Historias del Bruc. Crónica sobre música, historia militar, seguridad y defensa en el cuartel por excelencia de Barcelona

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I. María. Crónica sobre la música del cuartel del Bruc

La música, como la humedad, cala los huesos. Cuando eso ocurre, mueves los pies. Podría ser que estés bailando. La música, como el optimismo, puede entrometerse en los corazones, como un califa omeya, y gobernarlos. Ha sido asaltado por la música el cuartel del Bruc, el único acuartelamiento militar de Barcelona (avenida del Ejército, s/n, en el barrio de Pedralbes, en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi). Asaltado atropelladamente. Inmisericordemente. Armoniosamente. La música del Bruc ensaya en uno de los módulos de este castillo. Se atreve con ‘María’, de West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961). Será porque quien dirige es la capitana Eva María Folch Martínez, la primera y única mujer de las Fuerzas Armadas Españolas al mando de una batuta. La partitura de West Side Story, del compositor Leonard Bernstein, suena tan bien, tan alta, tan poéticamente esplendorosa, que se cuela en cada uno de los recovecos, en cada uno de los barracones y en cada uno de los 28 edificios, con sus terrazas ciegas y sus matacanes. Su tonada traspasa los muros que delimitan el perímetro, hasta oírse, casi, en el Camp Nou. La historia de amor entre María y Tony es la banda sonora de quienes hacen la guerra… y hacen el amor.

La capitana Eva María Folch (Alcàsser, València, 1973) es la María de West Side Story, una valenciana con el uniforme del Ejército de Tierra y con cerezas en lugar de ojos. “Tocamos bien, aunque no tengamos cuerdas”, se excusa sin motivo, puesto que su “sección de música”, es decir, la Unidad de Música de la Jefatura de la Inspección General del Ejército, en el Bruc, está derritiendo el ardor guerrero con el caluroso amor de sus propuestas (boleros de Luis Miguel, piezas de Mozart para cámara, sardanas…). “Vengo de una familia de agricultores, pero lo mío es la flauta y el flautín. Yo ya había tocado la flauta travesera en la Societat Musical Santa Cecília d’Alcàsser. Luego estudié en el Real Conservatorio de Música, en Madrid, y dirección de orquesta, ya que aspiraba a dirigir una de las 22 orquestas que tiene el Ejército. Quería tener proyección. Y quería buscar mi propio sustento y dejar de vivir de mis padres. Así que, cumplidos los 18 años, entré en el Ejército, y oposité a sargento en la Banda de Música Militar [la banda es un grupo que toca solo cornetas, tambores y, ocasionalmente, gaitas; la orquesta tiene instrumentos de cuerda, y las músicas militares, percusión y viento, ya que deben tocar marchando]”, resume Eva María, cuya calidez genera una franca empatía, y que siente una predilección especial por el pianista judío y director de orquesta húngaro Georg Solti, el artista con más Grammys del mundo. “Estudié en la Escuela de Músicas Militares, en Madrid. Como flautista estuve destinada en las Islas Canarias. Y ya como directora de orquesta, estuve en Melilla, Sevilla y, desde hace año y medio, en Barcelona. Me estoy doctorando en pedagogía musical en la Universitat de Barcelona”. De ahí sus sorprendentes versiones para motivar a los más de cuarenta suboficiales que forman parte de la actual música del Bruc. Sin ir más lejos, ha interpretado a Chaikovski al son de las salvas de artillería: “Y West Side Story tiene una mezcla muy interesante de partes religiosas y sacras. El tempo es algo muy serio: según cómo, puedes aburrir con una sonata de tempo allegro…”.

La capitana, que monta una Harley y que frecuenta el Gran Teatre de Liceu, jamás se ha sentido rechazada o minusvalorada por ser mujer: “En el Ejército están claros los grados, las funciones están muy delimitadas. Me asombra cuando escucho en el telediario que las mujeres cobran menos que los hombres por según qué puestos. En el Ejército hay plena igualdad”.

Eva María Foch, María, está casada con el sargento primero Jacobo Formoso, Tony, que pertenece al regimiento de montaña y que está acuartelado también en el Bruc.

“Mi pareja dice que es un calzonazos, pero que tiene excusa: yo soy capitana, soy directora y soy mujer”.

En la sala de ensayo del cuartel del Bruc, la capitana Eva María Folch ejecuta el ‘María’ de West Side Story con una alianza de clarinetes, trompetas, platillos, oboes, saxofones, trombones, bombardinos, tubas y fliscornos.

The most beautiful sound I ever heard
All the beautiful sounds of the world in a single word
Maria

Los clarinetes casi se oyen desde el túnel subterráneo de la línea 9 del metro, que pasa a cincuenta metros por debajo del patio de armas y del portón de esta infraestructura militar (“Todo por la Patria”). A sus pies se levanta una estatua del Timbaler del Bruc, con esta leyenda: “Los mandos y tropas de este acuartelamiento; las comarcas de Anoia y Bages, y la ciudad de Barcelona, a los héroes del Bruc”.

Sobre el portón barrado y con garita de vigilancia, conectada con “la central del control de seguridad”, se iza, a las ocho de la mañana, la bandera española. En el cuartel del Bruc, de unas cincuenta hectáreas, residen unos trescientos cincuenta militares, y trabajan alrededor de mil personas. En su día, los boinas verdes del Grupo de Operaciones Especiales tenían aquí su base.

I just met a girl named Maria 

Las trompetas llegan a oídos del jefe del acuartelamiento, el teniente coronel Candela, guasón, que podría recordarnos a un personaje de los Simpson. Candela compara el Bruc con el castillo de Neuschwanstein, de Luis II de Babiera, El rey loco, y con el castillo de Walt Disney, que se inspira, precisamente, en el de Neuschwanstein, el más fotografiado de Alemania. “Además, los turistas vienen aquí creyendo que el Bruc, por su majestuosidad, es el auténtico Palau Reial de Pedralbes”, se divierte.

Algo de simpática locura se le ha contagiado a este hombre, accesible, bonachón, cómplice: “¿Hacerme a mí una fotografía? Yo sin caballo no soy nada”.

En el despacho del teniente coronel Candela se pueden contemplar las copias de los cuadros del pintor catalán Francesc Sans que recrean la campaña africana del general Prim (1814-1870). Y se pueden consultar los álbumes de fotos de los ingenieros que construyeron, para dos regimientos, “el cuartel de infantería de Pedralbes”, en 1932: el teniente coronel Vicente Martorell y el capitán Vicente Martorell, padre e hijo, respectivamente.

En la torre del rey loco del Bruc, el reloj da las horas con maquinaria digital. “Buscamos un relojero en los anuncios del periódico, porque necesitábamos a algún experto que supiera arreglar estas piezas antiguas, como en la película La invención de Hugo [Martin Scorsese, 2012]. Cuando vino, cambió el mecanismo y puso uno digital, porque el que había ya no se aguantaba. Algún día lo donaremos a un museo”, explica el teniente Yáñez, uno de los capos del lugar, que se despide del capitán Barroso con esta apergaminada fórmula protocolaria: “¿Ordena algo más, mi capitán?”.

And suddenly that name
Will never be the same
To me
Maria

Los platillos se oyen desde la cantina del Bruc, que cuenta con billar, y que está ornamentada con fotografías paisajísticas de París y de Nueva York. En el dintel de la puerta, tres relojes, con la hora de Afganistán, Líbano y Barcelona; esta última, atrasada. En la televisión, arrinconada, se emite un programa de vídeos impactantes, de Mini Coopers de carreras que se estrellan contra las barandas de protección.

