Hija de la Guerra Civil. Noviembre de 1936. Memorias de una joven entre dos bandos

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La Batalla de Madrid

Los hechos conocidos como Batalla de Madrid se desarrollaron desde principios de noviembre de 1936 hasta final de marzo de 1937, una vez concluida la Batalla del Jarama. Yo comentaré en este capítulo la parte que viví en primera persona, la fracasada toma de Madrid, que Franco paró el 23 de noviembre, y algunos hechos aislados de la Batalla del Jarama, febrero 1937.

El general Varela continuó a principios de noviembre avanzando con sus tropas desde Extremadura hacia Madrid. Llevaba con él miles de hombres, entre regulares, requetés y legionarios. Supimos que el 1 de noviembre ya había entrado en Móstoles, y que lo había hecho con facilidad, que apenas había encontrado resistencia. Tres días después ya estaban llegando hasta Leganés y Getafe.

Tenían la sensación que la entrada en Madrid iba a ser como había sido en otras ciudades, un “paseo militar”. No esperaban de ningún modo la resistencia que, fundamentalmente el pueblo, les iba a oponer.

Nuestro bar, ubicado justo en la bifurcación de las dos carreteras más importantes de la zona, y también la bomba de gasolina, se convirtieron, durante los primeros meses de la guerra, en un centro de reunión de milicianos y militares leales a la República.

Tiempo después, como ya os contaré más adelante, se convertiría en punto de encuentro de las distintas tropas nacionales, sobre todo de requetés.

Estábamos, cuando todo esto sucedía, a principios de noviembre. Hacía un tiempo horrible, mucho frío y mucha lluvia, un tiempo de perros. Al saber que se acercaban las tropas nacionales y, ante el riesgo que corría en el calabozo –ya que se rumoreaba que, en la retirada, los milicianos no dejaban a los presos vivos en las cárceles–, mi hermano Claro logró escapar del Cuartel de Artillería, donde estaba detenido. Lo hizo con ayuda de alguien, nunca llegó a contarnos con quién. Mi hermano escapó campo a través, hasta alcanzar la casa de un amigo de mi padre y también suyo, José, se llamaba, que tenía una tienda de comestibles y vivía cerca de nuestra casa. José le dijo que, si llegaba el ejército, lo más seguro sería que los milicianos mataran antes a todos los que estaban encarcelados, así que le ofreció ayuda: “vente aquí a la tienda y te escondemos”, le dijo. Pero al mismo día siguiente, en el cuartel, descubrieron su huida y comenzaron a buscarle. Varios milicianos se presentaron en casa de José, alguno de esos milicianos fue años después familiar nuestro. Mientras que él los entretenía en la puerta de la tienda como Dios le daba a entender, Mariano, el cuñado de José le dijo a mi hermano: “vete que te van a fusilar aquí delante de nosotros. Corre”. Y Claro saltó la tapia trasera y echó a correr.

Desde ese día le dimos por muerto, porque no volvimos a saber nada de él hasta mediados de 1938, como os contaré más adelante, y cuando lo hicimos fue indirectamente, mediante una nota que mi prima Eugenia nos mandó a través de la Cruz Roja. En la nota ponía: “Claro está vivo”, pero no decía ni dónde ni cómo estaba. Ni tan siquiera podíamos comprobar la veracidad del escrito.

Sólo a finales de abril de 1939, unas tres semanas después de terminar la guerra, Claro se presentó en nuestra casa, totalmente irreconocible. Hasta ese día mi madre había llevado luto por él.

Hasta varios años después de terminar la guerra, Claro no tuvo ni fuerzas ni ganas para contarnos la tremenda odisea que vivió, de la que os hablaré un capítulo más adelante.

El día 5 de noviembre se produjeron los primeros enfrentamientos aéreos sobre el cielo de Madrid, entre los “chatos” rusos y los “chirri” nacionales. Ese mismo día se presentaron unos milicianos en casa y nos pidieron que nos marcháramos porque, de nuevo, en el cruce de carreteras donde vivíamos, se preveían duros enfrentamientos entre los dos bandos. Más que pedírnoslo, nos lo ordenaron, apuntándonos a todos en la puerta del bar con escopetas de caza y con pistolas. Mi madre temblaba y nosotros, los más pequeños, nos abrazábamos a sus piernas.

Mi papá, rápidamente, nos preparó para salir, pero el abuelo Martín, ya mayor y sin energía, de nuevo no quiso venir con nosotros: dijo que prefería que lo matasen en su casa, y se negó a abandonarla, escondiéndose en la cueva que había bajo el nuevo bar. Los más pequeños lloramos mucho al despedirnos de él. Yo empezaba a creer que lo cotidiano y lo normal era morir, así que pensé que nunca más iba a ver a mi abuelo. Era como si la sensación de duelo se anticipara, notaba que se me oprimía muchísimo el corazón, como si fuese a pasarme algo horrible en ese mismo momento, una emoción que, ahora cuando la evoco, me produce un efecto parecido. Esa imagen tan inverosímil de mi abuelo quedándose encerrado en la cueva mientras nosotros salíamos corriendo para tratar de salvarnos nunca he conseguido que se desvanezca.

