Historia de una máscara

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Cuando me doy la vuelta, nunca me está mirando. Baja la vista, las ranuras huecas por las que los ojos del hechicero controlan el mundo que le pertenece, el nivel de miedo, las reacciones de sus vecinos. Como un sacerdote que pone en danza a los espíritus, los saca de paseo como a un rebaño de sueños.

Me estaba esperando a la puerta del hotel, a orillas del lago Kivu, donde había visto tanta muerte que no quería regresar. Aunque siempre acabo volviendo. A fuerza de pasar los dedos por la cicatriz, te la acabas aprendiendo de memoria, como un jeroglífico que le habla a un ciego. A oscuras, es como un grito que desgarra el silencio con la misma nitidez que un rayo dibujando una letra o un cuchillo en el cielo. La noche africana puede ser un cuaderno extraordinariamente explícito. En él escribe la naturaleza sus contraseñas. En ella leemos, aprendices de brujo, pobres diablos de la razón esquiva, nuestro destino.

Sé que negocié como lo hago siempre. Amagando, recurriendo a todas las estratagemas del que aparenta que carece de necesidades, pero sabiendo que el vendedor conoce la profundidad de tu codicia.

La máscara te espera en la calle, se diría que tirada en el suelo, arrancada de los hombros de su porteador, de la choza donde respiró en la penumbra los humores y los humos de sus acólitos, del templo que todos los que sabemos que vamos a morir levantamos con la vana esperanza de que se nos conceda una explicación, un consuelo, un argumento que nos ayude a espantar el miedo a la oscuridad.

Nos encontramos como el actor encuentra su voz. Como el hijo que encuentra a un padre que parecía improbable hasta que sus ojos y los tuyos se encuentran en la calle, en medio de la muchedumbre. El vendedor se da cuenta, y saca su tajada. Es un juego, pero como tal sigue reglas inviolables, a las que tanto él como yo nos atenemos religiosamente. Por eso acabamos siempre llegando a un acuerdo: en el precio, que en este caso se acerca de modo misterioso al valor de la pieza (al que tiene porque es el que ambos le atribuimos y por el que yo estoy dispuesto a pagar), y a la necesidad (no de que cambie de manos, sino de que salga del fango y cumpla otra misión).

En la habitación del hotel inquieta a las camareras, que la cubren con una toalla. Acaso porque la han visto viva. Acaso porque saben que no conviene desafiar a los espíritus. Por si las moscas.

Una de las mejores formas de desafiar al miedo es acostándose con él. Cuando vivía solo, las máscaras ocupaban la pared frente a la cama, el lienzo que en la infancia estaría exactamente enfrentado al del Cristo crucificado o la Virgen sufriente. En el colegio mayor, cuando estaba borracho (algo que solo ocurría en las grandes ceremonias tribales) solía descolgar el cuadro de la Virgen que decoraba el descansillo en la escalinata principal y lo dejaba en el suelo, de cara a la pared. Castigada. Me preguntaban si no me daban miedo todos esos ojos, todas esas ranuras observándome dormir. Bromeaba al decir que acaso por la noche celebraban a mi alrededor una danza macabra, se descolgaban cuando el reino del sueño se instalaba en la casa y la ciudad y daban carne a los fantasmas que atesoramos desde niños.

Sé de sobra que algunas traían bicho dentro. La carcoma que podía reducir a serrín todo mi patrimonio, o algo peor: el áspid que podía despertar de un letargo ancestral y llevarte al país de los espíritus insomnes, o el insecto que, al contacto con la luz de Occidente, podía salir del ámbar de la madera para vengarse en ti del estigma que la historia había inscrito en el alma y la conciencia de los negros. Por eso, antes de que pasaran a ocupar su lugar en el retablo de mi africanismo, las dejaba durante dos o tres meses encerradas en una bolsa hermética respirando un líquido amniótico que borra la memoria, borra los sueños, estrangula vestigios.

Del suelo congoleño a una casa donde asiste a mis patrañas, a los heterónimos que, a la manera de un Pessoa inhábil, adopto para entretener la llegada de la muerte. Jugar con fuego, se llama la figura. La máscara, como encarnación de un dios impasible, no emite el menor juicio, no cambia. Su faz es la de una belleza oscura, inquietante. Es tu propia conciencia la que se deja examinar por sus ojos como aspilleras de un pelotón moral formado por ti, por las condiciones que tú mismo (con las enseñanzas de tus padres y tus maestros, tus sacerdotes y tus amigos, las lecturas y las experiencias) has forjado. Bajo esos parámetros serás juzgado.

La máscara te acompaña mientras el aguacero por fin rompe la sed y te devuelve por un instante el aroma de Kinshasa. El altar es mínimo. Le pedí a los carpinteros que forraran con estanterías las paredes de esta habitación en la que me encierro a escribir, pero que dejaran un hueco, una hornacina, para ella. Después de haber renegado tanto del dios de mi infancia y de mis mayores, de ese Cristo que me ha acompañado en las noches más vulnerables, del Papa y de toda su pompa y su circunstancia, no me he convertido en feligrés de un animismo que sin embargo se da la mano bajo la mesa del tiempo con quien se hacía preguntas fundamentales al calor de la hoguera y bajo las noches más estrelladas de aquella época de primas y manzanas, cuando éramos felices e indocumentados.

 

 

Cuando no teníamos muertos en la familia. Cuando la muerte, sencillamente, a pesar de las estaciones, y de la matanza del cerdo, no existía como tal. Hasta que murió la abuela Emilia. Antes se había ido el abuelo, pero ese recuerdo no se grabó en la arcilla del niño, ese cerebro donde la escritura cuneiforme va dejando sus incisiones. Emilia está también ahí, al pie de la máscara, bajo las melenas de rafia. Ella también se hacía un rodillo con un trapo para llevar al mercado patatas, tomates, agapantos. Sobre una cesta de mimbre que pesaba un quintal. Esa misma almohadilla, pero de rafia, es la que las mujeres y los niños africanos trenzan para que el peso no les reviente el cráneo. Ladrillos de una arcilla tan roja como la de los senderos que llevaban al corazón de la casa de mi abuela, entre maizales.

 

Íbamos por una carretera del este congoleño cuando nos encontramos con una hilera de niños que como hormigas iban descargando en el arcén pilas de ladrillos macizos, la mitad de este que he traído como prueba y como ofrenda para mi máscara. Porteadores como Gasana, que dice que tiene cinco años y que en un rincón perdido entre Bukavu y Uvira suele llevar sobre la cabeza cargas de hasta 14 ladrillos, y por cada 300 que transporta como una acémila desde el secadero a la carretera recibe 25 francos congoleños (unos cuatro céntimos de euro).

 

Con la escritura intentamos amasar reparaciones. Nada prácticamente para Gasana y sus compañeros de infortunio en esa carretera perdida al este del Congo. Nada para otros vivos que como él se deshacen tratando de ganarse una vida que se parece mucho a una muerte. Nada para los muertos que se quedan enseguida solos. Aunque escribamos palabras hermosas sobre su vida, el muerto seguirá solo. Las palabras nos las decimos como si así paliáramos la conciencia de que esa soledad creciente acabará por alcanzarnos a nosotros, y acaso así estemos pidiendo oblicuamente una pizca de piedad para el muertito que seremos. Contra toda esperanza.

 

La máscara me mira escribir. Cuando me doy la vuelta, nunca me está mirando. ¿Y si me volviera ahora? En la penumbra, la ranura de la boca parece a punto de pronunciarse. Amanece un día sucio. Llueve. Gracias a Dios.

 

 

(Fotos: Corina Arranz)