I just kissed a girl named Maria 

Los oboes se oyen en la galería de tiro, prácticamente abandonada.

“Tenemos una mínima cartuchería: plomillos, munición neumática… Ahora las prácticas de tiro se hacen en Sant Climent Sescebes, en Girona”, responden los reclutas.

“El jefe de la unidad será responsable de los ejercicios que se estén realizando”, se lee en las normas de uso. En la galería de tiro, amortiguada por paneles fenólicos, se simulan los asaltos a las posiciones enemigas. 

And suddenly I found
How wonderful a sound
Can be
Maria

Los saxofones se oyen desde la calle del Gran Capitán, en el Bruc, en la que se encuentra el Edificio B, donde se alojan las asociaciones cívico-militares de veteranos, más los reservistas.

En la calle, se instruyen en técnicas de combate los hombres del teniente coronel Gambín, del Batallón de Cazadores de Montaña. Probablemente, se preparan para la misión de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), en Afganistán (Herat, Qala-e-Naw…). Son chicos (y alguna chica) veinteañeros, rapados prácticamente al cero, con botas militares marrones que se camuflan perfectamente en la arena. “¡Al suelo, ya! ¡Arriba! ¡Al suelo!… ¡No, no, no! ¡No quiero oír que golpee el arma en el suelo!”, arenga el instructor, bregado en las emboscadas de los talibanes, y que empuña, como si fuera un bastón o el mando de un equipo HiFi con amplificadores y válvulas, los fusiles Pim Pam (G36E) de la firma alemana Heckler & Koch, que han sustituido a los viejos y anticuados Cetmes.

La veintena de soldados se ejercita en Pedralbes antes de marcharse a Afganistán. [Este artículo fue escrito antes de la retirada de todas las unidades militares extranjeras de país asiático]. En el Edificio 104, una placa recuerda al cabo Romero Meneses, “primer caído en combate de las tropas de montaña en la operación R/A (Romeo/Alfa), en Badghis (Afganistán), el 1 de febrero del 2010”.

Say it loud and there’s music playing
Say it soft and it’s almost like praying
Maria

Los trombones se oyen desde el rocódromo y desde el almacén de intendencia del cuartel, que recibe al soldado con una frase que podría haber dicho Horacio: “Aquí no puede acampar quien no sepa dar lo mejor de sí mismo”.

I’ll never stop saying
Maria
Maria, Maria…
Maria 

Los bombardinos se oyen desde el archivo “intermedio”, con “cajas a granel”. Lo gestiona el teniente Fores, de prodigiosa memoria: “Cuando una unidad se disuelve, nos mandan todos los documentos que tienen sobre ella, y esa información la clasificamos y la empaquetamos en cajas que, el día de mañana, irán a dormir al Archivo General Militar de Guadalajara, al Archivo General Militar de Segovia… Aquí tenemos 17.000 cajas con expedientes (por ejemplo, la caja número 86 contiene listados de Zaragoza). A ver, dime un año…”, reta, y se desmadra por los pasillos, subido a las escaleras de tijera. Es del Barça, lo cual queda patente por los pósters de la entrada, con el equipo blaugrana de fútbol: “Gràcies, equip”. 

Say it loud and there’s music playing
Say it soft and it’s almost like praying
Maria
 

Las tubas se oyen desde la residencia de los mandos, “el alojamiento logístico” construido en 1969.

I’ll never stop saying
Maria

Los fliscornos se oyen desde la Biblioteca de Historia Militar, en el Bruc, cuyo bibliotecario en jefe es el teniente coronel Homedes, con vocación de humanista del Renacimiento. Sus ocho salas de consulta son de acceso público (previa autorización), y su horario es de nueve de la mañana a dos de la tarde. La biblioteca contiene casi treinta mil libros y más de dos mil mapas, sobre los que se interesan científicos e investigadores enfrascados en sus tesis doctorales. Los originales más valiosos pertenecen a los siglos XVII y XVIII, sobre armas, arquitectura, química, física, fortificación, geología, ferrocarriles, caballería, electrónica, ingeniería (Tratado de ingeniería militar, de W. Hoffmann, de 1940), NBQ (Nuclear-Bacteriológico-Químico), botánica, agricultura (Proyecto Ley de Montes, de Olazábal, de 1877)… “Es decir, temas eminentemente militares”, revisa Homedes. También hay clasificadores de madera en los que se compartimentan las guerras más mortíferas del siglo XIX y XX: guerras carlistas, guerra franco-prusiana, etcétera. La Técnica del golpe de Estado, un ejemplar de Curzio Malaparte de 1928, anda medio suelto.

Pasados los estantes, en la pared del fondo de la biblioteca, el “Plano de los alrededores de la ciudad de Barcelona levantado por orden del Gobierno para la formación del proyecto del Ensanche”, firmado de su puño y letra por el urbanista Ildefons Cerdà, en 1855. En el mapa, desplegado, de la mitad de tamaño del Guernica, de Picasso, se distinguen las baterías, los fuertes y las rondas de Barcelona. “En lo que hoy es el Moll de la Fusta, aquí –el teniente coronel Homedes se acerca al cristal que lo protege y señala con el dedo– había una muralla que daba al mar”.

The most beautiful sound I ever heard
Maria

El 27 de marzo, se proyecta West Side Story en la Filmoteca de Catalunya: “Celebrada adaptación del musical de Broadway que traslada la tragedia de Romeo y Julieta al enfrentamiento entre bandas en la zona del West Side de Nueva York. Del filme, galardonado con diez Oscars, destacan el trabajo coreográfico de Robbins y los títulos de crédito finales de Saul Bass”.

En la sala de ensayo del cuartel del Bruc, este cartel: “Cierren la puerta si el aparato de aire acondicionado o de calefacción está en funcionamiento”.

Aunque la puerta se cierre, las notas se escapan.

Es la fuerza del amor.

María.

*    *    *

Associació de Veïns de Pedralbes

“El quarter del Bruc és un gran edifici de Pedralbes. Hi està des de 1929, i encara hi té vida. És normal veure els reclutes, o soldats, fer footing pels carrers del nostre barri. El Campus Nord de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), que té la continuació de l’avinguda de l’Exèrcit –que comença al carrer de González Tablas i que, normalment, acabava a la plaça d’Eusebi Güell; l’últim tram està integrat al Campus Nord UPC i és peatonal–, va ser, durant molts anys, una zona erma en la que els soldats feien pràctiques de tir, i rumors obscurs del barri comenten que allà també s’hi van afusellar persones durant la primera posguerra, encara que no és gens segura aquesta afirmació.
A nosaltres, de l’Associació de Veïns de Pedralbes, no ens molesta gens el quarter del Bruc, però sabem que tant des de l’Ajuntament com des de la Generalitat es demana que el Ministeri de Defensa traspassi el lloc a Barcelona. Segons tenim entès, es voldria construir-hi tant zona comercial com educativa, ampliant la UPC. De totes maneres, aquest futur és encara molt llunyà i, per tant, la nostra associació no es preocuparà pel quarter, ja que en els últims anys no ha estat mai un problema.

