Hormigas sin sentido en la cosciencia oral

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Un horror que se consolida día a día; alguien (no un mindundi, claro) comenta en la radio el ‘caso Garzón´ y dice: “Podríamos estar ante un delito o no podríamos estar ante un delito». Hasta vergüenza me da corregirle: ¡Podríamos estar o podríamos no estar!, caballero. Constantemente pillo ese tipo de construcción. Ya no hablamos de belleza, limpieza, precisión del idioma, hablamos de la ausencia de sentido. Y lo más curioso es que nadie da un respingo. ¿Cómo no les pitan los oídos ante semejante despropósito? ¿Cómo la emisora no les prohíbe seguir participando?

 

Oí esta frase en la radio: “La gran parte de la sociedad española es cosciente que…”. La gran parte… tampoco es que suene bien ¿no? Yo diría que hay dos posibilidades: o sencillamente gran parte, o la mayor parte. Lo de la cosciencia que…, ¡menudo desaliño! Querrá usted decir consciente de que… Se me ha olvidado de qué iba la cosciencia, con el cabreo me suele ocurrir.

 

“La moda está en la baraúnta global”. Lo dijo en la radio una experta del mundo de la moda. No dijo barahúnda, ni tampoco marabunta, pero las dos cosas rondaban por su cabeza y le salió un mix entre lo primero -“gran ruido, confusión o desorden”- y lo segundo, que, cuando no se trata de hormigas, también habla de “gente alborotada y ruidosa” (María Moliner dixit).

 

Otro curioso ejemplo del afán reiterativo que ataca con saña y con preferencia a los políticos: “Nos acercamos a un inminente final de ETA” (Antonio Basagoiti). O bien “El final de ETA es inminente”, o “Nos acercamos al final de ETA”. Si quieres introducir los dos matices, parte la frase: “El final de ETA está muy cerca: es inminente”, por ejemplo; sigue siendo reiterativo, pero es un recurso natural y legítimo, un recurso que aporta énfasis. De nada.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.