El Gobierno de la República emitió ese día un bando en el que señalaba que cualquier acto que implicase espionaje, subversión, emisión de señales luminosas, tenencia de aparatos emisores de radio, difusión de rumores perjudiciales a la República y otras tantas cosas, serían considerados delitos y castigados de acuerdo con el código de justicia militar. El hecho de que fuesen considerados actos de traición equivalía a que, sin más, se efectuaran inmediatos juicios sumarísimos. Y ya nadie ignoraba que su comisión llevaba implícita una alta posibilidad de sufrir la sentencia de pena de muerte.

Nosotros salimos de casa muy de mañana al día siguiente, día 6, en dirección a Madrid. No sé por qué mi papá decidió en esta segunda huida ir hacia Madrid. Entiendo que debieron de ser los milicianos quienes se lo sugirieron o impusieron, ya que en la zona de Pozuelo y Boadilla también había luchas, y hacia el oeste estaba claro que no podíamos ir.

Fuimos por la carretera de Extremadura, por caminos que habíamos atravesado muchísimas veces para hacer la compra o para visitar a conocidos y amigos de mis padres, pero esta vez era muy, muy diferente. Nos unimos, en la carretera camino de Madrid, a decenas de familias que estaban en la misma situación que nosotros, gente que salían de Navalcarnero, Móstoles y otros pueblos de Madrid.

Todos habían sido evacuados a la capital y cada uno de ellos se dirigía a donde podía, algunos a casas de familiares y otros tantos a ningún sitio concreto, simplemente huían. Pasamos varios controles en la carretera.

Cazas Alemanes e Italianos ametrallaban y bombardeaban de vez en cuando e indiscriminadamente sobre esas hileras de desplazados en dirección a Madrid: cada dos por tres debíamos tirarnos al suelo en la vaguada de la carretera, mojado y helado, y esperar el paso de los aviones. Eran aviones alemanes, manejados siempre por pilotos españoles, en teoría eran de los “nuestros”.

Hubo muchos muertos, entre ellos algunos niños de mi edad e incluso más pequeños. Nosotros vimos muchos cadáveres tirados en la cuneta. Todavía lo recuerdo con horror y no puedo evitar seguir emocionándome.

Según llegábamos al barrio del Lucero la cantidad de gente que evacuaba aumentaba. Todo el barrio estaba siendo desalojado y dirigido hacia Madrid. Lo mismo ocurría en las carreteras de Toledo y de Andalucía.

Mis cinco hermanos, María, mi mamá y mi papá, íbamos caminando entre tanta gente desesperada por los descampados de la Carretera de Extremadura.

Nosotros, por lo menos, sabíamos qué haríamos una vez llegáramos a Madrid: teníamos la idea de ir a casa de nuestra prima Eugenia, que vivía en la plaza de Colón.

Pasamos por el frontón de Pepe Salvador, la Casa Firestone, el Fielato, la famosa taberna de la casa del cura, el imponente edificio llamado La Casa Blanca, el Alto de Extremadura, rebasamos el Palacio o Torre Bofarull. Me acuerdo que, desde siempre, cuando pasábamos por ese palacio, mi padre se quedaba un rato quieto mirándolo con detenimiento. Le gustaba mucho aquel edificio. Muchas veces nos comentó que cuando, a finales de la primera década del siglo XX, distribuía bebidas y comestibles en un carro a caballo por esa zona, siempre paraba frente de esa preciosa construcción y se quedaba un rato largo contemplándola. Pero ese día pasamos por delante sin parar, avanzando lo más rápidamente que podíamos. Luego continuamos andando hasta alcanzar la colonia militar Reina Victoria. En la iglesia de Santa Cristina, de cuyo párroco era muy amigo de mi padre, ni siquiera llegamos a parar. Tenía las puertas cerradas.

Una vez cruzamos el Manzanares por el puente de Segovia, que aún no había sido volado, comenzamos a subir por la Cuesta de San Vicente hasta alcanzar la calle Atocha. En esos momentos ya empezábamos a ver barricadas por todos los lados, y continuamos encontrándonos con ellas hasta llegar a Colón. Subíamos el Paseo de Recoletos, recuerdo que la Cibeles estaba cubierta con sacos terreros. Finalmente llegamos a la plaza de Colon, donde vivía la prima Eugenia, que trabajaba de cocinera de unos marqueses.

Nosotros estábamos aterrados, muertos de miedo por todo lo que veíamos en nuestra ciudad, ya irreconocible, y también por lo que estábamos teniendo que pasar, sin embargo, me acuerdo de que la gente con la que íbamos cruzándonos no parecía sentir temor alguno. Caminaban con seguridad, decididos a luchar y lograr detener la llegada de las tropas rebeldes. Todo el mundo hablaba acerca de la barbarie que habían soportado, de los bombardeos que les hostigaban desde ya hacía más de dos meses y de su efecto, mucho más devastador de lo que hubieran podido imaginar nunca.