 

II. Barcenistán. Crónica sobre las Fuerzas Armadas de España que se instruyen en el Bruc para su misión en Afganistán

Las tropas de montaña del Ejército Español son una pieza clave de la campaña de la otan en Afganistán, que se inició en el 2002 con la Operación Libertad Duradera, en la lucha encabezada por Estados Unidos contra el integrismo de Al Qaeda. Por ahora se ha convertido en la misión más sangrienta (98 militares fallecidos) y la más cara para el erario (supera de largo los dos mil millones de euros). Es el coste de una guerra de esas que eufemísticamente se llaman “de baja intensidad”, porque no hay un enemigo reconocido (la Administración de George Bush Júnior apeló al término de “enemigo combatiente” para vadear los tratados internacionales) y porque no hay una posición clara que conquistar (la liberación de la mujer del burka, por ejemplo, se ha dado por perdida). Pero esto pertenece a la política. Y los militares obedecen órdenes, no deliberan.

El Ejército sigue aportando su granito de arena a la democratización de Afganistán, con apenas mil soldados en la base de Herat (bautizada Camp Arena) y en la de Qala-e-Naw (Ruy González de Clavijo), al oeste del país. Y el Batallón de Montaña acuartelado en Barcelona ciudad se adiestra en el Bruc, en medio del barrio residencial de Pedralbes, entre boleras y locales de copas.

A las ocho de la mañana, los pajaritos.

A las ocho de la mañana, los ecos de la fiesta (latas de cerveza Heineken en los Jardines de Shakespeare, latas de cerveza Moritz en los setos de la Facultat d’Economia i Empresa de la Universitat de Barcelona…).

A las ocho de la mañana, en el cuartel del Bruc, silencio. Toque de izado de bandera.

A las ocho menos cuarto, el soldado Cárdenas (“¡presente!”) hace labio, una especie de pruebas de sonido para comprobar cómo suena la corneta. El soldado Cárdenas insufla aire en la boquilla de una corneta lacada, ligera, con boquilla. Llena de aire los pulmones, se le hinchan los mofletes hasta que casi se le nubla la vista, y lo suelta para dar con las notas precisas de la primera estrofa del Himno Nacional, una interpretación sin excesiva fanfarria, muy castrense.

En el momento en el que el soldado Cárdenas hace labio, los ordenanzas pasan lista a la tropa, que forma en el patio de armas del Bruc, el único cuartel que queda en Barcelona capital.

En el Bruc acantonan cuatro compañías, con un centenar de miembros cada una de ellas. Las compañías componen el Batallón Barcelona IV/62, que a su vez depende del Regimiento Arapiles 62, con sede en Sant Climent Sescebes (Girona). Este es uno de los regimientos de las Tropas de Montaña (Jefatura de Tropas de Montaña), cuyo cuartel general se encuentra en Jaca (Huesca).

El sargento de cada una de las compañías se encarga de las “cuestiones de servicio”, entre las que se encuentran la revista de la formación. Cuando pasan lista, a falta de diez minutos para el toque de izado de bandera, las voces de los reclutas, roncas como la metralla, rebotan en el pavimento de grava. El sargento dice “¡Menéndez!”, y Menéndez se da por aludido: “¡Presente!”. El sargento dice “¡García!”, y García se pone firme, con la mirada en lontananza: “¡Presente!”.

Tanto Menéndez como García visten chándal deportivo azul flúor, pero con camiseta de distinto color. La de Menéndez es amarilla, mientras que la de García, roja. Los colores se relacionan con el banderín de enseña de las distintas compañías, unificados en el Ejército de España: la camiseta de la primera compañía siempre será roja; la de la segunda compañía, amarilla; la de la compañía de servicios, o tercera compañía, verde, y, por último, la cuarta compañía, la de mando o apoyo, es de color azul. Como en el parchís.

En el dorsal, el emblema de las Tropas de Montaña: dos esquís cruzados, una trompa y un piolet en el centro.

A las ocho menos cinco, con la expectación de los Sanfermines, el teniente coronel Manuel Gambín aligera la tensión, después de comprobar que cada uno ocupa el lugar que le corresponde (si alguno no se presentara, se le llamaría al teléfono móvil). El bramido de Gambín: “¡Descansen, ya!”. Y la tropa descansa, lo que supone que echan barriga, bajan los hombros, ponen los brazos en jarra, se apoyan sobre un pie, bostezan y cotillean como cotorras.

A las ocho en punto dos guardias de la seguridad del cuartel izan la bandera de España, de dos por dos metros, en la azotea de una de las torres del “castillo de Disney” del Bruc. El soldado Cárdenas no puede fallar, se ha preparado concienzudamente, como un cantante en el programa de Antena 3 Televisión El número uno.

Dura dos minutos. Mientras suena el Himno Nacional, la vida se detiene en el cuartel del Bruc; hasta en la cantina se dejan de servir cortados. En el patio de armas, el soldado Antonio Niebla (Barcelona, 1988), en actitud hierática, recto como el palo mayor de la Santa María, piensa vagamente en lo mucho que le queda por aprender. “No sé, me gustaría ser ingeniero, siempre he admirado la labor de los Tedax [técnico especialista en desactivación de artefactos explosivos]”, sueña despierto. Por ello, desde hace un año se está preparando para la carrera de oficial, de las asignaturas de Matemáticas y Física, que no le son del todo ajenas. En el 2007, Antonio Niebla, que cada tarde va a un gimnasio de la plaza de la Sagrada Familia, rellenó la solicitud de preinscripción con la que cursar la licenciatura de Química en la Universitat Autònoma de Barcelona. No esperó a que le admitieran. Antes de eso ya se había alistado.

“Sí, me gustaría especializarme para desactivar las ‘bombas trampa’, como las que hay en los caminos de tierra de Afganistán”, asume, convencido de que él puede aportar su conocimiento al bienestar de la población autóctona. “Yo aún no he ido, pero por lo que he visto por la tele da la sensación de que es una región metida en una burbuja del tiempo”.

Cerca del soldado Niebla, con la camiseta de otro color, se encuentra en posición de firmes, mientras se iza la bandera, la soldado Carla Torrejón (Barcelona, 1986), serena y bucólica. “Yo tampoco he ido a Afganistán, pero allí se pueden hacer muchas cosas para aliviar el sufrimiento de la población local”, afirmará posteriormente. “Sé que mi marido lo aprobaría; él también es soldado”. (“El amor es infinito y sabe esperar”, escribió Sándor Márai en La mujer justa).

Carla tiene dos niños, y quizá por su maternidad alumbra esperanzas para mitigar el dolor de los demás. Se quiere sacar la carrera de Medicina: “Hoy voy a echar los papeles, no lo voy a dejar más”.

Su caso es atípico. No viene de una familia de tradición militar (su madre se cabreó con ella por su decisión; sus dos hermanos no han hecho la mili). En el 2006 fue reclutada por las Fuerzas Armadas porque en ellas veía orden y disciplina: “Eso es lo que busco, orden y disciplina, orden y disciplina”, repite. “Las cosas claras y bien hechas”.

Si acabó en el Bruc es porque le encanta la montaña: “Además, he sido socia del Club Excursionista de Gràcia”.

Quien sí ha estado en Afganistán es el teniente José Miguel Rubio (Cáceres, 1982), con gafas y con una tranquilidad pasmosa, jefe de la sección de reconocimiento y jefe de la compañía de mando y apoyo (“es que el capitán Tenza pasó a la reserva, y por ahora estoy yo”). En el 2008, se graduó con el rango de teniente en la Academia General Militar de Zaragoza. Desde agosto pasado, su destino es Barcelona. “Lo recuerdo perfectamente. El 4 de noviembre del 2009 nos fuimos al aeropuerto del Prat. El Ejército había fletado un avión de Air Europa. Viajamos hasta Tayikistán, y allí, en un Hércules [Lockheed C-130, de transporte táctico] volamos hasta Herat, donde tenemos la base”, hace memoria. “Afganistán es un país desértico, con una pobreza extrema. Los niños y las mujeres se acercaban a nuestras ambulancias para recoger medicinas. Mucha pobreza. Yo estaba en un convoy en el paso de Sabzak cuando un ied [artefacto explosivo improvisado, en sus siglas en inglés] acabó con la vida del cabo Meneses”.

