Hombres y no. Isaac Cordal

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Los hombres –el hombrecillo de Isaac Cordal– y la negación. De esto, sin duda, es de lo que hay que hablar; de una confrontación entre la vida y las fuerzas que la asedian y la niegan: ¿cómo dejar de concederle en esta circunstancia la soberanía a la conciencia?  “La conciencia –decía Georges Bataille– se resiste a la totalidad del mundo y niega lastimosamente lo que la excede, lo que no puede soportar”. Esta es la cuestión que, me parece, plantean a menudo las obras de Isaac Cordal. Pues somos todos, en definitiva, ese hombrecito actuando a su patética manera, haciendo de su gesto y su perplejidad y su impotencia su particular desventura kafkiana ante la ley.

El propio Bataille experimenta con intenso dramatismo esta disyuntiva, que ya es del todo la nuestra: “Reflexionar sobre lo inevitable o procurar ya no meramente dormir. (…) Hemos asistido a la sumisión de aquellos a quienes supera una situación demasiado grave. Pero, ¿estaban más despiertos los que gritaron? Lo que sigue es tan extraño, tan vasto, tan fuera del alcance de las expectativas…”. Tal vez por eso nuestro hombrecillo se muestra tantas veces ausente, desnortado, ciego o perdido en la noche de una confusión exangüe. En medio del caos de innumerables voces; agotándose en el adormecimiento de los que simplemente observan, escuchan, vegetan, sobreviven o malviven en la universal y gris inter-pasividad. Es el reino del último hombre del que hablara también Nietzsche, en su Zaratustra: “Ya no nos hacemos ni pobres ni ricos: es demasiado penoso. ¿Quién puede querer gobernar todavía? ¿Quién estaría aún dispuesto a obedecer? Es demasiado penoso. ¡Ningún pastor y un único rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales…”.

Se diría que la existencia, en su conjunto, se ha ido hundiendo, adormeciendo y ahogando, y con ella el deseo –la gran pregunta, entonces, sería: ¿cómo llegar a tocarlo, al deseo, al fin en el punto en que hay que hacerlo?–. Se diría, asimismo, que la vida ahora camina errabunda, no para salir de un punto determinado y establecerse en otro, sino para vivir a la intemperie, como a menudo aparecen los hombrecillos que Isaac Cordal dispone a lo largo de las ciudades del planeta. Representantes de la producción en masa del hombre mismo, el hombre así llamado objetivo, o moderno (producto de la acción conjunta de la ciencia, la industria y la publicidad); el que no tiene principio(s), ni fin(es), ninguna salida, ninguna ascensión, ninguna posibilidad o acción de engendrar, de poetizar, en el sentido de Hölderlin y de los griegos. Él, instalado en el siempre inquieto no-lugar de la transición y la errancia, es como la materia plástica aristotélica, que espera alcanzar cuerpo y sentido gracias a un contenido y a una forma venidos siempre de otro, de fuera. ¿Cómo soportar, además, que la acción en designios o destinos tan desdichados termine casi siempre por “escamotear” la vida? Al artista, quizás, solo le cabe mostrar esta situación, esta condena –a veces con causticidad, otras fraternalmente, con empatía hacia el desdichado–, y con ello, invitar, apremiar a salir de la confusión… Sí, tal vez llega ahora el momento de denunciar otra vez la subordinación, la actitud sojuzgada, con la cual la vida humana es ciertamente incompatible.

Pero esto, lo sabemos, no es nada sencillo. Hemos de partir de la atónita impotencia con que, a menudo, igual que el hombre en el balcón de las instalaciones de Isaac Cordal, contemplamos, asistimos a la cotidiana vida. Sus resortes más íntimos muestran una apariencia impenetrable, y entonces el hombrecillo se avizora a sí mismo como una mezquina luz vacilante en una noche sin bordes concebibles, que lo envuelve por todos lados. A veces, en esa su atónita impotencia, se aferra incluso a una soga, o a una mascarilla. ¡Cómo no sentir piedad por la distante figura que el artista ha trazado, como una suerte de doble, por drástica reducción, de nosotros mismos, y a la que no deja de lanzar en todo tipo de tinieblas! Se la aprecia más, se la ama aún más precisamente por sus miserias, sus tonterías y sus desdichas. He ahí al hombre, la humanidad sórdida o tierna, y siempre errática, extraviada, conmovedora en la banalidad; cuando, como también escribiera Bataille, “la noche se hace más sucia, cuando el horror de la noche convierte a los seres en un vasto desecho”.