Pero ese día recuerdo que la gente estaba eufórica. Sabían que estaba llegando a Madrid un primer contingente de las Brigadas Internacionales, la XI Brigada. Salieron realmente de Albacete el día 7, en un tren que les llevó hasta Atocha, ese mismo día por la tarde. Sólo llegar les condujeron a unos barracones militares a Vicálvaro donde pasaron la noche. Muy pronto a la mañana siguiente volvieron en tren a Atocha, desde donde salieron andando hacia el frente de la Ciudad Universitaria.

También recuerdo haber visto a la entrada algunas iglesias envueltas en llamas, todos estábamos muy angustiados ante la visión del fuego. Los pequeños llorábamos y mi madre estaba desolada.

En paralelo se estaba produciendo otro éxodo, pero en dirección contraria y por la carretera de Valencia. El gobierno en pleno –incluyendo las gentes cercanas a él, y asimismo los funcionarios del cuerpo diplomático–, estaba empacando en sus casas, con urgencia, los enseres más necesarios, así como los no tan necesarios, como los juegos de porcelana de té, y salían precipitadamente por esa carretera, la única libre, unos hacia Valencia y otros a cualquier puerto mediterráneo para abandonar España.

De repente la carretera de Valencia estaba llena de coches, camiones, motocicletas y de todo tipo de vehículos abarrotados de personas y de enormes bultos.

Aunque tuvimos suerte y Eugenia nos atendió muy bien, en cuanto entramos en la casa, tal vez justo en el momento en el que nos sentimos refugiados y sentimos que ya no había que correr para salvar la vida, los pequeños empezamos a llorar bajito, pero sin poder parar. Me acuerdo como si fuese ayer, teníamos encogido el corazón, por lo que habíamos visto y por todo lo que estábamos pasando, pero sobre todo porque nos sentíamos desolados por haber tenido que dejar solo al abuelo Martín y nos lo imaginábamos muerto, como toda aquella gente tirada por el suelo que habíamos tenido que sortear para llegar a Madrid. Los adultos trataban inútilmente de consolarnos. Recuerdo que, en ese momento tan confuso, yo tenía la sensación de que aquel sufrimiento duraría siempre y de que nunca podría ya dejar de llorar, junto a mis hermanos, así, sin dejar escapar sonido alguno. Paralizados y derramando lágrimas para siempre.

Dormimos allí un par de noches, pero mi papá finalmente decidió volver con todos nosotros a Campamento para estar con el abuelo Martín y cerca de Claro. Si ha de pasar algo, que nos pase a todos juntos, dijo. Y por supuesto todos estuvimos completamente de acuerdo. El día 7 sobre el cielo de Madrid volaron aviones de reconocimiento nacionales y arrojaron de nuevo pasquines en los que se comunicaba que al día siguiente se iban a bombardear sin interrupción todos los objetivos militares de la ciudad y se instigaba a la población a huir hacia el noreste de la ciudad.

Afortunadamente el domingo día 8 amaneció totalmente nublado y encapotado y no hubo bombardeos, por lo que mi padre, de mañana, decidió que era un buen momento para salir y regresar a Campamento. Nuestra idea era llegar justo después de comer al Puente de Segovia y subir toda la carretera de Extremadura de noche. Mi papá consideró que eso sería lo más seguro.

Al cruzar Madrid pudimos advertir la presencia de muchas personas aglomerándose sobre las destrozadas aceras de las calles. Enseguida nos enteramos de que, si se encontraban allí, era porque estaban esperando el desfile de las Brigadas Internacionales, la XI Brigada, mil novecientos reclutas, sin ninguna experiencia militar, estaban justo en ese momento a punto de pasar. La gente quería ofrecerles una bienvenida, aunque fuese muy sencilla y muy breve, pero deseaban que los soldados al menos sintieran que se les esperaba y que se valoraba mucho su presencia.

Madrid recibió a estos reclutas con un chaparrón. Desfilaron bajo la lluvia, con la gente muy cerca de ellos, les tocaba y les daba las gracias, desde Atocha hasta el frente de la Ciudad Universitaria, un recorrido bastante prolongado, franquearon el Paseo del Prado, por donde les vimos pasar, la Gran Vía, continuaron por la calle de la Princesa y siguieron por Argüelles hasta alcanzar el frente. Aproximadamente a la una y media de la tarde llegaron a la facultad de Filosofía y Letras donde establecieron su cuartel general.

Aquí los historiadores, y algunos protagonistas de estos hechos, no se ponen de acuerdo, y no entiendo el porqué. Grandes hispanistas, Preston, Thomas y otros historiadores, sostienen que esa Brigada XI Internacional llegó a la estación de Atocha en Madrid el día 8 por la mañana; yo la vi, hay muchas fotos que lo demuestran y relatan que fueron directamente a luchar a la Ciudad Universitaria. Sin embargo el general Vicente Rojo (véase su libro Así fue la defensa de Madrid), asegura que ese día no entraron en combate y quedaron en retaguardia hasta el día 13 de noviembre.

