Heridas de una vieja guerra. Un jardín sin agua en el recodo de un paseo de San Lorenzo de El Escorial

0
213

Han pasado muchos años y el pueblo ya no recuerda. Los vencidos se cuidan mucho de hablar; los otros también. Un manto de silencio y de temor ha tapado todo el horror del antes y el después de la Guerra Civil Española

 

En El Escorial de la Sierra, el nombre por que el que fue conocido San Lorenzo de El Escorial durante tres años, la tranquilidad es absoluta en pleno verano y en plena Guerra Civil. En la plaza donde se ubica el Ayuntamiento, los milicianos se mezclan con la población a la sombra de los castaños, unos leyendo y otros charlando, como muestra la fotografía de la época. Atrás ha quedado el miedo de los momentos iniciales, cuando la sublevación de Franco sorprendía a la colonia veraniega en su segunda residencia y la localidad tomaba partido por el Gobierno legalmente constituido, con el apoyo decisivo del cuartel de carabineros, en el que tan sólo algunos mandos se decantan abiertamente por el levantamiento militar.

 

Las familias adineradas van abandonando poco a poco los hotelitos y las casas señoriales de los barrios residenciales que habitan, porque este pueblo, convertido en la retaguardia del frente de Guadarrama desde el verano de 1936, supone para ellos una auténtica ratonera. Cuando llega el invierno y el frente está perfectamente definido a lo largo de toda la sierra, el gobierno municipal republicano ha protegido el patrimonio histórico y acoge a los refugiados de los distintos pueblos que acuden a protegerse de las batallas que se libran en su zona. Llegan ancianos, mujeres y niños, cubiertos tan sólo con una manta y sin más recursos. Algunos hotelitos son ocupados para darles cobijo. La localidad, cabeza de partido, cuenta con un hospital que atiende a los heridos, entre ellos la fotógrafa alemana Gerda Taro, que falleció aquí el 26 de julio de 1937 tras ser aplastada por un tanque durante la batalla de Brunete.

 

La guerra transcurre con el ritmo que refleja el documento gráfico de la época, pues el frente queda lejos. Los incidentes más graves guardan relación con la detención de algunos mandos, la salida del clero que habitaba el Monasterio y la llegada de la conocida como columna fantasma, constituida en su mayoría por presos comunes liberados del penal de Ocaña y dispuesta a ajusticiar a todos los derechistas detenidos en la cárcel local. El desastre pudo evitarse gracias a la determinación de las autoridades republicanas y de las milicias para garantizar la seguridad de los detenidos. Sin embargo, algunos conocidos derechistas no tuvieron tanta suerte y fueron ejecutados a lo largo de la contienda. El número de fallecidos difiere bastante si la fuente es la del bando vencedor o la de los testigos aún vivos de los hechos.

 

Gabriel Sabau Bergamín, cronista oficial de la villa e impulsor, junto con el cura párroco a principios de los años cincuenta, de la Romería de la Virgen de Gracia para recreo de la colonia veraniega, en su libro Historia de San Lorenzo de El Escorial  comenta que los ejecutados en el pueblo durante los tres años de guerra alcanzaron el centenar. También indica que los fusilados tras la contienda “no debieron pasar de treinta o cuarenta”. El otro bando no ha podido ofrecer su versión hasta que comienza a investigarse la existencia de más de un centenar de personas enterradas en fosas comunes en el cementerio parroquial.

 

Tras la victoria de Franco en abril de 1939, se habilita como cárcel el convento de las Carmelitas Descalzas, situado en la parte alta del pueblo, muy cerca del cementerio. Se llena completamente. Los sótanos del mercado municipal albergan también a los vencidos y en el edificio de las Cocheras del Rey, en el Casino y en un hotel conocido como Villa Conchita, se disponen espacios para los interrogatorios en los que, además de un responsable del Servicio de Información Militar, participa habitualmente el jefe local de Falange. La venganza está servida. Inmediatamente se producen fusilamientos en las cercanías del cementerio y allí son sepultadas las víctimas en al menos veintitrés fosas abiertas en los pasillos, según reflejan los documentos consultados en el Ayuntamiento. El único registro que conservan los archivos municipales contabiliza cerca de un centenar de muertos, pero se inició mes y medio después del comienzo de los fusilamientos. Algunas fuentes hablan de centenares de personas más enterradas de esta forma, provenientes no sólo de San Lorenzo y de El Escorial, sino de otros muchos municipios cercanos.