En la mayoría de las obras de Isaac Cordal hay una “escena”. Es decir, un nudo, una intriga, algo dramático –drama, en griego, significa acción–. Se trata de un momento en el que se concentra una historia; donde va a producirse algo inminente. Cada escena es un momento de crisis y describe la inminencia de una tragedia, de una catástrofe, de un desenlace –una catarsis, quizá–. En resumen, en términos de dramaturgia, aquello que precede a un desenlace. Un momento crítico. Pues en cada escena, el acontecimiento que se crispa en la narración es un acontecimiento crítico. Pero lo que define el trabajo de Isaac Cordal es, justamente, que nos presenta la posibilidad de un drama sin verdadero desarrollo del acontecimiento, esto es: sin escena definitiva. El hombrecillo aparece entonces “en suspenso”, pendiente siempre, en su balcón, su rincón, su hueco o su atalaya, de lo “ya no” y, al tiempo, de lo “todavía no”. Privado de su historia (y de la Historia: carente también de porvenir), esta fragilidad ontológica lo ha dejado huérfano de toda idea de felicidad o de progreso. Su modo de existencia no es otro que la estupefacción, un término que viene de la misma raíz de estupidez. Es la de aquel individuo que todo lo ve, pero ya nada puede. Mira a su alrededor, y acierta a ver solo la falta, la falla que ahora le es constitutiva. Verdaderamente, se trata del último hombre, un hombre póstumo, nos diría Nietzsche. Y, por tanto, puede que sin proponérselo ni saberlo, inédito también, mantenido en su mítica suspensión ¿de momento, o tal vez ya para siempre?

Desencajado de su cuerpo social, merodea en la derrota y la desgracia, acepta la incertidumbre y el desconcierto, sale y entra entre fronteras prolongando una suerte de existencia zombi. ¿Quién es él, en definitiva? Una indelimitable no persona, por doquier en casa y, al tiempo, en ninguna parte. Una nada y un todo que se replica universalmente, pura inconcreción e irrealidad: hombre plural e incesante transición. Acaso siente –en medio de esta existencia tan poco sólida, errática y, como decimos, dejada, desnuda– la nostalgia también –como se evidencia en esta exposición– de una suerte de mente grupal. Una forma de inteligencia –y orden– colectiva en la cual cada individuo compartiría una idéntica impronta psíquica. Nostalgia de la unidad perdida y el comportamiento simultáneo que organismos llamados inferiores parecen todavía poseer. Justo lo que nos enseñan las actividades altamente evolucionadas y coordinadas  de la automatización universal, semejante en esto a la de algunos animales mas antiguos que el hombre, como los foraminíferos, las hormigas, por ejemplo, que tienen cien millones de años y sin duda nos sobrevivirán (se comunican individualmente por las feronomas, pero también por el entorno: una hormiga joven aprende las redes, los caminos trazados por sus congéneres), o las termitas (antigüedad: trescientos millones de años).

Anhelo, por lo demás, de escapar del carácter absurdo de la existencia a través de la entrega a una suerte de imperativo mecánico y supraindividual. En la forma de un sacrificio apasionadamente impersonal al trabajo que serviría, al cabo, como poderoso antidepresivo contra el propio sufrimiento. Su atributo más determinante habría de ser la actividad maquinal, sus notas concomitantes: la regularidad absoluta, la obediencia puntual y sin pensar, la rutina y la impersonalidad, el olvido y la ceguera de sí. Especialista, tecnócrata, tecnofílico, obediente, ciberorgánico: síntesis de carne y máquina. He ahí al más refinado de los esclavos, pues que se esclaviza voluntaria, libre y hasta gozosamente a su propio trabajo; fabricándose a sí mismo según el modelo de la maquinación, tanto tecnocientífica como capital, y estatal. Es éste un proceso de condicionamiento que culmina en la actualidad en lo que Jonathan Crary ha denominado 24/7: un entorno de comunicación y consumo que ha colonizado por completo la existencia –las veinticuatro horas de los siete días de la semana– hasta volverla ya absolutamente dependiente de lo maquinal. Tiempo para nada humano, en ningún sentido; allí donde la duración misma se ha independizado de la vida singular y de la historia: “tiene –escribe Crary– la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de rendimiento propio de máquinas y una suspensión de la vida que no revela el coste humano que se necesita para mantener su eficacia. Debe distinguirse de lo que Lukács y otros, a principios del siglo XX, identificaron como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o calendario de las naciones, de las finanzas o de la industria, en el cual las esperanzas o proyectos individuales quedan excluidos. Lo que es nuevo es el abandono radical de la pretensión de que el tiempo se acople a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a las fantasías de ‘progreso’ o desarrollo”.