Antes de marcharse a Afganistán, el teniente Rubio, con los integrantes de la compañía de maniobra de su contingente, se preparó al menos durante medio año para saltar al “duro y sacrificado” desierto.

La instrucción en el Bruc para la misión de Afganistán cuenta con los imprevistos y con las tareas rutinarias: en el patio de armas, en el que ahora se oye el Himno Nacional, los vehículos blindados de patrullaje simulan checkpoints o controles de carretera. “En esta explanada que ves hacemos como que viene un coche y nosotros le damos el alto. Luego, también, tenemos un entramado de paredes levantadas que simula un polígono de combate en zonas urbanizadas. Y para que la preparación física sea la adecuada, montamos las tirolinas y las semipermanentes [pelahuevos en el argot militar, sobrepasar obstáculos naturales arrastrándote por el suelo]”.

Mientras el corneta languidece y se desinfla, el brigada Antonio Berna (Bilbao, 1966) echa atrás la cabeza, sin que recule, para colocar los pensamientos cuesta abajo. Se acuerda del cabo Meneses, en cuyo honor se ha colocado una placa en una de las calles del cuartel.

En 1984, Berna se incorporó al Ejército como soldado voluntario. Tras su paso por la Academia General Básica de Suboficiales, en Tremp (Lleida), sentó plaza en Barcelona, en 1988, donde reside. Casado y con dos chavales, explica que lo más duro de Afganistán es la distancia con los seres queridos. “Fui a Afganistán, en el 2009, y es como si hubiera ido a la Edad Media. Allí no hay nada, nada, nada”, ilustra con las manos extendidas, marcando una paramera desolada y deshabitada.

“Para ir a Afganistán, nos entrenamos a conciencia. Salimos en grupos hacia sitios apartados, para realizar ejercicios de orientación y marcha. A veces nos vamos a Vallirana; otras, a Collserola; otras, a Gavà, o bien al Parque Natural del Garraf. ¿Que si vamos con el arma? Claro, en actitud discreta, pero con el arma. ¿Cómo sino hacer marcha?”, reacciona el brigada Berna, perteneciente a la plana mayor del batallón. “La sociedad valora la institución a la que pertenecemos, pero no nos conocen. Si así fuera, no se alarmaría tanto y no habría polémica por que vayamos con el arma a cuestas a Collserola. No es para tanto el revuelo”.

El soldado Cárdenas se despega la corneta de los labios. La bandera de España flamea con un viento flojo de componente suroeste. Las tropas de montaña del Bruc rompen filas. Llega la hora de sudar: series de treinta abdominales y treinta flexiones. Y vueltas sin fin, al son de un aguerrido vozarrón que provoca alaridos: “¡Yo soy parte y atacando!”. Y los soldados, en compacta formación, al trote, repiten como un papagayo: “¡Yo soy parte y atacando!”…

 

III. DIFAS. Crónica sobre el Día de las Fuerzas Armadas en el cuartel del Bruc

“El Ejército español quiere hacerse querer”.

Este podría ser el titular de las crónicas que se escriban tras la visita al cuartel del Bruc (carrer de l’Exèrcit, 7), que del 5 al 7 de junio ha abierto sus puertas a los barceloneses con motivo de las actividades en torno al Día de las Fuerzas Armadas (DIFAS, 6 de junio).

Se hace querer porque tiende la mano.

La letra de la canción El paso del Ebro, cantada por los soldados republicanos en la infausta Guerra Civil (concretamente, tras la Batalla del Ebro, del 25 de julio al 16 de noviembre de 1938), se oye nada más cruzar el umbral de este Exin Castillos.

El Ejército del Ebro
¡rumba la rumba la rum bam bam!
Una noche el río pasó,
¡ay Carmela, ay Carmela!

En el patio de armas, los tenderetes con lo más granado de los artefactos para matar. Los niños juegan con ellos como si fueran carruseles de circo.

En el Escupefuegos (o Pampampam; vehículo polivalente ligero “de operaciones de mantenimiento de paz” Lince, de 6 500 kilogramos), los niños sujetan la ametralladora de la torreta, que ha disparado contra los talibanes en Afganistán.

Al Monociclo (o Pimpampum; vehículo blindado de combate RG-31 Nyala) se acerca un padre de familia, que se dirige al Soldado 1, a quien ya conoce: “¡A mí la Legión! Aquí vengo con los chavales”.

El padre, afeitado y con voz motorizada, le dice a sus chicos: “¿Queréis subiros aquí?”.

En el Rola Bola (“área interactiva infantil”, recorrido de obstáculos), un niño con la camiseta del Athletic Club se ha metido entre ceja y ceja dar dos vueltas completas. “Vamos, campeón”, le anima la Soldado 2.

En las Anillas (estand del Centro Geográfico del Ejército, con diversos planos), anaglifos de Barcelona (escala 1: 12 500).

La Magia (o Tracatacatá; ametralladora pesada Browning M2 QCB, del calibre 50) envuelve a los niños con los colores de la bandera española pintados en sus mejillas.

El Volatinero (Escuadrón de Apoyo al Despliegue Aéreo, cabina de un caza F-18 Hornet) lleva por lema: “Obviam primus” (Los primeros en llegar).

Los Titiriteros (“diverso material y equipo que llevan los pilotos del Ejército del Aire”) venden camisetas estampadas con estos nombres: Ala 15, Spanish Air Force, Quien ose, paga…

Cuestan 15 euros. Las diseña la empresa textil Nath (“Donde se unen moda y promoción”), de Amposta (Tarragona).

Polo+llavero+parche = 30 euros.

Los Juegos Malabares (servicios de la Guardia Civil) reúnen varias especialidades: grupo especial de actividades subacuáticas; servicio de desactivación de explosivos y defensa nrbq (Nuclear, Radiológica, Biológica y Química); servicio de protección de la naturaleza; servicio marítimo; equipo cinológico (adiestramiento de perros) y el laboratorio de criminalística con sus maletines para encontrar huellas, más el reactivo “bluestar forensic” (“revelador de sangre más efectivo en el mercado”).

“Mira, el CSI”, se entusiasma un crío; por la serie de televisión CSI: Crime Scene Investigation (CBS).

Ese mismo niño pondrá el ojo en la mirilla del rifle francotirador Pampumpim (Sig Sauer SSG 3000). “Solo tenemos uno en toda la unidad”, avisa el Soldado 3.

Los niños hacen cola para subirse al cañón del Hombre Bala (carro de combate Leopardo 2E, de la división mecanizada Brunete, que vale unos once millones de euros).

Los niños agitan sus banderitas de plástico en la Cuerda Floja (o Bangbangbang; vehículo de reconocimiento y combate Centauro).

Con el Trapecista (o Piumpiumpium; vehículo de combate de infantería Pizarro) los niños son felices, y sus gorjeos suenan a lluvia, a camiones por las nubes.

La Cama Elástica (radar Raven, “constituye el elemento de vigilancia-alerta del espacio aéreo”) atrae la mirada de un pequeño con la camiseta del [entonces] jugador del Barça Messi.

Suben y bajan del Contorsionista (vehículo de movilidad táctico Uro Vamtac).