 

El clima de pánico es de tal magnitud que décadas después es todavía muy difícil encontrar testimonios distintos a los oficiales que den cuenta de cómo transcurrieron los hechos. La memoria es sólo y exclusivamente para los muertos del bando vencedor, cuyos nombres son glorificados en placas y monumentos diversos. La verdad permaneció oculta muchos años bajo un manto de terror. A mediados de la primera década de este siglo, más de sesenta años después, algunos jóvenes descendientes de los fusilados comienzan a investigar. Se confecciona un listado de los muertos identificados, con nombre, edad, profesión y lugar de procedencia, y se preparan homenajes a su memoria que no han cesado año tras año.

 

Desiderio de Frutos era un chaval idealista cuando sucedieron los hechos. Miembro del partido socialista desde los años treinta y nacido en San Lorenzo de El Escorial, no tiene miedo a hablar. Recuperamos ahora su testimonio, gracias a una grabación realizada en 2005, que permanece inmarcesible a pesar del paso del tiempo. A sus 84 años, es un hombre alto y fuerte, curtido en las penurias de la posguerra cuando tuvo que trabajar duro para sacar adelante a una familia que se inició con un hijo “nacido de estraperlo”, cuando aún no se había casado. Ya viudo, cuando no tiene muchas oportunidades de comunicar sus vivencias de antaño, un par de jóvenes le escuchan absortos buscando la información que pueda contribuir al homenaje que preparan para los muertos sin tumba y sin nombre, enterrados en veintitrés fosas en el cementerio parroquial. Recordamos su mirada profunda y limpia y cómo va desgranando su relato sin concesiones a la melancolía o al rencor, con un tono incluso socarrón, como si los hechos hubieran sucedido ayer mismo. No le duelen prendas para reconocer los errores cometidos en su bando:

 

“Aquí, durante la guerra, es verdad que mataron a algunos. Había una pandilla de gente que lo hizo muy mal. A la mayoría de los que mataron se los llevaron a la carretera de Guadarrama, pasado Fuente Nueva, donde hay un camino y detrás un matorral. Allí mataron a cuatro o cinco. Mataron al Peláez, al Germán, a uno de los Barcas, a Rogolludo. Mataron a esos cuatro, se los llevaron y allí fue donde los fusilaron. Y también mataron a uno que no era de aquí, era de veraneo. Nosotros también lo hicimos muy mal –reconoce con gesto sombrío–, pero no fueron tantos los muertos como se ha dicho. No es verdad”.

 

El testimonio de Desiderio da cuenta de cómo el pueblo lo pasó mal durante la guerra porque no había comida, pero también de que fue mucho peor la derrota, cuando tuvieron lugar los interrogatorios de los cientos de detenidos:

 

“Les torturaban y les sacaban la verdad y les sacaban la mentira. Y a veces era mejor que te hubiesen matao. Teníamos el caso de don José Hernán, que era de Izquierda Republicana, que bajó a los interrogatorios y, cuando subió allí arriba [a la cárcel situada en las Carmelitas], cómo iría el hombre de desesperado que se cortó las venas con la tapa de una lata de sardinas. Murió desangrado”.