Nos llamó la atención lo bien uniformados que iban los brigadistas cuando desfilaban por las calles del centro de Madrid y el enorme contraste que se podía apreciar frente a la pobre indumentaria de los milicianos; admiramos sus cazadoras nuevas, de cuero negro, sus boinas de color azul oscuro y sus botas altas, limpias y relucientes, recién estrenadas también. En ningún momento dejaron de cantar La Internacional; cada uno lo hacía en su propio idioma, pero aun así la melodía se podía percibir tajante y en perfecta consonancia. Ese detalle, a pesar de que yo era tan pequeña, me sorprendió. Aún lo recuerdo bien: era la primera vez que yo escuchaba ese himno.

Muchos de esos mil novecientos idealistas extranjeros que cantaban mientras avanzaban con decisión, iban a morir en esos días por defender una ciudad que ni siquiera llegaron a conocer.

Con el tiempo siguieron llegando para defender Madrid otros muchos jóvenes: el número total de combatientes adscritos a las Brigadas Internacionales en toda España llegó a alcanzar los cuarenta mil reclutas, me cuentan mis hijos, aunque ya las últimas Brigadas, como en la XIV, había muchos combatientes que eran españoles.

Nosotros cruzamos Madrid, despacio, entre la aglomeración de gente, los charcos y las múltiples barricadas. Recuerdo la tensión que se respiraba y cómo el impacto de una sensación de alarma y emergencia, presente en todo nuestro derredor, tenía un efecto asfixiante. Era como si el aire fuese mucho más denso y costaba mucho más el simple hecho de respirar.

Ante la posibilidad de que, en cualquier momento, entraran las tropas nacionales en la ciudad, toda la gente estaba alerta, en guardia, preparándose como podían, construyendo urgentemente barricadas con las que trataban de parapetar Madrid.

Nosotros llegamos al Puente de Segovia ya por la tarde y allí esperamos a que anocheciera.

Esa misma tarde, cuando el cielo abrió, empezaron los bombardeos en Madrid, una hostigación que provenía de los Junkers alemanes. Aquello ya no paró hasta el día 23. Sólo durante esos días pudieron contabilizarse más de mil trescientos heridos y doscientos treinta muertos.

Finalmente, nuestro regreso por la noche, que mi papá había planeado hacer por la carretera de Extremadura, porque ya toda la zona estaba repleta de enfrentamientos cruzados y de múltiples obstáculos creados por los bombardeos, no pudo hacerse así, de modo que tuvimos que ir por la Casa de Campo, pegados a la tapia paralela a la carretera de Extremadura, cogidos de las manos de mi madre unos y detrás otros. Mi padre llevaba a hombros a mi hermana pequeña, Cuca.

Ya muy cerca del Alto de Extremadura, a la altura del actual Paseo de Extremadura, exactamente en el número 32, estaba, y aún está, ubicada la iglesia de Santa Cristina, pegada a la tapia de la Casa de Campo, justo antes de llegar a la colonia militar Reina Victoria. Al pasar advertimos que en la entrada de la iglesia ardía una enorme hoguera a la que habían sido arrojados iconos de santos y diferentes reliquias, todas las que pudieron encontrar dentro. Los autores de aquel horror eran los milicianos. En su retirada arrasaron todo lo que contenía la iglesia de Santa Cristina, a la que nosotros llamábamos la iglesia del Padre Román, pues ese era el nombre del párroco, un buen amigo de mi padre. Allí pudimos comprobar que las bravuconadas que contaban en nuestro bar, tenían, desgraciadamente, bastante de realidad.

Esa iglesia había sido convertida en checa al inicio de la guerra, bajo el mando y control del Partido Comunista.

Del padre Román mi papá no volvió a saber nunca nada.

En la guerra fueron asesinados un total de seis mil ochocientos clérigos y trece obispos, una gran mayoría de ellos fueron asesinados durante los seis primeros meses de guerra. La masacre descontrolada se prolongó hasta aproximadamente la primavera de 1937.

Sorprendentemente no tuvimos, o al menos yo no recuerdo haber tenido, incidencias en el camino de vuelta. Llegamos de nuevo a casa a Campamento, y nos metimos directamente en la cueva. Era la madrugada del día 9 de noviembre y me acuerdo de que la situación estaba extrañamente tranquila.

Nosotros no lo sabíamos, pero el día anterior los regulares y requetés habían tomado sin grandes luchas Carabanchel Alto, Villaverde y Campamento, y las tropas milicianas se habían replegado en la carretera de Extremadura hasta la entrada a Madrid, concretamente hasta el Palacio Bofarull.

