Hijos de un dios menor

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No necesitamos ninguna droga distinta al espesor de los colores alucinógenos en las paredes ardientes, de esos cielos que parecen palpitar con un anuncio bíblico, como si las paredes, las colinas y las propias nubes fuesen otro personaje, no menos animado que las personas. A pesar de nuestras miserables precauciones, durante algunos días turquesa revivimos el mito de una ebriedad que apenas necesita otra cosa que un vaso de agua.

 

El esplendor de lo real. Y la violencia de los colores, sea en Galicia, en Comenar de Oreja o en México. Como contraejemplo, se podría volver ahora a la manida cuestión de las drogas. Nunca hemos tenido la suerte de otros, tratando a una chamana que nos guíe por las sendas escarpadas de otra percepción. A decir verdad, tampoco nunca hizo mucha falta, por eso tampoco recordamos con detalle las revelaciones de Don Juan a Castaneda, sin duda cargadas del sentido común.

 

Es posible que la famosa Revolución de ayer, que para algunos fue ante todo una subversión de la inmediatez cotidiana, nos librase entonces de la urgencia de paraísos artificiales. Pero la forma en que entendimos la revolución se prolonga después en los viajes. En el viaje que es cada día, también en esas percepciones rusas, neoyorquinas o mexicanas.

 

No necesitamos ninguna droga distinta al espesor de los colores alucinógenos en las paredes ardientes, de esos cielos que parecen palpitar con un anuncio bíblico, como si las paredes, las colinas y las propias nubes fuesen otro personaje, no menos animado que las personas. A pesar de nuestras miserables precauciones, durante algunos días turquesa revivimos el mito de una ebriedad que apenas necesita otra cosa que un vaso de agua.

 

La irrupción triunfal de la planta en nosotros se consigue también dejándose llevar por la marea de lo visible, por ese eco de sombras que arrastran tantos entornos. Como en la pequeña iglesia de San Agustín Etla, donde se puede enmudecimos de emoción ante aquella anarquía coronada. El perro adormilado en la escalinata del pórtico, el viejecito doblado y sordo que barría, los santos policromados en gestos dolientes. Tan cerca de Dios entonces, diría otro Juárez, tan lejos de Estados Unidos.

 

En muchos escenarios populares, sin embargo, no sólo en los mercados de Oaxaca o en los pueblos castellanos, la pobreza juega por todas las esquinas con los destellos de su secreta riqueza. Sí, una felicidad que sólo puede brotar de los bordes, del roce con la mugre y lo incierto de los límites. Aquellas dos criaturas adorables de un rincón perdido de la tierra. Hijos de un dios menor: mera porcelana oscura.

 

Lejos de este peligro analógico, la ausencia actual de tierra y traumas nos anula y neutraliza. De paso que nos convierte en monstruos, indiferentes al prójimo y gobernantes de un nuevo esclavismo legal. Un nuevo y silencioso feudalismo, aunque sólo utilice la fluidez de las redes tecnológicas.

 

Se dirá que es fácil hablar así desde la moqueta del confort. Pero no, no es tan fácil. Ya solamente hablar así deconstruye en parte nuestra habitual moqueta, la policía social de la seguridad elitista, pues obliga a buscar una línea material de choque, de roce con los límites. Nadie elige el nivel social y material en el que ha nacido, que además tiene múltiples facetas, pero sí es responsable de las decisiones morales destinadas a hacerlo humano. Tanto si vives en un barrio destartalado de Albacete como en una privada de San Sebastián Tutla, la tarea ética y estética es siempre la misma: allí donde estés, perfora la costra de las situaciones, busca dialogar con los espectros de la vida mortal. Aunque sea, al menos, haciéndole a los desconocidos preguntas incómodas.

 

Es necesario, de un modo u otro, romper los protocolos policiales que encauzan el día. Solamente un puente con el demonio, con el mal de lo real, puede salvarnos de ese infierno radiante de lo igual. Salvarnos de esa violencia sorda del confort que Borges asociaba a un abuso metafísico de la democracia. De sus gestores, Pasolini diría: Os odio, hijos autistas de la opulencia. Nosotros, herederos de su cristianismo roto, estamos quizás obligados a jugar con otras posibilidades. Digamos, una mano en Teresa de Calcuta y otra en Marilyn Manson. ¿Les suena?

 

Tenemos dos manos, y una no tiene por qué entender lo que hace la otra. Es de suponer que esto, precisamente en algunas zonas atrasadas de la tierra, en la región atrasada que es nuestra mente (lo que quede de ella), se puede entender muy bien. Hubo un tiempo en que cierto querido Noroeste expresaba así tal sabiduría: «Dios es bueno. Y el diablo no es malo».

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.