Hora de despertar, hora de mojarse

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Asisto desde la otra esquina del mundo a uno de los momentos más importantes de la historia de España reciente. Los pueblos del sur de Europa observan cómo les despojan de lo que creían eran derechos inalienables –salud y educación públicas, pensiones, asistencia social: el colchón de seguridad que ofrecía el Estado de Bienestar– y salen a la calle, cada vez más revoltados, a pelear contra esas políticas impuestas desde Bruselas –o más bien desde Berlín– y aceptadas sin remilgos por los gobernantes ibéricos, itálicos y helénicos. Tardamos en darnos cuenta –pero no es demasiado tarde– de que los derechos se conquistan, y también es una conquista mantenerlos.

 

Poquito a poco, las clases trabajadoras europeas despiertan de un sueño que duró décadas de prosperidad y paz social. Pensábamos que Europa había encontrado un modelo alternativo, eso que algunos llamaron «capitalismo de rostro humano», pero eran apenas concesiones temporales que duraron lo que duró la amenaza comunista al otro lado del Telón de Acero. Libre del miedo rojo, el capitalismo campa a sus anchas desde hace dos décadas y se globaliza. Convierte a los trabajadores en mercancías y consolida una competición internacional por el trabajo que nos ofrece dos alternativas: adaptarnos a los costes laborales del sudeste asiático o condenarnos al desempleo crónico. Y así, poquito a poco, las condiciones de los trabajadores a escala global se parecen cada día más a aquellas que condenaban Marx y Engels hace un siglo y medio.

 

Muchos trabajadores españoles secundaron la huelga general, y muchos salieron a las calles, con la sensación de que de poco vale toda esa escenografía de conflicto social. Leo en un ensayo de Zigtmunt Bauman que en nuestras sociedades, esas que él llamó de la modernidad líquida, ya no somos tanto productores como consumidores. Y se me ocurre que, entonces, una huelga de consumidores tendría un efecto mucho mayor que una huelga de productores.

 

Hay que comer y hay que vestirse, obvio, pero podemos elegir qué comer y qué comprar. El consumo es un acto político y cada gesto cotidiano lo moldea. Optar por los mercadillos en lugar de por las marcas. Por la producción local y sostenible. Por las mercancías que nos den mayores garantías en cuanto a las condiciones laborales y ecológicas en que fueron fabricados. Yo, por poner un ejemplo, dejé de comprar El País –que en Buenos Aires se consigue con mucha facilidad– el día que me enteré de que la misma empresa que expulsa a 130 profesionales de valía le pagó 13 millones de euros el año pasado al impresentable de Juan Luis Cebrián. El dinero que me ahorre lo dedicaré a apoyar alguno de los muchos proyectos periodísticos interesantes que están surgiendo en España: Números Rojos, Mongolia, MásPúblico o, por supuesto, este Fronterad.

 

Es hora de despertar. Es hora de mojarse. Nos dijeron que no había alternativa (There Is No Alternative) a un mundo comandado por el Dios Dinero, por la codicia humana, y, a fuerza de repetirlo, parecíamos habérnoslo creído. Por eso las imágenes de ayer en tantas ciudades de la Europa mediterránea son una luz de esperanza: por fin estamos despertando. Nos tuvieron que tocar el bolsillo para que lo hiciéramos, porque el sistema era terriblemente cruel con miles de millones de personas en el mundo desde hace demasiado tiempo.

 

Reaccionamos por egoísmo. Es verdad. Pero lo importante es que reaccionamos. Y que cada vez más personas, en todos los rincones del planeta, comienzan a entender que el destino de la humanidad no tiene por qué estar marcado por un juego de suma cero en el que para que unos ganen otros tienen que perder. Eso es así en el capitalismo, un sistema económico regido por los valores de la competencia y la mal llamada eficiencia; pero existen otros muchos mundos posibles donde se dé lugar a la solidaridad y la cooperación; donde, entonces, cuando mejor le vaya al otro, mejor me irá a mí también, y todos sumaremos juntos.

 

¿Utopía? Puede ser. Pero es que una de las cosas de las que nos estamos dando cuenta es de que el capitalismo también es una utopía. Y una utopía autodestructiva, además. Porque es absolutamente falso que sea plausible un sistema basado en el crecimiento infinito en un planeta de recursos limitados. Porque sería ingenuo si no fuera tan perverso ese mito absurdo de Adam Smith según el cual una mano invible operará en el mercado para que de la suma de egoísmos individuales surja el bien común. Porque la humanidad no puede aceptar un minuto más un sistema que, cuanta más riqueza produce, más perfora el abismo entre ricos y pobres.

 

Y, con nuestro querido José Saramago, me pregunto: ¿Con cuántos pobres se hace un rico?

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.