En nuestra vuelta a Campamento necesariamente tuvimos que cruzar la línea del frente de noche, sin embargo, no recuerdo ningún sobresalto. No sé si tuvimos suerte, o si algunos de los amigos de mi papá de la zona, que tenía muchos, nos ayudaron. No lo recuerdo, la verdad, parece increíble, pero fue así.

He dado muchas vueltas sobre esas fechas porque me resultaba muy difícil entender que, en plena batalla, pudieran volver unos padres y seis niños pequeños por la noche, cruzando una zona de guerra tan encarnizada como era la zona de la carretera de Extremadura justo esos días. Sin embargo, como os digo, yo no recuerdo que sufriéramos ningún contratiempo.

Sí recuerdo haber visto en el Paseo del Prado, por la mañana, toda aquella gente aglomerada en las aceras, al paso de las Brigadas Internacionales; me consta que eso fue el 8 de noviembre, y, nosotros, como ya he apuntado antes, ese día fue cuando volvimos. Luego no hay duda: cruzamos la línea del frente por la zona del Palacio Bofarull, pero por dentro de la Casa de Campo y pegados a la valla, y lo hicimos en algún momento de la noche del día ocho y madrugada del día 9.

Mis hijos han estado revisando las referencias y datos que yo he ido aportando, han ido colocando con cuidado cada episodio en el lugar de la Historia. Son ellos quienes han contrastado mis recuerdos y me han confirmado que las fechas y sucesos descritos en la documentación e informes que han consultado encajan con lo que yo he ido contándoos.  Efectivamente, la resistencia de los milicianos ese día 8 al avance hacia Madrid fue nula por todas las carreteras, pero especialmente por la carretera de Extremadura, que era  por donde nosotros estábamos pasando, hasta el punto de que alguna radio extranjera, portuguesa, llegó esa noche a anunciar la entrada triunfal de los atacantes en Madrid por la carretera de Extremadura, e incluso algunos periodistas que iban con las tropas nacionales, creyendo esa información entraron en Madrid por la misma carretera en coche, pero en sentido contrario a nosotros, también sin encontrar obstáculos, y dieron por rendida la ciudad.

Al parecer, las más encarnizadas luchas de la Casa de Campo se produjeron en días posteriores a la noche del 8 de noviembre, que fue la noche en la que nosotros estábamos cruzando aquella zona. Esa noche, las tropas republicanas simplemente retrocedieron, sin luchar, a la zona del Alto de Extremadura.

Por otro lado, las tropas sublevadas pararon también ese día su avance, no sé por qué, pero el caso es que se detuvieron justo durante esa noche, mientras nosotros cruzábamos la carretera de Extremadura de vuelta a casa. Los republicanos esa noche recompusieron sus defensas y los nacionales no atacaron. De hecho, ningún bando atacó ese frente aquella noche. No sé si fue casualidad, suerte, o tal vez mi papá disponía de algún tipo de información y por eso escogió justo ese momento para que nos trasladáramos, pero fue así.

Causas de ese posible parón del bando atacante pudieron ser el mal tiempo, la llegada de la noche, incluso la sorpresa del bando nacional por el fácil y rápido avance, casi sin respuesta por parte del otro bando. También pudo deberse al hecho de que no supieran cómo estaba defendida la Casa de Campo, o quizás recibieran alguna información de la Quinta Columna en la que se comunicara la seguridad de que la población haría frente, y el saber que se enfrentaban a una ciudad hostil a ese avance y asimismo a una orografía muy desfavorable para el ataque, con un río que necesariamente se debía cruzar, y una altitud que tampoco ayudaba –puesto que la ciudad se eleva bastantes metros sobre el cauce del río–, les hizo desistir.

Se habló de todos estos motivos como posibles circunstancias que explicaran el hecho de que el general Varela, esa noche, y sólo esa noche, interrumpiera el avance.

Tan solo hubo una noche tranquila en la zona, entre los días 5 y 23 de noviembre, y fue esa, la de8 al 9 de noviembre, justo la que nosotros y los perdidos periodistas portugueses cruzamos en sentido contrario las líneas del frente. Parece increíble, pero fue así. Y parece que efectivamente mis recuerdos son correctos, porque mis hijos los han verificado, contrastándolos con documentos históricos.

Cuando ellos me confirmaron que los datos que yo recordaba coincidían con la Historia experimenté una sensación agridulce. Por un lado, veo que a mis 94 años mi memoria sigue muy viva y clara, pero también sufro muchísimo al recordar a mis hermanos, a mis padres, a mí misma y a tantos inocentes y desafortunados a los que nos tocó padecer todos esos episodios, en las peores condiciones, de noche, lloviendo, helados de frío, en un escenario bélico, inhumano y horrible.

Cuando llegamos de vuelta a casa lo primero que hicimos fue ir a la cueva donde se encontraba el abuelo para comprobar que estaba bien. Lo encontramos escondido al fondo, arropado con una manta.

Esa cueva –en la que se mantuvo escondido mi abuelo–, todavía hoy existe, e incluso tiene aún marcadas las paredes con las cicatrices que atestiguan los obuses que cayeron por la zona a lo largo de toda la guerra, estando nosotros allí recogidos.

