Hogar, dulce hogar

0
262

 

Desgraciadamente hay gente sin techo y otra mucha gente joven que se queja de no tener vivienda propia, pero a mí me parece casi peor los que habitan en una mansión o en un piso de lujo y carecen de hogar por vivir solos. Hogar no es exactamente sinónimo de familia, aunque la casa se constituye en hogar únicamente cuando reúne alguna compañía al calor de su lumbre. Robinson, en su solitaria isla, sólo pudo presumir de hogar cuando apareció por allí Viernes: antes lo suyo no era más que un cobijo relativamente confortable. La compañía es el ingrediente sine qua non de un hogar.

 

Claro que en seguida vendrá alguno que me argüirá que más vale estar solo que mal acompañado y que a lo mejor el hogar es algo tan burgués como el matrimonio y tan reaccionario como el concepto de patria. Y quizá tenga razón. Pero yo, que he renegado toda mi vida del matrimonio convencional y que me considero en algunos aspectos un apátrida (en otros quizá no), debo confesar que cada vez aprecio más el calor hogareño y me resulta menos apetecible un fin de semana encerrado entre cuatro paredes y con toda la biblioteca para mí. Será que me estoy haciendo viejo y que ya no tengo ni los arrestos ni la independencia de mis treinta años.

 

La primera acepción de “hogar” es “fogón” o “cocina”, y lo queramos o no, la cocina está asociada al mundo de la mujer, al mundus muliebris, por más que algunas mujeres jóvenes apenas cocinen ya y otras se nieguen, y con razón, a llevar todo el peso de la casa. Pero no nos engañemos tampoco: la cocina y el hogar siguen siendo el territorio natural de la mujer. En casi ningún sitio se encontrará una niña a la cual le guste jugar más a las pistolas que a las casitas y basta abrir una revista dirigida a la mujer para comprobar que, junto a los cosméticos y los trapos, nunca faltan entre sus páginas de papel cuché las secciones dedicadas a la cocina y al hogar.

 

La consecuencia de todo ello es que, salvo en muy contados casos, la mujer lleva mucho mejor la casa que un hombre y que, por lo general, posee un arte muy femenino para transformar cualquier rincón mugriento en un amable rinconcillo, ya sea mediante la colocación de un espejo encima de una rinconera o gracias a unos coquetos visillos por donde se filtra tibiamente la fría luz de la mañana.

 

El hogar prende con el roce de la compañía, pero su fuego calienta más y mejor si lo aviva una mujer en las noches del frío invierno, cuando el viento sopla fuerte afuera, en la calle, y todas las hojas se han desprendido ya de los árboles.

 

Decididamente la intemperie no es buena ni para niños ni para viejos como yo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.