La Tela Acrobática (o Boom; helicóptero de ataque Eurocopter EC665 Tigre) les sirve para descubrir los misiles aire-aire Mistral (Boom boom) y los misiles aire-tierra Spike (Boom boom boom).

En la sala histórica del Batallón de Transmisiones (en la “sala de mandos” del Bruc), fotografías de los “altavoces del frente” del Ejército Popular Republicano, durante la Guerra Civil Española (1936-1939).

En la cantina, “precios Día de las Fuerzas Armadas” (bocadillos de panceta, pechuga y lomo, 1 euro).

“El Ejército español quiere hacerse querer”, podría ser el titular.

Y también “Port Aventura o el mercadillo de las armas”.

En el díptico que se reparte: “El Ejército es de todos”.

Una noche el río pasó…
Pero nada pueden bombas
¡rumba la rumba la rum bam bam!
donde sobra corazón
¡ay Carmela, ay Carmela!

*    *    *

Al mismo tiempo, a pocos kilómetros del Bruc…

Exposición temporal en Gobierno Militar de Barcelona: “Ingenieros, soldados y sabios”: “Breve selección de piezas museísticas y el uso de recursos audiovisuales, agrupados en tres salas, nos adentra en la historia y el papel del Ejército Español en Cataluña”.

Los estudiantes de la Universitat de Barcelona, a grito pelado: “Fora les forces d’ocupació!”.

En el mismo momento, en la Biblioteca de la Facultat de Comunicació i Relacions Internacionals Blanquerna, de la Universitat Ramon Llull, la estudiante de máster de reporterismo Mar Burgueño expone su trabajo de fin de curso, titulado Aproximación al Ejército español contada por sus protagonistas: “Al vivir toda mi vida en Zaragoza he tenido muchos amigos y conocidos dentro de la Academia General Militar y siempre he sentido orgullo y consideración hacia esta institución. Por eso, cuando me trasladé a Barcelona me sorprendió mucho la sensación que tenía la gente de mi alrededor hacia el Ejército, que básicamente se basaba en tacharlos de fachas y que dentro de poco invadirían la Diagonal de Barcelona con los tanques. Sobre todo, fue por esta ignorancia generalizada que advertí por lo que me decidí a enfocar mi trabajo​ ​hacia este tema”.

 

IV. Los matemáticos. Crónica sobre una visita a la biblioteca del cuartel del Bruc

Entrar en el cuartel del Bruc con un ejemplar de los Ensayos de Emerson es como volver a la Normandía de la Segunda Guerra Mundial.

Los cinéfilos recordarán el pasaje de la película Salvad al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) en el que el cabo Timothy E. Upham (Jeremy Davies) y el capitán John H. Miller (Tom Hanks) citan al pensador norteamericano: “La guerra enfrenta a los hombres en tan íntima conexión en los momentos críticos que el hombre es la medida del hombre”.

Los no cinéfilos confundirán a Ralph Waldo Emerson con el futbolista de la Selección italiana Emerson Palmieri.

El coronel Alejandro Rubiella (Barcelona, 1963), destacado en misiones de inteligencia en medio mundo, conoce a Emerson (el bueno) porque entre sus aficiones se encuentran los libros, y si son libros descatalogados, apolillados y cervantinos, mejor.

En el 2017 dirigió la Biblioteca de Historia Militar del cuartel del Bruc de Barcelona, que se integra en la red del Instituto de Historia y Cultura Militar, y parecida a la biblioteca de Hogwarts en muchos aspectos: ediciones mágicas, buscadísimas y de letras audaces. (En la actualidad, manda en el centro Miguel Escolano).

“Aquí hay muchos secretos y muchos tesoros”, alega el coronel Rubiella, lechuza, lebrel y corzo, tres animales en una misma personalidad.

Entre otros, la biblioteca del Bruc aglutina los fondos del castillo de Montjuïc, cedido hoy al Ajuntament de Barcelona. Y en las dependencias, de unos trescientos metros cuadrados, en el lado Diagonal, se halla el grueso de las obras que produjo la Real Academia Militar de Matemáticas de Barcelona, creada por el flamenco de la Academia Militar de Bruselas Joris Prosper Verboom, en el siglo XVIII, tras la pérdida de Flandes (1713). Ejemplos de secretos y tesoros:

La fortification, de Antoine de Ville (1672); Opuscula mathematica, philosophica et philologica, de Isaac Newton (1744) y Colección general de las ordenanzas militares, sus innovaciones y aditamentos, de Joseph Antonio Portugues (1764).

Gruesos tratados con lomos de carne, con tipos de imprenta que ya ni se fabrican, con lujosas portadillas en las que se menciona al rey de turno.

“De la Real Academia Militar de Matemáticas saldrán las escuelas de arquitectos y las escuelas de urbanistas y de ingenieros civiles”, anota.

Entre tanta monografía de fría piel, un mapa destaca entre todos los mapas: el Sitio de Barcelona de 1697 (15 de junio-8 de agosto de 1697), en el que los franceses del mariscal De Vendôme vencieron a los infantes y somatenes del virrey de Cataluña, Francisco de Velasco, que huyó, “capitulando Barcelona según el más riguroso estilo de guerra”.

Los no cinéfilos, los de Emerson Palmieri, se quedarán con la entrada de Wikipedia.

Los cinéfilos, los de Waldo Emerson, escucharán al coronel Rubiella, de formación historiador.

Disertación sobre el facsímil del mapa del Sitio de Barcelona, en el marco de la guerra de los Nueve Años (el mapa original descansa en una cartoteca de Francia): “En este plano no está la Ciudadela, que se construyó a partir de 1714. La Barceloneta, en esa época, tampoco existe; se creará el barrio nuevo [1753] con los vecinos que se desalojen de La Ribera para levantar la Ciudadela, que no deja de ser un cuartel que evita que los soldados se alojen en casas particulares”, dice el coronel, y de tanto en tanto algún soldado se le cuadra y le saluda: “A la orden de usía, mi coronel”. “Es muy importante entender que los franceses tenían un permanente interés en la conquista de Barcelona. De hecho, Barcelona pasa a estar controlada por el rey Luis XIII durante un tiempo. Por ello, la ciudad debía estar bien amurallada”.

En la carta se observa la fortificación abaluartada, que resiste bien la artillería: murallas bajas, enormes, con baluartes armados con cañones. A día de hoy, quedan los restos arqueológicos, entre otros, del Baluarte de San Antonio, en el Mercat de Sant Antoni.

En el mapa de la plaza de Barcelona colgada en la biblioteca del cuartel del Bruc, se distinguen diversos enclaves: El Palacio (edificio de la Delegación del Gobierno), Puerta del Mar (Facultat de Nàutica), Baluarte de Tallers (calle Tallers)…

Prosigue Rubiella: “El castillo de Montjuïc es fundamental para defender la capital: no es un castillo para agredir la ciudad, sino para defenderla. Ante la imposibilidad de conquistar la montaña, los ingenieros del enemigo planean zanjas para aproximarse a las murallas del noreste, zanjas perpendiculares con el fin de no ser batidos, y cavaron una mina para hacer explotar la muralla. El enemigo identifica las zonas débiles y barre lo que hoy es el barrio de Fort Pienc [Eixample]”.

Con el dedo señala la Rabassada, el Tibidabo, Vallcarca… y la riera que fluye por las Ramblas. Y la “zona polémica” en la que estaba prohibido edificar porque se encontraba al alcance de las bombas. (Las villas de Gràcia y Sarrià surgirán más allá de este radio).