Todos pasamos el resto de esa noche en la cueva, junto al abuelo.

A la mañana siguiente mi padre salió a la calle. Tuvo la ocurrencia de colgar de un palo la funda de una almohada blanca, a modo de bandera, en uno de los pilares desnudos que había en la nueva construcción del bar. Mi papá subió solo, nos pidió que nos quedáramos esperando abajo. Desde aquella altura divisó una gran muchedumbre que se acercaba: se trataba de soldados moros. Más tarde nos explicaría que había muchísimos, que parecían hormigas y que avanzaban con confianza y aplomo, bien protegidos por las paredes de los cuarteles.

Llegaron enseguida y nos sacaron de la cueva. Rápidamente nos llevaron al Cuartel de Equitación, que estaba bastante cerca en la carretera de Extremadura, en dirección a Cuatro Vientos.

Por las entrecalles de nuestro alrededor se ocasionaban constantes escaramuzas y tiroteos cruzados de bala. Recuerdo que al pasar por delante del cine Segovia se produjo un intercambio muy fuerte de disparos. Los soldados moros nos tiraron al suelo, algunos hasta se colocaron encima de nosotros, para cubrirnos y protegernos. Así recorrimos los escasos 500 metros que hay de casa al cuartel, que en esos momentos nos parecieron interminables. Yo era muy pequeña, pero lo recuerdo como un trance horroroso. Además, Cuca, mi hermana menor, tenía tosferina, hacía mucho frío y no íbamos bien abrigados, y cada rato estábamos en el suelo tirados sobre charcos de agua, helados, para protegernos de los balazos. Íbamos todos temblando, ya ni sabíamos si era de frío o de miedo.

Ese mismo día, ya en Madrid, las tropas del general Varela cruzaron el Manzanares por la zona del Puente de los Franceses, por el Puente Nuevo, a la altura de la carretera de Castilla. Algunas avanzadillas moras llegaron a alcanzar el Paseo de Rosales y algunos tanques incluso consiguieron subir por la calle Marqués de Urquijo, hasta alcanzar las inmediaciones de la cárcel Modelo, actual Ministerio del Aire, en Moncloa.

El Puente Nuevo había sido, como todos los puentes que cruzaban el Manzanares, preparado con cargas de dinamita en sus pilares, con la finalidad de volarlo. Todos los puentes se tenían que dinamitar y volar, para así dificultar al máximo el cruce de los sublevados. Al parecer los dinamiteros republicanos no encontraron el dispositivo de voladura que accionaba la dinamita e, inexplicablemente, ese puente fue el único que no fue volado ese día, lo que facilitó enormemente el cruce de las tropas nacionales y la entrada a Madrid por esa zona. Aquel fue el único lugar por el que lograron cruzar las tropas nacionales el río Manzanares

Durante unas horas de ese día 9 la situación fue tan incierta y las informaciones   sobre la entrada de los sublevados en Madrid– tan negativas, ya comenté anteriormente el caso de los periodistas portugueses en la carretera de Extremadura, que el Estado Mayor de la Defensa Republicana incluso llegó a abandonar el Ministerio de la Guerra –que recuerdo estaba situado en la calle Alcalá–, y huir.

En esa zona de la Ciudad Universitaria, las tropas republicanas estaban al mando del coronel Pelayo Clairac Bautista, familiar cercano del requeté José María Lamamie de Clairac Alonso, que celebró varias veces misa en nuestro bar en Campamento, y del que hablaré más adelante. Aunque eran familiares, y muy cercanos, cada uno combatía en un bando, una circunstancia terrible que se dio constantemente durante la contienda. Todo el mundo sabe que esta guerra nuestra fue una verdadera guerra entre hermanos.

El día 13 de noviembre la XI Brigada Internacional, que estaba en la zona del Puente de los Franceses, contraatacó ante el avance de Varela y, con la ayuda inestimable de un terreno muy desfavorable y empinado para sus atacantes, consiguieron primero parar y luego forzar el repliegue de las tropas nacionales hacia la Casa de Campo, perdiendo éstas de nuevo el único cruce del río Manzanares que habían abierto.

Como comenté antes, unos días después se llegaron a ver algunos moros en la calle Princesa e incluso en la Plaza de España, pero fueron rápidamente rechazados por los brigadistas. A esas alturas ya se había parado la entrada a Madrid. La intervención de los brigadistas fue fundamental en este cambio de rumbo de los acontecimientos; con su forma de proceder evitaron que los atacantes llegaran a la cárcel Modelo, en Moncloa, donde estaban detenidos muchos sublevados.

Fue la actuación de ese día lo que motivó que se forjara una gran parte de la leyenda de las Brigadas Internacionales. En este punto, tanto el general Vicente Rojo como los hispanistas coinciden: aquel, probablemente, constituyó el primer y mayor éxito militar de las Brigadas Internacionales, aunque el departamento de propaganda republicano, como veréis también más adelante, lo publicitó y magnificó enormemente a lo largo de los siguientes meses. Es necesario recordar que esa franja de frente defendida por las Brigadas fue de aproximadamente un kilometro de río con un único puente.