 

Pero el convento de las Carmelitas, que permaneció vacío durante la guerra, sirvió pronto de escenario para más muertes:

 

“Empezaron a matar en lo que era la huerta. Eso lo he presenciado yo. Vinieron un día y montaron el tinglao para ahorcar a seis. Recuerdo  al que llamábamos El niño de la Virgen, a uno que llamaban General, a Serapio, a Tomas Caracoles. Había mucha gente y estaba el Peláez, que era el jefe de prisiones y jefe de Falange. Aquel día, cuando estaban a punto de ahorcarle, el Caracoles, que era un chico muy impulsivo, un chico de aquellos que llamaban revolucionario y del que se decía que fue quién mató al hermano del Peláez, empezó a echar sangre por la boca. Estaba enfermo de tuberculosis, estaba mal y le reventaron. El Peláez, dijo: ‘Apretadle que tiene que decir quién mató a mi hermano’, y el Caracoles le soltó delante de todos: ‘A tu hermano le mataste tú, porque iban a por ti; ¡a tu hermano le mataste tú!’”.

 

La contundencia de la denuncia que rememora Desiderio sirve para a atar cabos entre este suceso y la existencia de un pequeño jardín que crece en medio del pinar en la ladera del monte Abantos.

 

Andrés Peláez se ha ganado la vida en una empresa familiar de carpintería. Carpintero fue su padre y también sus cinco hermanos y como tales se les conoce en toda la comarca. También fueron conocidos siempre por su filiación derechista. Tomás, el mayor, era el más sensato de todos y no quería significarse durante la guerra, aconsejando al resto de sus hermanos que no se meterían en líos, pero Andrés no le hizo caso y no perdía ocasión de alardear de su ideario falangista. Sin embargo, fue Tomás el que murió de un tiro en la nuca cerca de la carretera, a la entrada del pueblo, en el lugar que describe Desiderio en su testimonio.

 

Han pasado muchos años y el pueblo ya no recuerda. Los vencidos se cuidan mucho de hablar; los otros también. Un manto de silencio y de temor ha tapado todo el horror del antes y el después de la Guerra Civil Española. El país ha prosperado y los jóvenes de entonces, ahora jubilados, tienen tiempo de sobra para pasear por los caminos del monte. Hay uno que surca el pinar llaneando de curva en curva que todo el mundo conoce por el camino de La Horizontal. Es fresco en verano y siempre amable para un caminar tranquilo con el que Andrés disfruta mucho. Pero, a pesar de sus nietos, que son su alegría, de su prosperidad tras tantos años de trabajo, del respeto de su mujer que le cuida tanto, Andrés no olvida lo que pasó aquel día, cuando preguntaba a gritos a aquel guiñapo: “¿Quién mató a mi hermano?”. Cuanto más andaba el camino, más vivo era el recuerdo, y más insoportable.

 

En el pinar, la curva del camino deja ver parte del valle y ofrece, como un altar, unas piedras sobre las que Andrés colocó hace tiempo una cruz tallada en piedra y a sus pies una imagen de la Virgen. Hizo una bancada y colocó una pequeña cerca para proteger un diminuto jardín. Lirios, pensamientos y algunas rosas crecieron allí desde entonces año tras año. Los paseantes no dejaban de asombrarse ante el esfuerzo de mantener vivo ese pequeño vergel sin agua. Andrés acarreaba toda la necesaria haciendo varios kilómetros todos los días. Y en ese ir y venir, sentía disminuir tal vez el peso que llevaba encima de por vida. Poco a poco, dejó de oír también el ronco grito de aquel hombre: “A tu hermano lo mataste tú, lo mataste tú”.

 

Desiderio, cuando contaba la historia, sin saberlo explicaba también la razón de que en medio del pinar, en una curva del camino, creciera un pequeño jardín sin agua. Ha pasado el tiempo. Ahora las flores son de plástico. Andrés murió hace años y ya nadie riega el diminuto jardín. Salvo Desiderio y una vieja cinta magnetofónica, nadie conoce esta historia, que da cuenta de cómo se cierra un círculo. Un círculo de temor, de silencio, de remordimiento, de fratricidio, al igual que la guerra misma.

 

 

 

 

Nota: Los nombres de los protagonistas de esta historia han sido cambiados en consideración a las familias.

 

 

 

 

Cecilia Rotaeche es escritora.

Print Friendly, PDF & Email

Autor: Cecilia Rotaeche