Con el dedo señala también la laguna cercana al mar (metro de Llacuna), territorio impracticable y pantanoso.

“El castillo de Sant Ferran, en Figueres, el más grande de Europa y con contraminas, se construye a partir de 1753 para frenar a los franceses en la frontera de los Pirineos”, explica, y expone las diferencias entre galeras y fragatas y entre balandros y navíos, los diferentes caminos y las paradas de posta, y el significado de términos como trincheras, fuertes y contraescarpa (pared en talud del foso).

Y expondrá “ataques, brechas y cortaduras hechas en la guarnición” por los regimientos franceses (Bretaña, Narbona, Poitiers…).

El coronel Alejandro Rubiella, que ha intervenido en las misiones de Bosnia, Afganistán y Colombia, pronuncia una frase que le sale como a Clint Eastwood en El sargento de hierro. Es esta: “Los militares no son conservadores, se adaptan y evolucionan. Si no, mueren”.

Aplicado al Bruc: en unos meses se abrirán las salas de estudio de la biblioteca para hacerlas más accesibles a la ciudadanía.

 

Coda. Los hombres de Ramos. Crónica sobre los ejercicios de maniobras

…Salida del Bruc.

Llegada a Aragón. 

En el somontano de la aridez extrema del Centro de Adiestramiento de San Gregorio (el campo de maniobras militares más grande de España, con 34.000 hectáreas), en el páramo sediento de las proximidades de Zaragoza, los hijos de Estilicón protegen el imperio. Es un recurso dramatizado, pero contiene tres cuartas partes de verdad. Flavius Stilicho, Estilicón, fue un general romano, hijo de un vándalo que sirvió en Germania, y que se ganó el afecto del emperador Teodosio porque le ayudó a mantener unido el territorio. A la muerte de Estilicón, traicionado por unos politicuchos ávidos de poder, el imperio se dividió, con lo que sus fuerzas flaquearon, y los godos de Alarico entraron en Roma. Pues bien, en las inmediaciones de la antigua Caesar Augusta (Zaragoza), el cabo primero Ramos comanda una guardia de dos hombres que, con el mismo tesón que Estilicón, podría acabar con suevos y alanos y, si se lo propusieran, conducir legiones bajo el arco del triunfo de la Puerta de Alcalá.

Es una piedra dura el cabo I Ramos (prefiere que se le conozca por su graduación y no por su nombre). No está para tonterías. Responde cuando se le pregunta y, si no se le pregunta nada, calla; mejor estar callado. Eso sí, cuando abre la boca, suelta unas carcajadas estridentes, densas y calientes, de carillón, de esas que contagian a todo el regimiento y que pueden llegar a rebotar en los riscos de las cumbres de Gredos. El cabo primero Ramos (Málaga, 1974) es el jefe de la Mars Pathfinder (vehículo de alta movilidad táctica Vamtac), carro ligero de combate, la versión española de los Hummer estadounidenses, esos que siempre están ardiendo en el infierno de Irak (precisamente, los Vamtac de los regulares –con aire acondicionado, barras antivuelco y “otras movidillas”– patrullaron por la zona asignada a las tropas españolas en las afueras del triángulo suní. Los impactos de ametralladora son visibles en la chapa). Su blindaje cubre la caja del personal; el capó, el techo y el maletero carecen de protección especial.

“Soy el jefe del equipo, el que da las órdenes que seguir, el que desembarca en una posición desenfilada. Localizo el objetivo. Al tirador le digo qué objetivo es. Yo le doy los pasos que seguir antes del disparo y, cuando él lo tiene, realiza la acción de fuego, cortamos el hilo, damos media vuelta y nos replegamos rápidamente”.

Ramos es un como un mapuche, guerrero, con la voracidad de los murciélagos y el moreno de piel de los osos pardo. Es grueso como Bruto, el pretendiente de la Olivia de Popeye, pero algún bicho extraño le ha picado y le ha inyectado una dosis de bondad que no concuerda con su constitución. Ramos podría saltar de su vehículo con el fusil Tatatá-piong-tatatá (fusil H&K G-36 de calibre 5.56 mm y de fabricación alemana, parecido a la Checa) y doblarse el tobillo por intentar no chafar un escarabajo pelotero. Así es Ramos, portentoso y sencillo, que cuando dice lluvia es que llueve y cuando dice “esta es un arma de doble filo” es que quiere decir exactamente “esta es un arma de doble filo”, sin ambigüedades.

El 1 de diciembre de 1991 se alistó en la Legión. “Siempre me ha atraído la Legión. Con cuatro años me escapé del colegio para ver a la Legión desfilar”, confiesa con agrado. “Mi hermano fue legionario antes que yo. Me alisté en Málaga con 17 años. Allí elegí el Tercio de Melilla”. Y allí formó la familia. “Tengo mi casa en Melilla, mi coche, mi mujer y mi todo”.

Sus frases son, en esencia, tan enjundiosas y telegráficas que vale le pena anotarlas sin mayores vestimentas: “No es mi compañero, es mi legionario”; “mi sueño era la Legión; nunca he querido ir a la Academia, aunque me gustaría ascender a cabo mayor”; “el campamento de un legionario es más duro: meterles nuestra tradición, nuestro desfile, nuestras canciones…, el tema de ser un legionario, que no es lo mismo que ser un soldado. El legionario tiene que estar preparado para ir a la vanguardia de España, adelante, para lo que venga, lo que España diga”.

Ríe a carcajadas sueltas y calientes.

El cabo primero Ramos se ha fogueado con fuego real en guerras convencionales, reales, verídicas, de las que muere gente. Es de la generación de Bosnia. “A mí me pilló el principio, con la operación Comisión Aposentadora en Bosnia, y fue raro, acostumbrado a la vida española…, llegar allí y ver eso… En Bosnia le dieron un tiro en el cuello al teniente Aguilar, mi teniente. Había cosas durillas, pero es lo que hemos escogido nosotros”.

A Bosnia, una década después, le siguió Kosovo, también en los Balcanes. “Estuve en el 2001, con los de Ronda. Sin novedad, no hay problema”. Ese “sin novedad, no hay problema” lo repite como el ajo, un latiguillo que usa sin cansarse porque le da “buen rollo”.

“La misión de Kosovo del 2001 fue una misión dura. Teníamos que desarmar a los serbios y meterlos dentro, en su país, más la guerra de Macedonia esa, pero sin novedad, no hay problema. Volvimos todos vivos, excepto un legionario que murió en un BMR”, menciona, y expone los motivos por los que tantos soldados españoles han muerto por accidentes de carretera en el extranjero. “Allí las carreteras son carriles para dos coches, más el hielo y el frío… En Kosovo se partió la transmisión de un vehículo, se frenó el BMR, y volcó y pilló al legionario”.

Por estar en Melilla los legionarios gozan de 50 días de vacaciones, que se reparten entre Semana Santa, Navidad y los meses de verano. Este año, no pisará la playa, en la Pineda de Tarragona, donde Ramos posee una casa. Ha de trabajar: “Solo tendremos diez días porque en agosto me voy otra vez cuatro meses a Kosovo”.

El correo electrónico de este “servidor de la Legión” empieza por Osojane: “Es el nombre del valle de Kosovo donde volvimos a meter a los serbios. Son mis recuerdos”.

El cabo primero Ramos es fiel a su bandera, y remata sus frases, que aligera con sonrisas inocentes, con un sentimiento tan manido que ya se ha convertido en un eslogan electoral: “Hasta que España quiera”.