Con esa primera victoria, el desánimo que embargaba la ciudad dio paso a una reconfortante brizna de esperanza. Todo el mundo estaba convencido de que Madrid iba a caer inmediatamente –desde militares a periodistas, milicianos, políticos, además del gobierno republicano, que había huido a Valencia el día 6–, pero no fue así. Nosotros estábamos entonces en el Cuartel de Equitación, y allí permanecimos refugiados hasta que cesaron los ataques a Madrid y los fuegos de artillería contra Campamento, es decir, hasta aproximadamente el lunes, 23 de noviembre.

Mi papá salía cada día a primera hora y hacía lo imposible por acercarse hasta nuestra casa para revisar cómo estaba todo. En una de sus visitas durante esa etapa comprobó que nuevamente mi casa había sido saqueada por los milicianos, o por simples personas desesperadas durante su retirada, pero el abuelo seguía en la cueva, sano y salvo, arropado con su mantita.

Nosotros, aunque estábamos bastante apartados, éramos capaces de advertir todo lo que estaba sucediendo en Madrid, en la zona oeste, a unos tres kilómetros de donde nos encontrábamos.

En esas dos semanas se produjeron muchos combates en Madrid, sobre todo en la Ciudad Universitaria. Había continuos fuegos de artillería por parte de los dos bandos y bombardeos del bando nacional.

El 15 de noviembre las tropas sublevadas, el segundo Tabor de regulares, cruzaron de nuevo el río Manzanares a la altura de la Casa de Campo. Iban apoyados por lo que llamaban tanques Panzer, aunque la mitad de ellos se quedaron atrancados en el río, que, según los datos que me facilitan mis hijos, ese día tenía unos veinte metros de anchura y menos de un metro de altura en esa zona.

El río Manzanares  no cuenta con un gran caudal pero, en aquella época, no estaban aún construidos los actuales embalses de Santillana y el Pardo, que son los que regulan ahora el caudal del río a su paso por Madrid, por lo que cuando había lluvia o deshielo se producían grandes y descontroladas crecidas, y durante unos días el río sí presentaba una gran anchura y caudal, por lo que era complicado tanto su cruce como hacer un pontón temporal que facilitase trasiego continuo de un lado a otro.

Ese día los moros lo cruzaron andando, al tiempo que daban unas feroces voces que consiguieron asustar a quienes en esos momentos defendían la posición republicana, que eran los catalanes del PSUC. Estos últimos fueron cediendo terreno por la Ciudad Universitaria, hasta que llegaron hasta la cárcel Modelo, que se encontraba emplazada donde actualmente está el Ministerio del Aire.

Seguramente confluyeron otras circunstancias, como por ejemplo que a los combatientes moros se les atribuía un merecido crédito como aguerridos y luchadores feroces, condición que forzosamente debió de contribuir a amilanar a los voluntarios catalanes. Finalmente optaron por atrincherarse en Moncloa y, como os digo, lo hicieron concretamente en la cárcel Modelo.

Casualmente el general Miaja estaba en ese momento  de inspección en la zona y al ver a las tropas replegarse a viva voz les arengó y consiguió que regresasen a sus posiciones.

Esa lengua de terreno, justo pasado el Manzanares por el Puente de los Franceses y ya alcanzando la Ciudad Universitaria y el Palacio de la Moncloa, una vez tomada por los sublevados en esos días de noviembre, ya se mantuvo prácticamente inalterable durante toda la guerra.

Un aspecto muy delicado al que necesariamente se tuvo que otorgar mucha trascendencia durante los casi tres años de asedio fue cómo podría asegurarse el bando franquista la intendencia y otros servicios, como los avituallamientos a las tropas nacionales avanzadas en ese pequeño sector de la Ciudad Universitaria. En ese cruce estratégico y único del río Manzanares los militares franquistas instalaron durante los tres años de guerra muchos pontones temporales de todo tipo, que eran construidos de noche por los pontoneros y zapadores del bando nacional y normalmente eran demolidos bien por la artillería republicana, o por las crecidas del río. A todo ese campo de acción acabaron llamándolo “la pasarela de la muerte”.

Me cuentan mis hijos que, según su documentación, se llegaron a construir y a derribar en el mismo punto hasta dieciséis puentes de diverso tipo, sin contar las infinitas reparaciones, montajes y desmontajes, ya que en la época más caliente se llegó a instalar una pasarela temporal y un puente por la noche, a pasar los avituallamientos al otro lado del río, y a desmontar enseguida la pasarela, de tal modo que durante el día no había puente que pudiera ser derribado por las tropas republicanas.