He ahí, también, el tipo humano apto para el futuro (de esclavitud): el que forjará la masa de trabajadores y consumidores abúlicos, de voluntad débil y disposición pasiva, modestos y laboriosos hasta el exceso. Configuran la completa mediocridad supranacional y nómada: un caos cosmopolita de afectividad e inteligencia, siempre dispuestos a ponerse al servicio de lo que con Weber y la escuela de Frankfurt llamaremos la razón instrumental. Lo que, dicho sea de paso, no deja de recordarnos a las antiguas sumisiones del pueblo al líder, al Gran Hombre, ya vaticinadas por la filosofía de la historia de Hegel, de triste recuerdo en lo que respecta a tiempos aún recientes. Isaac Cordal los ha figurado a menudo.

Ese mismo anhelo sacrificial se percibe en los lugares de confinamiento en que, en esta exposición, el artista ha colocado a sus hombrecillos. Curioso remedo de las cárceles de invención de Piranesi donde el aparato constructivo exalta no tanto el genio edificador del hombre cuanto la intención final de comprimir y aniquilar al individuo. Se diría, también, que ese hombrecillo ya ha acabado por identificarse, en su afán obsesivo de aislamiento, con la exaltación del verdugo constructor; asumiendo como propia y deseada, destinada, la placentera angustia del prisionero protegido en su propio suplicio. Se diría, también, que el objetivo final de todo este afán edificador no es otro que ser olvidado. Cada una de estas prisiones levanta el sueño vigilante de un edificio que le confirma al prisionero que se halla por siempre ausente, excluido de la comunión humana y, en consecuencia, protegido al fin de todo contagio, contacto o peligro exterior no mediado telemáticamente.

El precio que se ha de pagar por ello no es otro que el de la libertad, y la condena a la existencia reducida a la escenografía del calabozo y la soledad. De este modo, en su presidio o su búnker, el hombrecillo vive de manera perversa o perturbada, torturada, la supuesta autonomía del sujeto postulada por la cultura occidental, que ahora se ve desafiada y superada por la autonomía del complejo técnico surgido del propio desarrollo tecno-lógico-económico. En lugar de emanciparnos nos hemos sumido en la dependencia más profunda, y también la más inane. Todo circula con ansiedad: energías, velocidades, informaciones, transmisiones, expansiones, eficiencias… pero nada lleva realmente a nada, “todo se complace en un torbellino de inanidad de altas cualificaciones, precisiones y correlaciones” (Jean-Luc Nancy). Y, entonces, en medio de este (no)futuro acelerado, indómito e impaciente y deslastrado al fin de todo pasado, todo se ve conducido hacia la insignificancia; antes que nada, la vida misma, y con ella hasta la muerte. No es extraño que, desde esta perspectiva, Isaac Cordal nos proponga escenarios en los que el ser humano más bien parece ya el superviviente de una catástrofe, de la que no resulta difícil rastrear los orígenes. Esa debacle, por ejemplo, bien puede haberse llamado nihilismo.

Ante ello, ante esta situación sin duda catastrófica, lo que las intervenciones de Isaac Cordal continuamente proponen es la necesidad de repensar lo común. Jean-Luc Nancy lo ha señalado de modo perentorio: realmente aún no sabemos en qué somos todos iguales: nos sucede en cierto modo como a los hombrecillos de Cordal. “¿Es porque somos humanos? Pero ¿qué significa ser humano? Lo humano es algo desconocido. Lo que es seguro es que debemos repensar lo común”. (Nancy, Libération, 29 de julio de 2020). Repensar lo común supone atender, antes que nada, entender cómo se produce la proximidad con los otros, cómo somos-con los demás, qué articulación podríamos inventar: cómo podemos conectarnos y juntar los diversos mundos que nos atraviesan.