Ramos está orgulloso de su pequeña unidad del Tercio de la Legión de la I Comandancia General de Melilla, unidad formada por otros dos hombres: el caballero legionario Lazar, disparador, y el cabo Amaruch, conductor.

Hussein Lazar (Melilla, 1985) es caballero legionario desde el 23 de noviembre del 2003, cuando contaba con 18 años: “Pos nada…, sobre la marcha…, con los desfiles…, una cosa que me llamaba la atención. El cuartel lo tenía al lado. De pequeño, me ha ido llenando, me ha ido llenando…”.

Con su mujer, Dunia, tiene un niño de dos añitos que se llama Nabil.

Es tirador del Fiuuuuun… Boom (Tow-2), misil contracarros. Ramos se acerca para salvarle; su retentiva es mayor: “Se trata de un misil aligerado de largo alcance contra carros. Se utiliza para destruir medios acorazados o fortificación en campaña. Alcanza los 3.750 metros. Con la UVGI [unidad de vigilancia de guiado integral] que llevamos detectamos el objetivo mucho antes”. Lazar, soldado raso, levanta el mentón: “Yo mantengo el puesto de tiro, y apunto bien”.

Este agosto, Hussein Lazar se estrenará en su primera misión internacional, bajo el paraguas de la ONU: “Voy a Kosovo con el cabo primero. Con él hasta la muerte. Donde vaya el cabo primero, yo iré”.

Lazar es musulmán, como Mohamed Amaruch, el cabo Amaruch (Melilla, 1982), aunque el primero no es practicante y el segundo, sí: “Después del trabajo, rezo sin ningún tipo de problemas”.

En diciembre cumplirá ocho años en el Tercio, en el que juró bandera siendo un adolescente. “Nada más cumplir los 18, me presenté”.

La vida de Amaruch es de lata de conservas, ya que las vicisitudes por las que ha pasado son muy comunes en las Fuerzas Armadas: “Salí del instituto y trabajé de camarero en un restaurante. Con otros dos compañeros, me presenté en el Ejército. Echamos los papeles y a mí me tocó el Tercio. Le pillé el gustillo y me hice uno de ellos. Aquí nos llevamos bien, y no hay pega ninguna”.

Tres frases suyas, o semifrases, tengo apuntadas: “Estar preparado para el siguiente asalto”; “sí, exactamente” y “ya hemos consumido la munición”. La última se refiere a que ya ha concluido su función en los simulacros de tropa.

El cabo Amaruch conduce la Mars Pathfinder y auxilia al tirador para que cargue los misiles: “Le doy protección con mi lanzagranadas”.

En acción real todavía no ha estado: “A ver si pillo cacho en esta [Kosovo]”.

En las maniobras del ejercicio Cierzo, organizadas por la Academia General Militar para ejercitar a los futuros tenientes del Ejército de Tierra, Ramos obedece a sus mandos como cualesquiera de los 3.191 militares profesionales: “Lo que la superioridad decida”.

Se trata de una operación de imposición de la paz contra la imaginaria isla de Atland, que ha sido invadida por el enemigo que tanto explotó Gila, y que se ha saltado a la torera el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. El caso se ha extraído de la invasión de Kuwait que emprendió el Irak de Sadam Husein en agosto de 1990 y que desembocó en la Primera Guerra del Golfo.

“Planteamos una situación de conflicto bélico, supervisada por el Estado Mayor de la Defensa, con unidades aéreas, acorazadas, mecanizadas y motorizadas”.

Ramos, Amaruch y Lazar comen sus “raciones de previsión”, que no es la bazofia que algunos podrían pensar por su condición de rancho. Las cosas han cambiado mucho en el Ejército, y las cajitas de música que contienen el desayuno, la comida y la cena son verdaderas dietas bajas en colesterol y de alto contenido proteico: un sobre verde de café instantáneo; un sobre verde de sopa de verduras instantánea; un sobre verde de sopa de pollo con pasta instantánea; un sobre verde de copos de cereales con frutas y miel; una lata verde de cocido madrileño; una lata verde de atún blanco en escabeche; una lata verde de salchichas de cerdo; dos tarrinas verdes de crema de melocotón; un tubo verde de leche condensada, y pastillas verdes: una pastilla verde “glucoenergética y defatigante” para combatir el cansancio; una pastilla verde “calentadora” de “combustible sólido” (para encender fuego, no comestible); dos pastillas depuradoras de agua; una pastilla verde con un “complejo salino hidratante”; un chicle verde para la “higiene dental”, y una pastilla verde de vitamina C. Por último, una bolsita con papel celulosa, un estuche de cerillas verdes y el hornillo quemador gris. Manta, marmita y cacillo.

Los caballeros legionarios cabo primero Ramos, cabo Amaruch y soldado Lazar pertenecen a la logia de los pactos de honor. Son el tridente de las fuerzas de choque y si los Ranger saltaran en paracaídas sobre los brezos de San Gregorio, estos tres hombres acabarían por ahuyentarlos sin mover un dedo. En las maniobras tienen ocasión de saludar a las viejas amistades. El diputado Alfonso Guerra dijo una vez: “La traición en el amigo no cabe, es imposible”. Pues eso.

Juan Pedro García es el conductor de La Batidora (vehículo de combate de infantería Pizarro, homenaje al conquistador extremeño), una oruga que, yendo a una velocidad de 30 km/h, marea tanto como un tiovivo. Juan Pedro, quien lleva tres años en el Ejército, se sacó el carné F para conducir el Pizarro. Su opinión es escueta: “Me gusta”.

Detrás de La Batidora, siguiendo sus roderas, marcha el Toro Descapotable (vehículo de combate BMR), ideal para la “infantería ligera protegida”. Pesa 15 toneladas. Su responsable es Joaquín Martínez, el sargento Martínez. “Soy el jefe de pelotón y el jefe de este vehículo”. Por él sé que un pelotón no son más de once personas que se agrupan para un “encuadramiento táctico”.

Y detrás, en hilera, otros monstruos salvajes: la Cabra Loca (TOA M-113), la Mantis Religiosa (vehículo lanzapuentes deslizante Leguán) y el Ciempiés Serpiente (vehículo de reconocimiento de caballería Centauro).

De tanto en cuanto, los tres mosqueteros del vehículo Vamtac-Mars Pathfinder visitan el escalón médico avanzado terrestre, conocido por sus siglas (EMAT), que dirige Francisco González, el comandante González. En su galleta (marchamo con el nombre) figuran las tres estrellas de ocho puntas. González pasó cuatro meses en Afganistán. Con el teniente coronel Juan de Dios Jiménez atiende las dos salas de hospitalización “de acción rápida”, que huelen a cloroformo y que se pueden instalar en seis horas. “Hacemos cardiogramas, ¿de acuerdo?; hacemos consultas otorrinolaringólogas y curamos neumonías y heridas oculares, ¿de acuerdo?; hacemos cirugía de combate aerotransportable, ¿de acuerdo?”.

Calzas verdes sobre botas negras.

El hospital dispone de un servicio de veterinaria para luchar contra las plagas y las epidemias. En la farmacia se almacenan los recursos sanitarios para realizar análisis microbiológicos y poner en funcionamiento la planta de oxígeno. El material que se utiliza cabría en 12 camiones pues suma la cantidad de 112.000 kilos (“material fungible, inventariable”).