Al tener acondicionado un puente y una pasarela para ser utilizados durante las horas nocturnas contaban con la disposición de transportar del frente a la retaguardia, no sólo a los heridos, sino también equipos dañados, víveres, municiones, tropa, camilleros, e incluso un pastor alemán del que quiero hablaros más

El frente de guerra se estableció y se estabilizó en el hospital Clínico, y allí se mantuvo mucho tiempo. En la toma del hospital la lucha fue planta a planta. Inicialmente las plantas estuvieron en distintos bandos: las superiores ocupadas por los regulares y las inferiores por los republicanos. Finalmente quedó totalmente del bando nacional.

La definición de la línea del frente en la Ciudad Universitaria durante muchos días de ese mes de noviembre no estuvo nada clara. Lo que sí se supo es que llegaron a luchar, incluso a bayoneta calada, en muchos edificios universitarios.

Fueron más de dos semanas de lucha, fundamentalmente en esa zona de Madrid, combates encarnizados y mucho apoyo aéreo por parte de los dos bandos, enfrentamientos que nosotros oíamos desde el Cuartel de Equitación, donde estábamos evacuados.

El día 23 de noviembre, Franco, desde Leganés, decidió parar la ofensiva. A partir de ese momento se estabilizaron los frentes y ya quedaron así, prácticamente inamovibles, hasta los últimos días de la guerra.

Madrid quedó aislada por el oeste, sur y norte. Sólo estaba conectada al resto de la zona republicana por el Este, por la carretera de Valencia.

Muy pronto empezó a escasear la comida en la capital. En diciembre de 1936 la Junta de Defensa ya estableció que se asignaría un solo rancho al día para la población.

Como ya os he comentado, con nosotros, los requetés y sobre todo las tropas regulares se portaron muy bien. Eso es cierto, pero luego, muchos años después, he podido contrastar información y así he conocido, a través de lecturas y también de conversaciones con mi marido y cuñados, las barbaries que habían protagonizado esas tropas tan sólo unas semanas antes en su avance desde Sevilla a Extremadura, sobre todo en Badajoz, y desde allí por toda la carretera de Extremadura hasta llegar a Madrid.

No creáis que no me ha resultado difícil creer que esos bárbaros que aniquilaron a tanta gente desprotegida fueran los mismos que días después nos protegieron a nosotros con sus propios cuerpos de las balas de los milicianos.

Recuerdo que, por aquel tiempo, yo tenía urticaria por todo el cuerpo, de arriba abajo, una dolencia muy desagradable que no se me quitaba con nada, y fue allí, en la Escuela Militar, donde me atendieron y curaron. Nos cuidaron muy bien: contábamos cada uno de nosotros con nuestro rancho completo y, además, estábamos caldeados y disponíamos de alojamiento seguro.

A finales de noviembre se produjo una enorme calma tanto en nuestra zona como en Madrid. Quedamos ya en la llamada zona nacional, cerca de la línea del frente, en la carretera de Extremadura.

No elegimos nosotros el bando en el que quedamos, como casi nadie en esta guerra.

 

Este fragmento pertenece al libro “Hijo de la guerra civil. Historias de guerra y posguerra de una joven madrileña entre dos bandos”, editado en inglés y castellano. Se puede adquirir en las librería Nosaltres (Calle de la Esperanza, 5) y Traficantes de sueños (Calle del Duque de Alba, 13), de Madrid. O solicitándolo en la Fundación Mari Paz Jiménez.

 

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Mila Gutiérrez nació en Madrid el 12 de julio de 1926. De familia muy religiosa y tradicionalista, vivió la mayor parte de la Guerra Civil en Madrid, en la llamada zona nacional. En mitad de la postguerra conoció a Ignacio, vecino de familia republicana. Su relación en una época muy compleja y vida común durante casi sesenta años ha sido un claro ejemplo de la llamada Reconciliación Nacional. Fruto de sus conocimientos culinarios, en el año 2001 escribió un libro de cocina titulado Y dos cucharas de amor, del que se han impreso dos ediciones. En diciembre de 2004 murió Ignacio, y desde entonces vive de sus recuerdos, muy arropada por el calor y amor de hijos, nietos y biznietas, su gran pasión. En septiembre de 2013 fue nombrada presidenta de honor de la Fundación Mari Paz Jiménez Casado. En julio de 2017 le dio un ictus y entró en una residencia de mayores, muy a su pesar, como ella mismo dice, donde sigue residiendo repartiendo cariño y amor a todos sus compañeros y personal del centro. En 2018 escribió desde su residencia el libro En el atardecer de la vida, recopilatorio de su nueva vida en la residencia y recuerdos familiares. Ese mismo año publicó un cuaderno que incluía las principales oraciones que ella misma creó a lo largo de su larga vida. Ese escrito llegó hasta el propio Papa Francisco, quien a principios de 2020 le envió una carta de reconocimiento. A sus 94 años sigue con una gran memoria y lucidez que le ha permitido escribir el libro Hija de la guerra civil sobre sus recuerdos de guerra y posguerra. Ha donado los ingresos de todos sus libros a la Fundación Mari Paz Jiménez Casado.

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