Pues es evidente que la vida, por un lado, por este lado del termitero, se recibe casi siempre con una actitud demasiado sumisa. Como una carga y una fuente de obligaciones: una moral negativa responde entonces a la necesidad servil de la coacción, de ceñirse a la indicación y la exigencia de lo posible, lo calculable, lo manejable que nadie podrá impugnar sin cometer una transgresión a la norma. Porque el horizonte de esa racionalidad instrumental no es otro que el de la programación y el management. En el otro sentido, la vida es deseo de lo imposible, lo incalculable, lo que puede ser amado sin medida. Solo que la sociedad de consumo aprovecha y envilece, traiciona y degrada una vez tras otra el valor que se le concede al deseo y a su objeto. Somos, en este sentido, puntos o efectos de un engranaje que ya Heidegger asimiló con el dominio técnico planetario. No obstante, lo que en verdad es para Heidegger peligroso de la técnica no se halla en la técnica misma, ni en su expansión planetaria, sino en la esencia de ésta. Esto es, y usando una conocida expresión del filósofo, en la estructura de emplazamiento o Gestell (literalmente: ensamblaje, empalizada, armazón, andamio, en esta exposición podremos ver diferentes variantes de este dispositivo). Heidegger define Gestell de la siguiente forma: “Ge-stell significa lo coligante de aquel emplazar que emplaza al hombre, es decir, que lo provoca a hacer salir de lo oculto lo real y efectivo en el modo de un solicitar entendido en cuanto un solicitar de existencias”. Hacer salir de lo oculto es lo que, a juicio de Heidegger, define también el proceso de la verdad, su rasgo fundamental en cuanto des-ocultamiento (del griego: a-letheia). Por tanto, y esto es importante, la técnica acontece también en el modo de la verdad. Pero es este modo lo que se halla deformado. Se halla deformado porque el desocultamiento tiene lugar en la forma de una solicitud. ¿Qué es entonces una solicitud? Podemos pensar aquí en las solicitudes de una tienda o del mercado, esto es: en la idea de una solicitud de existencias. Toda solicitud convierte tanto a lo solicitado como al solicitante (el hombre) en “existencias en plaza”, como si dijéramos: en productos emplazados en una estantería (tal una vitrina de supermercado), listos para usar y tirar, marcados incluso por la “fecha de consumo y caducidad”. Y aquí, en este punto, vemos como ello (el que haya algo así como fecha de caducidad) se convierte en una especie de caricatura del conocido carácter mortal del hombre, y de la finitud de todos los entes. La conclusión podría, entonces, ser esta: la técnica ha emplazado y, aún más, reemplazado a toda la experiencia humana a volverse materia de intercambio en un mundo vuelto todo él ya mera producción o imagen…de consumo, y de marca.

Así pues, el Gestell tiene como aparición epocal y fenoménica nuestro tiempo. El de la técnica planetaria. Si la técnica es peligrosa, lo será en principio para Heidegger porque su dominio omniabarcante no hace más que ocultar otra posibilidad de verdad, otra forma de desocultamiento. La dignidad del hombrecillo debe, en consecuencia, buscarse no en esta penosa búsqueda de un placer-consumo subordinado a las expectativas que otro ha diseñado y construido para él –y donde él en el fondo es construido: se construye y, más bien, se destruye–, sino en volverse hacia la parte soberana que hay en él, la que no está sometida a nada, y es puro desinterés sin otra finalidad que su vida misma.

El arte ha de servir para hacer más real la vida, algo así decía el desasosiego de Pessoa.  Nunca nos esforzaremos demasiado en hacer la vida más real. Deleuze sobre esto ha sido categórico, cuando sostenía que no hay otro problema estético que el de la inserción del arte en la vida cotidiana: cuanto más estereotipada, más sometida se halla la existencia a una reproducción acelerada de objetos de consumo, más debe el arte apegarse a ella y arrancarle la pequeña diferencia que puede actuar en otra parte. He aquí, ni más ni menos, el programa estético que nos ofrece Isaac Cordal.

 

La muestra 24/7 permanecerá abierta hasta el 28 de enero en la galería SC Gallery de Bilbao.

Alberto Ruiz de Samaniego es profesor titular de Estética y teoría de las artes de la Universidad de Vigo. Crítico cultural y comisario de exposiciones, ha sido director de la Fundación Luis Seoane de La Coruña. Es autor de libros como Maurice Blanchot: una estética de lo neutro; Apuntes sobre algunas poéticas del inmovilismo; La inflexión posmoderna. Márgenes de la modernidad; Ser y no ser. Figuras en el dominio de lo espectral, y Las horas bellas. Escritos sobre cine.

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