Cerca de allí, pero lo suficientemente lejos del puesto de mando de artillería antiaérea, en la pizarra de la Sala del Juicio Crítico de la Agrupación de Apoyo Logístico número 41, en el acuartelamiento Capitán Mayoral de Zaragoza, el coronel García se ocupa de la logística militar: “Planificar y ejecutar las acciones necesarias para sostener las fuerzas operativas, en los lugares adecuados y en los momentos oportunos, de modo que puedan cumplir su misión, proporcionándoles todo lo que necesitan para vivir, moverse y cumplir con sus tareas específicas de unidad operativa”. Los trípticos que reparte están encabezados con este título: “Los cimientos de la fuerza”.

El coronel García es un emoticono, y los rasgos de su cara expresan la satisfacción que le produce manipular el simulador del tanque Pam-Pam (el carro de combate Leopardo). En las simulaciones, al enemigo siempre se le colorea de rojo.

En el cuartel, los horarios no sufren alteraciones: el arriado de bandera, a las 21 horas; el toque de oración, a las 21.05 horas; el toque de diana, a las 7 horas, y el toque de izado de bandera, a las 8 horas.

Con el sonido de fondo de los helicópteros de Apocalypse Now (HR/A-15 Bolkow, HT/21 Cougar, HU-10 Hache), el coronel Martínez, el capo de la Inspección General del Ejército, con sede en Barcelona, fisgonea, rodeado de su plana mayor. El verbo fisgonear puede ser que no sea el adecuado; quizá, mejor, revisa, observa, curiosea, da parte y ordena. Básicamente, los coroneles ordenan, y a Martínez le encanta pronunciar frases en las que se cuelan tecnicismos militares como “supuesto táctico” y abreviaturas como teclas de ordenador, del tipo CCM (?) y VRC (?). El coronel Martínez agrega, a modo de breve adición: “Es un supuesto, repito, es un supuesto”.

Además, colecciona deuvedés sobre cualquier asunto relacionado con la familia castrense, como un vídeo promocional de la Academia General en el que se señala “el espíritu de La General” y en el que se dirigen al dictador Francisco Franco con el tratamiento de “don”. En otro cedé ha grabado el episodio dedicado a las tropas españolas en el Líbano del programa de Javier Sardà Dutifrí.

En las maniobras del Cierzo, al coronel Martínez le acompaña su colega de promoción, el coronel Bayo, quien luce en su pechera tres estrellas negras de ocho puntas. Los dos se ponen firmes, chocan los tacones, se saludan militarmente con la mano derecha y se estrechan la mano, en este orden. Mariano Bayo de la Fuente es el jefe de estudios de la Academia General Militar de Zaragoza, y quien discurre acerca de los ejercicios estratégicos de fin de carrera de los futuros oficiales. Es fácil simpatizar con él, entre otras cosas, porque busca en su memoria palabras en desuso que cree que le devuelven a la juventud, como tronco, carroza y guay: “Esto es un poco cutre, ¿entienden lo que es cutre?”.

En la parte trasera de la Cama Elástica (jeep todoterreno Santana Aníbal), en la que se desplaza el coronel Martínez, viajan dos alféreces, que se cuadran a la primera de cambio. Son el alférez Sin Más Dilación y el alférez Estudio del Enemigo. Los llamo así porque sus exposiciones en Powerpoint son tan rápidas y enrevesadas, y la ilación de las partes de sus discursos es tan complicada, que lo único que me llega a los oídos son pedazos sueltos, y algún que otro conector: “…el estudio del enemigo que se ha hecho en las fases previas dice que la unidad enemiga dispone de…”. Los alféreces Sin Más Dilación y Estudio del Enemigo están capacitados para dar cualquier información, según el coronel Bayo: “Pregúntenles, pregúntenles…”. Pero, al final, Bayo es incapaz de resistirse y quiere tener la última palabra. Si se les pregunta a los alféreces: “¿Existe riesgo real en las maniobras?”, ellos abren la boca y solo les da tiempo de balbucear: “Personal instruido” o algo parecido. Será Bayo quien se explaye: “Se pretende realizar una acción de fuerza”. –Y, mostrando una escaleta, añadirá–: “Cada jefe de unidad sabe lo que va a pasar”.

Al lado de los alféreces, sentados en la Cama Elástica, se encuentran los reservistas voluntarios Andrés Reche, sargento Reche, a quien le fascina la fotografía, y Enrique Carabaza, el alférez Carabaza, quien se coloca el cinturón de seguridad por debajo de sus prismáticos para poder otear el horizonte y jugar así al Trivial Qué Transporte es Cada Cual: “El M-548, de fabricación estadounidense, está concebido para aprovisionar de aceite lubricante y munición a los otros componentes de la columna en una guerra no asimétrica, que sea convencional, que no sea de guerrillas, pues entonces prevalecería el principio estratégico de la economía de medios”.

Cuando el coronel Martínez se aproxima a la posición que, “supuestamente”, defienden los hombres del cabo Ramos, se establece un diálogo sacado de Hazañas Bélicas:

—¡A las órdenes, mi coronel. Aquí el cabo primero del I Tercio!

—Os veo con el mosquetón.

—¡Nos hacen traer material, elementos de seguridad, mi coronel!

—¿Sois tres?

—¡Un equipo contracarros está formado por tres hombres, mi coronel!

—¿Tú eres el cargador?

—¡Yo soy el que da órdenes y cometidos! ¡Ellos son el tirador y el conductor, mi coronel!

—¿Cuánto lleváis aquí?

—¡El lunes 12 [de mayo] salimos de Melilla! ¡En teoría, el jueves cogemos el barco en Valencia, de vuelta a Melilla, mi coronel!

—¿Casado?

—¡Dos churumbeles, mi coronel! ¡El cabo tiene uno, y este otro –señala al cabo Amaruchi– está en proyecto!

—¿Habéis disparado?

—¡Sí, mi Coronel!

—¿Blanco en movimiento con el Milan [misil Milan de sistema guiado y de fabricación francesa]?

—¡Blanco en movimiento no nos dejan, mi coronel!

—Muy bien, estamos.

—¡A la orden, mi coronel!

El alférez Carabasa, el alférez Sin Más Dilación, el alférez Estudio del Enemigo, el sargento Reche, el sargento Martínez, el conductor García, el teniente Jiménez, el coronel Martínez, el coronel Bayo, el coronel García, el comandante González y el triunvirato africano, que forman el cabo primero Ramos, el cabo Amaruchi y el CL Lazar, sacan pecho –erguidos, mirada al frente– delante del general Álvarez, José Antonio Álvarez, El todopoderoso. “Estamos para servir a la sociedad, para defender España. Estamos preparados técnica y mentalmente”, lee en su manual de principios. “No somos el sargento Arensivia”.

Que un general de los Ejércitos de España lea El Jueves demuestra que la Transición, en el plano militar, está superada. “No somos bichos raros”.

La planta del general, alto como el rey, impone. Calado con una gorra roja, deja que los suyos le cubran de halagos, aunque a él, las lisonjas le traen sin cuidado. Su máxima aspiración es que sus soldados sepan desplegarse en situaciones crudas de guerras encarnizadas (“plan de disponibilidad-secuencia de adiestramiento”), en las que los eufemismos del “fuego amigo” y el “daño colateral” se cobran vidas. Por eso, chirria los dientes: “Uso proporcional de la fuerza; no somos una oenegé”.

En un lugar de acceso restringido, alguien, imbuido en el combate, ha escrito una versión del Mío Cid: “No lloréis por una España que lucha, luchad por una España que llora”.

Trenzados, túneles “miniconguitos”, pasarelas japonesas, balas trazadoras, ramales de trinchera y zigzags…

En palabras del Sargento de Hierro, “la guerra es una gran putada”.

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