trabajos posteriores de la Stamperia como muestra su carteo semanal con Tanucci. Se publicaron un total de ocho volúmenes suntuosos: cinco dedicados a las pinturas, dos a los bronces (bustos y estatuas) y uno a las lucernas y candelabros. El rey los distribuía a personas o instituciones de su agrado, pero pronto empezaron a circular copias y se tradujo a varios idiomas que dejaron sentir su influencia en lo que entonces se denominaba República de las Letras. El 7 de octubre de 1759 Carlos de Borbón abandonó su querida Nápoles para hacerse cargo del trono de España. Cuentan las crónicas que antes de subir al barco, se volvió y entregó a su fiel Tanucci el anillo que llevaba en el dedo con un precioso camafeo hallado en las excavaciones. Debía quedarse en el museo.

 

El pasado lunes, para ahogar ciertos desdenes, me regalé la tarde con un tomo de la Antichità di Ercolano esposte, concretamente el tercero, dedicado a la pintura y publicado en 1762. Todos los males que nos aquejan en estos tiempos de incuria y de triunfo del pdf se evaporan al pasar las páginas de papel apergaminado, aunque sin rigidez. La limpieza y generosidad de los márgenes, la disposición de las notas, que a veces ocupan toda la página excepto un par de líneas de texto principal, compuesto en un cuerpo mucho mayor; el vuelo de las cursivas, el encaje perfecto de las muy variadas tipografías; la paginación grande, arriba, a la derecha, y una palabra o sílaba que encabalga la última línea del texto principal con la página siguiente.

 

Hay una viñeta con una imagen sorprendente: un reloj con forma de jamón de cerdo que cuelga de una anilla y da cuenta por el movimiento del sol de los meses del año. Aquí están los famosos sátiros funámbulos, extraídos de la casa de Cicerón, que tanto se reprodujeron en los salones pompeyanos que puso de moda la difusión de la Antichità…, de Inglaterra a la corte de Catalina la Grande. La lámina VI muestra a Ulises y Penélope y la XL la entrada del caballo en Troya. La vida cotidiana en el foro de Pompeya, desde los puestos de venta de vestimentas y utensilios a la conversación callejera o la lectura de avisos, asoma también en el volumen… En la dedicatoria, escriben los académicos (Gli Accademici Ercolanese) a su rey: “Ah! il tempo alleggerisce il dolori, e dei tormenti stessi la natura umana saziandosi, ottusa li sente meno” (“¡Ah!, el tiempo aligera los dolores, y la naturaleza humana saciándose de los tormentos mismos, insensible los siente menos”).

 

 Retrato de Carlos de Borbón en Antichità di Ercolano esposte.

 

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.