Historias de París

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—Las memorias líquidas de Enric González me han durado una tarde-noche —tuiteo.

 

—No sé cómo debo interpretarlo —me responde mi amigo Abraham Coco. También en un mensaje con menos de 140 caracteres.

 

—Es un comentario positivo —le aclaro—. ¡Vaya fama!

 

—La que has criado.

 

Acabáramos.

 

Pues eso. ‘Memorias líquidas‘ es el librito en el que Enric González cuenta su trayectoria periodística, la mayor parte de ella en ‘El País’, diario en el que ha ocupado la corresponsalía de Londres, París, Roma o Nueva York.

 

Lo leí de un tirón. En realidad lo empecé el viernes o sábado pasado, no recuerdo bien cuándo. Fue justo después de terminar ‘Miedo y asco en Las Vegas’, de Hunter S. Thompson. Libro, por cierto, que no recomiendo. Leí el prólogo y un capítulo. Todo lo demás el domingo. Un libro que se deja devorar de esa manera está necesariamente bien escrito.

 

 

No me gustaron algunas críticas a algunos de sus excompañeros. Se ensaña con Cebrián, y eso le hace perder la razón por momentos. En una ocasión, hace un extraño paralelismo entre el exdirector de ‘El País’ y ahora hombre de negocios y Goebbels. Y a menudo Enric González se presenta como un santurrón dentro de una sección –la de economía– repleta de lobos.

 

Pero el libro me encandiló. Será que soy periodista y me dejo llevar. El relato de Enric González es el del ascenso y caída de una cabecera gigante. El de otro transatlántico venido a menos, aunque siga marcando la pauta. Lo leía e iba compartiendo citas interesantes con una persona acostumbrada a mis escapadas con las letras. Esto escribe Enric:

 

Yo era un tipo sin estudios superiores, un reportero que había aprendido lo poco que sabía en la calle y en el trabajo. Leía, siempre he leído mucho y tal vez sea lo único que hago realmente bien. Me parece que un periodista ha de leer como si le fuera la vida en ello, porque le va la vida en ello. Pero en ‘El País’ me formaron. Me pagaron clases de inglés y cursillos de materias económicas hechos a medida, me consiguieron una beca en Estados Unidos, me enseñaron a competir en la primera división del periodismo. Y, además, me ayudaron en momentos de grave dificultad personal. Nunca he trabajado en una empresa que me tratara tan bien como El País de los buenos tiempos. Espero que, al menos en algún momento, algún responsable de la empresa pensara que lo invertido en mí no se había malgastado por completo.

 

Vaya, me respondió. Antes les formaban a todo trapo y hoy nos piden saber de todo y experiencia para pagarnos una miseria.

 

Cuando Enric González aceptó bajarse el sueldo por los problemas económicos de su periódico cobraba 7.000 euros al mes.

 

Creo que no me equivoco si digo, simplificando bastante, que Enric González se hizo conocido por sus libros: ‘Historias de Londres’, ‘Historias de Nueva York’, ‘Historias del Calcio’ e ‘Historias de Roma’. Salvo las historias del Calcio, que no es más que una recopilación de sus columnas en la sección de Deportes cuando estaba destinado en Italia, el resto son relatos de su día a día como corresponsal. De nuevo, creo que no me equivoco –si es así házmelo saber– si digo que la mayor parte de quienes rinden culto a Enric González no han leído sus crónicas en ‘El País’. Esto escribe Enric:

 

En París tuve un cierto acceso a los máximos representantes del poder político. Eso se debió, indudablemente, al prestigio internacional de El País. También a algunas casualidades. Recorrí Francia hasta el último rincón, pateé sus calles, hablé con miles de personas, intenté que mis crónicas fueran de elaboración propia (es decir, compuestas con lo que yo mismo había visto y escuchado y no copias más o menos elegantes de la prensa local) y no cometí, que yo sepa, ningún error considerable. Estuve allí más tiempo que en Londres o Nueva York. Y, sin embargo, pocos parecen recordar mi trabajo. A veces ni yo mismo. Es curioso. Quizá se deba a que no escribí luego unas Historias de París. Lo ignoro.

 

Ten cuidado, que te conozco, recibo por respuesta cuando comparto este fragmento.

 

¿?

 

Solo te digo eso.

 

Ah, termino diciendo, si no pretendo incluirlo en mi ‘Manifiesto contra las vacas sagradas del periodismo’. Si me parece muy honesto. En realidad, está reconociendo que sus lectores fanáticos no tienen ni idea del tipo de trabajo que hizo en sus mejores años.